domingo, 14 de diciembre de 2014

DIOS, EL UNIVERSO O COMO QUIERAN LLAMARLO

Escuchaba con gran interés un programa por radio Rivadavia porque difunde valores cristianos. Todo venía bien, hasta que en un momento dado, su conductor, que parece católico, para hacer referencia al origen de un determinado bien que quería destacar dijo: “atribúyanlo a Dios, al Universo, a la suerte, como quieran llamarlo”. Días después, consultando a una mujer que reside en el extranjero, ella decía que “gracias al Universo”… El colmo fue en este día en que escribo estas líneas, otro locutor participante del programa, con gran entusiasmo, hizo referencia a un hombre concreto que hoy “concentra energía del Universo como en otro tiempo otros maestros, como Cristo y después Buda”. Como si fuera poco, hizo luego una interpretación de la Sagrada Escritura refiriéndose a la Transfiguración del Señor diciendo que era “ tan grande la concentración de energía cuántica debido al amor que Jesús en ese momento expresaba que hizo una explosión de luz”. Quien confiesa la fe en Jesucristo, me conozca y lea estas líneas quizá reirá por leer esto. Pero a mí me impresionó profundamente.

Lo que me impresionó es la percepción de estas personas respecto de Cristo. El primero, que por indicios pero no por confesión de fe, parece católico, no se atreve a mencionar al Padre Dios como convicción personal. Un efecto claro de la new age que pretende, con el prurito de respetar las creencias, mezclar todo tipo de convicción sobrenatural con las ideas en boga. De ese modo, y como lo advierte la Encíclica Evangelium gaudium, del Papa Francisco, se niega de hecho el conocer a Dios y se considera que se es imposible hacer una afirmación sobre él. La segunda, equipara el Universo con Dios mismo. Pone en un mismo nivel la creatura con el Creador. De ese modo, Dios es lo material, lo creado, lo desconocido por el hombre hasta ahora, pero por la ciencia, puede ser infinitamente conocido. El tercero, el más entusiasmado y convencido, equipara a Cristo con otros personajes poniéndolos al mismo nivel. Lo deja como una creatura capaz de concentrar fuerzas de la naturaleza, lo deja como un ser especial que no escapa a ser una simple parte del Universo, pero que ya no es el Hijo del Dios vivo, no es el Verbo hecho hombre, ya no es el único Maestro de sus discípulos.

Mi conclusión es la ausencia de la Evangelización. Es que los católicos no somos capaces de definir quién es Jesucristo. ¿Quizá tenemos vergüenza? No somos capaces de dar una palabra clara sobre Dios. No somos capaces de dar un testimonio convincente como argumento a favor del Evangelio de Cristo. O quizá todavía dudamos de si hay un solo Maestro o nos hemos convencido de aquella otra frase de la new age: “al fin y al cabo es el mismo Dios”. El argumento que aquí reflejo sobre un hecho concreto al comienzo de este escrito demuestra lo patética de esta frase que termina desdibujando el Santo Nombre de Dios que nos ha sido revelado en Jesús.

Alguno pensará que con un buen testimonio de solidaridad, amistad, buena onda alcance para ser testigos de Jesús. Bien, les diré que en el mismo programa se habla de solidaridad, amistad y buena onda sin que a nadie se le mueva un pelo por vincularlo con Jesucristo, ni tampoco se piense o se crea  que es debido al Espíritu de Jesús que aquellas buenas obras se realicen. Está de moda la solidaridad, no es un camino de por sí convincente para provocar el acto de la fe en alguien.
Intuyo que el tiempo de la Nueva Evangelización requiere como ingrediente más necesario de nuestra época que al buen comportamiento y solidaridad de un cristiano se agregue la convicción mediante las palabras, y palabras claras, concretas y directamente referidas a la persona de Cristo. Una idea muy clara del sentido de la creación, del creador, del sentido de la historia humana.

Pero todo esto puede ser inútil si no se entiende, por parte del testigo de Jesús, que todo el bien que se hace por ser testigo no proviene del ingenio personal, o como un proselitismo sectario; sino del don sobrenatural de la fe recibido del Espíritu Santo; de los dones y carismas que se ejercen con responsabilidad y largueza. Del fuego de la caridad que proviene de Dios. A la fe habrá que unir la oración porque es en la oración donde la inteligencia se ilumina para dejar el razonamiento de este mundo y entrar por la caridad divina en la mente de Dios, en su pensamiento, en su obra, en su querer. Por eso quien dice no tener tiempo para orar es porque ya ha sido atrapado por el ritmo del mundo y no podrá ser testigo de Jesús porque no quiere entrar en el tiempo de Dios, en el ámbito donde se descubre el auténtico valor y lugar de las cosas. Un síntoma claro es cuando entendemos que la oración es algo que hacemos cuando “nos dedicamos a la religión”, o que no hacemos porque “tenemos cosas muy importantes que hacer”. Como si la vida misma fuera menos importante que las cosas que hacemos.

