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jueves, 11 de septiembre de 2014

NO SOMOS HUÉRFANOS

“Las cosas son así y ya está”, “Somos hijos de la vida”, “Es lo que me tocó”, son frases comunes que expresan un sentimiento real: somos huérfanos. También se expresa como que hemos alcanzado la adultez y hay que pelearla porque todo está en nuestras manos o se escapa de ellas y no hay otra. Nos invade un sentimiento de orfandad y de posesión. De orfandad al sentirnos desamparados, a veces, y muchas, víctimas; nos invade la nostalgia de la infancia como el lugar seguro y despreocupado y nos tienta la vida feliz, esa del día de campo, de la diversión donde nos empeñamos en decirnos unos a otros cuánto nos queremos. Tenemos necesidad de decirlo y de escucharlo, como aquellos auténticos huérfanos que viven en instituciones y que se abrazan a cuanta persona les demuestre un poco de afecto. Y nos invade un sentimiento de posesión, de creernos por todo esto dueños de la vida y dispuesto a tomar decisiones “audaces”, atropellando el tiempo y las circunstancias, cayendo y volviéndonos a levantar. Un impulso irresistible por darle sentido a nuestra existencia misma, creyendo que cuanto más logremos más significado tendrá el vivir, convenciéndonos que nuestras decisiones son lo más valioso y que el éxito es la meta de lo que hacemos.

Si los hechos son irremediables y se oponen a cualquier proyecto exitista, hacemos una rara combinación de resignación y de combate. Vivimos como dueños de la vida sabiendo en verdad que no lo somos. Decidimos como si estuviésemos seguros de lo que hacemos, concientes de que la vida se derrama por todas partes sin que sepamos hacia donde nos lleva. Nos seduce aquella imagen de Hawkins del caos primigenio que finalmente deviene en un orden, y esperamos ilusamente que así será nuestra historia.

En definitiva, abandonamos la idea de un proyecto original y de un destino conocido. Llegamos a captar existencialmente que en  la vida somos huérfanos de todo y constructores de todo lo que significa vivir. Las generaciones jóvenes toman decisiones vitales donde se replantean todo valor moral como una decisión personal que ordena decisiones anteriores. Decidí esterilizarme, porque decidí dejar de dar vida. Decidí cambiar de sexo porque decidí antes no aceptarme. Decidí quién soy porque construyo desde la nada lo que soy. Decidí ignorar la sociedad que me tiene que contener a mi según mis decisiones pero que no me debe pedir nada. Decidí vivir de esta manera aunque me hayan enseñado otra cosa en mi familia y tradición porque todas esas cosas las tomo o las dejo según mi propia decisión sin que tengan influjo sobre la posibilidad de mi felicidad o mi fracaso. Decidí ser huérfano.

He encontrado una clave: Dios es más que el ordenador del caos hacia la confluencia de caóticas existencias en un orden feliz. Dios es mi Padre. Nada está al azar en la vida. Ninguna decisión es indiferente a mi existencia y compromete lo que soy y a dónde llegaré. Soy deudor de mi vida ante la sociedad porque es cierto que soy responsable de mis actos en cuanto respondo a quien me la dio por amor. Mis decisiones auténticas sólo las puedo tomar por amor ¿a quién? ¿A la vida, a otra persona, a mí mismo? Serían todos referentes que me dejarían siempre huérfano, siempre aislado y solitario, dependiente de la existencia de esas referencias y de la volubilidad de esas personas. Me dejaría en una inseguridad ineludible que me obligaría a tomar precauciones fruto del temor del mañana. Soy deudor del amor de Dios que es mi Padre. Que me amó con amor eterno, que no me dejó sólo en la vida, a Él ni un pelo de mi cabeza se le escapa, y en su Providencia, conoce lo que me es más necesario. A Él puedo abrazarme en las horas de tristeza, y en Él puedo encontrar el sentido de las cosas difíciles. Puedo descansar en su regazo cuando los imposibles se presentan en mi vida. Puedo y debo preguntarle qué rumbo tomar, y dejarlo cuestionar mis decisiones. Saberme su hijo amado me impide la resignación a una existencia gris, por el contrario, me impulsa a rechazar la infelicidad decidida y a apuntar a la alegría eterna para la que me ha creado. Puedo tomar su mano con firmeza cuando decisiones importantes estremecen mi alma. Puedo sentir su mano firme sobre mi hombro cuando experimento la desilusión de los que dijeron amarme y me abandonaron. Escucho su voz amiga que me devuelve la esperanza y aleja los sentimientos de rencor o de venganza. Puedo decirle que lo amo, seguro de que escucharé en el eco de mis palabras un amor eterno.


“Pero para nosotros, no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y a quien nosotros estamos destinados, y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y por quien nosotros existimos” (1 Corintios 8, 6)

sábado, 2 de agosto de 2014

LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES

Hace muchos años atrás un hombre se había acercado a la comunidad donde yo vivía y, debido a mi oficio, debía atenderlo. Comenzó a hablarme sobre una investigación bíblica que estaba haciendo y que ya le llevaba mucho tiempo. El tema giraba en torno a la respuesta que Adán le había dado a Dios después de pecar. Según transcurría su explicación, intrincada y esforzada, me daba cuenta de que había algo que no quería o no podía decir y que era el verdadero motivo de su presencia allí.

Después que habló un buen rato, se quebró y comenzó a compartir que tenía una relación homosexual con un hombre casado. Había decidido dejar esta relación pero, a decir verdad, su vínculo afectivo era tan fuerte que no podía hacerse a la idea de ello. Una gran lucha en su conciencia lo puso frente a su realidad masculina, su vínculo con este hombre, la familia aquella en la que él interfería, en fin, suficientes motivos para ver condicionado su presente. ¿Qué respuesta debía darle yo? Este hermano se había acercado a un lugar religioso. Si lo hizo, ya es evidente que sus cuestionamientos iban hacia el fondo de su vida, hacia el núcleo de su relación, hacia Dios. Hacia el núcleo de su relación consigo mismo. Un cuestionamiento en el que buscaba una respuesta que él mismo no se podía dar. Se sentía atado por todo esto y oprimido por no poder resolver esto más primordial que era una gran desorientación de su identidad. ¿quién era él? ¿Hacia dónde iba su vida? ¿Por qué su vida dependía de una persona?

No apareció en su discurso, en ningún momento, el hecho de que había una cuestión moral en todo ello. Me refiero a la moralidad no sólo de sus actos, sino a la moralidad de sus puntos de referencia para encontrar respuestas. Si partía de sus afectos, terriblemente desordenados, ¿hacia qué puerto podían conducirlo? Ya su experiencia había sido catastrófica. Si sus sentimientos hubiesen sido el punto de respuesta, no habría cuestionamientos para hacerse. Y de hecho sus palabras y sus lágrimas pasaban por momentos de serenidad donde contaba con un dejo de nostalgia de pasiones vividas con aquel hombre. Esto no duraba mucho, porque al momento se sentía nuevamente en un abismo. Ya de por sí, pero oscuro para él, todo esto le estaba dando una primera respuesta: los afectos no son un punto de referencia para el bien o el mal; más bien son una expresión de adhesión hacia un bien o hacia un mal. Cuando los afectos en vez de provocar la serenidad y afirmar en la verdad provocan desorientación o conducen a afirmaciones intelectuales complejas y condenatorias de pensamientos opuestos, están indicando que hay una ausencia de verdad en lo que se vive y en lo que se ha decidido.

