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sábado, 3 de enero de 2015

EL PRINCIPE DE LA PAZ

“La fe, en los profetas, más que la creencia abstracta de que Dios existe y que es único, es la confianza en él, fundada en la elección: Dios ha elegido a Israel, él es su Dios, y sólo él puede salvarle. Esta confianza absoluta, prenda de la salvación, excluye el recurso a cualquier otro apoyo de los hombres o, con mayor razón, de los falsos dioses.”

Este es un párrafo del comentario a pie de página sobre un versículo del Capítulo 7 del Libro de Isaías en la Biblia de Jerusalén. Al leerlo, inmediatamente mi mente se fue hacia los miles de bautizados que por el mundo andan buscando apoyos para su vida interior o para sus necesidades inmediatas de trabajo o de salud. Recordé lo ya publicado acerca de esa fe difusa en un dios indefinido.

El tema en este capítulo de Isaías es el temor e incertidumbre que siente el rey de Judá, Ajaz, que se ve sitiado por Samaría y Damasco. Tiene la tentación de recurrir a la ayuda del rey de Asiria, a quien los otros dos quieren combatir. Pero buscar esta alianza sería desastroso para Judá como se lo advierte Isaías. En este capítulo, el profeta hace el anuncio de la virgen que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Emanuel (Dios con nosotros) como señal para Ajaz de que Dios interviene en su historia como nación y que no lo abandonará. Un anuncio futuro de un sucesor en el trono de David.

El momento político y práctico para Ajaz se transforma en un momento profético y trascendente. La historia que parece definirse por alianzas y poder político y bélico, es ahora, ella misma, un signo de la intervención de Dios que ha sido ligado a Judá por una alianza y una promesa, la alianza de Abraham, la promesa de la descendencia consolidada hecha a David. El profeta, enviado de Dios, hace ver que la historia política y personal no se resuelve por condicionamientos circunstanciales y no puede ser visto tan sólo como un hecho pragmático.

¿Cómo resolvemos nuestras situaciones de vida? ¿No es el pragmatismo de los acontecimientos, de las circunstancias, de las pasiones, de los miedos, lo que nos hacen definir rumbos para nuestra vida? ¿No nos pasa que encontramos en esas decisiones un camino que decididamente, lo sabemos en nuestro interior, nos aparta de Dios, de nuestra fe, pero decimos: “hay que ser práctico, la fe es la fe, pero la realidad es la realidad”?

Era esperable que el profeta Isaías le prometiera a Ajaz que habría un triunfo de Israel sobre sus enemigos. De hecho, la alianza de Samaría con Damasco contra Judá y Asiria fracasará. Pero el signo de la intervención de Dios que le da el profeta a Ajaz es un signo futuro de un descendiente que le significará “Dios con nosotros”, Dios presente, realmente presente. El sentido del tiempo, la conclusión de la historia concreta, la expectativa de Ajaz, son sacados del inmediatismo del miedo, del cálculo, de la cronología instantánea. Isaías no cae en la tentación de anunciar, como los falsos profetas, un Dios que resuelve problemas inmediatos, que ata parejas, que bendice decisiones apuradas, que acompaña pasiones satisfechas. El mundo del “ya” que muestra su lado fugaz como su único lado, lo único que te puede dar; se cae ante una promesa inesperada: el Dios de la alianza no te promete algo, te promete a sí mismo. ¿Hay algo más grande que él mismo? ¿Hay alguien, o alguna alianza, un acuerdo, un premio, una vida inclusive, que pueda valer más que lo que él te promete, que lo que él es? Ajaz se ve obligado a mirar más allá de su presente inmediato y de la amenaza que lo agobia. Nosotros nos vemos obligados a ver más allá de este presente que vivimos. Este “más allá de” es lo que llamamos el sentido más puro de la esperanza. Es la alianza de una promesa cumplida porque Dios ya está entre nosotros, el Emanuel ya ha llegado. Es la alianza de una promesa futura porque la historia personal y política son empujadas hacia un futuro donde la presencia plena de Dios se hará una realidad tan abarcadora que este presente en el que se juega lo cotidiano tendrá entonces su final feliz… siempre que hayamos decidido el día a día desde esta alianza, desde esta realidad, desde esta espera.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: "Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz". (Isa 9:5)
¡Feliz Navidad!

domingo, 14 de diciembre de 2014

DIOS, EL UNIVERSO O COMO QUIERAN LLAMARLO

Escuchaba con gran interés un programa por radio Rivadavia porque difunde valores cristianos. Todo venía bien, hasta que en un momento dado, su conductor, que parece católico, para hacer referencia al origen de un determinado bien que quería destacar dijo: “atribúyanlo a Dios, al Universo, a la suerte, como quieran llamarlo”. Días después, consultando a una mujer que reside en el extranjero, ella decía que “gracias al Universo”… El colmo fue en este día en que escribo estas líneas, otro locutor participante del programa, con gran entusiasmo, hizo referencia a un hombre concreto que hoy “concentra energía del Universo como en otro tiempo otros maestros, como Cristo y después Buda”. Como si fuera poco, hizo luego una interpretación de la Sagrada Escritura refiriéndose a la Transfiguración del Señor diciendo que era “ tan grande la concentración de energía cuántica debido al amor que Jesús en ese momento expresaba que hizo una explosión de luz”. Quien confiesa la fe en Jesucristo, me conozca y lea estas líneas quizá reirá por leer esto. Pero a mí me impresionó profundamente.

Lo que me impresionó es la percepción de estas personas respecto de Cristo. El primero, que por indicios pero no por confesión de fe, parece católico, no se atreve a mencionar al Padre Dios como convicción personal. Un efecto claro de la new age que pretende, con el prurito de respetar las creencias, mezclar todo tipo de convicción sobrenatural con las ideas en boga. De ese modo, y como lo advierte la Encíclica Evangelium gaudium, del Papa Francisco, se niega de hecho el conocer a Dios y se considera que se es imposible hacer una afirmación sobre él. La segunda, equipara el Universo con Dios mismo. Pone en un mismo nivel la creatura con el Creador. De ese modo, Dios es lo material, lo creado, lo desconocido por el hombre hasta ahora, pero por la ciencia, puede ser infinitamente conocido. El tercero, el más entusiasmado y convencido, equipara a Cristo con otros personajes poniéndolos al mismo nivel. Lo deja como una creatura capaz de concentrar fuerzas de la naturaleza, lo deja como un ser especial que no escapa a ser una simple parte del Universo, pero que ya no es el Hijo del Dios vivo, no es el Verbo hecho hombre, ya no es el único Maestro de sus discípulos.

Mi conclusión es la ausencia de la Evangelización. Es que los católicos no somos capaces de definir quién es Jesucristo. ¿Quizá tenemos vergüenza? No somos capaces de dar una palabra clara sobre Dios. No somos capaces de dar un testimonio convincente como argumento a favor del Evangelio de Cristo. O quizá todavía dudamos de si hay un solo Maestro o nos hemos convencido de aquella otra frase de la new age: “al fin y al cabo es el mismo Dios”. El argumento que aquí reflejo sobre un hecho concreto al comienzo de este escrito demuestra lo patética de esta frase que termina desdibujando el Santo Nombre de Dios que nos ha sido revelado en Jesús.

Alguno pensará que con un buen testimonio de solidaridad, amistad, buena onda alcance para ser testigos de Jesús. Bien, les diré que en el mismo programa se habla de solidaridad, amistad y buena onda sin que a nadie se le mueva un pelo por vincularlo con Jesucristo, ni tampoco se piense o se crea  que es debido al Espíritu de Jesús que aquellas buenas obras se realicen. Está de moda la solidaridad, no es un camino de por sí convincente para provocar el acto de la fe en alguien.
Intuyo que el tiempo de la Nueva Evangelización requiere como ingrediente más necesario de nuestra época que al buen comportamiento y solidaridad de un cristiano se agregue la convicción mediante las palabras, y palabras claras, concretas y directamente referidas a la persona de Cristo. Una idea muy clara del sentido de la creación, del creador, del sentido de la historia humana.

Pero todo esto puede ser inútil si no se entiende, por parte del testigo de Jesús, que todo el bien que se hace por ser testigo no proviene del ingenio personal, o como un proselitismo sectario; sino del don sobrenatural de la fe recibido del Espíritu Santo; de los dones y carismas que se ejercen con responsabilidad y largueza. Del fuego de la caridad que proviene de Dios. A la fe habrá que unir la oración porque es en la oración donde la inteligencia se ilumina para dejar el razonamiento de este mundo y entrar por la caridad divina en la mente de Dios, en su pensamiento, en su obra, en su querer. Por eso quien dice no tener tiempo para orar es porque ya ha sido atrapado por el ritmo del mundo y no podrá ser testigo de Jesús porque no quiere entrar en el tiempo de Dios, en el ámbito donde se descubre el auténtico valor y lugar de las cosas. Un síntoma claro es cuando entendemos que la oración es algo que hacemos cuando “nos dedicamos a la religión”, o que no hacemos porque “tenemos cosas muy importantes que hacer”. Como si la vida misma fuera menos importante que las cosas que hacemos.

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mateo 16,26)
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”(Juan 15,8)Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19)

 “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra".(Hch 1:8)


Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". (Juan 20,21)

domingo, 30 de noviembre de 2014

DE LA IMPOTENCIA AL PROTAGONISMO

Lucas 21, 29-33
El  cine catástrofe, es la imagen que más se acerca a la descripción que versículos antes de los citados Jesús utiliza para indicar la llegada del Reino de Dios. En las películas siempre aparece un héroe capaz de vencer las dificultades más increíbles librándose y librando a sus seres queridos de destrucciones, monstruos, zombies y cuanto la imaginación del libretista se presente. Una sensación de poder o suerte interminables del protagonista, y una ausencia e invalidez de todo principio de vida o mirada sobre el sentido y el fin de las cosas, se adueñan de nuestros sentimientos. Es revelador. Creo que en la vida diaria tenemos ese sentido. Vivimos como si las cosas no fueran a terminar nunca y como si la felicidad consistiera en esa paz sin fin que anhelamos.

Las religiones orientales lo han solucionado de manera agradable: ignorar los sufrimientos, la meditación para salir del mundo como se presenta y vivir como si nada pasara. A eso se debe su éxito en la sociedad occidental agobiada por las crisis y las vidas sin solución. Y en eso consiste su incoherencia con la sabiduría cristiana que en estas palabras del Evangelio de Lucas en vez de rechazar lo caótico de la historia presente, lo asume como un signo del Reino de Dios, como cuando vemos los brotes de la higuera que anuncian el verano. Jesús, desconcertándonos, nos dice que cuando suceda todo esto “tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (en el versículo 28, inmediato anterior a la cita).

El Maestro de doble manera nos pone ante la disyuntiva para tomarlo como único maestro de nuestras vidas a riesgo de vivir entre dos aguas irreconciliables, la esperanza o la desesperación. La fe sobrenatural o el sometimiento a un devenir del cual tenemos que huir. Al fin he encontrado una respuesta que me llena de certeza, de alegría y de temor.

La certeza es necesaria. Es la seguridad del sentido de las cosas, aún las catastróficas. Ninguna deja de tener sentido, y ninguna deja de estar sometida al único fin de la historia del cosmos y de la humanidad: Jesucristo. Su palabra va a ir más allá de nuestra vida presente. ¡Epa! O sea que el Señor no ha venido a darnos recetas dulzonas, de imágenes idílicas para que vivamos esta vida con mucha fe. Sus palabras irán más allá de la historia: “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. Ya sabemos el final de la película, pero esta no es una película como las otras. Es una realidad que abraza lo presente y se proyecta más allá. Un más allá.