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mateo 16,26)
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”(Juan 15,8)Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19)

 “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra".(Hch 1:8)


Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". (Juan 20,21)

sábado, 6 de diciembre de 2014

LA ALEGRÍA DEL REINO

“Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos” ( Mateo 8, 11) Toda la Sagrada Escritura se figura al Reino de Dios con la alegría de un banquete. La alegría. ¡Cómo se nos escapa de las manos! Vivimos  muchos acontecimientos felices que nos hacen estar alegres, pero a la puerta de la fiesta ya nos espera alguna novedad que ensombrece o hace desaparecer con instantánea velocidad el momento feliz que hemos vivido.

Vamos igualmente acumulando buenos momentos que son solaz para las tristezas. Como creo ya lo comenté, Viktor Frankl constató en el campo de concentración durante la segunda guerra mundial que el sufrimiento es abarcador de toda la persona. Cuando alguien sufre algo, por pequeño que sea, abarca de una vez todos sus sentimientos y su mirada sobre la vida. ¿Cómo podemos hacer que las alegrías sean tan abarcadoras para que duren también todo nuestro tiempo, aunque haya contratiempos?

Años atrás, en una comunidad había vivido una señora que era evangélica. Falleció poco tiempo antes de que llegara yo como párroco a aquel lugar. Su recuerdo estaba vivo. La misma comunidad católica reconocía en esa señora una persona de fe, una fe contagiosa que la hacía alegre, comunicativa, solidaria. Como me ha pasado con otras personas ya fallecidas y que no llegué a conocer durante su vida peregrina, pude reconstruir fácilmente la personalidad de esta señora. Tenía una alegría interior que nadie se la podía quitar. Su alegría no se basaba en los hechos de la vida cotidiana; hubiera estado como nosotros en el vaivén de los buenos y malos momentos. Su alegría se fundaba en el acontecimiento único de una persona: Jesucristo.

En mis lecturas de temas muy diversos, cuando se hace referencia a Martín Lutero, padre del protestantismo, se menciona que su búsqueda era, dicho con mis palabras, esa alegría que la fe que él vivía no le podía dar. Es posible, y lo he visto concretamente, que muchos católicos actuales que abandonan la fe para aferrarse a grupos evangélicos buscan lo mismo. La alegría del Reino que es Jesús mismo. Lo expresa él con sus palabras cuando dice: “el Reino de Dios está entre ustedes” (Lucas 17,21).

Jesús es alegría para el que cree cuando se lo conoce y no se adora la imagen de Jesús que nos hemos hecho. Lo distinguimos fácilmente: cuando Jesús es más que algo, es alguien, es otro. Es alegría cuando deja de ser la proyección de lo que a mí me parece y es el Maestro que me enseña a vivir. Segunda idea que está muy en boga. Muchos quieren que la Iglesia haga esto o aquello, que esto le gusta a Dios y esto no, los curas debieran hacer esto otro. Es alegría cuando reconocemos en él “el dedo de Dios” como dice de sí mismo cuando habla de que puede expulsar a los demonios. O sea, cuando es Señor de la historia, dueño del destino de los hombres. Es alegría cuando es él mismo el gran acontecimiento de mi vida, el más grande de todos. Cuando no hay ni persona, ni vivencia, ni cosa alguna que sea más grande y más preciada por mí que el Señor.

La alegría que no pasa es Jesús que pasa por mi vida, y a cuyos pies quiero estar. “Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría".

(Jua 8:56)

domingo, 30 de noviembre de 2014

DE LA IMPOTENCIA AL PROTAGONISMO

Lucas 21, 29-33
El  cine catástrofe, es la imagen que más se acerca a la descripción que versículos antes de los citados Jesús utiliza para indicar la llegada del Reino de Dios. En las películas siempre aparece un héroe capaz de vencer las dificultades más increíbles librándose y librando a sus seres queridos de destrucciones, monstruos, zombies y cuanto la imaginación del libretista se presente. Una sensación de poder o suerte interminables del protagonista, y una ausencia e invalidez de todo principio de vida o mirada sobre el sentido y el fin de las cosas, se adueñan de nuestros sentimientos. Es revelador. Creo que en la vida diaria tenemos ese sentido. Vivimos como si las cosas no fueran a terminar nunca y como si la felicidad consistiera en esa paz sin fin que anhelamos.

