domingo, 13 de julio de 2014

CONOCER A DIOS


“Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn. 17,3)
Jesús ora por nosotros, y ora en el momento decisivo de su vida y su misión: está por cumplirse su crucifixión y resurrección. Manifiesta el sentido de esta misión y el significado del bien que vino a traernos. Este bien, por sobre todo bien, que es la vida eterna consiste en conocer a Dios “que es el único Dios verdadero”. Manifestación personal, única, inequívoca de Dios.

Si tuviéramos que escuchar a cada persona que manifIeste su pensar, si idea sobre Dios, tendríamos muchísimas definiciones, algunas contradictorias entre sí. Y tantos otros que al observar las diversas religiones, llegan a la conclusión de que es el mismo Dios conocido por todos. O que la religión es un camino más para llegar a ese único Dios. De este modo, la imagen de Dios se transforma en una idea vaga sobre él debido a que la multiplicidad de religiones no permite arribar a un único concepto, o a un único conocimiento de Dios y sus efectos sobre la vida de los hombres. Con otro efecto negativo: la indiferencia hacia el conocimiento de Dios. Como hay tantas búsquedas y manifestaciones sobre Dios, se hace innecesario buscarlo y conocerlo. Basta con la idea que tengo y desde ella llegar a Dios en la medida que me hace falta.

Dios se transforma en un objeto de mi deseo arbitrario. Si quiero, lo busco; y si no, no es necesario.
Jesús ora al Padre mirando desde el deseo de Dios, desde su Voluntad, que obtengamos vida eterna conociéndolo como él es. Y para eso, tenemos que conocer a Jesucristo, su Enviado, quien nos ha manifestado el rostro único de Dios. Ya no da lo mismo cualquier religión, ya no da lo mismo lo que yo creo mi necesidad de Dios. Hay una voluntad salvadora de Dios, quien quiere darse a conocer como él es.

Nuestra fe es entrar en esa corriente de conocimiento de Dios que no parte de nosotros, sino de Dios. Y por eso, las reglas de juego para conocerlo, las pone él. Y esa gran regla de juego, es su Hijo único, Jesucristo. A Dios, nos enseña Jesús, se lo conoce amando y amándolo. El amor es el conocimiento supremo. Todo corazón humano lo sabe. El que se sabe amado por Dios es el que quiere conocerlo. Dios no es un concepto mental. Esa es la gran idea equivocada de Dios y de la religión. Entender a Dios como un concepto y entender la religión como una serie de conceptos.


Primero se ama, luego se comprende con la razón. Y ese amor es experiencia de Dios vivo. De Dios quien es y no como lo imagino o lo he definido. La religión es expresión de un amor que proviene de Dios, y tiene como esencia lo que él dice de él mismo y lo que él quiere para sí. Tiene como expresión lo que, a partir de ese amor revelado, nosotros queremos decir de Dios y expresarle nuestro amor. 

martes, 8 de julio de 2014

AGUARDAR CON AMOR

Los oídos de mi infancia no olvidan frases escuchadas en distintos momentos de distintas personas con la buena intención de motivar una respuesta a Dios: “¡Te vas a ir al infierno! ¡El diablo te va a llevar!” Motivaciones desmotivantes, como se usa decir.

En la liturgia de la Palabra en el día del martirio de San Pedro y San Pablo, la Carta a Timoteo es una herencia de momento supremo. Pablo se prepara a dar su último testimonio de Jesús, espera la corona de Justicia preparada para “todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación” (2 Timoteo 4, 8) Me ha dado mucha alegría redescubrir estas palabras. Muy distintas del temor del infierno. Me recordaron las palabras de un viejo monje benedictino que decía que él no pensaba ir al infierno, pues el infierno no existe. Claro, lo diría, imagino yo, en que en la mente del Señor el Infierno no es el lugar pensado por El para nosotros. Pero más importante que eso es la actitud de fondo: aguardar con amor. El camino de la fe es un caminar motivado por un amor cada día más creciente.