Un más allá que me ubica como protagonista y no como espectador en esta realidad que no tiene la última palabra. Entiendo entonces el significado y la importancia de mi vida política (en el sentido propio del término), entiendo el ideal de una sociedad más justa, entiendo la perseverancia en el camino del bien, entiendo el “estén siempre alegres” de San Pablo (1Tes. 5, 16). El Apóstol no es un iluso, es un realista.

Y del miedo de la película catástrofe paso al temor de la realidad esperanzada. El temor ya no es sobre monstruos inimaginables, ni por poderosos malvados. El temor es por mi propia maldad, mi ceguera para ver la finalidad de las cosas, mi parálisis ante las desilusiones que me provocan las realidades y mi pérdida de tiempo para ponerme manos a la obra en la edificación del reino que se acerca. De víctima de la historia a protagonista es un paso gigantesco y posible. Estoy aferrado a un solo Nombre delante del cual toda rodilla se dobla.


Mejor recemos: “Padre nuestro… venga a nosotros tu Reino..”. ¡Uy, no! Mejor otra: “Dios te salve, María…ahora y en la hora de nuestra muerte”. ¡Peor! Mejor un credo: “Creo en Dios…desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”… no tengo escapatoria, voy a tener que creer nomás. ¡Ánimo!

sábado, 20 de septiembre de 2014

AMAR ES COMPROMETERSE

El paso de una generación a otra siempre ha significado una ruptura. Nos terminamos dando cuenta de unos a otros, que hay cosas que deben pasar y dar lugar a unas nuevas. Nos ilusionamos que esos pasos significan un paso hacia el bien, a un bien mayor. Sin embargo los resultados de esos pasos no nos dicen que verdaderamente las nuevas generaciones vayan en un sentido de crecimiento. Tenemos la clara sensación de que hay pérdida de valores humanos, y que , a pesar de la mayor disposición de bienes de nuestros hijos y nietos; no significa el progreso de sus vidas ni una felicidad asegurada. Cada vez vemos con mayor claridad la fugacidad de sus alegrías, su existencia en una sociedad deprimida, sin puntos de referencia, sin que sea ella un soporte para su progreso. Los vemos solos, sin que podamos hacer mucho porque, en cierto modo, los adultos con nuestras convicciones somos también miembros descartados del tejido social. A veces tengo la sensación de que estos dolores intergeneracionales no son dolores de parto, sino de muerte.

No quiero hacer una observación moral que concluya con opiniones de un lado y de otro. ¿De qué serviría? ¿A quién le serviría? Las cosas seguirían igual y nosotros, los adultos, seguiríamos siendo espectadores de un mundo cuya historia, en cierto modo, nos ha abandonado a la vera del camino. Sí, esa es una buena definición: espectadores. Por eso pienso que hacer un diálogo sobre quién tiene razón es inútil. Lo que creo útil es recuperar nuestro lugar protagónico, decididamente protagónico y vivirlo con intensidad. Llenos de vida, llenos de cosas para dar y darlas. Esta última actitud es la que renueva la esperanza porque el árbol que da buenos frutos, no los anda ofreciendo, simplemente los da, y el que tiene hambre come de sus frutos. Las nuevas generaciones podrán decir siempre que son libres para hacer lo que les parece mejor; y las viejas generaciones podremos decir siempre que somos libres para dar el buen fruto que queremos ofrecer a los demás, porque eso es lo que sabemos dar y eso es lo que queremos dar.

Con esta conclusión ¿cómo nos paramos frente a la realidad que vivimos? ¿Qué hemos hecho de los valores fundamentales que sostuvieron nuestra vida hasta el presente? ¿Los hemos descartado sintiéndonos ridículos frente a las nuevas propuestas de vida?¿Por qué? Abandonar los valores de vida, relativizarlos, descartarlos, es abandonar el protagonismo social, es abandonar a las nuevas generaciones, es dejarlas a la deriva sin una propuesta fiel que ofrecer.

Siento la tentación de volar en muchos pensamientos que parecen necesarios ante este planteo, pero aterrizo mejor una idea que me ronda la cabeza desde hace días: la libertad de ser. La sociedad cuestiona. Por momentos nos hemos sentido violentados en muchas cosas. Lo que antes era visto socialmente como malo, ahora es bueno. Se planteó eso como una maduración. Antes, ser madre soltera era algo impensable, vergonzante. La vieja sociedad prefería ocultar los hechos para evitar el rechazo social, el escándalo. Nos enseñó a vivir de secretos, a esconder vidas, a abandonar en cierto modo la vida. Nos jorobó la vida enseñándonos a escondernos de nosotros mismos y de nuestra verdad, nos hirió en el alma. Después se pasó a una reivindicación del hacer lo que me parece y nos llevó a la indiferencia. No molesta que haya madres solteras, pero tampoco interesa. No molesta que no haya familia, responsabilidad, amor para recibir un hijo. Se ha elegido el camino más fácil: pasar frente a los hechos sin comprometernos, facilitando medios, felicitando decisiones, pero sin compromiso. En estos días en los medios (me enteré) una prostituta anda dando entrevistas para contar lo feliz de su vida, hasta que una periodista le dijo que sólo mostraba una parte de la realidad: ¿qué sentía ella al tener relaciones con muchos hombres? ¿No llegaba a sentir asco? ¿No se sentía usada? La mujer se sintió cuestionada y habló del lado oscuro de lo que hoy quiere verse en positivo, como un bien, como un derecho. La sociedad no se compromete, prefiere facilitar y no ver.  Los extremos se tocan, lo que antes estaba prohibido o era mal visto y que llevaba a un descompromiso total, hoy esta permitido o está bien visto y lleva a un descompromiso total. No nos hacemos cargo. La vida de esa madre soltera, la vida de esa prostituta, sus vidas no nos interesan. Nos interesa felicitarlas por lo que hacen, pero no nos interesa sentirnos solidarios con ellas, porque haciéndolo entraríamos en el lado oscuro de sus elecciones. Aquí entramos nosotros.

La beata Teresa de Calcuta decía que hay que amar hasta que duela. Este es el punto. Este es el primer paso: aprender a llorar. Cada día comprendo más que el sufrimiento acompaña la vida del que se compromete. Pero ese sufrimiento, esas lágrimas no son sinónimo de depresión, ni de angustia ni de desesperación. Las lágrimas son signos de solidaridad, de amor, de compromiso, de lucha. Sentirnos conmovidos por lo que le pasa al que sufre, sentirnos dolidos por ver lo negativo de las malas elecciones ¡y hacérselo saber!. No es tan obvio como parece. Cuando las situaciones nos conmueven buscamos una explicación razonable, nos decimos que la sociedad va así, que hay que asumirlo, y tragamos las lágrimas, nos callamos y nos quedamos a la vera del camino. Esas lágrimas tragadas hacen mal. Nos hacen mal, les hacen mal a todos. Y me refiero a las lágrimas que revelan que amamos, que nos interesa, que vemos lo que pasa, que no nos es indiferente. En el mundo de la sonrisa fácil, del “todo bien”, del “es su vida”, o sea del “no me importa”, hacer sentir nuestras lágrimas es una actitud profética, protagónica, cuestionante, constructiva.


Pero tal vez la sociedad nos ha domesticado, como a un esclavo, enseñándonos a callar lo que sentimos, a no atrevernos a decir lo que pensamos. Nos apalea si alzamos la voz para decir algo que contradiga lo que todos creen, lo que se usa, lo que está de moda. Nos convence de que estamos equivocados y aprendemos, como esclavos, a acallar nuestra conciencia. Actualizarnos equivale a domesticarnos. Sí, el lado oscuro del presente. Y alguno preferirá ver el otro lado, el de acompañar con nuestra adaptación lo que vive la sociedad. Si esto fuera lo positivo, que lo hay y mucho, sobre todo como posibilidad de mayor solidaridad, de mayor compromiso de mayores medios, claro que sí, me uno a acompañarlo y aplaudirlo. Pero me estoy refiriendo a ese lado oscuro que veo aparecer sólo como lamento. A ese lado que me quiere domesticar. Lo rechazo, me niego a ser domesticado, me niego a vivir como esclavo, me niego a dejar de ser yo mismo, me niego a ocultar las riquezas que tengo para dar, y me niego a que me lo prohíban. Me niego a que me impidan vivir, me niego a que me impidan amar y comprometerme. Y acepto el rechazo, la dificultad y las lágrimas que significan el ser un hombre libre, que cree en la sociedad, que cree en los valores que las generaciones han transmitido porque el ser humano es tal desde su origen y lo seguirá siendo. Porque el mal, el error y la mentira existieron siempre; y el bien y la verdad son la meta auténtica de la vida y a nadie puede negársele. Acepto vivir, amar y comprometerme. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

NO SOMOS HUÉRFANOS

“Las cosas son así y ya está”, “Somos hijos de la vida”, “Es lo que me tocó”, son frases comunes que expresan un sentimiento real: somos huérfanos. También se expresa como que hemos alcanzado la adultez y hay que pelearla porque todo está en nuestras manos o se escapa de ellas y no hay otra. Nos invade un sentimiento de orfandad y de posesión. De orfandad al sentirnos desamparados, a veces, y muchas, víctimas; nos invade la nostalgia de la infancia como el lugar seguro y despreocupado y nos tienta la vida feliz, esa del día de campo, de la diversión donde nos empeñamos en decirnos unos a otros cuánto nos queremos. Tenemos necesidad de decirlo y de escucharlo, como aquellos auténticos huérfanos que viven en instituciones y que se abrazan a cuanta persona les demuestre un poco de afecto. Y nos invade un sentimiento de posesión, de creernos por todo esto dueños de la vida y dispuesto a tomar decisiones “audaces”, atropellando el tiempo y las circunstancias, cayendo y volviéndonos a levantar. Un impulso irresistible por darle sentido a nuestra existencia misma, creyendo que cuanto más logremos más significado tendrá el vivir, convenciéndonos que nuestras decisiones son lo más valioso y que el éxito es la meta de lo que hacemos.

Si los hechos son irremediables y se oponen a cualquier proyecto exitista, hacemos una rara combinación de resignación y de combate. Vivimos como dueños de la vida sabiendo en verdad que no lo somos. Decidimos como si estuviésemos seguros de lo que hacemos, concientes de que la vida se derrama por todas partes sin que sepamos hacia donde nos lleva. Nos seduce aquella imagen de Hawkins del caos primigenio que finalmente deviene en un orden, y esperamos ilusamente que así será nuestra historia.

En definitiva, abandonamos la idea de un proyecto original y de un destino conocido. Llegamos a captar existencialmente que en  la vida somos huérfanos de todo y constructores de todo lo que significa vivir. Las generaciones jóvenes toman decisiones vitales donde se replantean todo valor moral como una decisión personal que ordena decisiones anteriores. Decidí esterilizarme, porque decidí dejar de dar vida. Decidí cambiar de sexo porque decidí antes no aceptarme. Decidí quién soy porque construyo desde la nada lo que soy. Decidí ignorar la sociedad que me tiene que contener a mi según mis decisiones pero que no me debe pedir nada. Decidí vivir de esta manera aunque me hayan enseñado otra cosa en mi familia y tradición porque todas esas cosas las tomo o las dejo según mi propia decisión sin que tengan influjo sobre la posibilidad de mi felicidad o mi fracaso. Decidí ser huérfano.

