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miércoles, 17 de febrero de 2016

EL SEPELIO DEL ANGELITO



Ayer vino el abuelo de un pequeño que murió antes de nacer. Trajeron su cuerpo de la ciudad para velarlo y sepultarlo en el pueblo.  Por la mañana llegaron, como acordamos para proceder al “bautismo”. Luego de compartir las palabras del Profeta Isaías: “el Señor enjugará toda lágrima, ya no habrá muerte ni dolor”, les hablé sobre el bautismo de deseo y rocié con agua bendita el cuerpecito. Nos fuimos al cementerio. El abuelo y los tíos cargaron el cajoncito sobre una sábana blanca, tomándola cada uno de una punta. Delante iba el papá con la cruz adornada con una corona de flores de plástico, detrás iba yo con la pala, el oracional para el sepelio y la estola morada. Más atrás el primo del niño con una bolsa con muchas y variadas flores y otra con diversos objetos. Más atrás, la abuela con bidones de agua bendita.

Llegamos al lugar. La pequeña tumba ya excavada, sobre ella, sujeta por sus puntas al borde mismo de la tumba,  una cruz hecha de dos palos flacos atados con un hilo. Así no entrarán los demonios, y la Pachamama recibirá este cuerpo en la espera de la resurrección de los muertos. Bendije la tumba, pero olvidé una parte importante del ritual: echar hojas de coca. Lo dijo el abuelo, lo hizo, poniéndose de rodillas, tomando con ambas manos un manojo de hojas de coca y echándolas en la tumba haciendo forma de cruz mientras murmuraba una oración. Siguió el papá, los tíos y los demás. Me dejaron ser primero. Aún me falta inculturarme e incorporar este a los sagrados ritos. Interpreto que es para que la Pachamama sienta que le decimos:” gracias por recibir este niño en tu seno.”

Siguió el sepelio mismo. Abrieron el cajón y pusieron chocolates, golosinas, una mamadera llena de leche, un yogurt y un paquete de paños húmedos para higienizar bebés. Lo que esta alma necesitará ahora. Luego cerraron el cajón y clavaron la tapa.  Qué cercana se siente la vida de la muerte. O qué cercana se siente la muerte de la vida. Hay llanto, hay dolor, pero hay vida. Una vida distinta, pero una vida igual. Se comparte la fragilidad de saberse necesitado. “Serán como dioses” pero no en la palabra de la tentación de Satanás a Eva, sino en las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan: “La Escritura dice ustedes son dioses”. Pequeños, frágiles, errantes. Destinatarios de las cosas inconmensurables de Dios: “Te alabo, Padre, por haber ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y haberlas revelado a los pequeños” (Mateo 11, 25). Te adoro porque eres el principio y el fin de nuestras vidas. Nos uniste a Ti con ataduras eternas, pero nos dejaste ser nosotros para ser Padre nuestro. Para que en nuestra necesidad de ser amados, de ser salvados, tengas la oportunidad de ser padre que ama, que cuida, que abraza, que recibe.

Después de esto, y terminados los ritos, sacar el vino y la gaseosa, compartir un cigarrillo. Todo alrededor de la tumba, acompañando el alma, velando con ella por un rato más. Dejándola compartir la vida que sigue, siguiendo con ella en una presencia que no se acaba.

lunes, 15 de febrero de 2016

CONTEMPLAR LA PASIÓN

¡¡¡Hola blog!!! No pretendía abandonarte, pero los medios, los tiempos y la velocidad de publicación por ahí te ganaron. Pero tenés de lindo que podes expresar mucho mejor las cosas que lo inmediato de facebook. Y lo bueno es que hoy tengo para compartir la visita a la familia Peloc. El sábado pasado vinieron los padres de Mario, el niño que falleció cuando se desbarrancó en Pucará, su paraje. Celebramos la Eucaristía con la familia presente, los papás y una hermanita, y luego tuvimos una conversación larga, dolorosa y consoladora. La increíble firmeza y claridad de fe de la mamá, en medio de las lágrimas y el intenso dolor. Quedamos en que el lunes siguiente, hoy, iría a verlos y a orar. Allá fuimos, acompañado por Facundo, chango de esta comunidad. Al caminar, cruzar el río, ya nos esperaban Juan y Marcela en la otra banda del río. Caminamos en silencio hasta el lugar donde los hermanitos encontraron el cuerpo de Mario. Al llegar la mamá me contó su vivencia al regresar, unas horas después del accidente. Con su manta recogió la sangre de su niño, que aún estaba líquida, tratando de limpiar todo lo que pudo en medio del ripio. Inmediatamente me vino a la mente la escena de la película la Pasión, cuando María limpiaba la sangre de Jesús en el lugar de la flagelación. Como en un pequeño Calvario habían colocado la cruz de madera de cajón de frutas, para conmemorar en aquel lugar que ahora es sagrado que este hijo de Dios regó con su sangre, como en otro momento, el Hijo de Dios regó con la suya. Ahora, todo lo vivido tiene significado. Lo que la Pachamama acunó en aquel lugar también, y donde sorbió las lágrimas de aquella familia, se ha transformado en un lugar de dolor y de esperanza.