Una convicción ha acompañado todas mis decisiones importantes. Si un lugar me hace crecer en el amor, ese es mi lugar. Cuando la situación de lugar no es tan importante y más importante es la motivación que me conduce, esta es el amor, el crecer en el amor, el caminar en el amor. Con una diferencia muy importante con los criterios del mundo. Más adelante, en esa misma carta a Timoteo, Pablo recuerda a varias personas. Un cuadro muy variado de acompañantes de la vida donde hay “para todos los gustos” y también para los disgustos. “Demas me ha abandonado por amor a este mundo”, dice con sentimiento el Apóstol que se ha hecho “todo para todos con tal de ganarlos para Cristo”. El fracaso de un apostolado tan enérgico se debió a un cambio de amor en Demas. O un Alejandro, que también menciona Pablo, que ha visto en el Evangelio de Pablo o un peligro para su estilo de vida, o un peligro para su dominio de los demás. Demas ha encontrado en el mundo la fama, el dinero, el placer, el propio plan de vida, el poder, la lógica del mundo, la costumbre de aceptar las cosas como vienen, y tantos otros amores de este mundo que esclavizan y dejan ciego para ver el Reino de Dios como la perla más preciosa por la cual se venden todas las otras y se compra esa.


El amor aguarda la manifestación de aquel Día. La plenitud del Evangelio. Y esta espera es tan vital… He escuchado también desilusionados por el Evangelio al cual encuentran o una utopía o un imposible. Y no hablo de filósofos, sino de personas corrientes, de buenos cristianos, de bienintencionados y de buenos corazones. Cuando el Evangelio se vuelve utopía se hace patrimonio de soñadores desencarnados. Cuando el Evangelio se vuelve un imposible, se hace libro viejo y olvidado de esclavos de sentimientos y acontecimientos, de costumbres y pasiones, de rutinas y tristezas. Pero el Evangelio es un camino con una meta. Un protagonismo con un final anunciado y feliz. Aguardar con amor me dice de un sentimiento de triunfo asegurado, aunque haya Demas y Alejandros. Algo muy distinto que el camino del éxito. La realidad del Evangelio no se mide por los éxitos, o las aprobaciones populares. Se mide por la espera signada por el amor.

sábado, 5 de julio de 2014

CONFIAR EN DIOS

AMANECE LA LUZ PARA EL JUSTO,
LA ALEGRÍA PARA LOS RECTOS DE CORAZÓN
(Sal. 97, 11)
Cada vez más frecuentemente se extiende una manera de actuar frente a Dios para la gente que dice tener fe. Cuando se enfrenta con las luchas diarias de la vida, o con propósitos personales de tipo sentimental o material de lo más variados, se apoya en esta convicción de fe de que me va a ir bien porque Dios me acompañará.

El profeta Amós, enviado por Dios a su pueblo, llama con energía la atención sobre una actitud: el pueblo busca el apoyo del Señor para sus empresas y realiza actos de culto donde demuestra esta actitud de fe; pero el Señor “cundo ustedes me ofrecen holocaustos, no me complazco en sus ofrendas ni miro sus sacrificios de terneros cebados” (Amós 5, 22). El profeta dice estas palabras exhortando a Israel: “Busquen el bien y no el mal para que tengan vida, y así el Señor, Dios de los ejércitos, estará con ustedes, como ustedes dicen.”. No sólo a Dios rogando y con el mazo dando, no sólo nuestros propósitos acompañados de oraciones; sino una integridad de vida, una vida involucrada en el Plan de Dios donde las cosas que nos proponemos entran también como engranajes de esa Voluntad… o no. Es decir, nuestros planes, proyectos y propósitos pueden o no estar en ese Plan de Dios para con nosotros, por una parte.