He encontrado una clave: Dios es más que el ordenador del caos hacia la confluencia de caóticas existencias en un orden feliz. Dios es mi Padre. Nada está al azar en la vida. Ninguna decisión es indiferente a mi existencia y compromete lo que soy y a dónde llegaré. Soy deudor de mi vida ante la sociedad porque es cierto que soy responsable de mis actos en cuanto respondo a quien me la dio por amor. Mis decisiones auténticas sólo las puedo tomar por amor ¿a quién? ¿A la vida, a otra persona, a mí mismo? Serían todos referentes que me dejarían siempre huérfano, siempre aislado y solitario, dependiente de la existencia de esas referencias y de la volubilidad de esas personas. Me dejaría en una inseguridad ineludible que me obligaría a tomar precauciones fruto del temor del mañana. Soy deudor del amor de Dios que es mi Padre. Que me amó con amor eterno, que no me dejó sólo en la vida, a Él ni un pelo de mi cabeza se le escapa, y en su Providencia, conoce lo que me es más necesario. A Él puedo abrazarme en las horas de tristeza, y en Él puedo encontrar el sentido de las cosas difíciles. Puedo descansar en su regazo cuando los imposibles se presentan en mi vida. Puedo y debo preguntarle qué rumbo tomar, y dejarlo cuestionar mis decisiones. Saberme su hijo amado me impide la resignación a una existencia gris, por el contrario, me impulsa a rechazar la infelicidad decidida y a apuntar a la alegría eterna para la que me ha creado. Puedo tomar su mano con firmeza cuando decisiones importantes estremecen mi alma. Puedo sentir su mano firme sobre mi hombro cuando experimento la desilusión de los que dijeron amarme y me abandonaron. Escucho su voz amiga que me devuelve la esperanza y aleja los sentimientos de rencor o de venganza. Puedo decirle que lo amo, seguro de que escucharé en el eco de mis palabras un amor eterno.


“Pero para nosotros, no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y a quien nosotros estamos destinados, y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y por quien nosotros existimos” (1 Corintios 8, 6)

sábado, 2 de agosto de 2014

LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES

Hace muchos años atrás un hombre se había acercado a la comunidad donde yo vivía y, debido a mi oficio, debía atenderlo. Comenzó a hablarme sobre una investigación bíblica que estaba haciendo y que ya le llevaba mucho tiempo. El tema giraba en torno a la respuesta que Adán le había dado a Dios después de pecar. Según transcurría su explicación, intrincada y esforzada, me daba cuenta de que había algo que no quería o no podía decir y que era el verdadero motivo de su presencia allí.

Después que habló un buen rato, se quebró y comenzó a compartir que tenía una relación homosexual con un hombre casado. Había decidido dejar esta relación pero, a decir verdad, su vínculo afectivo era tan fuerte que no podía hacerse a la idea de ello. Una gran lucha en su conciencia lo puso frente a su realidad masculina, su vínculo con este hombre, la familia aquella en la que él interfería, en fin, suficientes motivos para ver condicionado su presente. ¿Qué respuesta debía darle yo? Este hermano se había acercado a un lugar religioso. Si lo hizo, ya es evidente que sus cuestionamientos iban hacia el fondo de su vida, hacia el núcleo de su relación, hacia Dios. Hacia el núcleo de su relación consigo mismo. Un cuestionamiento en el que buscaba una respuesta que él mismo no se podía dar. Se sentía atado por todo esto y oprimido por no poder resolver esto más primordial que era una gran desorientación de su identidad. ¿quién era él? ¿Hacia dónde iba su vida? ¿Por qué su vida dependía de una persona?

No apareció en su discurso, en ningún momento, el hecho de que había una cuestión moral en todo ello. Me refiero a la moralidad no sólo de sus actos, sino a la moralidad de sus puntos de referencia para encontrar respuestas. Si partía de sus afectos, terriblemente desordenados, ¿hacia qué puerto podían conducirlo? Ya su experiencia había sido catastrófica. Si sus sentimientos hubiesen sido el punto de respuesta, no habría cuestionamientos para hacerse. Y de hecho sus palabras y sus lágrimas pasaban por momentos de serenidad donde contaba con un dejo de nostalgia de pasiones vividas con aquel hombre. Esto no duraba mucho, porque al momento se sentía nuevamente en un abismo. Ya de por sí, pero oscuro para él, todo esto le estaba dando una primera respuesta: los afectos no son un punto de referencia para el bien o el mal; más bien son una expresión de adhesión hacia un bien o hacia un mal. Cuando los afectos en vez de provocar la serenidad y afirmar en la verdad provocan desorientación o conducen a afirmaciones intelectuales complejas y condenatorias de pensamientos opuestos, están indicando que hay una ausencia de verdad en lo que se vive y en lo que se ha decidido.

¿Por qué este hermano fue a un lugar a buscar una respuesta? ¿por qué no podía responderse a sí mismo? Quizá quiso simplemente huir de la posibilidad de pensar en todo esto y por ello el pretexto de sus elucubraciones bíblicas. Pero al huir hacia Dios es imposible enfrentarse consigo mismo. Y vuelto hacia El, hacia Dios, buscaba esta respuesta: ¿Dónde está el bien? ¿por qué no puedo aferrarme a lo que vivo? ¿por qué no tengo fuerzas para terminar con esto? Peligrosamente la ausencia de respuestas y querer seguir en donde estaba lo conducía hacia esos “agujeros negros” que pueden terminar con la negación de la propia existencia, con el suicidio.

Una mano tendida desde la existencia misma, desde el sentido del existir se acercaba a El. Para poder salir de donde estaba era necesario decirse que hay un bien y hay un mal. Que ese bien o mal no es mi elección en cuanto yo no la defino, aunque lo sienta así. Que puedo confundir lo bueno con lo malo y que por lo tanto, mis acciones tienen una moralidad necesariamente. Necesariamente estoy obrando bien o estoy obrando mal. El mal me conduce a la muerte y el bien a la vida. Al no ser yo el autor de este bien o de este mal en cuanto a ellos mismos, en cuanto a definir si esto es bueno y esto es malo de manera absoluta; alguien tiene que darme la respuesta y ese alguien no soy yo.

Si las respuestas recibidas son únicamente decirme lo que está bien y lo que está mal y ahí termina la cosa, me deja en un abismo peor. Descubro que soy malo e imposibilitado del bien. Me siento hundido en una burla que ahonda mi herida. Cuando el profeta Jeremías anunció de parte de Dios un llamado a conversión para Israel, indicándole que estaba obrando mal, no se contentó el Señor con señalárselos sino que los invitó a cambiar de conducta para que de ese modo no cayeran sobre ellos los males que el profeta les anunciaba (Jeremías 26, 13) Los profetas y los sacerdotes se dieron por ofendidos y quisieron condenar a muerte a Jeremías. La primera reacción es ofenderse porque se cuestiona la propia conducta. Los profetas y los sacerdotes de Israel no esperaban de Dios que les hablara mal de sí mismos. Dios tiene siempre que decirme cosas buenas, y él está de acuerdo con mis procederes porque yo quiero el bien, en otras palabras. No hay otro dueño del bien y del mal, soy yo quien decido lo que es bueno o malo. Y si algo no va bien, Dios tiene que venir en mi ayuda para confirmarme que soy bueno y que son los otros los que me hacen daño por envidia, por odio, por… no debe haber moralidad en mis actos, es decir, no pueden decirme bueno o malo.

Es paradójico que este hermano haya tenido entre sus pretextos para eludir su vida, aquella imagen de Adán vuelto contra Dios. Es precisamente la luz bíblica más fuerte en este sentido. Adán que quiere comer “del árbol del conocimiento del bien y del mal” quiere saber por sí mismo lo que es bueno o malo decidiéndolo, pero no contemplándolo. De todos los árboles del jardín del Eden Adán podía comer, menos de este. Este era sólo para contemplarlo. Este sólo lo podía cultivar Dios. Este horizonte de un bien que se conoce y que se ama, pero sobre el cual no se decide, es la base de la moralidad de los actos. Y es posible conocer el bien de nuestros actos, así como su mal. Conocerlo en el sentido de reconocerlo, de darnos cuenta que a pesar de que nuestros sentidos y hasta nuestros razonamientos parezcan indicarnos lo contrario algo es malo o bueno. Lo cual indica que, en ese caso, nuestros sentidos y nuestros razonamientos son equivocados. Este principio es el que permite el diálogo con los demás y la búsqueda de la verdad. Es también el que permite arribar a la verdad, la cual esta fuera de nosotros y nosotros no la definimos sino que la contemplamos.

A su vez descubrimos que la verdad es mucho más que nuestras vivencias. Que lo que somos es más que nuestras vivencias. Esto es fundamental. Cuando lo que somos se identifica con nuestras vivencias, estamos perdidos. Equivocadamente creemos que esto que vivimos es el límite de lo que somos, y cuando lo que vivimos es negativo nos arrimamos al abismo. Este abismo es ilusorio, no es la verdad, pero ¿quién nos hace entender que hay más? Reconocer el bien o el mal en nuestros actos concretos, en nuestras decisiones nos abre esa puerta. Una puerta que lejos de llevarnos a una desorientación mayor, motiva la vida para ir al encuentro de nosotros mismos. Para llegar a aquel lugar interior donde no decidimos, donde nos contemplamos, donde esta la verdad más intima de nosotros. Donde el amar o ser amados por alguien no define sino que expresa lo que hay más adentro de nosotros mismos. Donde no somos condicionados por nuestros afectos, ni engañados por nuestras decisiones. Donde no nos quedan dudas de que la vida es un compromiso.

Este compromiso lo descubrieron los jefes del pueblo y los ancianos de Israel ante aquel anuncio catastrófico de Jeremías. Ellos no se sintieron agredidos por su profecía, y dijeron: “nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios” (Jeremías 26, 16) Se sintieron contempladores de la verdad y el anuncio profético los invitaba al compromiso de un camino de conversión. Las palabras de Jeremías cuestionaban la moralidad de sus actos  y definían su porvenir desde su identidad. Ellos se sabían amados por Dios y miembros del pueblo elegido. Ese era el punto de referencia y no sus decisiones, sus actos. Ellos no eran sus decisiones ni sus actos, sino un pueblo elegido por Dios. Esta elección suponía un compromiso donde se obraba esa verdad: obrar como pueblo de Dios. Obrar que los comprometía personalmente y, al revés, que hacía que sus decisiones personales los involucrara como pueblo.


Versículos más adelante el libro de Jeremías nos deja un ejemplo triste de cuando no se quiere aceptar la verdad y se quiere manipularla, en una actitud ilusoria de que escondiéndola, persiguiéndola, y usando cualquier artimaña, por injusta que fuese, se logrará evitar el sufrimiento provocado por los propios malos actos o malas decisiones. Joaquím, rey de Israel, mando perseguir a Urías, otro que había profetizado en el mismo sentido que Jeremías. Y lo hizo matar (Jeremías 26, 23)

martes, 8 de julio de 2014

AGUARDAR CON AMOR

Los oídos de mi infancia no olvidan frases escuchadas en distintos momentos de distintas personas con la buena intención de motivar una respuesta a Dios: “¡Te vas a ir al infierno! ¡El diablo te va a llevar!” Motivaciones desmotivantes, como se usa decir.