¿Por qué este hermano fue a un lugar a buscar una respuesta? ¿por qué no podía responderse a sí mismo? Quizá quiso simplemente huir de la posibilidad de pensar en todo esto y por ello el pretexto de sus elucubraciones bíblicas. Pero al huir hacia Dios es imposible enfrentarse consigo mismo. Y vuelto hacia El, hacia Dios, buscaba esta respuesta: ¿Dónde está el bien? ¿por qué no puedo aferrarme a lo que vivo? ¿por qué no tengo fuerzas para terminar con esto? Peligrosamente la ausencia de respuestas y querer seguir en donde estaba lo conducía hacia esos “agujeros negros” que pueden terminar con la negación de la propia existencia, con el suicidio.

Una mano tendida desde la existencia misma, desde el sentido del existir se acercaba a El. Para poder salir de donde estaba era necesario decirse que hay un bien y hay un mal. Que ese bien o mal no es mi elección en cuanto yo no la defino, aunque lo sienta así. Que puedo confundir lo bueno con lo malo y que por lo tanto, mis acciones tienen una moralidad necesariamente. Necesariamente estoy obrando bien o estoy obrando mal. El mal me conduce a la muerte y el bien a la vida. Al no ser yo el autor de este bien o de este mal en cuanto a ellos mismos, en cuanto a definir si esto es bueno y esto es malo de manera absoluta; alguien tiene que darme la respuesta y ese alguien no soy yo.

Si las respuestas recibidas son únicamente decirme lo que está bien y lo que está mal y ahí termina la cosa, me deja en un abismo peor. Descubro que soy malo e imposibilitado del bien. Me siento hundido en una burla que ahonda mi herida. Cuando el profeta Jeremías anunció de parte de Dios un llamado a conversión para Israel, indicándole que estaba obrando mal, no se contentó el Señor con señalárselos sino que los invitó a cambiar de conducta para que de ese modo no cayeran sobre ellos los males que el profeta les anunciaba (Jeremías 26, 13) Los profetas y los sacerdotes se dieron por ofendidos y quisieron condenar a muerte a Jeremías. La primera reacción es ofenderse porque se cuestiona la propia conducta. Los profetas y los sacerdotes de Israel no esperaban de Dios que les hablara mal de sí mismos. Dios tiene siempre que decirme cosas buenas, y él está de acuerdo con mis procederes porque yo quiero el bien, en otras palabras. No hay otro dueño del bien y del mal, soy yo quien decido lo que es bueno o malo. Y si algo no va bien, Dios tiene que venir en mi ayuda para confirmarme que soy bueno y que son los otros los que me hacen daño por envidia, por odio, por… no debe haber moralidad en mis actos, es decir, no pueden decirme bueno o malo.

Es paradójico que este hermano haya tenido entre sus pretextos para eludir su vida, aquella imagen de Adán vuelto contra Dios. Es precisamente la luz bíblica más fuerte en este sentido. Adán que quiere comer “del árbol del conocimiento del bien y del mal” quiere saber por sí mismo lo que es bueno o malo decidiéndolo, pero no contemplándolo. De todos los árboles del jardín del Eden Adán podía comer, menos de este. Este era sólo para contemplarlo. Este sólo lo podía cultivar Dios. Este horizonte de un bien que se conoce y que se ama, pero sobre el cual no se decide, es la base de la moralidad de los actos. Y es posible conocer el bien de nuestros actos, así como su mal. Conocerlo en el sentido de reconocerlo, de darnos cuenta que a pesar de que nuestros sentidos y hasta nuestros razonamientos parezcan indicarnos lo contrario algo es malo o bueno. Lo cual indica que, en ese caso, nuestros sentidos y nuestros razonamientos son equivocados. Este principio es el que permite el diálogo con los demás y la búsqueda de la verdad. Es también el que permite arribar a la verdad, la cual esta fuera de nosotros y nosotros no la definimos sino que la contemplamos.

A su vez descubrimos que la verdad es mucho más que nuestras vivencias. Que lo que somos es más que nuestras vivencias. Esto es fundamental. Cuando lo que somos se identifica con nuestras vivencias, estamos perdidos. Equivocadamente creemos que esto que vivimos es el límite de lo que somos, y cuando lo que vivimos es negativo nos arrimamos al abismo. Este abismo es ilusorio, no es la verdad, pero ¿quién nos hace entender que hay más? Reconocer el bien o el mal en nuestros actos concretos, en nuestras decisiones nos abre esa puerta. Una puerta que lejos de llevarnos a una desorientación mayor, motiva la vida para ir al encuentro de nosotros mismos. Para llegar a aquel lugar interior donde no decidimos, donde nos contemplamos, donde esta la verdad más intima de nosotros. Donde el amar o ser amados por alguien no define sino que expresa lo que hay más adentro de nosotros mismos. Donde no somos condicionados por nuestros afectos, ni engañados por nuestras decisiones. Donde no nos quedan dudas de que la vida es un compromiso.

Este compromiso lo descubrieron los jefes del pueblo y los ancianos de Israel ante aquel anuncio catastrófico de Jeremías. Ellos no se sintieron agredidos por su profecía, y dijeron: “nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios” (Jeremías 26, 16) Se sintieron contempladores de la verdad y el anuncio profético los invitaba al compromiso de un camino de conversión. Las palabras de Jeremías cuestionaban la moralidad de sus actos  y definían su porvenir desde su identidad. Ellos se sabían amados por Dios y miembros del pueblo elegido. Ese era el punto de referencia y no sus decisiones, sus actos. Ellos no eran sus decisiones ni sus actos, sino un pueblo elegido por Dios. Esta elección suponía un compromiso donde se obraba esa verdad: obrar como pueblo de Dios. Obrar que los comprometía personalmente y, al revés, que hacía que sus decisiones personales los involucrara como pueblo.


Versículos más adelante el libro de Jeremías nos deja un ejemplo triste de cuando no se quiere aceptar la verdad y se quiere manipularla, en una actitud ilusoria de que escondiéndola, persiguiéndola, y usando cualquier artimaña, por injusta que fuese, se logrará evitar el sufrimiento provocado por los propios malos actos o malas decisiones. Joaquím, rey de Israel, mando perseguir a Urías, otro que había profetizado en el mismo sentido que Jeremías. Y lo hizo matar (Jeremías 26, 23)

miércoles, 3 de julio de 2013

MOVER UNA ESTATUA O HACER ENTRAR GENTE

Que lo simbólico tiene que dar lugar a lo real es sin duda la meta de quien quiere vivir un ideal. Me lo planteaba al pensar en mi vida como cristiano y como religioso. Muchas de nuestras cosas se plasman en gestos simbólicos y esto es bueno: el padre da un beso a su hijo porque es el símbolo de que lo ama. Pero bien sabemos que lo simbólico puede ser sólo una apariencia porque si ese padre no se preocupa si su hijo está enfermo, tiene un problema o necesita ser acompañado; entonces el símbolo del beso pierde toda significación.