Después de orar un rato juntos, de asperjar agua bendita, nos volvimos hasta la casa rezando el Via Crucis. Nos parábamos en la Playa cada tanto para hacer una Estación. Contemplar la Pasión salvadora en la pasión vivida por estos hermanos. La última Estación, en la casa, con los chicos. A compartir algunos pequeños regalos, posibles por almas generosas, que llegaron con una golosina, algunos útiles escolares, y alimentos. Un gesto, una caricia de muchos hermanos que aportan con lo suyo. Me sentí embajador de una corriente de amor que envuelve al que sufre. Me sentí feliz de estar ahí. Compartiendo con los hermanitos de Mario, que a duras penas pudieron vencer su timidez. El Evangelio de hoy coronó este día con la Eucaristía de la tarde: "Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer, estaba enfermo y me vinieron a ver...."

Después de un almuerzo, nos fuimos al cementerio, cruzando el río. Después de poner la estampa de la Medalla Milagrosa en la cruz de la tumba, encender velas y orar, resonaba en mi cabeza aquel viejo cántico que en cada Cuaresma cantábamos en la parroquia de mi infancia: "por tu Madre afligida
, piedad, Señor, piedad. Si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad. Por tu Preciosa Sangre, piedad, Señor piedad. Si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad."

jueves, 13 de agosto de 2015

CAMINAR EN EL DISCIPULADO



No encontraba la inspiración para escribir. Esa inspiración que más que un don natural, es la moción del Espíritu Santo. Sí, realmente no me gusta escribir sobre mí, sino sobre el Señor, sobre su obra. Creo que verme metido en ella, contemplándola, diciéndola, poniéndola en evidencia es más gratificante. Me parece imposible edificar la vida sobre uno mismo. Entiendo que eso quiso decir Jesús en sus palabras: “el que quiera ganar su vida en este mundo, la perderá. Pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. 

Tuvimos una dificultad. Mientras organizábamos el día del niño, otra institución, sabiendo que habíamos puesto día y horario, puso el mismo. Una especie de competencia. Algo raro, pero así es. En un principio me llené de malos pensamientos y tristeza. Y luego, el Señor me iluminó. Me hizo ver que ponerme a discutir sobre quién tiene razón, si hacemos esto mejor que otros, que estas son las intenciones de los otros, etc., todo eso, es un pensamiento inútil. Además, en el discipulado del día anterior, el mismo Señor me dio esta cita bíblica: “No respondas al insensato según su necedad, no sea que también tú te asemejes a él; responde al insensato según su necedad, no sea que pase por sabio a sus propios ojos.” (Proverbios 26, 4-5). Luego ví el comentario de la Biblia y dice: “Cada una de estas dos sentencias contradictorias tiene su parte de verdad según las circunstancias. La sabiduría consiste en aplicar la que más convenga a cada situación”.