En la liturgia de la Palabra en el día del martirio de San Pedro y San Pablo, la Carta a Timoteo es una herencia de momento supremo. Pablo se prepara a dar su último testimonio de Jesús, espera la corona de Justicia preparada para “todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación” (2 Timoteo 4, 8) Me ha dado mucha alegría redescubrir estas palabras. Muy distintas del temor del infierno. Me recordaron las palabras de un viejo monje benedictino que decía que él no pensaba ir al infierno, pues el infierno no existe. Claro, lo diría, imagino yo, en que en la mente del Señor el Infierno no es el lugar pensado por El para nosotros. Pero más importante que eso es la actitud de fondo: aguardar con amor. El camino de la fe es un caminar motivado por un amor cada día más creciente.

Una convicción ha acompañado todas mis decisiones importantes. Si un lugar me hace crecer en el amor, ese es mi lugar. Cuando la situación de lugar no es tan importante y más importante es la motivación que me conduce, esta es el amor, el crecer en el amor, el caminar en el amor. Con una diferencia muy importante con los criterios del mundo. Más adelante, en esa misma carta a Timoteo, Pablo recuerda a varias personas. Un cuadro muy variado de acompañantes de la vida donde hay “para todos los gustos” y también para los disgustos. “Demas me ha abandonado por amor a este mundo”, dice con sentimiento el Apóstol que se ha hecho “todo para todos con tal de ganarlos para Cristo”. El fracaso de un apostolado tan enérgico se debió a un cambio de amor en Demas. O un Alejandro, que también menciona Pablo, que ha visto en el Evangelio de Pablo o un peligro para su estilo de vida, o un peligro para su dominio de los demás. Demas ha encontrado en el mundo la fama, el dinero, el placer, el propio plan de vida, el poder, la lógica del mundo, la costumbre de aceptar las cosas como vienen, y tantos otros amores de este mundo que esclavizan y dejan ciego para ver el Reino de Dios como la perla más preciosa por la cual se venden todas las otras y se compra esa.


El amor aguarda la manifestación de aquel Día. La plenitud del Evangelio. Y esta espera es tan vital… He escuchado también desilusionados por el Evangelio al cual encuentran o una utopía o un imposible. Y no hablo de filósofos, sino de personas corrientes, de buenos cristianos, de bienintencionados y de buenos corazones. Cuando el Evangelio se vuelve utopía se hace patrimonio de soñadores desencarnados. Cuando el Evangelio se vuelve un imposible, se hace libro viejo y olvidado de esclavos de sentimientos y acontecimientos, de costumbres y pasiones, de rutinas y tristezas. Pero el Evangelio es un camino con una meta. Un protagonismo con un final anunciado y feliz. Aguardar con amor me dice de un sentimiento de triunfo asegurado, aunque haya Demas y Alejandros. Algo muy distinto que el camino del éxito. La realidad del Evangelio no se mide por los éxitos, o las aprobaciones populares. Se mide por la espera signada por el amor.

sábado, 5 de julio de 2014

CONFIAR EN DIOS

AMANECE LA LUZ PARA EL JUSTO,
LA ALEGRÍA PARA LOS RECTOS DE CORAZÓN
(Sal. 97, 11)
Cada vez más frecuentemente se extiende una manera de actuar frente a Dios para la gente que dice tener fe. Cuando se enfrenta con las luchas diarias de la vida, o con propósitos personales de tipo sentimental o material de lo más variados, se apoya en esta convicción de fe de que me va a ir bien porque Dios me acompañará.

El profeta Amós, enviado por Dios a su pueblo, llama con energía la atención sobre una actitud: el pueblo busca el apoyo del Señor para sus empresas y realiza actos de culto donde demuestra esta actitud de fe; pero el Señor “cundo ustedes me ofrecen holocaustos, no me complazco en sus ofrendas ni miro sus sacrificios de terneros cebados” (Amós 5, 22). El profeta dice estas palabras exhortando a Israel: “Busquen el bien y no el mal para que tengan vida, y así el Señor, Dios de los ejércitos, estará con ustedes, como ustedes dicen.”. No sólo a Dios rogando y con el mazo dando, no sólo nuestros propósitos acompañados de oraciones; sino una integridad de vida, una vida involucrada en el Plan de Dios donde las cosas que nos proponemos entran también como engranajes de esa Voluntad… o no. Es decir, nuestros planes, proyectos y propósitos pueden o no estar en ese Plan de Dios para con nosotros, por una parte.

Por otra parte, recurrir al Señor para pedir la bendición de nuestros proyectos y necesidades, cuando no nos acompaña una actitud de hijos de Dios, una actitud de gente comprometida con El, puede que este recurso a Dios sea nada más y nada menos que una actitud idolátrica, un gesto de confianza en un amuleto poderoso; un frotar la lámpara de Aladino para que este genio poderoso y condescendiente, cumpla nuestros deseos.

Cuando el pueblo de Dios se encontraba en el desierto, en marcha desde la esclavitud de Egipto hacia la Tierra Prometida, caminaba guiado por la mano del Señor. Allí no había más qué hacer, había que caminar por el desierto. No había planes personales ni proyectos de comunidad, ¿qué podían hacer en ese lugar de paso? Además, fue el Señor que los sacó y quien los iba guiando a un lugar que no podían aún conocer. El deseo de salir de la esclavitud, con sus bajones, era más urgente y a los israelitas no se les ocurría otra cosa “¿Acaso ustedes me ofrecieron sacrificios y oblaciones en el desierto durante cuarenta años, casa de Israel?” (Amós 5, 25) En el enojo del Señor expresado por el profeta, anuncia una deportación, una nueva esclavitud en manos de los asirios “ustedes se llevarán a Sicut, su rey, y a Queván, su dios estelar, esos ídolos que se han fabricado”. Junto con estos falsos dioses, estos amuletos, el pueblo de Israel irá nuevamente a la esclavitud.

¡Qué parecida situación cuando tenemos, aparte de Dios, una serie de “cábalas”, unos recursos a concentraciones de energías, a antiguos procedimientos supuestamente fundados en el poder de la naturaleza. Cosas que se expresan en definiciones vagas de cosas, en realidad, muy claras y reveladas por Dios, como cuando decimos de alguien fallecido “Ahora desde donde esté, nos mira” ( Si no está en el Cielo ¿dónde está?). Esto me lo dio “Dios y la vida” (¿dos dioses?)
Cuando nos encontramos a Dios, el Dios revelado por Nuestro Señor Jesucristo, el Dios de los Ejércitos, no siempre tenemos el ánimo para esperar de él lo que él quiere obrar, el cómo él quiere obrar, y en quién quiere obrarlo. Así les pasó a los habitantes de Gadara nos relata el Evangelio de San Mateo ( 8, 28 y siguientes) cuando Jesús expulsó a los demonios de aquellos hombres y estos, con su permiso, fueron a unos cerdos los cuales se precipitaron al mar. Los gadarenos se asustaron y le pidieron a Jesús que se fuera de su territorio. Qué cosa extraña, cuando Jesús multiplicaba los panes, lo seguían multitudes; cuando resucitó muertos, muchos creyeron; pero cuando realizó el signo más importante porque está en el Plan de Dios liberarnos del pecado derrotando al Enemigo; entonces no estaba en los planes, entonces le pidieron que se vaya. Dejar el pecado, reconocer el poder de Jesús sobre el padre de la mentira, ese es un tema que no nos interesa; no está en nuestros esquemas de lo que Dios debe obrar y cómo lo debe hacer. Sólo queremos el dios amuleto, que haga lo que yo creo que tiene que hacer.


Confiar en Dios en un acto de vida que compromete, que significa una actitud de hijos que obedecen a su Padre y reciben de El lo más importante. Que comprenden su vida desde un Plan en el que todas las cosas toman su lugar, y donde nuestros deseos están orientados por un gesto de confianza por el cual buscamos el bien y no el mal para tener vida.

jueves, 19 de junio de 2014

DE LO FALSO A LO VERDADERO


Es fácil encontrar en las páginas de facebook expresiones cargadas de sentimientos para con los “amigos”: sabés cómo te quiero, yo te quiero más, tkm, etc. Y de sentimientos igualmente intensos para los “otros”: estos se merecen…, son unos hijos…., ojalá se pudran…. Un salto del amor tierno y humano a un odio visceral, a sentimientos tan o más inhumanos que los sentimientos o hechos por los cuales se protesta.

“Si ustedes aman solamente a quienes los aman ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?” nos dice Jesús, el Maestro (Mt. 5, 46-47)

Cisnes de cuello negro.
Cerca de casa anuncian una belleza mayor. 
Es muy interesante reconocer qué resonancia tienen los publicanos para los discípulos que en aquel momento escuchaban al Señor. Hombres corruptos, miembros de Israel pero colaboradores de los invasores romanos. Hombres ambiciosos que hacían ganancias económicas y que se movían en el ámbito de las amistades de poder político o económico por interés de dinero. Ellos aman a los que los aman. Ellos aman por el interés que les devenga ese amor dado. Hay un interés.
Y qué resonancia tienen los paganos, hombres llenos de dioses falsos, generalmente dioses que son la encarnación de las pasiones humanas: la diosa de la fecundidad, el dios de las cosechas, el dios vengador, etc. El pagano tiene encarnadas sus pasiones en una aparente religiosidad.

Con una motivación u otra, el círculo del amor se estrecha y se vincula principalmente a esos intereses a esas motivaciones que están lejos de ser por el amor mismo, por el bien del otro. El otro tiene valor en la medida que me satisface, pero no tiene valor por sí mismo. Tiene valor por los afectos que me genera. Y esos afectos se motivan por las pasiones. ¿auténtico amor? ¿auténticos “tkm”?

“Yo les digo: amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores. Así serán hijos del Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 45) Jesús nos lleva a sus discípulos a un punto de partida muy distinto. La razón de nuestros afectos ya no son los intereses ni las pasiones, sino nuestro origen, nuestro ser hijos del Padre. La fuente del amor parte de lo que somos y no de lo que los demás nos hacen. Y el amar auténtico es el que no parte de intereses ni motivaciones externas. Parte de nuestra identidad. Realmente parece un imposible. Sí, lo es si miramos desde las pasiones y de los intereses. Ambas cosas son como fuegos que nos dominan. Acostumbrados a dejar a las pasiones obrar en nosotros, nos parece un mundo imposible el Evangelio de Jesús. Nos parece una utopía inalcanzable. Lo es de verdad si Jesús es una idea y no una persona. Si Jesús es un conocido y no un amigo. Si Dios es un todopoderoso pero no nuestro Padre.

Un indicio muy frecuente de esto último es nuestra consideración de Dios: ¿por qué obra mal? “Dios es injusto”, “me enojé con Dios”. Como hijos caprichosos que creen saber más que su Padre, nos animamos a juzgarlo, cuando él es Juez. Nos parecemos a esos niños que patean a su papá o su mamá porque no les dio el gusto que esperaban, o que se enojan con ellos cuando se ponen celosos de los afectos que sus padres dan a otros niños. Como el hijo menor de la parábola del hijo pródigo, nos vamos de su lado, decididos a gastarlo todo porque creemos que así somos felices. Esas bendiciones de Dios nos gustan. Que se haga lo que nosotros queremos. Entonces sí decimos que Dios es bueno y que creemos mucho… pero siguen siendo nuestras pasiones satisfechas aun este amar a Dios, igual que los publicanos, igual que los paganos.