Por otra parte, recurrir al Señor para pedir la bendición de nuestros proyectos y necesidades, cuando no nos acompaña una actitud de hijos de Dios, una actitud de gente comprometida con El, puede que este recurso a Dios sea nada más y nada menos que una actitud idolátrica, un gesto de confianza en un amuleto poderoso; un frotar la lámpara de Aladino para que este genio poderoso y condescendiente, cumpla nuestros deseos.

Cuando el pueblo de Dios se encontraba en el desierto, en marcha desde la esclavitud de Egipto hacia la Tierra Prometida, caminaba guiado por la mano del Señor. Allí no había más qué hacer, había que caminar por el desierto. No había planes personales ni proyectos de comunidad, ¿qué podían hacer en ese lugar de paso? Además, fue el Señor que los sacó y quien los iba guiando a un lugar que no podían aún conocer. El deseo de salir de la esclavitud, con sus bajones, era más urgente y a los israelitas no se les ocurría otra cosa “¿Acaso ustedes me ofrecieron sacrificios y oblaciones en el desierto durante cuarenta años, casa de Israel?” (Amós 5, 25) En el enojo del Señor expresado por el profeta, anuncia una deportación, una nueva esclavitud en manos de los asirios “ustedes se llevarán a Sicut, su rey, y a Queván, su dios estelar, esos ídolos que se han fabricado”. Junto con estos falsos dioses, estos amuletos, el pueblo de Israel irá nuevamente a la esclavitud.

¡Qué parecida situación cuando tenemos, aparte de Dios, una serie de “cábalas”, unos recursos a concentraciones de energías, a antiguos procedimientos supuestamente fundados en el poder de la naturaleza. Cosas que se expresan en definiciones vagas de cosas, en realidad, muy claras y reveladas por Dios, como cuando decimos de alguien fallecido “Ahora desde donde esté, nos mira” ( Si no está en el Cielo ¿dónde está?). Esto me lo dio “Dios y la vida” (¿dos dioses?)
Cuando nos encontramos a Dios, el Dios revelado por Nuestro Señor Jesucristo, el Dios de los Ejércitos, no siempre tenemos el ánimo para esperar de él lo que él quiere obrar, el cómo él quiere obrar, y en quién quiere obrarlo. Así les pasó a los habitantes de Gadara nos relata el Evangelio de San Mateo ( 8, 28 y siguientes) cuando Jesús expulsó a los demonios de aquellos hombres y estos, con su permiso, fueron a unos cerdos los cuales se precipitaron al mar. Los gadarenos se asustaron y le pidieron a Jesús que se fuera de su territorio. Qué cosa extraña, cuando Jesús multiplicaba los panes, lo seguían multitudes; cuando resucitó muertos, muchos creyeron; pero cuando realizó el signo más importante porque está en el Plan de Dios liberarnos del pecado derrotando al Enemigo; entonces no estaba en los planes, entonces le pidieron que se vaya. Dejar el pecado, reconocer el poder de Jesús sobre el padre de la mentira, ese es un tema que no nos interesa; no está en nuestros esquemas de lo que Dios debe obrar y cómo lo debe hacer. Sólo queremos el dios amuleto, que haga lo que yo creo que tiene que hacer.


Confiar en Dios en un acto de vida que compromete, que significa una actitud de hijos que obedecen a su Padre y reciben de El lo más importante. Que comprenden su vida desde un Plan en el que todas las cosas toman su lugar, y donde nuestros deseos están orientados por un gesto de confianza por el cual buscamos el bien y no el mal para tener vida.

martes, 1 de julio de 2014

ENCONTRAR A DIOS

El Salmo 5 describe la actitud del creyente, muy distinta del que sabe que Dios existe: “Pero yo, por tu inmensas bondad, llegaré hasta tu Casa, y me postraré ante tu santo Templo con profundo temor” (v.8)