Las religiones orientales lo han solucionado de manera agradable: ignorar los sufrimientos, la meditación para salir del mundo como se presenta y vivir como si nada pasara. A eso se debe su éxito en la sociedad occidental agobiada por las crisis y las vidas sin solución. Y en eso consiste su incoherencia con la sabiduría cristiana que en estas palabras del Evangelio de Lucas en vez de rechazar lo caótico de la historia presente, lo asume como un signo del Reino de Dios, como cuando vemos los brotes de la higuera que anuncian el verano. Jesús, desconcertándonos, nos dice que cuando suceda todo esto “tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (en el versículo 28, inmediato anterior a la cita).

El Maestro de doble manera nos pone ante la disyuntiva para tomarlo como único maestro de nuestras vidas a riesgo de vivir entre dos aguas irreconciliables, la esperanza o la desesperación. La fe sobrenatural o el sometimiento a un devenir del cual tenemos que huir. Al fin he encontrado una respuesta que me llena de certeza, de alegría y de temor.

La certeza es necesaria. Es la seguridad del sentido de las cosas, aún las catastróficas. Ninguna deja de tener sentido, y ninguna deja de estar sometida al único fin de la historia del cosmos y de la humanidad: Jesucristo. Su palabra va a ir más allá de nuestra vida presente. ¡Epa! O sea que el Señor no ha venido a darnos recetas dulzonas, de imágenes idílicas para que vivamos esta vida con mucha fe. Sus palabras irán más allá de la historia: “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. Ya sabemos el final de la película, pero esta no es una película como las otras. Es una realidad que abraza lo presente y se proyecta más allá. Un más allá.

Un más allá que me ubica como protagonista y no como espectador en esta realidad que no tiene la última palabra. Entiendo entonces el significado y la importancia de mi vida política (en el sentido propio del término), entiendo el ideal de una sociedad más justa, entiendo la perseverancia en el camino del bien, entiendo el “estén siempre alegres” de San Pablo (1Tes. 5, 16). El Apóstol no es un iluso, es un realista.

Y del miedo de la película catástrofe paso al temor de la realidad esperanzada. El temor ya no es sobre monstruos inimaginables, ni por poderosos malvados. El temor es por mi propia maldad, mi ceguera para ver la finalidad de las cosas, mi parálisis ante las desilusiones que me provocan las realidades y mi pérdida de tiempo para ponerme manos a la obra en la edificación del reino que se acerca. De víctima de la historia a protagonista es un paso gigantesco y posible. Estoy aferrado a un solo Nombre delante del cual toda rodilla se dobla.


Mejor recemos: “Padre nuestro… venga a nosotros tu Reino..”. ¡Uy, no! Mejor otra: “Dios te salve, María…ahora y en la hora de nuestra muerte”. ¡Peor! Mejor un credo: “Creo en Dios…desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”… no tengo escapatoria, voy a tener que creer nomás. ¡Ánimo!

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL REINADO DE CRISTO

Pienso en la vorágine del tiempo cronológico que se acerca a fin de año y todo el movimiento y organización que supone para la familia. Pienso en la ingente cantidad de objetos de consumo que se amontonan en los escaparates de los comercios y en la anticipación de previsiones de ventas que hacen los medios de comunicación social. Pronto vendrán las noticias sobre los precios de las carnes, los objetos navideños y las perspectivas de viajes a destinos de turismo. Y todo me figura en una gran y antigua Babilonia con su comercio árabe y la venta de esclavos, alimentos, objetos preciosos y un mundo de gente circulando por callejuelas intrincadas; con un barullo de voces ininteligibles y de intercambios anónimos.

Y me pregunto qué es lo importante y qué es lo menos importante. Qué es lo que define la vida de la sociedad y qué la frena. Me pregunto si la curiosa capacidad de olvidarnos de nuestros problemas sociales (violencia, drogadicción, narcotráfico y pobreza) con tanta facilidad por los días festivos y veraniegos para retomarlos con una pasión y llanto incontenibles cuando venga marzo, significa lo que somos o lo que nos pasa. Trato de buscar en medio de todo esto qué significa Cristo y su Reino. Y me digo si también él está en medio de todo este caos organizado y si su presencia representa ¿cuántos millones de dólares? (parece ser que esa es la medida de la importancia de los verdaderos acontecimientos en el mundo). Mientras tanto, reviso mi bolsillo y saco un reluciente billete de cien pesos cuya capacidad de significación está muy lejos de aquellos millones, y me digo si mi vida y sus acontecimientos cotidianos, aquellos por los que yo río y lloro y que significan lo más importante para mí, tienen algún valor o inciden en aquellos cálculos millonarios. O más bien creo que tengo que hacer una pregunta al revés: si aquellos millones, el caos organizado y los precios de la carne más los destinos turísticos modifican, mejoran o empeoran mi vida en algún sentido.