Qué importante es mirar a Dios nuestro Padre cada día, cada mañana para reconocer nuestra identidad. Señor, yo quiero ser tu hijo, mirarme en el espejo que es Jesús porque me hiciste a imagen de él. Quiero recordar este día que eres amor, que haces salir el sol sobre buenos y malos; y llover sobre justos y pecadores. Así, con el corazón más ancho que la estrechez de mis intereses y pasiones, amar en este día y todos los días a todos aquellos, que por la Sangre de tu Hijo, hoy son mis hermanos. Aunque no me amen, aunque no me beneficien, y aunque me perjudiquen. Amén. 

NUESTRA VIDA ES UN FARO


La frase suena pedante. No es el enfoque con la que la escribo. Me impactó la Palabra que el Señor me dio en un discipulado, Eclesiástico 48, 12-18. Pensaba desde que era muy joven que si mi vida cristiana la vivía con intensidad llevaría a muchos a creer en el Evangelio, en su poder. La motivación fue buena, me permitió descubrir la esencia de mi Vida Religiosa, mi vocación. Lejos estaba de comprender un error.

La vida del profeta Eliseo fue ejemplar y prodigiosa, sin embargo, no provocó la conversión de las multitudes. Es el cuestionamiento fuerte que me hizo la vida del Beato Carlos de Foucauld, quien vivió en el desierto del Sahara como sacerdote eremita. En esas grandes soledades sólo pobladas por silenciosos y esporádicos beduinos, testimonió a Cristo en un silencio que no provocó la conversión de nadie. Sigue latiendo dentro de mí esa incógnita que también cuestiona el sentido de la Evangelización. En la página de la Escritura sobre Eliseo se demuestra que aquel faro, es una soledad en medio de un grande y oscuro océano. Una insignificancia donde lo valioso es la luz que irradia, la seguridad que da depende del marino que se acerca, la eficacia depende de que alguien pase por allí cerca. El faro es verdaderamente insignificante.
¿Y qué es significativo? Aquí la mentalidad  del mundo empieza a verse en mí con claridad. La eficacia no es un criterio del Evangelio. La constancia sí. La luz sí. El saber estar, permanecer, sí. Las tempestades rodean a un faro, pero el faro sigue siendo lo que es y no se va de allí. Su luz disminuye cuando las altas olas lo tapan, pero recupera su intensidad y reaparece a la vista cuando estas aguas bajan.
Amanecer en Casa San Charbel.
Dios mío, desde la aurora te busco.  (Salmo 62)

Así mi vida, la vida de cada discípulo de Jesús, de cada bautizado, o sea, tiene un valor intenso e inmenso si permanece siendo luz, como aquel faro. La sociedad parece ir por cualquier parte, y probablemente seguirá así, pero mi vida no dejará de ser luz. Quizá valorarán lo que soy aquellos que en medio de su tempestad alcancen a darse cuenta que detrás de una gran ola hay una luz esperándolos, diciéndoles en silencio dónde está la costa, qué camino los sacará del peligro. Pero en todo caso, el sentido de mi vida no está en que aparezca aquel extraviado, sino en el ser luz, en esa luz que es el gozo y el sabor de mi existencia.


“Ustedes son la luz del mundo…así debe brillar ante los hombres la luz que hay en ustedes.” (Mt. 5, 14.16)

sábado, 17 de mayo de 2014

EL BUEN PASTOR

La jornada del Buen Pastor ha venido a nosotros en un momento de la vida de la Iglesia marcado por una nueva expectativa sobre la vida ministerial. ¿Cómo estarán en otras latitudes? En la nuestra aún percibo dos influencias que van haciendo nacer una nueva visión de la pastoralidad en la Iglesia. Una es la dicotomía entre la visión “desde los pobres” que en algunos espacios eclesiales ha sectorizado y orientado decididamente la acción evangelizadora. La otra una distancia abismal entre la vida común de los cristianos y la acción ministerial. La conciencia clara de que los métodos, las costumbres y los modos en que se lleva a cabo la acción ministerial están dejando las cosas como están, y los fieles “se nos van de las manos”. Hay muchas realidades concretas que no están siendo suficientemente iluminadas por el Evangelio y son lugares que exigen una presencia. ¿Cómo llegar como ministros del Evangelio hasta allí? Personalmente creo que esos lugares donde la ausencia del Evangelio está se deben a que los laicos no ocupan su lugar, pero, a su vez, estos no se sienten impulsados por los pastores a hacerlo. Existen nuevas corrientes de espiritualidad laical que los llevan a vivir en forma pietista, muy de devociones nuevas. Antes eran las cofradías de la antigua devotio moderna. Ahora son las formas de espiritualidad individualista y que busca ir al encuentro de una gran necesidad de las personas: su incapacidad para resolver situaciones problemáticas desde una acción divina. No sé si me salió bien la frase, los hechos son que la gente recurre a la superstición cuando ve que no encuentra una salida para situaciones problemáticas. Recurre también a la brujería cuando, ante esas situaciones problemáticas, decide torcer de algún modo el camino inexorable de sus malas decisiones o sus caprichos. O bien, la gente se va al protestantismo con mucha facilidad porque allí encuentran una respuesta a esa sed de la acción de Dios en sus vidas.

Percibo que esto indica una distancia entre la acción de la gracia de Dios, particularmente de los Sacramentos y la vida cotidiana. Una ausencia de la paternidad espiritual, que ahora quiso llamarse “acompañamiento” pero que sigue siendo una rareza porque la gente, literalmente, no es escuchada. Los sacerdotes estamos demasiado “ocupados” para eso. Las estructuras de pastoral se volvieron nuestras principales acciones, pero  no el trato cara a cara con los fieles. Me parece que es algo distinto del “olor a oveja” recomendado por el Cardenal Bergoglio y luego por el Papa Francisco, pero tiene mucho que ver. Tal vez los fieles entendieron que la vida sacramental es algo que hay que hacer, pero no la fuente de vida de gracia, el lugar del encuentro con Jesús vivo.

Algunos achacan esto al hecho de que la celebración de los Sacramentos es aburrida. Y por eso buscaron popularizar los Sacramentos mediante muchos gestos y acciones dentro de la Liturgia para hacerla divertida. He percibido que el resultado final fue que la gente está contenta con el sacerdote porque es “piola”, porque es cercano y porque le entienden. Pero pocas veces he escuchado que esto los llevara a una mayor cercanía hacia Jesús y un propósito de conversión y de acompañamiento (o dirección) espiritual. En mi experiencia  personal he visto que celebrar los Sacramentos como están indicados para toda la Iglesia pero poniendo alma y corazón en los gestos, la recitación de las oraciones y preparando la predicación atentos a la Palabra de Dios y a la situación de las personas que están delante; genera una participación activa de los fieles y encuentran en la Eucaristía, principalmente, su lugar de encuentro personal con Jesús; y con el trato cercano del sacerdote, consecuentemente, se sienten parte de una Comunidad. Espiritualidad personal y eclesialidad se conjugan entonces en el Sacramento de un modo vital. Lo demás: atención de los necesitados por parte de la comunidad, inserción en los ambientes, formación para el pensamiento y la acción, surgen de acuerdo a la creatividad del sacerdote que orienta. Bueno, parece una super enseñanza magisterial, pero es más una vivencia y una conclusión de lo que veo positivo para llegar hasta esos lugares que aún la Iglesia no llega.

Y volviendo al tema, esas formas de espiritualidad que llevan a la búsqueda de respuestas para sí mismo entiendo que son una parte del camino. Necesaria, pero una parte del camino. Y siento que el magisterio pontificio apunta a ese segundo aspecto de acción evangelizadora, y que no apunta ya a lo primero: la satisfacción de las necesidades espirituales inmediatas de la gente. Esto me parece una acción del Espíritu Santo. Es verdad que la Iglesia se estaba quedando mucho, y necesita tomar su protagonismo en la evangelización de las realidades de la sociedad, y por eso se hace aún más urgente. En el Papa Pablo VI con la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, el tema de la incidencia del Evangelio era una enunciación de principios. En el Papa Francisco, en su Exhortación sobre la Evangelización “Evangelium Gaudium”, el tema de la incidencia del Evangelio es una orientación práctica y concreta que él mismo se propone testimoniar con sus gestos.


Ambas cosas, espiritualidad personal y acción concreta, son lo que necesitamos vivir intensamente. No hay duda.  

miércoles, 14 de mayo de 2014

MIRA QUE ESTOY A LA PUERTA, Y LLAMO

En estos días he recordado a Pedro. Este señor vecino de la Parroquia de N. S. de Luján y S.Pedro y S. Pablo de Campana, lo conocimos cuando se acercó para pedir una bendición para su esposa. Su señora llevaba más de 10 años, creo que 14 o 16 años, en cama enferma. Ya no podía hablar ni mover sus brazos. Pedro le daba de comer en la boca, la cambiaba, la bañaba, y estaba sentado a su lado durante casi todo el día. El mismo limpiaba la casa y cocinaba.

Mientras estaba al lado de su esposa, leía las Sagradas Escrituras. Cuando niño había vivido en el campo y él sabía que había sido bautizado, pero no tenía más noción de la fe. Ya entonces se interesó por conocer a Dios y pensaba que para acercarse a El tendría que leer la Biblia. Se compró una y comenzó a leerla. Siempre en el campo, nadie lo instruyó para que lo hiciera. Por sí mismo aprendió lo que eran los capítulos y versículos. Y meditaba lo que leía. Me decía que no podía comprender muchas cosas, pero sabía que era Dios el que hablaba y eso le bastaba en algunos momentos, que en realidad no sabía nada. Entrando en diálogo con él, podía darme cuenta que eso último era lo único que no era cierto de su afirmación. Pedro tenía la sabiduría que da el Espíritu Santo a quien se acerca por la fe las Sagradas Escrituras. Y un detalle de su narración me lo confirmó.
Alguna vez, viviendo él ya en la ciudad, llegaron los Testigos de Jehová y lo invitaron a sus reuniones. Le explicaron algunas cuestiones de la Biblia en esa visita; y él fue a esas reuniones. Su interés era saber más sobre Dios y encontraba una posibilidad en esa invitación. No tardó en darse cuenta que eso no era, que no era de Dios. El había leído las Escrituras por mucho tiempo, y sentía en su corazón que lo que ellas decían no era lo que los Testigos de Jehová le transmitían y dejó de ir. Quién iba a decir que aquellas palabras de la Constitución sobre la Divina Revelación (Dei Verbum) del Concilio Vaticano II que afirma que, los fieles, mediante la meditación asidua de la Escritura ayudan a toda la Iglesia a profundizar en su conocimiento; las vería cumplidas en la vida de este hombre del campo, venido a la ciudad y operario de fábrica, guiado por el amor a Dios y al prójimo (en la vida de su esposa)

No pasó mucho tiempo y su esposa falleció. Su dolor fue grande, y allí fue la segunda lección de vida y de fe que este querido hermano me dio. Le costó mucho asumir la ausencia de su esposa. Pero su señora ya llevaba ausente muchos años, aunque para él no. Su amor, profundamente humano, lo había llevado a esa comunión que trasciende lo puramente físico, e incluso, el legítimo querer una compañera que se ocupara de él. No, él entendía el amar como el ocuparse de la amada. ¿No es ese el verdadero amor de pareja? Ya se había olvidado lo que era salir a pasear, o ver un paisaje lindo. No conocía desde hace años más que el estar al lado de esa persona tan amada que llenaba sus días y a la que valía la pena atender con tanta dedicación.
 Pedro sabía que él era católico, pero era lo único que sabía de su fe. Claro, también sabía que tenía que hacer la Primera Comunión, aunque no sabía muy bien qué significaba. Lo invité a comenzar a prepararse para ese Sacramento y para la Confirmación también. En ese momento habíamos comenzado en la Parroquia a hacer Círculos Bíblicos en los que él participó. De él aprendí a buscar una página bíblica con un particular mover la esquina de las páginas con un solo dedo. Hasta hoy lo uso, y, cada vez que lo hago, su imagen se presenta a mi memoria.