Comprendí que me estaba preparando para esta situación. Que estaba empezando a pensar con el criterio del mundo, buscando mi vida, buscando la aprobación, el éxito y el dominio sobre los otros. Cuando me vino a la mente y el corazón la misma vida del Señor, sus gestos fuertes frente a Herodes (“Vayan a decir a esa zorra…”), sus gestos humildes frente a Pilatos (“¿No respondes nada?, le dice Pilatos, ¿No sabes que tengo autoridad para condenarte o salvarte?) entendí que en este caso no debía perder la paz. Que viera que el Señor ordena todo para el bien de los que él ama. Que mi misión no es dominar ni tener éxito. Mi misión es ser testigo de su Reino, que no es de este mundo. Reino de paz y justicia, Reino de esperanza y de comunión en la Sangre salvadora de la cruz. Un Reino que se gesta en gritos de dolores de parto. Un Reino que culminará con el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 3 de enero de 2015

EL PRINCIPE DE LA PAZ

“La fe, en los profetas, más que la creencia abstracta de que Dios existe y que es único, es la confianza en él, fundada en la elección: Dios ha elegido a Israel, él es su Dios, y sólo él puede salvarle. Esta confianza absoluta, prenda de la salvación, excluye el recurso a cualquier otro apoyo de los hombres o, con mayor razón, de los falsos dioses.”

Este es un párrafo del comentario a pie de página sobre un versículo del Capítulo 7 del Libro de Isaías en la Biblia de Jerusalén. Al leerlo, inmediatamente mi mente se fue hacia los miles de bautizados que por el mundo andan buscando apoyos para su vida interior o para sus necesidades inmediatas de trabajo o de salud. Recordé lo ya publicado acerca de esa fe difusa en un dios indefinido.

El tema en este capítulo de Isaías es el temor e incertidumbre que siente el rey de Judá, Ajaz, que se ve sitiado por Samaría y Damasco. Tiene la tentación de recurrir a la ayuda del rey de Asiria, a quien los otros dos quieren combatir. Pero buscar esta alianza sería desastroso para Judá como se lo advierte Isaías. En este capítulo, el profeta hace el anuncio de la virgen que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Emanuel (Dios con nosotros) como señal para Ajaz de que Dios interviene en su historia como nación y que no lo abandonará. Un anuncio futuro de un sucesor en el trono de David.

El momento político y práctico para Ajaz se transforma en un momento profético y trascendente. La historia que parece definirse por alianzas y poder político y bélico, es ahora, ella misma, un signo de la intervención de Dios que ha sido ligado a Judá por una alianza y una promesa, la alianza de Abraham, la promesa de la descendencia consolidada hecha a David. El profeta, enviado de Dios, hace ver que la historia política y personal no se resuelve por condicionamientos circunstanciales y no puede ser visto tan sólo como un hecho pragmático.

¿Cómo resolvemos nuestras situaciones de vida? ¿No es el pragmatismo de los acontecimientos, de las circunstancias, de las pasiones, de los miedos, lo que nos hacen definir rumbos para nuestra vida? ¿No nos pasa que encontramos en esas decisiones un camino que decididamente, lo sabemos en nuestro interior, nos aparta de Dios, de nuestra fe, pero decimos: “hay que ser práctico, la fe es la fe, pero la realidad es la realidad”?

Era esperable que el profeta Isaías le prometiera a Ajaz que habría un triunfo de Israel sobre sus enemigos. De hecho, la alianza de Samaría con Damasco contra Judá y Asiria fracasará. Pero el signo de la intervención de Dios que le da el profeta a Ajaz es un signo futuro de un descendiente que le significará “Dios con nosotros”, Dios presente, realmente presente. El sentido del tiempo, la conclusión de la historia concreta, la expectativa de Ajaz, son sacados del inmediatismo del miedo, del cálculo, de la cronología instantánea. Isaías no cae en la tentación de anunciar, como los falsos profetas, un Dios que resuelve problemas inmediatos, que ata parejas, que bendice decisiones apuradas, que acompaña pasiones satisfechas. El mundo del “ya” que muestra su lado fugaz como su único lado, lo único que te puede dar; se cae ante una promesa inesperada: el Dios de la alianza no te promete algo, te promete a sí mismo. ¿Hay algo más grande que él mismo? ¿Hay alguien, o alguna alianza, un acuerdo, un premio, una vida inclusive, que pueda valer más que lo que él te promete, que lo que él es? Ajaz se ve obligado a mirar más allá de su presente inmediato y de la amenaza que lo agobia. Nosotros nos vemos obligados a ver más allá de este presente que vivimos. Este “más allá de” es lo que llamamos el sentido más puro de la esperanza. Es la alianza de una promesa cumplida porque Dios ya está entre nosotros, el Emanuel ya ha llegado. Es la alianza de una promesa futura porque la historia personal y política son empujadas hacia un futuro donde la presencia plena de Dios se hará una realidad tan abarcadora que este presente en el que se juega lo cotidiano tendrá entonces su final feliz… siempre que hayamos decidido el día a día desde esta alianza, desde esta realidad, desde esta espera.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: "Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz". (Isa 9:5)
¡Feliz Navidad!