Me doy cuenta que la estridencia de los cálculos y los ruidos de los medios de comunicación no significan nada y corro el riesgo de que mi vida quede en la nada si no encuentro el principio y el fin de mi andar cotidiano. Entonces comprendo el reinado de Cristo como un acontecimiento y como un camino. El acontecimiento que le ha dado valor a mi vida cotidiana porque cada cosa que vivo tiene significado y valor (para el cual no alcanzarán los millones de dólares), es este paso de la cruz salvadora, de la vida plena del Señor resucitado que ha creado una escala de valores donde vuelvo a ser el protagonista y la razón por la que existen los escaparates, la carne, los millones y las noticias. Comprendo que hay un camino por el cual transito dando pasos firmes que no son estridentes y ni salen en las noticias. Pasos que responden a la vida de millones de seres humanos, pero que no cuestan millones de dólares. Son los pasos del Evangelio: “ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5, 13). Comprendo que el camino tiene muchas dificultades, pero si no las tuviera ¿cómo sabría que mi caminar es diferente del que corre detrás del poder o del dinero? ¿qué novedad aportaría? ¿de qué valdría el esfuerzo de vivir con códigos no aceptados por la sociedad? Si Jesús estableció su reinado por el camino de la cruz ¿yo lo haré por el camino del poder y de la fama, del dinero o del placer?


Soy protagonista de la historia, estoy modificando los destinos de la humanidad, estoy aportando el principio del fin de la violencia, la drogadicción, el narcotráfico y la pobreza. No saldré en los diarios, no caminaré por Babilonia ofreciendo una mercancía más, no comentarán mi vida los programas faranduleros propagandistas de vidas voluptuosas y vacías. Y soy protagonista de un Reino que no tendrá fin, ciudadano por derecho de ese Reino, soy hijo de Dios y hermano de los hombres. Me ha tocado un lugar de delicias, estoy contento con mi herencia (Salmo 16,6)

sábado, 20 de septiembre de 2014

AMAR ES COMPROMETERSE

El paso de una generación a otra siempre ha significado una ruptura. Nos terminamos dando cuenta de unos a otros, que hay cosas que deben pasar y dar lugar a unas nuevas. Nos ilusionamos que esos pasos significan un paso hacia el bien, a un bien mayor. Sin embargo los resultados de esos pasos no nos dicen que verdaderamente las nuevas generaciones vayan en un sentido de crecimiento. Tenemos la clara sensación de que hay pérdida de valores humanos, y que , a pesar de la mayor disposición de bienes de nuestros hijos y nietos; no significa el progreso de sus vidas ni una felicidad asegurada. Cada vez vemos con mayor claridad la fugacidad de sus alegrías, su existencia en una sociedad deprimida, sin puntos de referencia, sin que sea ella un soporte para su progreso. Los vemos solos, sin que podamos hacer mucho porque, en cierto modo, los adultos con nuestras convicciones somos también miembros descartados del tejido social. A veces tengo la sensación de que estos dolores intergeneracionales no son dolores de parto, sino de muerte.

No quiero hacer una observación moral que concluya con opiniones de un lado y de otro. ¿De qué serviría? ¿A quién le serviría? Las cosas seguirían igual y nosotros, los adultos, seguiríamos siendo espectadores de un mundo cuya historia, en cierto modo, nos ha abandonado a la vera del camino. Sí, esa es una buena definición: espectadores. Por eso pienso que hacer un diálogo sobre quién tiene razón es inútil. Lo que creo útil es recuperar nuestro lugar protagónico, decididamente protagónico y vivirlo con intensidad. Llenos de vida, llenos de cosas para dar y darlas. Esta última actitud es la que renueva la esperanza porque el árbol que da buenos frutos, no los anda ofreciendo, simplemente los da, y el que tiene hambre come de sus frutos. Las nuevas generaciones podrán decir siempre que son libres para hacer lo que les parece mejor; y las viejas generaciones podremos decir siempre que somos libres para dar el buen fruto que queremos ofrecer a los demás, porque eso es lo que sabemos dar y eso es lo que queremos dar.

Con esta conclusión ¿cómo nos paramos frente a la realidad que vivimos? ¿Qué hemos hecho de los valores fundamentales que sostuvieron nuestra vida hasta el presente? ¿Los hemos descartado sintiéndonos ridículos frente a las nuevas propuestas de vida?¿Por qué? Abandonar los valores de vida, relativizarlos, descartarlos, es abandonar el protagonismo social, es abandonar a las nuevas generaciones, es dejarlas a la deriva sin una propuesta fiel que ofrecer.