Una enfermedad tan cruel como rápida, puso fin a sus días entre nosotros. El Señor me dio la gracia de poder asistirlo con el Sacramento de la Unción que recibió con esa fe inquebrantable largamente probada. Sé que todos esos momentos a los pies del Maestro, escuchando su Palabra, hoy han dado para él el fruto magnífico del secreto que contienen: la vida eterna. Me gustaría compartirles una foto de él, pero no la tengo escaneada, y, donde vivo, no tengo esa posibilidad.


Gracias, Pedro, por haber llegado un día a golpear la puerta de nuestra casa. Gracias porque tan sólo tu vida valió la pena de todas las alegrías, tristezas, esfuerzos y trabajos de vida pastoral en aquella Comunidad. Has sido un consuelo para mi discipulado y un estímulo para amar más la Palabra de Dios. Que el Señor me conceda un corazón de niño como el tuyo así podré entrar en el Reino de los Cielos. Amén!!

domingo, 4 de mayo de 2014

¿LA CARNE O EL ESPÍRITU? UNA LUCHA O UNA REVISIÓN DE NUESTRO MODO DE VIVIR.

Romanos 6, 1-18
Descubrir en nuestro interior situaciones históricas y muy existenciales que nos limitan, que nos hacen sentir “monstruos”, que parece que no podremos nunca dominar o vencer; nos puede llevar a un sentido pobre de la fe. A sentirla como un bálsamo en medio de una realidad inexorable de limitación que nos llevará a vivir continuamente disconformes con nosotros mismos, o fracasados en nuestro intento de ser distintos, de ser santos en definitiva.
El triunfo de Cristo, el hombre nuevo, en nosotros se presenta desde ese punto de vista, como un triunfo puntual, de determinadas cosas de nuestra vida. La experiencia de querer ser hombres de fe se limita a un sentir espiritual al que se opone una realidad más fuerte que nosotros: nuestra corporeidad, nuestra carnalidad. Lo podemos reconocer en frases que vienen a nuestros labios en esos momentos: “Después de todo, soy humano”; “tampoco soy un santo”. Este es el sentido en el que San Pablo nos habla de la Ley que multiplicó las trasgresiones (Rom. 5, 20). Esto es, el hecho de que apareciese una forma de conducta, de vida cristiana, nos hace la vida cuesta arriba, porque lo que allí se propone nos supera.
¿Debemos seguir pecando para que abunde la gracia de Cristo? ¿Debemos sentirnos derrotados y suplicar por cada cosa puntual que vivimos como si la fe fuese sólo pedir perdón de la inevitable falla en la que caeremos sin remedio? ¡Ni pensarlo! ¿Cómo es posible que los que hemos muerto al pecado sigamos viviendo en él?
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte. Hemos muerto al pecado, no existe un vínculo que nos obligue a pecar. Esto nos quiere decir la Palabra de Dios. Y no es un propósito piadoso, sino una realidad existencial. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Esta frase es más que una aseveración teológica, es existencial, es teologal. Vivos en Cristo Jesús es vivos, resucitados, desprendidos de toda limitación en nuestra unión con El. Así lo confirman las palabras de Pablo: “no vivo yo, sino Cristo vive en mí” (Gal. 2, 20) Y muertos al pecado es muertos con Cristo, experiencia de haber experimentado el silencio de la muerte en el sepulcro. Acción que sólo Dios podía realizar y que la hizo en la experiencia de la misma carne que nosotros experimentamos como lugar de contradicción y un día, como lugar de muerte, cuando sepulten este, nuestro cuerpo, como fue sepultado el de Jesús. El dinamismo de la fe, palabra clave, es hacer continuamente esta doble experiencia de muerte y vida, pero muerte y vida en Cristo.
No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales. Esta dicotomía entre cuerpo y espíritu que pocas veces San Pablo menciona, nos confirma la experiencia que vivimos cada día. Hay otro yo, ese que no quisiéramos ser. Ese que se mueve por las pasiones, en los lugares ocultos del alma que aflora con las heridas. Ese que aparece en cualquier momento. A ese le ponemos un parate. Considérense muertos al pecado, nos dice Pablo. No hagan de sus miembros instrumentos de injusticia al servicio del pecado. Su llamado, una exhortación, es un llamado a nuestra voluntad. Un compromiso voluntario, y dependiente de una decisión. A la acción de Dios le corresponde la acción del hombre. Y podemos decir, en igual compromiso. Aquí está el Dios de la Alianza, como en aquella ocasión la hizo con Abraham. Le hizo una promesa y este salió de su gente y de su pueblo, y caminó hacia el lugar que el Señor le mostraría, pero no se lo mostró, sino que lo llevó de día en día. Este caminar, este peregrinar de Abraham, lo hizo padre de los creyentes. Ante la promesa, Abraham caminó, no se detuvo. Y encontró muchas dificultades en el camino que fue resolviendo siempre amparado en la promesa del Señor.  El le había prometido una descendencia numerosa, y Abraham sólo vio un hijo. Hasta el fin de sus días, este hombre de alianza se sostuvo por la Promesa recibida. Aún en la oscuridad de la noche, como lo expresa aquel Himno de Completas de la liturgia monástica: “Abraham contaba tribus de estrellas cada noche, de noche resonaba la voz de la Promesa”.
Promesa, alianza y realidad existencial se conjugan y pueden parecer otro dispararse a ideales. No es así en la consideración de San Pablo: “No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales obedeciendo a sus malos deseos”. Hay malos deseos, están, y cada día aparecen en el momento menos esperado. El hombre nuevo, creado en Cristo, el peregrino, no es un ángel, ni un santo confirmado en gracia. Es un hombre de obediencia. Podría haber dicho de combate; pero el combate parece más la consecuencia que la razón. En razón de la obediencia sigue el combate. La obediencia a esa voz de Dios, a su Alianza, a su llamado, a la acción de la gracia; compromete y hace real el hombre nuevo. Pero ¿qué pasa si encuentro limitaciones en mi psiquis que me impiden dar esa respuesta obediente que de verdad deseo?
Abraham fue un caminante. El obediente es caminante. Si me hace falta una ayuda para superar obstáculos que sin ella no podría, entonces debo tener la humildad de pedirla. Lo que importa es la meta, lo que me orienta para reconocer si camino es el Plan de Dios, lo que me sostiene en la dificultad y me hace ser decidido en superar mis obstáculos con la ayuda de otros es la fe. Fe en el poder de Dios que obra a través de esas mediaciones humanas.

“Que el pecado no tenga ya dominio sobre ustedes, ya que no están sometidos a la Ley sino a la gracia” Esta es la realidad de Dios y su parte en la Alianza. La gracia. Ya no estamos sometidos, ya no hay una limitación insalvable. Es una realidad y no sólo un deseo. Una obra de Dios que es más poderoso y creador de nuestra vida. ¿O podemos decir que la naturaleza, que Dios creó, tiene más poder que Él? ¿Podemos decir que la realidad de nuestra fragilidad, de nuestro ser pecador, es más real que la realidad de Dios, creador de todas las cosas? El Plan de Dios, aunque tiene una meta, es un Plan presente y actuante, y por la obediencia de la fe, entramos decididamente en él con nuestros cuerpos mortales, aunque tenga malos deseos, aunque necesite mediaciones humanas, aunque deba renovar continuamente la Alianza. 

miércoles, 3 de julio de 2013

MOVER UNA ESTATUA O HACER ENTRAR GENTE

Que lo simbólico tiene que dar lugar a lo real es sin duda la meta de quien quiere vivir un ideal. Me lo planteaba al pensar en mi vida como cristiano y como religioso. Muchas de nuestras cosas se plasman en gestos simbólicos y esto es bueno: el padre da un beso a su hijo porque es el símbolo de que lo ama. Pero bien sabemos que lo simbólico puede ser sólo una apariencia porque si ese padre no se preocupa si su hijo está enfermo, tiene un problema o necesita ser acompañado; entonces el símbolo del beso pierde toda significación.

Algo así sentí cuando vi la foto de Cristóbal Colón en el piso y los aborígenes Qom en la plaza. Y reflexioné si yo mismo no seré así de simbólico con mi fe cristiana. Si encuentro gran gozo en comulgar sintiéndome hermano de todos, o si mis gestos concretos que abrazan al hermano, que "lo hacen entrar" en mi vida. Y para no dar lugar a los que contraponen una cosa con otra, hay que recordar que la comunión eucarística no es un símbolo, sino una realidad. A diferencia del ejemplo aludido, la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo hacen ya la comunión fraterna simplemente porque va más allá de las mezquindades de nuestros condicionamientos personales o históricos.

Es claro que, sin embargo, esa comunión ya lograda, puede quedar frustrada si no doy el paso de ir al encuentro del otro. Es mi gran cuestionamiento. Si mi comunión eucarística queda sólo en eso, es una cuestión ideológica; si mi comunión eucarística es un empuje y una realidad para mi comunión con el hermano, entonces es una realidad que hace nacer y mantiene vivo un ideal. A veces siento que todavía hay muchos cristianos que ven a la comunión del Cuerpo eucarístico como una consolación espiritual, como una vivencia de Dios desencarnado, de un premio de las propias acciones, o de otra forma que lejos de llevar a buscar al otro, aisla del otro.

¡Toma mi barro y hazme de nuevo!

domingo, 16 de junio de 2013

CONOCER A DIOS

Es frecuente encontrar a gente que te dice "es lo mismo cualquier religión", o "es el mismo Dios en todos lados". Es curioso que también la misma gente, en muchos casos, al decirlo, tampoco tiene una relación con él. No tiene una religión o bien, no tiene una relación con Dios. Es tan lo mismo que es lo mismo que nada.

Las experiencias conocidas de los fanatismos religiosos reafirman el otro pensamiento muy ligado a estos: "es mejor ninguna religión".

En conclusión, una desilusión de la posibilidad de entrar en la presencia de Dios, de conocerlo y de que signifique algo más que el hecho de explicarnos a nosotros mismos quiénes somos y cuánto valor tenemos. Así, Dios se ha convertido en un personaje simpático para unos, que bendice, que hace milagros; y que, en otras ocasiones, es digno de enojo por no haber hecho, por no haberse acordado, por no haber impedido, porque hay injusticia en el mundo, por... todos los males que nos suceden y de los que no se hace cargo.

Uno y otro Dios, el de los fanáticos, el de los enojados, el de los indiferentes, es un Dios manejable, manipulable, que es el todopoderoso de acuerdo a mi parecer, a mi querer. Para completar el cuadro no faltan los que dicen que ese Dios eterno y todopoderoso, la suma bondad y el bien debe ser inasible, debe estar por encima de nosotros y hasta de nuestras necesidades, porque es tan perfecto y tan eterno que llegar a él y alcanzar la unión con él es posible cuando salimos de nosotros mismos, de nuestros sentidos y hasta de nuestras experiencias, porque esas experiencias son las que lo limitan y terminan haciendo una caricatura de él.