domingo, 14 de diciembre de 2014

DIOS, EL UNIVERSO O COMO QUIERAN LLAMARLO

Escuchaba con gran interés un programa por radio Rivadavia porque difunde valores cristianos. Todo venía bien, hasta que en un momento dado, su conductor, que parece católico, para hacer referencia al origen de un determinado bien que quería destacar dijo: “atribúyanlo a Dios, al Universo, a la suerte, como quieran llamarlo”. Días después, consultando a una mujer que reside en el extranjero, ella decía que “gracias al Universo”… El colmo fue en este día en que escribo estas líneas, otro locutor participante del programa, con gran entusiasmo, hizo referencia a un hombre concreto que hoy “concentra energía del Universo como en otro tiempo otros maestros, como Cristo y después Buda”. Como si fuera poco, hizo luego una interpretación de la Sagrada Escritura refiriéndose a la Transfiguración del Señor diciendo que era “ tan grande la concentración de energía cuántica debido al amor que Jesús en ese momento expresaba que hizo una explosión de luz”. Quien confiesa la fe en Jesucristo, me conozca y lea estas líneas quizá reirá por leer esto. Pero a mí me impresionó profundamente.

Lo que me impresionó es la percepción de estas personas respecto de Cristo. El primero, que por indicios pero no por confesión de fe, parece católico, no se atreve a mencionar al Padre Dios como convicción personal. Un efecto claro de la new age que pretende, con el prurito de respetar las creencias, mezclar todo tipo de convicción sobrenatural con las ideas en boga. De ese modo, y como lo advierte la Encíclica Evangelium gaudium, del Papa Francisco, se niega de hecho el conocer a Dios y se considera que se es imposible hacer una afirmación sobre él. La segunda, equipara el Universo con Dios mismo. Pone en un mismo nivel la creatura con el Creador. De ese modo, Dios es lo material, lo creado, lo desconocido por el hombre hasta ahora, pero por la ciencia, puede ser infinitamente conocido. El tercero, el más entusiasmado y convencido, equipara a Cristo con otros personajes poniéndolos al mismo nivel. Lo deja como una creatura capaz de concentrar fuerzas de la naturaleza, lo deja como un ser especial que no escapa a ser una simple parte del Universo, pero que ya no es el Hijo del Dios vivo, no es el Verbo hecho hombre, ya no es el único Maestro de sus discípulos.

Mi conclusión es la ausencia de la Evangelización. Es que los católicos no somos capaces de definir quién es Jesucristo. ¿Quizá tenemos vergüenza? No somos capaces de dar una palabra clara sobre Dios. No somos capaces de dar un testimonio convincente como argumento a favor del Evangelio de Cristo. O quizá todavía dudamos de si hay un solo Maestro o nos hemos convencido de aquella otra frase de la new age: “al fin y al cabo es el mismo Dios”. El argumento que aquí reflejo sobre un hecho concreto al comienzo de este escrito demuestra lo patética de esta frase que termina desdibujando el Santo Nombre de Dios que nos ha sido revelado en Jesús.

Alguno pensará que con un buen testimonio de solidaridad, amistad, buena onda alcance para ser testigos de Jesús. Bien, les diré que en el mismo programa se habla de solidaridad, amistad y buena onda sin que a nadie se le mueva un pelo por vincularlo con Jesucristo, ni tampoco se piense o se crea  que es debido al Espíritu de Jesús que aquellas buenas obras se realicen. Está de moda la solidaridad, no es un camino de por sí convincente para provocar el acto de la fe en alguien.
Intuyo que el tiempo de la Nueva Evangelización requiere como ingrediente más necesario de nuestra época que al buen comportamiento y solidaridad de un cristiano se agregue la convicción mediante las palabras, y palabras claras, concretas y directamente referidas a la persona de Cristo. Una idea muy clara del sentido de la creación, del creador, del sentido de la historia humana.