Siento la tentación de volar en muchos pensamientos que parecen necesarios ante este planteo, pero aterrizo mejor una idea que me ronda la cabeza desde hace días: la libertad de ser. La sociedad cuestiona. Por momentos nos hemos sentido violentados en muchas cosas. Lo que antes era visto socialmente como malo, ahora es bueno. Se planteó eso como una maduración. Antes, ser madre soltera era algo impensable, vergonzante. La vieja sociedad prefería ocultar los hechos para evitar el rechazo social, el escándalo. Nos enseñó a vivir de secretos, a esconder vidas, a abandonar en cierto modo la vida. Nos jorobó la vida enseñándonos a escondernos de nosotros mismos y de nuestra verdad, nos hirió en el alma. Después se pasó a una reivindicación del hacer lo que me parece y nos llevó a la indiferencia. No molesta que haya madres solteras, pero tampoco interesa. No molesta que no haya familia, responsabilidad, amor para recibir un hijo. Se ha elegido el camino más fácil: pasar frente a los hechos sin comprometernos, facilitando medios, felicitando decisiones, pero sin compromiso. En estos días en los medios (me enteré) una prostituta anda dando entrevistas para contar lo feliz de su vida, hasta que una periodista le dijo que sólo mostraba una parte de la realidad: ¿qué sentía ella al tener relaciones con muchos hombres? ¿No llegaba a sentir asco? ¿No se sentía usada? La mujer se sintió cuestionada y habló del lado oscuro de lo que hoy quiere verse en positivo, como un bien, como un derecho. La sociedad no se compromete, prefiere facilitar y no ver.  Los extremos se tocan, lo que antes estaba prohibido o era mal visto y que llevaba a un descompromiso total, hoy esta permitido o está bien visto y lleva a un descompromiso total. No nos hacemos cargo. La vida de esa madre soltera, la vida de esa prostituta, sus vidas no nos interesan. Nos interesa felicitarlas por lo que hacen, pero no nos interesa sentirnos solidarios con ellas, porque haciéndolo entraríamos en el lado oscuro de sus elecciones. Aquí entramos nosotros.

La beata Teresa de Calcuta decía que hay que amar hasta que duela. Este es el punto. Este es el primer paso: aprender a llorar. Cada día comprendo más que el sufrimiento acompaña la vida del que se compromete. Pero ese sufrimiento, esas lágrimas no son sinónimo de depresión, ni de angustia ni de desesperación. Las lágrimas son signos de solidaridad, de amor, de compromiso, de lucha. Sentirnos conmovidos por lo que le pasa al que sufre, sentirnos dolidos por ver lo negativo de las malas elecciones ¡y hacérselo saber!. No es tan obvio como parece. Cuando las situaciones nos conmueven buscamos una explicación razonable, nos decimos que la sociedad va así, que hay que asumirlo, y tragamos las lágrimas, nos callamos y nos quedamos a la vera del camino. Esas lágrimas tragadas hacen mal. Nos hacen mal, les hacen mal a todos. Y me refiero a las lágrimas que revelan que amamos, que nos interesa, que vemos lo que pasa, que no nos es indiferente. En el mundo de la sonrisa fácil, del “todo bien”, del “es su vida”, o sea del “no me importa”, hacer sentir nuestras lágrimas es una actitud profética, protagónica, cuestionante, constructiva.


Pero tal vez la sociedad nos ha domesticado, como a un esclavo, enseñándonos a callar lo que sentimos, a no atrevernos a decir lo que pensamos. Nos apalea si alzamos la voz para decir algo que contradiga lo que todos creen, lo que se usa, lo que está de moda. Nos convence de que estamos equivocados y aprendemos, como esclavos, a acallar nuestra conciencia. Actualizarnos equivale a domesticarnos. Sí, el lado oscuro del presente. Y alguno preferirá ver el otro lado, el de acompañar con nuestra adaptación lo que vive la sociedad. Si esto fuera lo positivo, que lo hay y mucho, sobre todo como posibilidad de mayor solidaridad, de mayor compromiso de mayores medios, claro que sí, me uno a acompañarlo y aplaudirlo. Pero me estoy refiriendo a ese lado oscuro que veo aparecer sólo como lamento. A ese lado que me quiere domesticar. Lo rechazo, me niego a ser domesticado, me niego a vivir como esclavo, me niego a dejar de ser yo mismo, me niego a ocultar las riquezas que tengo para dar, y me niego a que me lo prohíban. Me niego a que me impidan vivir, me niego a que me impidan amar y comprometerme. Y acepto el rechazo, la dificultad y las lágrimas que significan el ser un hombre libre, que cree en la sociedad, que cree en los valores que las generaciones han transmitido porque el ser humano es tal desde su origen y lo seguirá siendo. Porque el mal, el error y la mentira existieron siempre; y el bien y la verdad son la meta auténtica de la vida y a nadie puede negársele. Acepto vivir, amar y comprometerme. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