Muchos católicos así lo viven, de un modo y de otro. ¿Y cuál de todos estos es tu Dios?

Cuando Felipe le dice a Jesús "muéstranos al Padre y eso nos basta" quiere llegar a ese Dios imaginado a causa de la predicación de Jesús. Para Felipe, que se ha ido formando una imágen de Dios al escuchar a Jesús, ese Dios está en alguna parte, pero no está donde él, Felipe, está. La respuesta del Señor es contundente "¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces? Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre". La pretensión de Jesús es realmente audaz. Felipe, y todos los discípulos, lo que han visto es a Jesús, el hijo de María. Los mismos habitantes de Nazaret tenían esa mirada sobre Jesús: "¿No es este el hijo del carpintero?

No es el único que se hizo una imagen de Dios. Tambien Simón Pedro lo ha hecho. Pero él fue más allá, el vió al Hijo del Dios vivo como le dice a Jesús en aquella ocasión en Cafarnaúm. Y tan es así, que cuando los soldados van al Huerto de los Olivos a apresar a Jesús él sale en defensa del Señor con la espada. En el gesto de Pedro vemos aquella captación del fanático. Su convicción de fe llega a tanto que es capaz "de dar la vida por tí", como le dice explícitamente a Jesús cuando este le anunció que iba a ser entregado. Pedro encarna la desilusión de todos los que habiendo amado a Dios con pasión se desilusionan de los mismos discípulos y de sí mismos: no es posible ser fiel a Dios, no es posible llevar una vida en Dios. El amor por Jesús pasa por encima de la humanidad. Pedro ama a Jesús más que a los demás hombres, por eso no piensa dos veces cuando ataca a los soldados que apresan a Jesús. Su acción se parece a aquella conclusión de Pilatos cuando tiene a Jesús entre sus manos: "¿No sabes que tengo autoridad para soltarte o para condenarte? La pretensión del poder sobre Dios y sobre sus cosas ya para defenderlo, como Pedro, ya para matarlo, como Pilatos tiene el mismo origen: el querer conocer y manejar los planes de Dios según el propio entender y medida. Llegando incluso a dominarlo.

En estos dos personajes, Pedro y Pilatos, vemos una misma actitud. Sin embargo se entiende que Pedro era muy religioso y Pilatos no. Pero, en definitiva no cambia la misma actitud: ambos están cerrados a los planes de Dios. De aquí viene una primera convicción: es Dios quien se revela a sí mismo, y lo hace como él quiere hacerlo. Es El quien nos enseña quién es y cómo hemos de vivir nuestra relación con él. Está aquí la auténtica actitud religiosa.

Y si Dios se revela, se da a conocer, no podemos inventarlo tanto para decir de él como nos parece como para negarlo. Si no tenemos autoridad para una cosa, no la tenemos para la otra. Dios es Dios y ha querido libremente darse a conocer a sí mismo, y lo ha hecho en la persona de nuestro Señor Jesucristo. Una clave de la fe cristiana. Ahora podemos entender por qué las palabras de Jesús, el por qué de la necesidad de creer en él: "nadie va al Padre sino por mi". Y también de que a Dios nadie lo ha visto jamás, el que lo ha revelado es el Hijo único que está en el seno del Padre (Jn. 1, 18)

Sí, podemos conocer a Dios. Podemos vivir en su presencia. Podemos conocer su Voluntad. Podemos conocer nuestro origen y también nuestro fin. Podemos darnos cuenta de que nuestra vida tiene una orientación y que esta no es sólo para nosotros sino para todos los hombres. Cristo no ha venido a imponer a los hombres su Evangelio, sino a darlo, a testimoniarlo. No lo ha hecho contra ser humano alguno, sino a favor de todos. Y su Evangelio no es una norma de conducta sino un hecho que ha devuelto a la humanidad su sentido y su capacidad de ser lo que es. Su Evangelio es la obra que el Padre ha realizado en El y cuyo cumplimiento ha llevado a cabo hasta el final: "Todo se ha cumplido" dijo el Señor al momento de expirar.

Nuestra vida no es una lotería, es un plan de amor. Nuestra sed de sentido, de amor, tiene una razón; está gritando dentro nuestro ese llamado y realidad de Dios que se ha dado a conocer. Nuestra vida no marcha por donde nosotros buenamente intuímos, tiene un derrotero abierto por el camino de Jesús. La historia no es una construcción de la humanidad por la lucha de poder; por las ideologías ni por las opiniones sobre Dios. La historia tiene un origen y una meta: Jesucristo. La religión no es un código de normas, es alguien. Y su existencia es incontestable en relación a los pareceres múltiples de los hombres. Sus palabras son incontestables porque El ha sido establecido como testigo de la obra del Padre y nos ha dado a conocer su Voluntad.

lunes, 10 de junio de 2013

SER UNO MISMO, SER PARA LOS DEMÁS

Muchas veces he desado este silencio a mi alrededor para poder contarles las muchas cosas que rondan por mi cabeza. Es mejor sacarlas porque pueden hacer bien, y hace bien dar lo que el Señor da.

Es mi inquietud poder brindar lo que me toca a la Iglesia y al mundo. Pero cada día me encuentro con una incertidumbre. ¿Hago lo que tengo que hacer? ¿Vivo como tengo que vivir? El ritmo y el estilo de vida de la sociedad parecen por momentos ahogarme diciendo que no hago nada. Parece que los artistas no hacen nada, los pintores, los poetas, los filósofos ¿qué hacen? Entonces veo que la mirada del "hacer algo" es en realidad la mirada del ser útil segun algo. La utilidad según los criterios del ahora, o según las actividades del que te escucha.

La gran tentación, porque el caso no es hacer algo sino ser quien se es. Y esto no es filosofía. Me ha llevado a descubrir que la anciana casi inútil con sus manos, lo mismo que el pequeño con un año de edad tienen algo para dar. Y lo que dan es importante. Me hace descubrir que el discapacitado mental o físico siempre son alguien que da. Y me alegra de recibir de ellos. Cuando el Señor dice "Bienaventurados los que trabajan por la paz" es una fortuna que no haya dicho cómo. La multiplicidad de acciones en ese sentido nos abre la vida por todas direcciones.

El Beato Charles con algunos tuaregs 
Tengo por viejo amigo al Beato Charles de Foucauld como ya lo comenté. Su vida en el desierto, en Tamanraset fue inútil por donde uno la mire. Quiso ser testigo de Jesús en medio de los tuaregs, pueblo nómada del desierto. Llegó a establecer relaciones de confianza y de mucha estima para con él. Incluso se volvió como un consejero a quien consultaban. Pero murió sin que uno solo de esos hombres se convirtiera a la fe cristiana.

Entonces se plantea uno si elegimos el camino de nuestra vida de acuerdo al Plan de Dios que es
Antoni Gaudí, el gran arquitecto.
sin duda nuestra auténtica felicidad, o si vamos haciendo opciones cómodas, o económicamente rentables, o útiles según los criterios de este mundo. Veo con frecuencia esta felicidad transitoria y aferrada al bien inmediato que produce lo que hacemos, pero no lo juzgo tan negativo, porque pienso que muchas vocaciones pasan por el saber dar lo bueno de modo inmediato como el profesional en lo que hace día a día y que le llena el corazón. Pero de fondo hay una proyección de su persona, un darse a sí mismo, que hace que lo hecho no sea activismo sino una auténtica vocación. Hay muchos ejemplos delante de mi y de todos. Señalo el de Antoni Gaudi, el gran arquitecto catalán, cuyos diseños decía él le nacían sin pensarlos, por lo que siempre descubría que era un don. Estoy seguro de que eso es lo auténtico del hacer, cuando nos nace y lo hacemos bien. Y lo disfrutamos.

Pienso en las muchas personas que llamamos "talentosas" pero que no tienen los medios para desarrollarlo, y por ello, no tienen los medios para vivir una auténtica vocación. Pienso en las muchas personas que obran en sus vidas según lo que les tocó vivir más que por elección, pero que ponen tanta pasión en lo que hacen que su persona queda grabada en los demás y eso lo hace auténtico. Pienso en la tremenda necesidad de no ser superficiales a la hora de alentar a los jóvenes para que no hagan "lo que sienten" porque los sentimientos adolescentes son transitorios y caprichosos; sino que hagan lo que les nace, porque lo que brota de dentro sin duda es un don.

domingo, 9 de junio de 2013

DE CAFARNAÚM A NAÍM. UN CAMINO DE FE.

Hoy la Liturgia tomó el Evangelio de San Lucas, la resurrección del hijo de la viuda de Naím. Antes de ese texto, el evangelio dice que Jesús estaba en Cafarnaúm, y que el Centurión de esa ciudad esperaba que Jesús hiciera algo por su sirviente enfermo. Los dcemás comentaron a Jesús: "Merece que se lo concedas porque él construyó la sinagoga". Y esa sinagoga está en pie hoy en Cafarnaúm. En mi peregrinación reciente a Tierra Santa no pude entrar a esa sinagoga por una cuestión de salud de ese momento. Pero pude darme cuenta de que Jesús salió de allí para dirigirse a Naím, y la verdad, que es bastante lejos. Le debe haber llevado algunos días llegar hasta Naím.

Naím es hoy una ciudad moderna y llena de musulmanes. No hay una presencia cristiana. Y si lo pensamos bien, por allí pasó el Señor, y los habitantes de ese pueblo dijeron "Un gran profeta ha llegado y Dios ha visitado a su pueblo". Sin embargo no estamos allí. ¿Qué pasó?

Estos días tuvimos algunas reuniones con los catequistas y vimos que las respuestas de papás y de chicos son igualmente desalentadoras. No hay una apertura ni una búsqueda de la fe en la mayoría de los casos. ¿Qué será de esta ciudad cuando pasen los años? Las nuevas generaciones apenas traeran cristianos tibios, si es que llegan a serlo. Pero ¿qué vamos a hacer?

Ahí está el cuestionamiento para aquellos católicos que dicen amar mucho su fe, pero no cultivan lo mínimo de ella. Se ha entendido fanatismo por testimonio. Se ha entendido realismo por fe. Se ha cambiado lo del mundo por el Reino de los Cielos. No parece interesar lo trascendente, lo eterno. Pero aquí está el mensaje de la Palabra de Naím.

¿Cómo haremos para abrir el corazón de la gente a esta obra de Dios?

miércoles, 15 de mayo de 2013

EL CRISTIANO, TESTIGO DE LA VERDAD

"No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del maligno...Conságralos en la verdad, tu palabra es verdad." (Jn. 17, 15.17)
Son las palabras del Señor que en su oración antes de padecer hizo por nosotros. Son las palabras que hoy resuenan en nuestra Liturgia. Me impresionaron.

No sacarnos del mundo, cuando ha dicho antes "el mundo los odió porque fueron fieles a mi palabra" quiere decirnos que vivir el Evangelio de Jesús es una contradicción para el mundo de hoy. Lo comprobaba hoy en el diálogo con mis hermanos aquí ven Vic, Cataluña, donde estoy en este día. Muchos no cristianos reniegan feamente de la fe, de los principios de la fe. No tengo dudas de que significa una confusión, al no ver la fe como un camino de liberación, de gracia, de verdad. Tengo la impresión que los criterios de muchos hombres de buena voluntad: la solidaridad, la fraternidad, el bien de la creación, la búsqueda de la verdad, son los principios de un primer encuentro con la verdad del Evangelio, que es sustancialmente la verdad sobre el hombre. Esta verdad que libera y salva.