Algo así sentí cuando vi la foto de Cristóbal Colón en el piso y los aborígenes Qom en la plaza. Y reflexioné si yo mismo no seré así de simbólico con mi fe cristiana. Si encuentro gran gozo en comulgar sintiéndome hermano de todos, o si mis gestos concretos que abrazan al hermano, que "lo hacen entrar" en mi vida. Y para no dar lugar a los que contraponen una cosa con otra, hay que recordar que la comunión eucarística no es un símbolo, sino una realidad. A diferencia del ejemplo aludido, la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo hacen ya la comunión fraterna simplemente porque va más allá de las mezquindades de nuestros condicionamientos personales o históricos.

Es claro que, sin embargo, esa comunión ya lograda, puede quedar frustrada si no doy el paso de ir al encuentro del otro. Es mi gran cuestionamiento. Si mi comunión eucarística queda sólo en eso, es una cuestión ideológica; si mi comunión eucarística es un empuje y una realidad para mi comunión con el hermano, entonces es una realidad que hace nacer y mantiene vivo un ideal. A veces siento que todavía hay muchos cristianos que ven a la comunión del Cuerpo eucarístico como una consolación espiritual, como una vivencia de Dios desencarnado, de un premio de las propias acciones, o de otra forma que lejos de llevar a buscar al otro, aisla del otro.

¡Toma mi barro y hazme de nuevo!

domingo, 16 de junio de 2013

CONOCER A DIOS

Es frecuente encontrar a gente que te dice "es lo mismo cualquier religión", o "es el mismo Dios en todos lados". Es curioso que también la misma gente, en muchos casos, al decirlo, tampoco tiene una relación con él. No tiene una religión o bien, no tiene una relación con Dios. Es tan lo mismo que es lo mismo que nada.

Las experiencias conocidas de los fanatismos religiosos reafirman el otro pensamiento muy ligado a estos: "es mejor ninguna religión".

En conclusión, una desilusión de la posibilidad de entrar en la presencia de Dios, de conocerlo y de que signifique algo más que el hecho de explicarnos a nosotros mismos quiénes somos y cuánto valor tenemos. Así, Dios se ha convertido en un personaje simpático para unos, que bendice, que hace milagros; y que, en otras ocasiones, es digno de enojo por no haber hecho, por no haberse acordado, por no haber impedido, porque hay injusticia en el mundo, por... todos los males que nos suceden y de los que no se hace cargo.

Uno y otro Dios, el de los fanáticos, el de los enojados, el de los indiferentes, es un Dios manejable, manipulable, que es el todopoderoso de acuerdo a mi parecer, a mi querer. Para completar el cuadro no faltan los que dicen que ese Dios eterno y todopoderoso, la suma bondad y el bien debe ser inasible, debe estar por encima de nosotros y hasta de nuestras necesidades, porque es tan perfecto y tan eterno que llegar a él y alcanzar la unión con él es posible cuando salimos de nosotros mismos, de nuestros sentidos y hasta de nuestras experiencias, porque esas experiencias son las que lo limitan y terminan haciendo una caricatura de él.

Muchos católicos así lo viven, de un modo y de otro. ¿Y cuál de todos estos es tu Dios?

Cuando Felipe le dice a Jesús "muéstranos al Padre y eso nos basta" quiere llegar a ese Dios imaginado a causa de la predicación de Jesús. Para Felipe, que se ha ido formando una imágen de Dios al escuchar a Jesús, ese Dios está en alguna parte, pero no está donde él, Felipe, está. La respuesta del Señor es contundente "¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces? Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre". La pretensión de Jesús es realmente audaz. Felipe, y todos los discípulos, lo que han visto es a Jesús, el hijo de María. Los mismos habitantes de Nazaret tenían esa mirada sobre Jesús: "¿No es este el hijo del carpintero?

No es el único que se hizo una imagen de Dios. Tambien Simón Pedro lo ha hecho. Pero él fue más allá, el vió al Hijo del Dios vivo como le dice a Jesús en aquella ocasión en Cafarnaúm. Y tan es así, que cuando los soldados van al Huerto de los Olivos a apresar a Jesús él sale en defensa del Señor con la espada. En el gesto de Pedro vemos aquella captación del fanático. Su convicción de fe llega a tanto que es capaz "de dar la vida por tí", como le dice explícitamente a Jesús cuando este le anunció que iba a ser entregado. Pedro encarna la desilusión de todos los que habiendo amado a Dios con pasión se desilusionan de los mismos discípulos y de sí mismos: no es posible ser fiel a Dios, no es posible llevar una vida en Dios. El amor por Jesús pasa por encima de la humanidad. Pedro ama a Jesús más que a los demás hombres, por eso no piensa dos veces cuando ataca a los soldados que apresan a Jesús. Su acción se parece a aquella conclusión de Pilatos cuando tiene a Jesús entre sus manos: "¿No sabes que tengo autoridad para soltarte o para condenarte? La pretensión del poder sobre Dios y sobre sus cosas ya para defenderlo, como Pedro, ya para matarlo, como Pilatos tiene el mismo origen: el querer conocer y manejar los planes de Dios según el propio entender y medida. Llegando incluso a dominarlo.

En estos dos personajes, Pedro y Pilatos, vemos una misma actitud. Sin embargo se entiende que Pedro era muy religioso y Pilatos no. Pero, en definitiva no cambia la misma actitud: ambos están cerrados a los planes de Dios. De aquí viene una primera convicción: es Dios quien se revela a sí mismo, y lo hace como él quiere hacerlo. Es El quien nos enseña quién es y cómo hemos de vivir nuestra relación con él. Está aquí la auténtica actitud religiosa.

Y si Dios se revela, se da a conocer, no podemos inventarlo tanto para decir de él como nos parece como para negarlo. Si no tenemos autoridad para una cosa, no la tenemos para la otra. Dios es Dios y ha querido libremente darse a conocer a sí mismo, y lo ha hecho en la persona de nuestro Señor Jesucristo. Una clave de la fe cristiana. Ahora podemos entender por qué las palabras de Jesús, el por qué de la necesidad de creer en él: "nadie va al Padre sino por mi". Y también de que a Dios nadie lo ha visto jamás, el que lo ha revelado es el Hijo único que está en el seno del Padre (Jn. 1, 18)

Sí, podemos conocer a Dios. Podemos vivir en su presencia. Podemos conocer su Voluntad. Podemos conocer nuestro origen y también nuestro fin. Podemos darnos cuenta de que nuestra vida tiene una orientación y que esta no es sólo para nosotros sino para todos los hombres. Cristo no ha venido a imponer a los hombres su Evangelio, sino a darlo, a testimoniarlo. No lo ha hecho contra ser humano alguno, sino a favor de todos. Y su Evangelio no es una norma de conducta sino un hecho que ha devuelto a la humanidad su sentido y su capacidad de ser lo que es. Su Evangelio es la obra que el Padre ha realizado en El y cuyo cumplimiento ha llevado a cabo hasta el final: "Todo se ha cumplido" dijo el Señor al momento de expirar.