NO SOMOS HUÉRFANOS

“Las cosas son así y ya está”, “Somos hijos de la vida”, “Es lo que me tocó”, son frases comunes que expresan un sentimiento real: somos huérfanos. También se expresa como que hemos alcanzado la adultez y hay que pelearla porque todo está en nuestras manos o se escapa de ellas y no hay otra. Nos invade un sentimiento de orfandad y de posesión. De orfandad al sentirnos desamparados, a veces, y muchas, víctimas; nos invade la nostalgia de la infancia como el lugar seguro y despreocupado y nos tienta la vida feliz, esa del día de campo, de la diversión donde nos empeñamos en decirnos unos a otros cuánto nos queremos. Tenemos necesidad de decirlo y de escucharlo, como aquellos auténticos huérfanos que viven en instituciones y que se abrazan a cuanta persona les demuestre un poco de afecto. Y nos invade un sentimiento de posesión, de creernos por todo esto dueños de la vida y dispuesto a tomar decisiones “audaces”, atropellando el tiempo y las circunstancias, cayendo y volviéndonos a levantar. Un impulso irresistible por darle sentido a nuestra existencia misma, creyendo que cuanto más logremos más significado tendrá el vivir, convenciéndonos que nuestras decisiones son lo más valioso y que el éxito es la meta de lo que hacemos.

Si los hechos son irremediables y se oponen a cualquier proyecto exitista, hacemos una rara combinación de resignación y de combate. Vivimos como dueños de la vida sabiendo en verdad que no lo somos. Decidimos como si estuviésemos seguros de lo que hacemos, concientes de que la vida se derrama por todas partes sin que sepamos hacia donde nos lleva. Nos seduce aquella imagen de Hawkins del caos primigenio que finalmente deviene en un orden, y esperamos ilusamente que así será nuestra historia.

En definitiva, abandonamos la idea de un proyecto original y de un destino conocido. Llegamos a captar existencialmente que en  la vida somos huérfanos de todo y constructores de todo lo que significa vivir. Las generaciones jóvenes toman decisiones vitales donde se replantean todo valor moral como una decisión personal que ordena decisiones anteriores. Decidí esterilizarme, porque decidí dejar de dar vida. Decidí cambiar de sexo porque decidí antes no aceptarme. Decidí quién soy porque construyo desde la nada lo que soy. Decidí ignorar la sociedad que me tiene que contener a mi según mis decisiones pero que no me debe pedir nada. Decidí vivir de esta manera aunque me hayan enseñado otra cosa en mi familia y tradición porque todas esas cosas las tomo o las dejo según mi propia decisión sin que tengan influjo sobre la posibilidad de mi felicidad o mi fracaso. Decidí ser huérfano.

He encontrado una clave: Dios es más que el ordenador del caos hacia la confluencia de caóticas existencias en un orden feliz. Dios es mi Padre. Nada está al azar en la vida. Ninguna decisión es indiferente a mi existencia y compromete lo que soy y a dónde llegaré. Soy deudor de mi vida ante la sociedad porque es cierto que soy responsable de mis actos en cuanto respondo a quien me la dio por amor. Mis decisiones auténticas sólo las puedo tomar por amor ¿a quién? ¿A la vida, a otra persona, a mí mismo? Serían todos referentes que me dejarían siempre huérfano, siempre aislado y solitario, dependiente de la existencia de esas referencias y de la volubilidad de esas personas. Me dejaría en una inseguridad ineludible que me obligaría a tomar precauciones fruto del temor del mañana. Soy deudor del amor de Dios que es mi Padre. Que me amó con amor eterno, que no me dejó sólo en la vida, a Él ni un pelo de mi cabeza se le escapa, y en su Providencia, conoce lo que me es más necesario. A Él puedo abrazarme en las horas de tristeza, y en Él puedo encontrar el sentido de las cosas difíciles. Puedo descansar en su regazo cuando los imposibles se presentan en mi vida. Puedo y debo preguntarle qué rumbo tomar, y dejarlo cuestionar mis decisiones. Saberme su hijo amado me impide la resignación a una existencia gris, por el contrario, me impulsa a rechazar la infelicidad decidida y a apuntar a la alegría eterna para la que me ha creado. Puedo tomar su mano con firmeza cuando decisiones importantes estremecen mi alma. Puedo sentir su mano firme sobre mi hombro cuando experimento la desilusión de los que dijeron amarme y me abandonaron. Escucho su voz amiga que me devuelve la esperanza y aleja los sentimientos de rencor o de venganza. Puedo decirle que lo amo, seguro de que escucharé en el eco de mis palabras un amor eterno.