El punto de partida es la bondad de Dios. Esa bondad que uno redescubre a medida que piensa en el camino de la propia vida donde ha visto brillar el amor de un Padre que me condujo hasta el presente. Y es necesario salir al encuentro de este Padre, llegaré hasta tu Casa. Dios no es un Dios cósmico, presente en todo y ausente de todo. Por el contrario, es un Dios accesible, encontradizo, palpable. Y no es un decir, no es un simple darse cuenta. Es una realidad patente y perceptible por nuestros cinco sentidos. Una presencia que quiso dejarnos en Jesús, y Jesús que está entre nosotros hasta el fin del mundo. ¡Qué sabiduría, la del Señor, querer quedarse en los Sacramentos! Nuestros ojos ven los signos sacramentales, nuestros oídos escuchan su Palabra, nuestras manos tocan su Cuerpo, nuestra lengua gusta su Sangre, nuestro olfato siente el perfume de su presencia.

Como pasa con nuestros sentidos en cualquier situación, hay veces que el ruido no nos deja distinguir ni oír la melodía de la canción que nos gusta; otras veces, la multiplicidad de cosas para ver, la atracción de sus formas y colores, no nos dejan poner nuestra mirada en lo que verdaderamente nos es agradable y querible; otras veces el deseo de las cosas que excitan nuestros sentidos, nos hace olvidar o confundir lo que verdaderamente desea nuestro corazón y aquello que auténticamente satisface nuestras expectativas. Se hace necesario el silencio, ese que deja que resuene en nuestro interior aquella voz que nos llama, aquel que nos deja percibir la caricia de aquel consuelo que esperábamos; de aquella seguridad que no nos llega de ninguna parte, sino de lo alto. El silencio que nos lleva a “apagar” los ruidos  que distraen y fijar la mirada en lo que estuvo siempre delante de nosotros, pero que nuestras distracciones y confusiones nos impidió gozar. Cuando esa actitud llega, se apagan los temores, y los monstruos que parecen dominar el espacio y someternos haciéndonos sentir pequeñas criaturas indefensas, desaparecen.
MIRA QUE ESTOY A LA PUERTA, Y LLAMO....


Nos invade aquí ese profundo temor que dice el Salmo. Ese temor es conciencia de la grandeza  y el poder de Dios en cuyas manos está nuestra vida y que no queremos perder. Su grandeza y nuestra limitación. Su poder y nuestra fragilidad. Su amor y nuestra miserable ceguera y mezquindad que no nos dejó ver que estuvimos siempre envueltos en ese amor. Temor de Dios, don del Espíritu Santo. Se lo pidamos en el Nombre de Jesús. Se cumplirá la Palabra en nosotros: “Todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se los concederá”. Si le pedimos tantas cosas buenas pero pequeñas y vemos cuánto nos las concede, ¡cuánto más nos dará lo que es el deseo de su Voluntad cuando nuestra voluntad lo desee!

sábado, 21 de junio de 2014

LA VIDA ES BELLA

Me gustó mucho la película que lleva este nombre, referida a aquel hombre judío que, a pesar de sus terribles vivencias de la persecución y tortura nazi, lucha por vivir con alegría y ayudar a vivir así a su pequeño hijo, preservando su inocencia a pesar del infierno en el que se encuentran.

