Romanos 6, 1-18
Descubrir en nuestro interior situaciones históricas y muy
existenciales que nos limitan, que nos hacen sentir “monstruos”, que parece que
no podremos nunca dominar o vencer; nos puede llevar a un sentido pobre de la
fe. A sentirla como un bálsamo en medio de una realidad inexorable de
limitación que nos llevará a vivir continuamente disconformes con nosotros
mismos, o fracasados en nuestro intento de ser distintos, de ser santos en
definitiva.
El triunfo de Cristo, el hombre nuevo, en nosotros se
presenta desde ese punto de vista, como un triunfo puntual, de determinadas
cosas de nuestra vida. La experiencia de querer ser hombres de fe se limita a
un sentir espiritual al que se opone una realidad más fuerte que nosotros:
nuestra corporeidad, nuestra carnalidad. Lo podemos reconocer en frases que
vienen a nuestros labios en esos momentos: “Después de todo, soy humano”;
“tampoco soy un santo”. Este es el sentido en el que San Pablo nos habla de la
Ley que multiplicó las trasgresiones (Rom. 5, 20). Esto es, el hecho de que
apareciese una forma de conducta, de vida cristiana, nos hace la vida cuesta
arriba, porque lo que allí se propone nos supera.
¿Debemos seguir pecando para que abunde la gracia de Cristo?
¿Debemos sentirnos derrotados y suplicar por cada cosa puntual que vivimos como
si la fe fuese sólo pedir perdón de la inevitable falla en la que caeremos sin
remedio? ¡Ni pensarlo! ¿Cómo es posible que los que hemos muerto al pecado
sigamos viviendo en él?
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte. Hemos
muerto al pecado, no existe un vínculo que nos obligue a pecar. Esto nos quiere
decir la Palabra de Dios. Y no es un propósito piadoso, sino una realidad
existencial. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Esta frase es más que una aseveración teológica, es existencial, es teologal.
Vivos en Cristo Jesús es vivos, resucitados, desprendidos de toda limitación en
nuestra unión con El. Así lo confirman las palabras de Pablo: “no vivo yo, sino
Cristo vive en mí” (Gal. 2, 20) Y muertos al pecado es muertos con Cristo,
experiencia de haber experimentado el silencio de la muerte en el sepulcro.
Acción que sólo Dios podía realizar y que la hizo en la experiencia de la misma
carne que nosotros experimentamos como lugar de contradicción y un día, como
lugar de muerte, cuando sepulten este, nuestro cuerpo, como fue sepultado el de
Jesús. El dinamismo de la fe, palabra clave, es hacer continuamente esta doble
experiencia de muerte y vida, pero muerte y vida en Cristo.
No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales.
Esta dicotomía entre cuerpo y espíritu que pocas veces San Pablo menciona, nos
confirma la experiencia que vivimos cada día. Hay otro yo, ese que no
quisiéramos ser. Ese que se mueve por las pasiones, en los lugares ocultos del
alma que aflora con las heridas. Ese que aparece en cualquier momento. A ese le
ponemos un parate. Considérense muertos al pecado, nos dice Pablo. No hagan de
sus miembros instrumentos de injusticia al servicio del pecado. Su llamado, una
exhortación, es un llamado a nuestra voluntad. Un compromiso voluntario, y
dependiente de una decisión. A la acción de Dios le corresponde la acción del
hombre. Y podemos decir, en igual compromiso. Aquí está el Dios de la Alianza,
como en aquella ocasión la hizo con Abraham. Le hizo una promesa y este salió
de su gente y de su pueblo, y caminó hacia el lugar que el Señor le mostraría,
pero no se lo mostró, sino que lo llevó de día en día. Este caminar, este
peregrinar de Abraham, lo hizo padre de los creyentes. Ante la promesa, Abraham
caminó, no se detuvo. Y encontró muchas dificultades en el camino que fue
resolviendo siempre amparado en la promesa del Señor. El le había prometido una descendencia numerosa,
y Abraham sólo vio un hijo. Hasta el fin de sus días, este hombre de alianza se
sostuvo por la Promesa recibida. Aún en la oscuridad de la noche, como lo
expresa aquel Himno de Completas de la liturgia monástica: “Abraham contaba
tribus de estrellas cada noche, de noche resonaba la voz de la Promesa”.
Promesa, alianza y realidad existencial se conjugan y pueden
parecer otro dispararse a ideales. No es así en la consideración de San Pablo:
“No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales obedeciendo a sus
malos deseos”. Hay malos deseos, están, y cada día aparecen en el momento menos
esperado. El hombre nuevo, creado en Cristo, el peregrino, no es un ángel, ni
un santo confirmado en gracia. Es un hombre de obediencia. Podría haber dicho
de combate; pero el combate parece más la consecuencia que la razón. En razón
de la obediencia sigue el combate. La obediencia a esa voz de Dios, a su
Alianza, a su llamado, a la acción de la gracia; compromete y hace real el
hombre nuevo. Pero ¿qué pasa si encuentro limitaciones en mi psiquis que me impiden
dar esa respuesta obediente que de verdad deseo?
Abraham fue un caminante. El obediente es caminante. Si me
hace falta una ayuda para superar obstáculos que sin ella no podría, entonces
debo tener la humildad de pedirla. Lo que importa es la meta, lo que me orienta
para reconocer si camino es el Plan de Dios, lo que me sostiene en la
dificultad y me hace ser decidido en superar mis obstáculos con la ayuda de
otros es la fe. Fe en el poder de Dios que obra a través de esas mediaciones
humanas.
“Que el pecado no tenga ya dominio sobre ustedes, ya que no
están sometidos a la Ley sino a la gracia” Esta es la realidad de Dios y su
parte en la Alianza. La gracia. Ya no estamos sometidos, ya no hay una
limitación insalvable. Es una realidad y no sólo un deseo. Una obra de Dios que
es más poderoso y creador de nuestra vida. ¿O podemos decir que la naturaleza,
que Dios creó, tiene más poder que Él? ¿Podemos decir que la realidad de
nuestra fragilidad, de nuestro ser pecador, es más real que la realidad de Dios,
creador de todas las cosas? El Plan de Dios, aunque tiene una meta, es un Plan
presente y actuante, y por la obediencia de la fe, entramos decididamente en él
con nuestros cuerpos mortales, aunque tenga malos deseos, aunque necesite
mediaciones humanas, aunque deba renovar continuamente la Alianza.
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