Pero todo esto puede ser inútil si no se entiende, por parte del testigo de Jesús, que todo el bien que se hace por ser testigo no proviene del ingenio personal, o como un proselitismo sectario; sino del don sobrenatural de la fe recibido del Espíritu Santo; de los dones y carismas que se ejercen con responsabilidad y largueza. Del fuego de la caridad que proviene de Dios. A la fe habrá que unir la oración porque es en la oración donde la inteligencia se ilumina para dejar el razonamiento de este mundo y entrar por la caridad divina en la mente de Dios, en su pensamiento, en su obra, en su querer. Por eso quien dice no tener tiempo para orar es porque ya ha sido atrapado por el ritmo del mundo y no podrá ser testigo de Jesús porque no quiere entrar en el tiempo de Dios, en el ámbito donde se descubre el auténtico valor y lugar de las cosas. Un síntoma claro es cuando entendemos que la oración es algo que hacemos cuando “nos dedicamos a la religión”, o que no hacemos porque “tenemos cosas muy importantes que hacer”. Como si la vida misma fuera menos importante que las cosas que hacemos.

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mateo 16,26)
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”(Juan 15,8)Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19)

 “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra".(Hch 1:8)


Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". (Juan 20,21)

domingo, 30 de noviembre de 2014

DE LA IMPOTENCIA AL PROTAGONISMO

Lucas 21, 29-33
El  cine catástrofe, es la imagen que más se acerca a la descripción que versículos antes de los citados Jesús utiliza para indicar la llegada del Reino de Dios. En las películas siempre aparece un héroe capaz de vencer las dificultades más increíbles librándose y librando a sus seres queridos de destrucciones, monstruos, zombies y cuanto la imaginación del libretista se presente. Una sensación de poder o suerte interminables del protagonista, y una ausencia e invalidez de todo principio de vida o mirada sobre el sentido y el fin de las cosas, se adueñan de nuestros sentimientos. Es revelador. Creo que en la vida diaria tenemos ese sentido. Vivimos como si las cosas no fueran a terminar nunca y como si la felicidad consistiera en esa paz sin fin que anhelamos.

Las religiones orientales lo han solucionado de manera agradable: ignorar los sufrimientos, la meditación para salir del mundo como se presenta y vivir como si nada pasara. A eso se debe su éxito en la sociedad occidental agobiada por las crisis y las vidas sin solución. Y en eso consiste su incoherencia con la sabiduría cristiana que en estas palabras del Evangelio de Lucas en vez de rechazar lo caótico de la historia presente, lo asume como un signo del Reino de Dios, como cuando vemos los brotes de la higuera que anuncian el verano. Jesús, desconcertándonos, nos dice que cuando suceda todo esto “tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (en el versículo 28, inmediato anterior a la cita).

El Maestro de doble manera nos pone ante la disyuntiva para tomarlo como único maestro de nuestras vidas a riesgo de vivir entre dos aguas irreconciliables, la esperanza o la desesperación. La fe sobrenatural o el sometimiento a un devenir del cual tenemos que huir. Al fin he encontrado una respuesta que me llena de certeza, de alegría y de temor.

La certeza es necesaria. Es la seguridad del sentido de las cosas, aún las catastróficas. Ninguna deja de tener sentido, y ninguna deja de estar sometida al único fin de la historia del cosmos y de la humanidad: Jesucristo. Su palabra va a ir más allá de nuestra vida presente. ¡Epa! O sea que el Señor no ha venido a darnos recetas dulzonas, de imágenes idílicas para que vivamos esta vida con mucha fe. Sus palabras irán más allá de la historia: “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. Ya sabemos el final de la película, pero esta no es una película como las otras. Es una realidad que abraza lo presente y se proyecta más allá. Un más allá.

Un más allá que me ubica como protagonista y no como espectador en esta realidad que no tiene la última palabra. Entiendo entonces el significado y la importancia de mi vida política (en el sentido propio del término), entiendo el ideal de una sociedad más justa, entiendo la perseverancia en el camino del bien, entiendo el “estén siempre alegres” de San Pablo (1Tes. 5, 16). El Apóstol no es un iluso, es un realista.