“Pero para nosotros, no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y a quien nosotros estamos destinados, y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y por quien nosotros existimos” (1 Corintios 8, 6)

sábado, 2 de agosto de 2014

LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES

Hace muchos años atrás un hombre se había acercado a la comunidad donde yo vivía y, debido a mi oficio, debía atenderlo. Comenzó a hablarme sobre una investigación bíblica que estaba haciendo y que ya le llevaba mucho tiempo. El tema giraba en torno a la respuesta que Adán le había dado a Dios después de pecar. Según transcurría su explicación, intrincada y esforzada, me daba cuenta de que había algo que no quería o no podía decir y que era el verdadero motivo de su presencia allí.

Después que habló un buen rato, se quebró y comenzó a compartir que tenía una relación homosexual con un hombre casado. Había decidido dejar esta relación pero, a decir verdad, su vínculo afectivo era tan fuerte que no podía hacerse a la idea de ello. Una gran lucha en su conciencia lo puso frente a su realidad masculina, su vínculo con este hombre, la familia aquella en la que él interfería, en fin, suficientes motivos para ver condicionado su presente. ¿Qué respuesta debía darle yo? Este hermano se había acercado a un lugar religioso. Si lo hizo, ya es evidente que sus cuestionamientos iban hacia el fondo de su vida, hacia el núcleo de su relación, hacia Dios. Hacia el núcleo de su relación consigo mismo. Un cuestionamiento en el que buscaba una respuesta que él mismo no se podía dar. Se sentía atado por todo esto y oprimido por no poder resolver esto más primordial que era una gran desorientación de su identidad. ¿quién era él? ¿Hacia dónde iba su vida? ¿Por qué su vida dependía de una persona?

No apareció en su discurso, en ningún momento, el hecho de que había una cuestión moral en todo ello. Me refiero a la moralidad no sólo de sus actos, sino a la moralidad de sus puntos de referencia para encontrar respuestas. Si partía de sus afectos, terriblemente desordenados, ¿hacia qué puerto podían conducirlo? Ya su experiencia había sido catastrófica. Si sus sentimientos hubiesen sido el punto de respuesta, no habría cuestionamientos para hacerse. Y de hecho sus palabras y sus lágrimas pasaban por momentos de serenidad donde contaba con un dejo de nostalgia de pasiones vividas con aquel hombre. Esto no duraba mucho, porque al momento se sentía nuevamente en un abismo. Ya de por sí, pero oscuro para él, todo esto le estaba dando una primera respuesta: los afectos no son un punto de referencia para el bien o el mal; más bien son una expresión de adhesión hacia un bien o hacia un mal. Cuando los afectos en vez de provocar la serenidad y afirmar en la verdad provocan desorientación o conducen a afirmaciones intelectuales complejas y condenatorias de pensamientos opuestos, están indicando que hay una ausencia de verdad en lo que se vive y en lo que se ha decidido.

¿Por qué este hermano fue a un lugar a buscar una respuesta? ¿por qué no podía responderse a sí mismo? Quizá quiso simplemente huir de la posibilidad de pensar en todo esto y por ello el pretexto de sus elucubraciones bíblicas. Pero al huir hacia Dios es imposible enfrentarse consigo mismo. Y vuelto hacia El, hacia Dios, buscaba esta respuesta: ¿Dónde está el bien? ¿por qué no puedo aferrarme a lo que vivo? ¿por qué no tengo fuerzas para terminar con esto? Peligrosamente la ausencia de respuestas y querer seguir en donde estaba lo conducía hacia esos “agujeros negros” que pueden terminar con la negación de la propia existencia, con el suicidio.

Una mano tendida desde la existencia misma, desde el sentido del existir se acercaba a El. Para poder salir de donde estaba era necesario decirse que hay un bien y hay un mal. Que ese bien o mal no es mi elección en cuanto yo no la defino, aunque lo sienta así. Que puedo confundir lo bueno con lo malo y que por lo tanto, mis acciones tienen una moralidad necesariamente. Necesariamente estoy obrando bien o estoy obrando mal. El mal me conduce a la muerte y el bien a la vida. Al no ser yo el autor de este bien o de este mal en cuanto a ellos mismos, en cuanto a definir si esto es bueno y esto es malo de manera absoluta; alguien tiene que darme la respuesta y ese alguien no soy yo.