Nuestra vida no es una lotería, es un plan de amor. Nuestra sed de sentido, de amor, tiene una razón; está gritando dentro nuestro ese llamado y realidad de Dios que se ha dado a conocer. Nuestra vida no marcha por donde nosotros buenamente intuímos, tiene un derrotero abierto por el camino de Jesús. La historia no es una construcción de la humanidad por la lucha de poder; por las ideologías ni por las opiniones sobre Dios. La historia tiene un origen y una meta: Jesucristo. La religión no es un código de normas, es alguien. Y su existencia es incontestable en relación a los pareceres múltiples de los hombres. Sus palabras son incontestables porque El ha sido establecido como testigo de la obra del Padre y nos ha dado a conocer su Voluntad.

viernes, 10 de mayo de 2013

LO NATURAL Y LO ARTIFICIAL

Leyendo a Arturo Paoli en su libro "La raíz del hombre" me ha aclarado unos puntos que no podía hilar. Cuál es la relación del hombre con la naturaleza, y cuál esa relación de tal modo que, a la vez, nos humanice. Distingue contemplación de uso. Parece fácil verlo. Pero resulta que las vacaciones en islas paradisíacas, hoteles con palmeras brillantes, jardines prolijos, etc. son un mundo de plástico para el consumo pero no para la contemplación. No comprometen, no sacan de sí mismos, estan hechos para la autosatisfacción y el placer por el placer. Lo natural al servicio de mi ego. Mientras que la relación con la naturaleza pasa por el hecho de descubrir lo que ella me dice y me humaniza.

La idea ilumina. Cuando vemos protestas por bosques desvastados o cálculos económicos sobre lugares planetarios, decisiones de explotaciones que tienen por norma lo económico sin importar lo que la naturaleza dice... entonces llega su manipulación y destrucción, y consecuentemente, la destrucción del hombre mismo. Miremos nomás el hecho del llamado "matrimonio igualitario", ¿no es una contradicción con la naturaleza que hasta hemos decidido decir de ella que es una construcción de nuestra cultura? Con ello hemos perdido la objetividad de las cosas, las cosas ya no son por sí mismas sino que son si yo quiero que sean. O sea, hemos llegado a tal tiranía que queremos someter a nuestros caprichos ideológicos o a nuestras pasiones desordenadas lo que tiene que ser objeto de contemplación y maravilla.

Los antiguos filósofos hablaban de "asombro". En esto estaba la contemplación y las ideas. Y aunque navegaron por mundos a veces raros, su autenticidad estaba en el hecho de que no querían manipular la realidad como intención de fondo, sino dejarse impregnar por lo que ella dice. Los filósofos de medios de hoy, parten de la ideología y la aplican a la realidad. La gran diferencia es el sometimiento a la ideología de moda y la imposibilidad de encontrar la verdad. Quizá por eso el relativismo ganó terreno. Cada uno interpreta a su manera porque el punto de partida de la verdad es uno mismo y no la verdad de las cosas. Son puntos buenos para considerar a la hora de ponernos a decidir qué pensamos y actuamos en consecuencia.

Pero también me responde a otra cuestión: el naturalismo. Los naturistas, que los hay variados, van de los que encuentran hasta cosas mágicas en la naturaleza a los que esperan volver hacia atrás, al hombre que vive en armonía con la naturaleza "como era antes". Pero el ayer ya pasó y por más que lo queramos afrerrar no podemos. La realidad está hoy, aquí. Pareciera que no podemos sacar de este punto nada en concreto, pero no. Volver a la raíz de la comunión con la naturaleza en el hombre de la técnica, es considerar que lo económico ni lo tecnológico pueden ser los dominadores de la naturaleza. El hombre armónico es el que sabe que hay leyes inscritas en las cosas y que no puede violarlas a riesgo de perderlas y perderse. A riesgo de destruirlas para siempre y de destruirse. Este era el hombre del pasado. Quizá en aquella época no tenía el conocimiento ni las posibilidades de sacar más provecho positivamente de lo natural; y ese era un límite a sus ambiciones de dominio. Pero el hombre de hoy, teniendo mucho más en sus manos para vivir más humanamente, usa su conocimiento para explotar, para dominar y servirse egoístamente de lo que está delante de él.

Como ha pasado y pasará en el funturo: se trata de que cambiemos de corazón y aprendamos a vivir en el amar y servir. Y esto no lo da la ciencia ni la técnica ni la ideología. Sólo lo da el contemplar, aceptar y obrar.

martes, 30 de abril de 2013

LOS CATÓLICOS, ¡DESPIERTEN!

Comencé a leer un libro de Scott Hahn, converso del protestantismo al catolicismo. En sus comienzos cuenta que en el afan evangelizador que tenía de joven procuraba sacar a los católicos de sus gruesos errores. Le resultaba muy fácil porque veía que ignoraban completamente su fe y las Sagradas Escrituras. Era, dice, como pescar patitos de plástico en una palangana.

Esto le ocurría en los años 70. ¿Qué diría hoy ese señor? El Papa Benedicto luchó a brazo partido sobre ese punto. Marcó que la ignorancia de los católicos es el gran mal de nuestro tiempo. Y sí, pensemos si algún laico es capaz de defender su fe o proponerla en su ambiente de trabajo. Me parece que más difícil le parecerá lo segundo que lo primero. ¿Qué es lo que pasa en el corazon de tantos buenos creyentes católicos que no son capaces de decir algo, se quedan paralizados, no saben qué responder ante los cuestionamientos que se les presentan?

Si bien hay diversas razones, y algunas ya comenté aquí; creo que podemos señalarlas como punto de superación.

Una de ellas es el relativismo. Nos sentimos invadidos por un modo de pensar que cree que no existe la verdad, y nuestra fe es algo opinable. Así la vivimos también. En este relativismo, lo supuestamente científico ha tomado una valor de verdad mucho más incidente en nuestra conciencia que la verdad misma. Si la ciencia puede algo, eso es la verdad. Y oponerse de algún modo a ello es quedarse atrás, ser retrógrado, o poco inteligente.

Lo segundo es la fuente de lo anterior. Ignoramos y no razonamos nuestra fe. No tenemos ganas de conocerla. Estoy convencido de que esto proviene de no dejarnos invadir por el Espíritu Santo y de no tomar la decisión firme de ser cristianos. Alguno dirá ¡Sí que soy cristiano! Entonces te pregunto ¿por qué sientes pudor, vergüenza de ello? ¿Por qué no hablas de Cristo en tu ambiente diario? ¿Te sientes avergonzado? Esto quiere decir que no te has dejado invadir por el Espíritu de Cristo y no has tomado la decisión firme de serlo.