Y del miedo de la película catástrofe paso al temor de la realidad esperanzada. El temor ya no es sobre monstruos inimaginables, ni por poderosos malvados. El temor es por mi propia maldad, mi ceguera para ver la finalidad de las cosas, mi parálisis ante las desilusiones que me provocan las realidades y mi pérdida de tiempo para ponerme manos a la obra en la edificación del reino que se acerca. De víctima de la historia a protagonista es un paso gigantesco y posible. Estoy aferrado a un solo Nombre delante del cual toda rodilla se dobla.


Mejor recemos: “Padre nuestro… venga a nosotros tu Reino..”. ¡Uy, no! Mejor otra: “Dios te salve, María…ahora y en la hora de nuestra muerte”. ¡Peor! Mejor un credo: “Creo en Dios…desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”… no tengo escapatoria, voy a tener que creer nomás. ¡Ánimo!

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL REINADO DE CRISTO

Pienso en la vorágine del tiempo cronológico que se acerca a fin de año y todo el movimiento y organización que supone para la familia. Pienso en la ingente cantidad de objetos de consumo que se amontonan en los escaparates de los comercios y en la anticipación de previsiones de ventas que hacen los medios de comunicación social. Pronto vendrán las noticias sobre los precios de las carnes, los objetos navideños y las perspectivas de viajes a destinos de turismo. Y todo me figura en una gran y antigua Babilonia con su comercio árabe y la venta de esclavos, alimentos, objetos preciosos y un mundo de gente circulando por callejuelas intrincadas; con un barullo de voces ininteligibles y de intercambios anónimos.

Y me pregunto qué es lo importante y qué es lo menos importante. Qué es lo que define la vida de la sociedad y qué la frena. Me pregunto si la curiosa capacidad de olvidarnos de nuestros problemas sociales (violencia, drogadicción, narcotráfico y pobreza) con tanta facilidad por los días festivos y veraniegos para retomarlos con una pasión y llanto incontenibles cuando venga marzo, significa lo que somos o lo que nos pasa. Trato de buscar en medio de todo esto qué significa Cristo y su Reino. Y me digo si también él está en medio de todo este caos organizado y si su presencia representa ¿cuántos millones de dólares? (parece ser que esa es la medida de la importancia de los verdaderos acontecimientos en el mundo). Mientras tanto, reviso mi bolsillo y saco un reluciente billete de cien pesos cuya capacidad de significación está muy lejos de aquellos millones, y me digo si mi vida y sus acontecimientos cotidianos, aquellos por los que yo río y lloro y que significan lo más importante para mí, tienen algún valor o inciden en aquellos cálculos millonarios. O más bien creo que tengo que hacer una pregunta al revés: si aquellos millones, el caos organizado y los precios de la carne más los destinos turísticos modifican, mejoran o empeoran mi vida en algún sentido.

Me doy cuenta que la estridencia de los cálculos y los ruidos de los medios de comunicación no significan nada y corro el riesgo de que mi vida quede en la nada si no encuentro el principio y el fin de mi andar cotidiano. Entonces comprendo el reinado de Cristo como un acontecimiento y como un camino. El acontecimiento que le ha dado valor a mi vida cotidiana porque cada cosa que vivo tiene significado y valor (para el cual no alcanzarán los millones de dólares), es este paso de la cruz salvadora, de la vida plena del Señor resucitado que ha creado una escala de valores donde vuelvo a ser el protagonista y la razón por la que existen los escaparates, la carne, los millones y las noticias. Comprendo que hay un camino por el cual transito dando pasos firmes que no son estridentes y ni salen en las noticias. Pasos que responden a la vida de millones de seres humanos, pero que no cuestan millones de dólares. Son los pasos del Evangelio: “ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5, 13). Comprendo que el camino tiene muchas dificultades, pero si no las tuviera ¿cómo sabría que mi caminar es diferente del que corre detrás del poder o del dinero? ¿qué novedad aportaría? ¿de qué valdría el esfuerzo de vivir con códigos no aceptados por la sociedad? Si Jesús estableció su reinado por el camino de la cruz ¿yo lo haré por el camino del poder y de la fama, del dinero o del placer?