Su actitud refleja estas palabras de Jesús: “La lámpara de tu cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado” (Mt. 6, 22). Por mucho tiempo, demasiado, pensé que las enseñanzas del Maestro se referían a lo espiritual de modo exclusivo y excluyente. Influjo sin duda del neoplatonismo que crea una distancia entre lo espiritual y lo corporal. Cuando el Señor me permitió conocer un poco más de las Sagradas Escrituras y su origen, conocí también que el pensamiento semita, que está detrás de todas ellas, no admite esta separación de uno y de otro. De modo que escuchar estas palabras del Señor significa entenderlas física y espiritualmente.
Esto físico lo refiero al hecho del “ver” más que del ojo mismo. Ver la vida, ver los hechos, verme a mí mismo, ver a los demás. Si mi mirada está enferma, todo mi cuerpo estará enfermo. Y aquí lo físico entra de lleno. El descubrimiento de las enfermedades psicosomáticas lo confirma. Descubrimiento que ha sido ponerles un nombre y darse cuenta desde lo científico. ¿Teníamos que esperar tanto tiempo para descubrirlo cuando ya estaba escrito en la Palabra de Dios? No hay duda, toda enfermedad que no se refiera a un agente etiológico externo proviene de una mirada enferma, de una enfermedad del alma.
Jesús, que eres la Vida, danos de tu vida por manos de María
Y un alma enferma la hemos referido exclusivamente al alma en pecado. Al que obra mal y tiene las consecuencias. Lo sabemos, también por el contrario, el alma enferma viene de lo opuesto, del recibir el mal del otro que enferma al que padece ese mal. Esto, a su vez, se ha reducido a aquella agresión voluntaria y maligna de otro: ofensas, injusticias, violencias. Lo que dejamos de lado es otra forma de agresión y de mirada enferma, la que va creciendo día a día desde el instante de nuestra concepción en el vientre de nuestra madre hasta el día presente, el día en que leemos estas líneas. Esta oscuridad que opaca nuestra vida y nos enferma, se origina en la mirada que los demás, y luego nosotros mismos, vamos forjando sobre nosotros. Lo que nuestros padres, parientes más cercanos, van “haciéndonos creer” y lo terminamos creyendo. Secretos reclamos, cargar culpas que no tenemos, desprecio por nosotros mismos, responsabilidades imposibles de llevar, todo va contribuyendo a la enfermedad de nuestro ojo, a su oscuridad. Llega un punto en que esta mirada comienza a extenderse sobre nuestro cuerpo, desde la inocente contractura hasta el cáncer terminal.
He conocido muchas historias de estas, y sigo viendo caminos de muerte en muchas personas. Y la verdad, a veces me desespero por la ceguera en la que caminan y de la que parecen no querer salir. Algunos ejemplos. Un amigo, comentándome de un edificio abandonado, me habló de su propietaria. Una señora que vivía sólo con su hija. La hija terminó siendo una persona extraña. Profesional, vivía sometida a su madre de tal modo que no hacía nada sin que ella lo aprobara, pero ya era una mujer que pasaba los 40 años. Era incapaz de salir de su casa y vivía enferma. Su madre continuamente la controlaba y le decía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Esta hija adoraba a su madre. Nunca pensó que su madre le estuviera haciendo algún mal. Creyó que su vida dependía de esta mamá. Esto llegó a tal punto, que el día que esta madre falleció, su hija no pudo sobrevivirla más que un breve tiempo. Encerrada en su casa, llena de tristeza, tenía terror de salir, ya no tenía esa protección que se le había hecho indispensable.Llegó a convencerse de que su vida sólo tenía valor si su madre la gobernaba. Murió sola en su casa, sin ninguna enfermedad, al parecer de inanición. Tenía los ojos enfermos.

Otro amigo, lleno de vida, generoso, con una familia excelente a quien conocí; sufrió durante mucho tiempo la conflictividad de su madre y de su hermano. Ellos le reclamaban continuamente cosas que no tenían sentido. Se refería a su trabajo. Les molestaba que progresara, pero no era envidia, era el reclamo de una supuesta responsabilidad que este amigo tenía sobre su madre y hermano. La presión llegó a tanto, que un cáncer provocado por la tensión y la tristeza acabó con su vida en pocos meses. Una mirada enferma sobre sí mismo. Una incapacidad de sobrellevar la agresión que se transformó en autoagresión.

Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará iluminado, dice Jesús. Decía que a veces siento desesperación cuando veo obstinación por seguir teniendo el ojo enfermo. Cuando encuentro resignación cuando hay una vocación arrolladora de vida y de alegría en nosotros mismos. Cuando veo que se prefiere seguir viviendo una vida falsa, con alegrías falsas, con distracciones, una vida efímera que acabará en muerte; antes que buscar esa luz que hay en nosotros. Luz que no nos pertenece, que no se refiere a la naturaleza ni a energías cósmicas. Luz que es la luz de la vida, Jesús. Es decir, buscar esa salida espiritual auténtica, ese encuentro con Dios que es nuestro espejo, que nos hace vernos como verdaderamente somos. Pero mientras nuestra religiosidad siga siendo un parche consolador, un cúmulo de frases bonitas o rezos interminables que no tocan nuestra realidad (ni queremos que la toque), un último recurso porque, en definitiva no le creemos a Dios, no creemos en lo que significa el “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” como nos dijo Jesús.


Te invito a decirle a Jesús como aquel ciego cuando el Señor le preguntó ¿qué quieres que haga por ti?: “Señor, que vea”. 

jueves, 19 de junio de 2014

DE LO FALSO A LO VERDADERO


Es fácil encontrar en las páginas de facebook expresiones cargadas de sentimientos para con los “amigos”: sabés cómo te quiero, yo te quiero más, tkm, etc. Y de sentimientos igualmente intensos para los “otros”: estos se merecen…, son unos hijos…., ojalá se pudran…. Un salto del amor tierno y humano a un odio visceral, a sentimientos tan o más inhumanos que los sentimientos o hechos por los cuales se protesta.

“Si ustedes aman solamente a quienes los aman ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?” nos dice Jesús, el Maestro (Mt. 5, 46-47)

Cisnes de cuello negro.
Cerca de casa anuncian una belleza mayor. 
Es muy interesante reconocer qué resonancia tienen los publicanos para los discípulos que en aquel momento escuchaban al Señor. Hombres corruptos, miembros de Israel pero colaboradores de los invasores romanos. Hombres ambiciosos que hacían ganancias económicas y que se movían en el ámbito de las amistades de poder político o económico por interés de dinero. Ellos aman a los que los aman. Ellos aman por el interés que les devenga ese amor dado. Hay un interés.
Y qué resonancia tienen los paganos, hombres llenos de dioses falsos, generalmente dioses que son la encarnación de las pasiones humanas: la diosa de la fecundidad, el dios de las cosechas, el dios vengador, etc. El pagano tiene encarnadas sus pasiones en una aparente religiosidad.

Con una motivación u otra, el círculo del amor se estrecha y se vincula principalmente a esos intereses a esas motivaciones que están lejos de ser por el amor mismo, por el bien del otro. El otro tiene valor en la medida que me satisface, pero no tiene valor por sí mismo. Tiene valor por los afectos que me genera. Y esos afectos se motivan por las pasiones. ¿auténtico amor? ¿auténticos “tkm”?

“Yo les digo: amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores. Así serán hijos del Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 45) Jesús nos lleva a sus discípulos a un punto de partida muy distinto. La razón de nuestros afectos ya no son los intereses ni las pasiones, sino nuestro origen, nuestro ser hijos del Padre. La fuente del amor parte de lo que somos y no de lo que los demás nos hacen. Y el amar auténtico es el que no parte de intereses ni motivaciones externas. Parte de nuestra identidad. Realmente parece un imposible. Sí, lo es si miramos desde las pasiones y de los intereses. Ambas cosas son como fuegos que nos dominan. Acostumbrados a dejar a las pasiones obrar en nosotros, nos parece un mundo imposible el Evangelio de Jesús. Nos parece una utopía inalcanzable. Lo es de verdad si Jesús es una idea y no una persona. Si Jesús es un conocido y no un amigo. Si Dios es un todopoderoso pero no nuestro Padre.