Este dejarnos invadir por el Espíritu es asumir un amor a Dios tan fuerte que no nos importe lo que digan los demás, que tengamos ganas inmensas de comunicarlo. porque si no hay comunicación, no hay conversión auténtica, o no la hay profunda. Quien ama a Dios porque antes se supo amado por El, no duda en compartirlo.

viernes, 26 de abril de 2013

ESTAMOS ENCONTRANDO UN CAMINO

He leído muchas ideas sobre la reforma de la Iglesia en la actualidad. A mi me venía inquietando esa distancia que encontraba y aún encuentro de nuestras comunidades con las masas. Es decir, sin hablar despectivamente, por el contrario, digamos mejor, con el grueso de la sociedad. Como Iglesia dejamos de ser una referencia. Hace pocos meses un Hermano de Comunidad me decía que en sus pueblos (es pastor de varios pequeños poblados), carenciados, la gente piensa que si alguien es evangélico es persona honrada, y si es católico, se puede esperar cualquier cosa, y más aún, seguro un mal comportamiento.

Esto me hace ver que la distancia de la Iglesia con las masas no se debe a la ropa del Papa, sino a la comunidad eclesial que por diversos frentes tiene necesidad de una reforma.

El Papa, en su homilía de la Misa Crismal  hizo referencia al grupo de párrocos (nada menos) que se han declarado en desobediencia e invitan a hacerlo. No voy a referirme al punto, del que el Papa habla con mucha claridad; sino me refiero al hecho de que este grupo de sacerdotes propugna un reforma en la vida de la Iglesia presionando con su actitud. Aducen que si no lo hacen muchos católicos abandonarán la Iglesia.

Tan sólo en esta actitud de estos sacerdotes encuentro una necesidad de reforma en la Iglesia. Me pregunto ¿qué formación recibieron estos sacerdotes? Y no me refiero a la formación intelectual, sino a la formación eclesial, la que da la experiencia de vida en la vida de la Iglesia y la que vive el sentir del pueblo fiel. Alguno ya me verá de reojo pensando en que soy "demasiado ortodoxo" como un comentario a otra de mis publicaciones lo dijo. Pero ¿la ortodoxia es un mal en la Iglesia?. Entiendo que esta manera de ver nuestro comportamiento eclesial en el cual hay que ser rebelde para ser verdaderamente libre, o para ser fiel al Evangelio de Cristo es un verdadero mal si lo consideramos como una premisa de eclesialidad. Desde el vamos no es así.

Un comentario que he comenzado a leer de Victor Codina sobre esta Iglesia del post concilio Vaticano II comienza con una referencia al antes y después de la Liturgia. El autor hace una sensata reflexión de que la liturgia expresa el ser eclesial. Sí. Y luego habla del antes y el después, características de muchos católicos que tienen ese "complejo" (he conocido muchos) que viven su presente como una suerte de destape, y asumen una actitud rebelde por esencia. Los que nacimos con el Concilio, la verdad, no los entendemos. Comprendemos que han recibido una herida y que por ella hablan, pero nosotros vivimos en una Iglesia de después del Concilio, no necesitamos pasar por una ruptura.

No descartaré por eso las auténticas aspiraciones de una nueva manera de vivir nuestro ser Iglesia. Al contrario, por ello decía al principio de mi inquietud. Rescato desde allí las actitudes de los que sienten fuertemente esa necesidad, pero descarto que ello provenga de un oponernos los unos a los otros, y más, oponer o desconocer el carisma de gobierno de la Iglesia. Desconocer los carismas es desconocer la Iglesia. Negar la obediencia a quien se debe es romper la Iglesia. Presionar no está mal, siempre que no se utilice para ello las armas del mundo político porque las presiones se ejercen desde los carismas auténticos en la Iglesia. Un ejemplo paradigmático, y hoy profético, es San Francisco de Asís. Vivió uno de los momentos más necesitados de reforma en la vida de la Iglesia, pero nunca se alzó en desobediencia ni contra el Papa ni contra todo el aparataje curial de aquel momento. Sin embargo, su vida fue una presión en la Iglesia.

Los sacerdotes en desobediencia plantean que reciben el apoyo del pueblo creyente. ¡Seguro! Nunca va a faltar quien te apoye si propones que no haya celibato, que las mujeres se ordenen sacerdotisas, que haya divorcio, que se aborte, etc. siempre hay público para toda propuesta. No hay que olvidar el momento coyuntural de cultura que vivimos. Hoy todo vale por este relativismo que es capaz de aceptar todo sin ningún prejuicio. Si así lo hiciéramos ¿quiénes somos? ¿Dónde está la esencia de nuestro ser cristiano?

Este es el gran planteo del presente. Los que ven las cosas de la otra cara están muy preocupados porque los gestos, sobre todo en el ecumenismo parecen hacernos perder quiénes somos. Alli ven heterodoxia, lo contrario de la ortodoxia. Claro, si le abrimos las puertas a los que piensan distinto en la fe, vamos a perder la fe de la Iglesia. ¡Qué riesgo! Pero si nos encerramos en nosotros mismos, lo advierte SS. Francisco, nos enfermamos. Si salimos, podemos accidentarnos. ¡Prefiero una Iglesia accidentada antes que una enferma! dijo el Papa. Y yo estoy de acuerdo con su modo de ver. Pero como creo como católico, si no estuviera de acuerdo, lo mismo lo sigo, porque creo en una Iglesia carismática, y en su pensamiento hay luz del Espíritu Santo.

Esto último hace la diferencia entre una presión política, en un seguir las propias ideas con las mociones del Espíritu Santo y seguir a Cristo, Pastor que no se equivoca en su Iglesia, que no la lleva a la perdición sino a la salvación mediante la mediación humana que comenzó con él mismo. Aquí está para mi un punto fuerte de reforma. No lo veo en si hay sacerdotisas o si los curas son casados. Lo veo en si aceptamos que los gestos y las palabras siguen siendo el modo en que Dios se manifesta al hombre, si los carismas son reales o simples organizaciones. Si el ministerio del Papa es una figura representativa o el Vicario de Cristo. Si sabemos ser obedientes, ni conniventes ni obsecuentes ni obstinados. Las grandes señales del Espíritu en estos días no las queramos capitalizar para nuestras ideas, sino para escuchar con claridad la voz del Maestro. El es fiel.

miércoles, 17 de abril de 2013

DAR PASOS DE FIDELIDAD

Definitivamente sólo hay que comenzar. Buena la publicación donde evangelizar no significa cortar y pegar. Es comenzar a dejar que lo que tengo de riqueza se ponga al servicio de muchos. Ser creativos. Una consigna que comienzo a aplicar con mayor fuerza y que pienso que todos tenemos que hacer.