Si las respuestas recibidas son únicamente decirme lo que está bien y lo que está mal y ahí termina la cosa, me deja en un abismo peor. Descubro que soy malo e imposibilitado del bien. Me siento hundido en una burla que ahonda mi herida. Cuando el profeta Jeremías anunció de parte de Dios un llamado a conversión para Israel, indicándole que estaba obrando mal, no se contentó el Señor con señalárselos sino que los invitó a cambiar de conducta para que de ese modo no cayeran sobre ellos los males que el profeta les anunciaba (Jeremías 26, 13) Los profetas y los sacerdotes se dieron por ofendidos y quisieron condenar a muerte a Jeremías. La primera reacción es ofenderse porque se cuestiona la propia conducta. Los profetas y los sacerdotes de Israel no esperaban de Dios que les hablara mal de sí mismos. Dios tiene siempre que decirme cosas buenas, y él está de acuerdo con mis procederes porque yo quiero el bien, en otras palabras. No hay otro dueño del bien y del mal, soy yo quien decido lo que es bueno o malo. Y si algo no va bien, Dios tiene que venir en mi ayuda para confirmarme que soy bueno y que son los otros los que me hacen daño por envidia, por odio, por… no debe haber moralidad en mis actos, es decir, no pueden decirme bueno o malo.

Es paradójico que este hermano haya tenido entre sus pretextos para eludir su vida, aquella imagen de Adán vuelto contra Dios. Es precisamente la luz bíblica más fuerte en este sentido. Adán que quiere comer “del árbol del conocimiento del bien y del mal” quiere saber por sí mismo lo que es bueno o malo decidiéndolo, pero no contemplándolo. De todos los árboles del jardín del Eden Adán podía comer, menos de este. Este era sólo para contemplarlo. Este sólo lo podía cultivar Dios. Este horizonte de un bien que se conoce y que se ama, pero sobre el cual no se decide, es la base de la moralidad de los actos. Y es posible conocer el bien de nuestros actos, así como su mal. Conocerlo en el sentido de reconocerlo, de darnos cuenta que a pesar de que nuestros sentidos y hasta nuestros razonamientos parezcan indicarnos lo contrario algo es malo o bueno. Lo cual indica que, en ese caso, nuestros sentidos y nuestros razonamientos son equivocados. Este principio es el que permite el diálogo con los demás y la búsqueda de la verdad. Es también el que permite arribar a la verdad, la cual esta fuera de nosotros y nosotros no la definimos sino que la contemplamos.

A su vez descubrimos que la verdad es mucho más que nuestras vivencias. Que lo que somos es más que nuestras vivencias. Esto es fundamental. Cuando lo que somos se identifica con nuestras vivencias, estamos perdidos. Equivocadamente creemos que esto que vivimos es el límite de lo que somos, y cuando lo que vivimos es negativo nos arrimamos al abismo. Este abismo es ilusorio, no es la verdad, pero ¿quién nos hace entender que hay más? Reconocer el bien o el mal en nuestros actos concretos, en nuestras decisiones nos abre esa puerta. Una puerta que lejos de llevarnos a una desorientación mayor, motiva la vida para ir al encuentro de nosotros mismos. Para llegar a aquel lugar interior donde no decidimos, donde nos contemplamos, donde esta la verdad más intima de nosotros. Donde el amar o ser amados por alguien no define sino que expresa lo que hay más adentro de nosotros mismos. Donde no somos condicionados por nuestros afectos, ni engañados por nuestras decisiones. Donde no nos quedan dudas de que la vida es un compromiso.

Este compromiso lo descubrieron los jefes del pueblo y los ancianos de Israel ante aquel anuncio catastrófico de Jeremías. Ellos no se sintieron agredidos por su profecía, y dijeron: “nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios” (Jeremías 26, 16) Se sintieron contempladores de la verdad y el anuncio profético los invitaba al compromiso de un camino de conversión. Las palabras de Jeremías cuestionaban la moralidad de sus actos  y definían su porvenir desde su identidad. Ellos se sabían amados por Dios y miembros del pueblo elegido. Ese era el punto de referencia y no sus decisiones, sus actos. Ellos no eran sus decisiones ni sus actos, sino un pueblo elegido por Dios. Esta elección suponía un compromiso donde se obraba esa verdad: obrar como pueblo de Dios. Obrar que los comprometía personalmente y, al revés, que hacía que sus decisiones personales los involucrara como pueblo.


Versículos más adelante el libro de Jeremías nos deja un ejemplo triste de cuando no se quiere aceptar la verdad y se quiere manipularla, en una actitud ilusoria de que escondiéndola, persiguiéndola, y usando cualquier artimaña, por injusta que fuese, se logrará evitar el sufrimiento provocado por los propios malos actos o malas decisiones. Joaquím, rey de Israel, mando perseguir a Urías, otro que había profetizado en el mismo sentido que Jeremías. Y lo hizo matar (Jeremías 26, 23)