Me contaba uno de mis hermanos de comunidad que una mujer rechazaba de plano sentirse pecadora. Seguramente entendió esta verdad del hombre pecador como una verdad esclavizante. Y así lo viven. Como si los curas hubiéramos inventado esa noción para someter las conciencias. Se ve claramente un principio de Freud y por qué no de Nietzche. Nada que ver con el principio del Evangelio.

El hombre pecador en el Evangelio es el que es buscado para ser liberado. En esa libertad encontrarse a sí mismo. Las palabras del Señor para con la mujer pecadora a quien aquellos hombres acusaban para poner a prueba a Jesús así lo muestra: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?". La palabra "mujer" indica ese volver de Jesús sobre la persona misma, para hacerla volver en sí, para recordarle la belleza que en sí contiene. El final de sus palabras a esa mujer dicen todavía más sobre la realidad: "Vete y no peques más". Le da la libertad. Jesús es libertad para el pecador no su acusador. El Evangelio nos ha mostrado dónde está la esclavitud: en el pecado. Y el pecado como lejanía de la fuente de vida, lejanía de Dios. Este Evangelio es el camino para dejarnos abrazar por ese amor de Dios que nos da identidad.

viernes, 10 de mayo de 2013

LO NATURAL Y LO ARTIFICIAL

Leyendo a Arturo Paoli en su libro "La raíz del hombre" me ha aclarado unos puntos que no podía hilar. Cuál es la relación del hombre con la naturaleza, y cuál esa relación de tal modo que, a la vez, nos humanice. Distingue contemplación de uso. Parece fácil verlo. Pero resulta que las vacaciones en islas paradisíacas, hoteles con palmeras brillantes, jardines prolijos, etc. son un mundo de plástico para el consumo pero no para la contemplación. No comprometen, no sacan de sí mismos, estan hechos para la autosatisfacción y el placer por el placer. Lo natural al servicio de mi ego. Mientras que la relación con la naturaleza pasa por el hecho de descubrir lo que ella me dice y me humaniza.

La idea ilumina. Cuando vemos protestas por bosques desvastados o cálculos económicos sobre lugares planetarios, decisiones de explotaciones que tienen por norma lo económico sin importar lo que la naturaleza dice... entonces llega su manipulación y destrucción, y consecuentemente, la destrucción del hombre mismo. Miremos nomás el hecho del llamado "matrimonio igualitario", ¿no es una contradicción con la naturaleza que hasta hemos decidido decir de ella que es una construcción de nuestra cultura? Con ello hemos perdido la objetividad de las cosas, las cosas ya no son por sí mismas sino que son si yo quiero que sean. O sea, hemos llegado a tal tiranía que queremos someter a nuestros caprichos ideológicos o a nuestras pasiones desordenadas lo que tiene que ser objeto de contemplación y maravilla.

Los antiguos filósofos hablaban de "asombro". En esto estaba la contemplación y las ideas. Y aunque navegaron por mundos a veces raros, su autenticidad estaba en el hecho de que no querían manipular la realidad como intención de fondo, sino dejarse impregnar por lo que ella dice. Los filósofos de medios de hoy, parten de la ideología y la aplican a la realidad. La gran diferencia es el sometimiento a la ideología de moda y la imposibilidad de encontrar la verdad. Quizá por eso el relativismo ganó terreno. Cada uno interpreta a su manera porque el punto de partida de la verdad es uno mismo y no la verdad de las cosas. Son puntos buenos para considerar a la hora de ponernos a decidir qué pensamos y actuamos en consecuencia.

Pero también me responde a otra cuestión: el naturalismo. Los naturistas, que los hay variados, van de los que encuentran hasta cosas mágicas en la naturaleza a los que esperan volver hacia atrás, al hombre que vive en armonía con la naturaleza "como era antes". Pero el ayer ya pasó y por más que lo queramos afrerrar no podemos. La realidad está hoy, aquí. Pareciera que no podemos sacar de este punto nada en concreto, pero no. Volver a la raíz de la comunión con la naturaleza en el hombre de la técnica, es considerar que lo económico ni lo tecnológico pueden ser los dominadores de la naturaleza. El hombre armónico es el que sabe que hay leyes inscritas en las cosas y que no puede violarlas a riesgo de perderlas y perderse. A riesgo de destruirlas para siempre y de destruirse. Este era el hombre del pasado. Quizá en aquella época no tenía el conocimiento ni las posibilidades de sacar más provecho positivamente de lo natural; y ese era un límite a sus ambiciones de dominio. Pero el hombre de hoy, teniendo mucho más en sus manos para vivir más humanamente, usa su conocimiento para explotar, para dominar y servirse egoístamente de lo que está delante de él.

Como ha pasado y pasará en el funturo: se trata de que cambiemos de corazón y aprendamos a vivir en el amar y servir. Y esto no lo da la ciencia ni la técnica ni la ideología. Sólo lo da el contemplar, aceptar y obrar.

viernes, 3 de mayo de 2013

CONVERSIÓN Y NUEVA EVANGELIZACIÓN

De verdad, me siento muy contento de ver cómo el Señor responde a mis oraciones. Le pedí la gracia de mi conversión durante algunos meses. Claro, no espero que me la dé toda junta. Sería demasiado para llevarla adelante. Pero se ocupó de indicarme muchas cosas. Hasta dejé de decir esa oración porque tenía temor de no responder a sus inspiraciones. Ahora razoné un poco y la volví a hacer.

No, no se trata de que quiera compartir cosas muy personales, sino de que he visto cuánta necesidad de cambios en mi vida de creyente. Esos cambios no responden simplemente a una situación personal, sino a una situación del mundo y de la Iglesia. Creo que desde ahí nos tenemos que plantear las cosas.

Me di cuenta de que las miradas de muchos confluyen con las mías en muchos aspectos importantes, y eso nos juega a favor, perdí enemigos. Bueno, un modo de decir. Me dí cuenta de que necesita escuchar, y mucho. Me asusta que tengamos una mentalidad estancada, cerrada. Creo que es casi, digo casi, inevitable. ¿Por qué? Porque el relativismo actual donde todo vale, donde todo lo que hay hay que cuestionarlo, nos deja en una arena movediza donde le punto de apoyo es uno mismo y sus felices ideas. Ahí, decididamente, no quiero llegar. No quiero ser un aporte más al individualismo relativista, al subjetivismo cuestionador. No creo ser la medida de las cosas, por supuesto, pero por eso no quiero perder el camino que el Señor nos ha abierto.

El punto fuerte es saber dónde estamos parados y en realidad qué es lo que debemos cuidar y qué lo que debemos arriesgar. ¿Nos hemos puesto a pensar de dónde provienen nuestras ideas acerca de la fe? Si sólo de lo que hemos recibido desde niños, sin que de nuestra parte hayamos hecho aportes, estamos estancados en ese cristianismo asentidor de todo lo que no me signifique demasiado compromiso. Incapaz de dar una respuesta a las necesidades del mundo de hoy. Si de las ideas de los cristianos que nos rodean, aunque sólo sea el párroco, vamos mal. No porque los demás no sepan, sino porque no hemos internalizado nuestra fe. No le hemos dado ese espacio que necesita el Espíritu para ser creativo en nosotros. Conformarnos con una fe vivida en la medida de mi pequeño horizonte cultural, me deja paralizado en el inmenso tejido cultural del presente que es exigente a la hora de necesitar una nueva evangelización. Si nos hemos quedado sólo en la respuesta de una moral conforme a los principios cristianos, tenemos una buena base, pero sólo eso. Pongo paños fríos a mi afirmación, nada menos que eso, pero es el principio.

Hoy son demasiados los cuestionamientos que nos rodean. Son demasiadas las maneras de vivir que necesitan la luz del Espíritu. Me parece que lo más inmediato e importante es no engancharnos en este camino sin oriente de las costumbres modernas. Ejemplo, para no teorizar. Si un joven "vive con su novia" pero quiere dar una respuesta de fe, no va. Está negando un principio fundamental del sentido de la fe: estoy comprometido con el Señor en el proyecto de mi vida, y él ha hecho de la pareja humana un Sacramento. Quizá ese joven tiene mucha fe, muchísima, pero no  en el sentido de la fe que el Señor comenzó al encargarnos su misión. Será la fe de la sirofenicia, capaz de sacarle al Señor los milagros que le hacen falta; pero no la fe de Zaqueo, que planteando su realidad decide dar pasos concretos de conversión que lo involucran en primera persona.

Leía a Scott Hahn, converso católico desde el protestantismo, que su lectura, meditación y estudio de las Sagradas Escrituras lo fueron llevando a las conclusiones de fidelidad que el Evangelio le exigía. Esta experiencia me ayudó más aún. Para no caer en el relativismo, pero a la vez, dar una respuesta al mundo de hoy, son necesarios estos pasos de reflexión y asimilación personal de las enseñanzas de Jesús, nuestro Maestro. Obviamente en el camino de Scott hay un  límite. Como protestante necesariamente pudo llegar a la fe católica desde la Sagrada Escritura solamente. Nosotros en cambio podemos arribar a la fe desde esa realidad viviente y necesaria: el Verbo de Dios, la Palabra de Dios hecha carne. Y esto es Escritura, Tradición e Iglesia. ¡Uy! ¿No era Escritura Tradición y Magisterio, los tres pilares de la Revelación divina? Sí, claro, pero aquí quise expresar una realidad más abarcante que la sola realidad del Magisterio, quise expresar que la vivencia como Iglesia es lo que nos hace vivir en plenitud la Revelación de Dios. No por nada el Concilio Vaticano II define a la Iglesia como "sacramento universal de Salvación".

Algunos se han planteado seriamente la necesidad de dar una respuesta de fe a las realidades de hoy, pero han equivocado el camino. Se dejaron seducir por dos gigantes del mundo contemporáneo: el subjetivismo, que sólo ve verdadero lo que yo creo sobre todo lo demás; y los medios de comunicación social, que ponen frente a la gente lo que dicen como verdad irrefutable. Así, muy sueltos de cuerpo, y con ánimos realmente promocionales, hacen gala de ideas novedosas para que la Iglesia se adapte a los tiempos... perdiendo su identidad y su contenido. Esta adaptación la pretenden muchos no creyentes y oponentes de la Iglesia. Lo que los hace poco creíbles es el hecho de arrogarse esa infalibilidad que le niegan al Cuerpo de Cristo. El Papa, los obispos, son falibles, los que los cuestionan, no.

Así, dejemos asentadas unas bases para dar pasos concretos. Estas bases son nuestra fe en la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, sostenida en su unidad por la adhesión al Magisterio del Papa. La Iglesia, Cuerpo de Cristo, que a través de su vida, su lectura común de la Palabra de Dios escrita, de su enseñanza corroborada por el sentir común de los fieles, el carisma de la rectitud de fe de los obispos en comunión con el Papa, camina en el tiempo presente. Este principio nos lleva a la actual gran tarea de despojarla de aquellas cosas que le impiden hacer brillar su contenido, su más pura esencia. Empecemos por sentirnos fuertemente llamados a esa tarea, porque allí está el punto de partida.