¿Qué es creatividad y cómo se compagina con fidelidad? Este es un punto importante a la hora de buscar una nueva evangelización. Ya señalé que romper con la historia de modo absoluto es un error. Fue la lucha de Benedicto XVI. Es cierto, muy europeo el Santo Padre para decirlo. Pero al fin y al cabo fue él. Y está bien, nos enriqueció con un magisterio impactante. Sentí que su fidelidad bien pensada, inteligente, fiel, estaba revestida de algunos gestos que parecieron no acompañar esa audacia que tan bien se le ha notado, por ejemplo su gusto de retomar el uso de algunos ornamentos litúrgicos que dieron pie a muchos a pensar que "volvíamos atrás". Unos se alegraron, otros se entristecieron. Esos gestos no permitieron valorar, a mi parecer, la inmensa riqueza que nos dejó, y favoreció, sin proponérselo, que nos quedaramos en cosas que se sentían superficiales. Rescato un gestos de catolicismo auténtico: la carta a los católicos chinos, la apertura a los anglicanos, el buen diálogo con los ortodoxos, los judíos y los musulmanes, la revalorización de la Misa de Juan XXIII, la disposición al diálogo con los ateos. Y hay muchos más.

Pero no me propongo hablar del Papa emérito, sino de ver cómo estamos en este momento en que la llegada del Papa Francisco ha plasmado un nuevo rumbo, pero que está ciertamente fundado en los pasos que dejó el Papa Benedicto. A lo aportado por este último ahora se suma la simplicidad, el volver la mirada hacia los laicos con más decisión, a descubrir que la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo no sólo desde las oficinas de la Santa Sede, ni de las curias episcopales, sino que es toda la Iglesia la que resucita contínuamente en la realidad histórica. No se asuste nadie. No hablo de una democratización. Esto sería grosero. No son categorías que se pueda aplicar al Cuerpo de Cristo. Hablo de abrir los oídos al Espíritu que vive en su Iglesia. Es posible. En una iglesia  carismática, no monárquica; orgánica, no indiferenciada.

Creo que los peligros radican más bien en las inspiraciones ideológicas. Estas son las que arruinan las buenas motivaciones. El Papa nos está dando una pista muy clara. Nos libramos de esto cuando vemos desde el Evangelio todas las realidades. Cuando las despojamos de las tradiciones con minúscula y nos asentamos en las Tradiciones con mayúsculas, esas que los Padres de la Iglesia afirmaban con tanta frescura. Todo su lenguaje era Evangelio. Es un momento de confusión en el pensamiento. Veo que algunos corren hacia los antiguos pensadores y otros creen ser pensadores innovadores, pero son infieles cuando se fundan en ideologías de moda y no disciernen estas. Cuando hacen proposiciones de ruptura con lo más esencial de la vida del cristiano creyendo que descubrieron la pólvora.

Esto es lo que hace difícil un buen discernimiento de fidelidad auténtica. Y esto para el laico más sencillo. El influjo de estilos de vida, ideologías dominantes, razonamientos dominantes, confunden al creyente más fiel. Otros sucumben ante los pensadores modernos con ideas que se les ocurrieron quién sabe cuando. Otros corren a refugiarse en un pietismo desencarnado. Buscan una fidelidad religiosa que no responde a las inquietudes de los muchos sedientos del Evangelio. Parece que se nos rompió la brújula. Pero ella está, sigue siendo el Evangelio de Cristo, leído y vivido en la comunidad, en la totalidad del Cuerpo de Cristo. En la fidelidad al Magisterio, y en la creatividad del pueblo llamado a la nueva evangelización.

lunes, 15 de abril de 2013

PENSAR PARA EVANGELIZAR

Agradezco esta pequeña obra compilación de pensamientos de Benedicto XVI sobre la fe. En el último tema aborda el hecho de la Iglesia en el año 2000 y hace una memoria histórica de la semejanza de fines del siglo XVIII con este siglo XXI, dice " la situación actual es comparable ante todo al periodo del llamado modernismo, y en segundo lugar, al final del rococó...la crisis actual es sólo la reanudación, diferida durante mucho tiempo, de lo que empezó entonces". Y ¿Qué quiere decir con esta afirmación? Establece semejanzas  como las siguientes: En la Ilustración se da el decidido rechazo de la historia, esta no se debe tener en cuenta, sino actuar simplemente de modo racional. El papael ene general de las palabras como racional, transparente y otras se establece. Se intentó simplificar la liturgia, se quería introducir en la liturgia la lengua vernácula (lengua en que habla cada pueblo), tuvo un movimiento episcopal que quería subrayar la importancia de los obispos en contraposición de la figura del Papa; aparece la figura del Vicario Wessenberg de Constanza que pide la abolición del celibato. En el Sínodo de Pistoya, donde participaron 234 obispos en 1786 se trató de traducir las ideas de reforma pero fue un fracaso. 

¿No parece increíble? Pero es la realidad presente. Por supuesto, para bajar los ánimos de los exaltados, recordaré que en esta obra el Papa Benedicto también hace referencia a que todo esto, por una serie de exageraciones y desconsideraciones de los que sostenían estas ideas, fue al fracaso y se perdieron buenos planteamientos.

Por otro lado, no estará demás decir que la situación histórica presente no tiene nada que ver con aquellos años ni las motivaciones de aquellos años para llevar a los planteos y sus semejanzas con los presentes. Hoy también, por si acaso alguno no se dió cuenta, aparecen los que sostienen estas ideas y otras más: sacerdocio de las mujeres, liturgias locales, etc. Lo actual no proviene de una ruptura histórica idéntica. El subjetivismo de Kant que inspiró toda aquella época, no es idéntico al subjetivismo actual de la época globalizada. Este me parece un factor decisivo para pensar que estas semejanzas provienen no sólo de este influjo lejano y real, sino también de una nueva ambición que no está sellada por una supuesta democratización de la cultura, sino por la ambición de nuevos espacios de poder y necesidad de imponer caminos ideológicos quizá más fuertes que entonces.

Pero subrayo que, mirando positivamente esta nueva realidad, no se impone la condenación del modernismo que hizo en su momento Pio IX, sino considero que es alentador pensar aquellas cosas positivas que pudieron rescatarse de entonces. Aquí viene una pista de la reforma de la Iglesia tan necesaria según muchísimas voces. Pero para los que la palabra reforma suene demasiado "fea", diré "el nuevo camino evangelizador de la Iglesia". 

Es un pensamiento apenas esbozado, lo sé. Sé también que muchos están inquietos por los nuevos aires eclesiales. Hay muchos peligros ideológicos dando vueltas. Muchos anhelan volver hacia atrás, ponerse en lo que era más seguro, y afianzar el pasado como punto de referencia. La gran inspiración del Concilio Vaticano II vino a causa de que la Iglesia necesitaba ponerse a la altura de los tiempos, pero no al revés. Y estos tiempos siguen pasando con una velocidad mayor, con un cuestionamiento mayor donde lo que seguimos viendo los cristianos es que el Evangelio es la gran necesidad de la humanidad.