Un indicio muy frecuente de esto último es nuestra consideración de Dios: ¿por qué obra mal? “Dios es injusto”, “me enojé con Dios”. Como hijos caprichosos que creen saber más que su Padre, nos animamos a juzgarlo, cuando él es Juez. Nos parecemos a esos niños que patean a su papá o su mamá porque no les dio el gusto que esperaban, o que se enojan con ellos cuando se ponen celosos de los afectos que sus padres dan a otros niños. Como el hijo menor de la parábola del hijo pródigo, nos vamos de su lado, decididos a gastarlo todo porque creemos que así somos felices. Esas bendiciones de Dios nos gustan. Que se haga lo que nosotros queremos. Entonces sí decimos que Dios es bueno y que creemos mucho… pero siguen siendo nuestras pasiones satisfechas aun este amar a Dios, igual que los publicanos, igual que los paganos.

Qué importante es mirar a Dios nuestro Padre cada día, cada mañana para reconocer nuestra identidad. Señor, yo quiero ser tu hijo, mirarme en el espejo que es Jesús porque me hiciste a imagen de él. Quiero recordar este día que eres amor, que haces salir el sol sobre buenos y malos; y llover sobre justos y pecadores. Así, con el corazón más ancho que la estrechez de mis intereses y pasiones, amar en este día y todos los días a todos aquellos, que por la Sangre de tu Hijo, hoy son mis hermanos. Aunque no me amen, aunque no me beneficien, y aunque me perjudiquen. Amén. 

NUESTRA VIDA ES UN FARO


La frase suena pedante. No es el enfoque con la que la escribo. Me impactó la Palabra que el Señor me dio en un discipulado, Eclesiástico 48, 12-18. Pensaba desde que era muy joven que si mi vida cristiana la vivía con intensidad llevaría a muchos a creer en el Evangelio, en su poder. La motivación fue buena, me permitió descubrir la esencia de mi Vida Religiosa, mi vocación. Lejos estaba de comprender un error.

La vida del profeta Eliseo fue ejemplar y prodigiosa, sin embargo, no provocó la conversión de las multitudes. Es el cuestionamiento fuerte que me hizo la vida del Beato Carlos de Foucauld, quien vivió en el desierto del Sahara como sacerdote eremita. En esas grandes soledades sólo pobladas por silenciosos y esporádicos beduinos, testimonió a Cristo en un silencio que no provocó la conversión de nadie. Sigue latiendo dentro de mí esa incógnita que también cuestiona el sentido de la Evangelización. En la página de la Escritura sobre Eliseo se demuestra que aquel faro, es una soledad en medio de un grande y oscuro océano. Una insignificancia donde lo valioso es la luz que irradia, la seguridad que da depende del marino que se acerca, la eficacia depende de que alguien pase por allí cerca. El faro es verdaderamente insignificante.
¿Y qué es significativo? Aquí la mentalidad  del mundo empieza a verse en mí con claridad. La eficacia no es un criterio del Evangelio. La constancia sí. La luz sí. El saber estar, permanecer, sí. Las tempestades rodean a un faro, pero el faro sigue siendo lo que es y no se va de allí. Su luz disminuye cuando las altas olas lo tapan, pero recupera su intensidad y reaparece a la vista cuando estas aguas bajan.
Amanecer en Casa San Charbel.
Dios mío, desde la aurora te busco.  (Salmo 62)

Así mi vida, la vida de cada discípulo de Jesús, de cada bautizado, o sea, tiene un valor intenso e inmenso si permanece siendo luz, como aquel faro. La sociedad parece ir por cualquier parte, y probablemente seguirá así, pero mi vida no dejará de ser luz. Quizá valorarán lo que soy aquellos que en medio de su tempestad alcancen a darse cuenta que detrás de una gran ola hay una luz esperándolos, diciéndoles en silencio dónde está la costa, qué camino los sacará del peligro. Pero en todo caso, el sentido de mi vida no está en que aparezca aquel extraviado, sino en el ser luz, en esa luz que es el gozo y el sabor de mi existencia.


“Ustedes son la luz del mundo…así debe brillar ante los hombres la luz que hay en ustedes.” (Mt. 5, 14.16)