Los evolucionistas, así los he llamado, piensan que toda la historia va en una evolución donde las cosas del pasado son una referencia anticuada del presente. El hoy, si bien tuvo su sustento en el pasado, evolucionó de modo que lo que ayer era consistente hoy se extinguió, perdió su lugar, fue superado. Así se piensa de todo principio, y valgan las observaciones de Benedicto XVI, fundado en pensamiento anterior fue superado. Este es sin duda un gran error, y una ilusión que nos está dando grandes dolores de cabeza a todos los hombres, creyentes o no. Este evolucionismo y agrandamiento de los poderes del Estado, nos llevan progresivamente al mismo punto de la historia aún no superada de aquellos regímenes totalitarios donde nadie puede pensar diferente. O donde todos pueden pensar cualquier cosa, siempre que no toquen el poder del que lo detenta. 

Estos pensamientos los comparto en torno a pensar una nueva evangelización, y sabernos parar en puntos firmes de partida. No dejarnos engañar por las ideas que están hasta en el vecino de al lado, no son de pensadores de escritorio, sino de cosas muy prácticas que obstaculizan tener el corazón dispuesto para recibir el amor de Dios. O bien, confunden al cristiano que quiere vivir su fe y no sabe por dónde va a empezar, o cómo lo va a hacer. 

domingo, 14 de abril de 2013

SIETE MINUTOS PARA EL PRESENTE

Sólo tengo ese tiempo para hacer este post. Y quiero compartirles una lectura que me impactó, bueno, dos lecturas que me impactaron. Una de Benedicto XVI: el presente es un instante que está entre el pasado y el futuro, pero apenas lo vivimos ya pertenece al pasado. Esto que parece sólo un pensamiento que en realidad él cita, no es más que una apreciación cierta del mismo título del post, pero es a la vez, una apreciación de cómo vivimos las realidades de cada día. Me costaba comprender a muchos que parece que no tienen ni una consideración de dónde vienen (ahora sé que es verdad) y que no parecen pensar en el futuro (ahora me doy cuenta por qué). Y así encuentro muchos jóvenes que tienen hijos como si fuera ¡qué hermosa novedad!  y nada más. Pero viven sólo el presente, no piensan si ese niño podrá ser cuidado, si seguirán juntos los padres, si... etc. Sólo este presente. Pero que a la vez no importa mucho porque ya pasó. No, no es un discurso filosófico. Es una realidad patente.

El otro pensamiento impactante es el sentido de los derechos del individuo que sólo se viven subjetivamente. O sea, sólo importo yo y mis derechos. Ya lo sabemos: abandono escolar, indiferencia sobre el bien de los otros, inseguridad, ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, etc. Viva yo, o sea. ¿Y los deberes? Nada, eso es anticuado. Pero esto se proyecta sobre Dios, sobre la relación con Dios. ¡Con razón tanto éxito en las sectas paracristianas y en el evangelismo (disculpen, sin ofender). Se resalta la relación personal con Dios, pero sólo eso. Lo comunitario no tiene más gravitación que el valor moral de responder a las indicaciones de Jesús solo. El otro dejó de ser un punto de referencia de fe. La Iglesia, comunidad de fe, dejó de ser un punto de referencia. Para rematarla, el desprestigio de los que forman parte de ella parece ser una razón válida para abandonarla. Notemos que no ocurre así respecto de los candidatos políticos, los gobernantes, los dirigentes gremiales ni los famosos. Ellos lo pueden todo, no importa, los perdonamos. (???)

Este subjetivismo también ha sometido a Dios. El puede venir a bendecirme, a darme paz, a hacerme sentir bien. Hasta no entiendo por qué tengo que confesarme si he pecado, después de todo soy humano como todos. Pero hay algo que él no puede (aunque sea todopoderoso): pedirme que cargue la cruz. Eso no. Si así es el caso: me abandonó, ya no creo en Dios, estoy enojado con él. Debiera darnos explicaciones por qué las cosas están tan mal y él no interviene, después de todo me afecta.

Se me pasó el tiempo, tomé tres minutos prestados. Me pareció interesante compartir esto. Ahora entiendo muchas cosas más y  me doy cuenta cómo podría afrontarlas. ¡Que venga tu Reino!

miércoles, 28 de noviembre de 2012

ENTRE LA HIPOCRESÍA Y LA REALIDAD

Es noticia el video subido ya a las redes sociales donde un joven de 19 años tiene relaciones sexuales con un niño de 12 o 13 años. El caso aún, hasta este momento, no tiene carátula porque no se tiene certeza de si ha sido una violación o un acto consentido, en el cual sería una "corrupción de menores".

Las cosas están atemperadas porque si hubo consentimiento, y además, el menor dice ser gay, entonces ya no sería considerado tan grave. El periodista comentó que en ese caso es una opción que el chico hace y por lo tanto, no es un tema a considerar. Lo cierto es que la sociedad está conmovida, y la gente piensa que hay que cuidar a los chicos.

Yo me pregunto ¿de qué hay que cuidarlos? Los programas de educación pública introducen este tema de la elección sexual, en la cuestión de salud reproductiva se reparten profilácticos a chicos de 13 y 14 años, en los medios de comunicación social se exhiben películas ligeramente consideradas nocivas, porque restringirlas sería violar la libertad de expresión. En las comedias y demás programas de ese tipo de factura argentina, los adolescentes tienen relaciones íntimas y son tomadas como una escena más de la vida cotidiana. Las declaraciones públicas de muchos padres de familia apuntan a sostener que el problema real no son las relaciones íntimas que tienen sus hijas , sino la posibilidad de que queden embarazadas. En consecuencia, los varones pueden seguir su vida sexual como quieran, porque en definitiva no tienen de qué preocuparse, ellos no quedarán embarazados. Por otro lado, si el niño puede hacer una "opción sexual", entiende muy bien de qué se trata la condición de homosexualidad, y el deseo del otro sexo, ¿qué tendría de extraño que tuvieran relaciones íntimas? ¿No es la pubertad un momento de exploración? ¿va a quedar embarazado? No. ¿Por qué se consideraría que el menor es corrompido si está haciendo una elección sexual? ¿El tema se resolvería con que no haya habido video? En ese caso, el hecho quedaría en la intimidad de quienes lo realizaron, y probablemente, podrían continuar su relación con tranquilidad. Si  los padres no saben nada, no importa por el momento. Es posible que el Estado apoye luego al chico que "hizo la opción" y pueda ayudar a los padres a aceptar esta realidad que tienen por delante aunque no les guste.

Un razonamiento lógico según la situación de este momento. Por ello me resultó extraño que el caso sea tomado como un caso grave de escándalo. La situación me inspiró el título. Si hay algo que verdaderamente hace a la realidad es cómo queremos verla. Mejor dicho, si algo determina cómo será la realidad es cómo la ordenamos.

Una porciòn importante de argentinos ha visto la necesidad de que los derechos de las personas se vean respetados. Cargamos con el fantasma de la represión. Ya un fantasma como lo mencionaba en otro artículo hace tiempo publicado. Pero también respondemos a una presión global para ponernos al día en un proceso ideológico dominante: el progresismo. Me dí cuenta de que esto es visto como un logro y un bien. Es evidente que quienes son homosexuales y quieren vivir de ese modo, la aprobación de sus costumbres ha sido recibido como un bien. Quienes consideran que tienen derecho a publicar lo que quieran sin ningún tipo de restricción, ni de contención social, también. Son los hechos, y los digo sin juicios de valor. Hoy ya podemos constatar las consecuencias de una aplicación social hecha sin ningún tipo de miramiento. Y nos sorprendemos de sus efectos. ¿no será una actitud hipócrita?

Pero también, mirándolo con otros ojos, es una señal de que la sociedad puede ver los efectos. Otras sociedades lo han hecho. Si pensamos que el gobierno alemán ha decidido premiar a quienes tienen más de tres hijos, cuando hasta hace poco se promocionaba el no nacimiento de más alemanes... vieron las consecuencias y cambiaron de rumbo. Esto es una esperanza para quienes vemos que aceptar la realidad de las personas siempre será un bien, hacer un juicio de valor positivo para el comportamiento de un grupo de personas e imponerlo obligatoriamente sobre todas tendrá efectos negativos, y por ello, no es un bien.

Detrás de todo esto hay que hacer consideraciones lógicas y filosóficas, si se quiere, para encontrar los por qué de todas estas cosas que vivimos y que viviremos en plazo muy corto. Que nos sirvan para reflexionar, aunque tengamos que llorar por lo que vemos, y tengamos el valor de saber reconocer que no todo lo que brilla es oro.

jueves, 22 de noviembre de 2012

LA FE Y LA VERDAD



Otras veces he escrito sobre la fe y la razón, y es el tema que ocupa mucho en nuestra relación con los no creyentes. Pero esta vez he visto por los medios de comunicación un encarnizamiento en contra de la fe católica, y particularmente centrado en ridiculizar o presentar una imagen detestable de los contenidos de la fe y de la Iglesia misma.
Este propósito de ridiculización y de dar mala imagen, está fundado en la mentira. Y si se funda en la mentira, dice a las claras que no hay argumento suficiente para decir algo.
Pero aún así consideremos estos dos niveles de verdad que se imponen a nuestra consideración. El primero es el de la verdad de los hechos de los contenidos de la fe. Leía que se afirmaba en base a un trato sesgado del libro del Génesis que Dios no quiere que conozcamos, que seamos ignorantes. Luego, conocer sería oponerse a Dios, y eso sería un pecado. Por el contrario, el relato de la Creación indica claramente la dignidad de la persona en una semejanza con Dios que lo hace más cercano a El que todas las otras creaturas.  A la vez, le da el mandato de “dominar la tierra”, poniéndolo en una actitud pro-creadora lo cual implica su inteligencia y su capacidad de hacer fructificar esa obra de Dios con su propia inteligencia. El conocimiento y el avance del hombre en todo lo que lo lleve a crecer él mismo y a hacer dar fruto a la creación, es el mensaje que encierra estas primeras páginas de las Sagradas Escrituras.
Como consecuencia, la ciencia, como desarrollo de este mandato, es un bien del hombre y para nada puede ser considerado “un pecado”. Algo absurdo. Pero aquí viene lo segundo: la verdad como la realidad a descubrir.
En el relato del pecado, Dios les ha mandado a nuestros primeros padres que no comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal. Este símbolo se refiere a sus adjetivos por cuanto las palabras anteriores dicen “pueden comer de todos los vegetales que hay en el Jardín, yo se los doy”. Entonces, no se trata de no comer del árbol simplemente, sino del árbol “del conocimiento del bien y del mal”. El pecado está en querer determinar lo que es el bien y lo que es el mal. Lo que está bien y lo que está mal. Con esta determinación, el hombre quiere igualarse a Dios en lo que no es posible. El hombre, como creatura, depende de Dios. El Tentador le dice a Eva: "Dios sabe bien que si comen.... serán como dioses". Al pecar el hombre en su origen, lo que quiso es independizarse de Dios. Vivir sin El.

Nunca tan actual esta página bíblica, aún para los que quieren poner en ridículo la fe cristiana y el sentido del pecado. Esta es la otra mirada sobre la verdad. El conocimiento de la verdad es posible, pues Dios ha dado al hombre esa capacidad al hacerlo semejante a El. Inclusive el hombre desea conocer la verdad. Se apoya en ella en una búsqueda permanente. La ciencia positiva habla de esa búsqueda incesante, de esa capacidad. Pero el engaño está a la base de toda investigación cuando la ciencia quiere determinar por sí misma lo que está bien y lo que está mal por el sólo conocimiento científico empírico o por el conocimiento filosófico. Llega un punto en el que todo proceso de conocimiento se encontrará con un punto necesario de vínculo con el absoluto. Los ejemplos abundan.

El primero es la necesidad de la ética en la investigación científica. Todos los días vemos situaciones así: ¿es correcto clonar personas? La capacidad científica está cerca, pero ¿la dignidad humana lo hace aceptable? El conocimiento sobre el hombre tiene una influencia ideológica que en distintas circunstancias y en distintas épocas: hoy, por ejemplo, la ideología del igualitarismo, tan influyente, determina que no permitir a alguien determinadas capacidades para las cuales no están preparado es una discriminación. Aún cuando la investigación científica física y psicológica digan que una persona tiene capacidades naturales para esto o para aquello, la determinación ideológica será capaz de negarlo. De tal modo que la evidencia del conocimiento intelectual no necesariamente significa un arribo a la verdad. Hay siempre una frontera percibida como difusa donde se evidencia la necesidad de la referencia hacia un absoluto, y ese es el lugar de Dios. Ese es el lugar de la continua tentación del "serán como dioses". Allí es donde el cristianismo molesta porque habla de una limitación humana que muchos perciben como opresora. Así lo percibieron Adán y Eva.

Pero lejos de ser una opresión, el diálogo con el absoluto. La obediencia a este límite lábil de lo divino y lo humano, lleva al hombre a encontrarse con la verdad, y la verdad de las cosas y de sí mismo. Lo lleva a una humanización plena donde lo científico, y también lo ideológico pueden alcanzar aquello que buscan: el bien y la verdad. 

Mentirnos nunca nos llevará a la verdad por una cuestión de lógica. La mentira es hoy la muletilla de los gobiernos que quieren sacar "su verdad" como sea. La mentira es el recurso de los ideólogos que quieren fundar sus propias afrmaciones sobre la descalificación mentirosa de lo que se les opone. Es claro que los influencia el "padre de la mentira" como llama Jesús a Satanás. Pero eso tampoco es visto por una obcecada negación de la evidencia del mal que lleva a muchos a actuar como si dijeran "la verdad soy yo".