Soy protagonista de la historia, estoy modificando los destinos de la humanidad, estoy aportando el principio del fin de la violencia, la drogadicción, el narcotráfico y la pobreza. No saldré en los diarios, no caminaré por Babilonia ofreciendo una mercancía más, no comentarán mi vida los programas faranduleros propagandistas de vidas voluptuosas y vacías. Y soy protagonista de un Reino que no tendrá fin, ciudadano por derecho de ese Reino, soy hijo de Dios y hermano de los hombres. Me ha tocado un lugar de delicias, estoy contento con mi herencia (Salmo 16,6)

sábado, 20 de septiembre de 2014

AMAR ES COMPROMETERSE

El paso de una generación a otra siempre ha significado una ruptura. Nos terminamos dando cuenta de unos a otros, que hay cosas que deben pasar y dar lugar a unas nuevas. Nos ilusionamos que esos pasos significan un paso hacia el bien, a un bien mayor. Sin embargo los resultados de esos pasos no nos dicen que verdaderamente las nuevas generaciones vayan en un sentido de crecimiento. Tenemos la clara sensación de que hay pérdida de valores humanos, y que , a pesar de la mayor disposición de bienes de nuestros hijos y nietos; no significa el progreso de sus vidas ni una felicidad asegurada. Cada vez vemos con mayor claridad la fugacidad de sus alegrías, su existencia en una sociedad deprimida, sin puntos de referencia, sin que sea ella un soporte para su progreso. Los vemos solos, sin que podamos hacer mucho porque, en cierto modo, los adultos con nuestras convicciones somos también miembros descartados del tejido social. A veces tengo la sensación de que estos dolores intergeneracionales no son dolores de parto, sino de muerte.

No quiero hacer una observación moral que concluya con opiniones de un lado y de otro. ¿De qué serviría? ¿A quién le serviría? Las cosas seguirían igual y nosotros, los adultos, seguiríamos siendo espectadores de un mundo cuya historia, en cierto modo, nos ha abandonado a la vera del camino. Sí, esa es una buena definición: espectadores. Por eso pienso que hacer un diálogo sobre quién tiene razón es inútil. Lo que creo útil es recuperar nuestro lugar protagónico, decididamente protagónico y vivirlo con intensidad. Llenos de vida, llenos de cosas para dar y darlas. Esta última actitud es la que renueva la esperanza porque el árbol que da buenos frutos, no los anda ofreciendo, simplemente los da, y el que tiene hambre come de sus frutos. Las nuevas generaciones podrán decir siempre que son libres para hacer lo que les parece mejor; y las viejas generaciones podremos decir siempre que somos libres para dar el buen fruto que queremos ofrecer a los demás, porque eso es lo que sabemos dar y eso es lo que queremos dar.

Con esta conclusión ¿cómo nos paramos frente a la realidad que vivimos? ¿Qué hemos hecho de los valores fundamentales que sostuvieron nuestra vida hasta el presente? ¿Los hemos descartado sintiéndonos ridículos frente a las nuevas propuestas de vida?¿Por qué? Abandonar los valores de vida, relativizarlos, descartarlos, es abandonar el protagonismo social, es abandonar a las nuevas generaciones, es dejarlas a la deriva sin una propuesta fiel que ofrecer.

Siento la tentación de volar en muchos pensamientos que parecen necesarios ante este planteo, pero aterrizo mejor una idea que me ronda la cabeza desde hace días: la libertad de ser. La sociedad cuestiona. Por momentos nos hemos sentido violentados en muchas cosas. Lo que antes era visto socialmente como malo, ahora es bueno. Se planteó eso como una maduración. Antes, ser madre soltera era algo impensable, vergonzante. La vieja sociedad prefería ocultar los hechos para evitar el rechazo social, el escándalo. Nos enseñó a vivir de secretos, a esconder vidas, a abandonar en cierto modo la vida. Nos jorobó la vida enseñándonos a escondernos de nosotros mismos y de nuestra verdad, nos hirió en el alma. Después se pasó a una reivindicación del hacer lo que me parece y nos llevó a la indiferencia. No molesta que haya madres solteras, pero tampoco interesa. No molesta que no haya familia, responsabilidad, amor para recibir un hijo. Se ha elegido el camino más fácil: pasar frente a los hechos sin comprometernos, facilitando medios, felicitando decisiones, pero sin compromiso. En estos días en los medios (me enteré) una prostituta anda dando entrevistas para contar lo feliz de su vida, hasta que una periodista le dijo que sólo mostraba una parte de la realidad: ¿qué sentía ella al tener relaciones con muchos hombres? ¿No llegaba a sentir asco? ¿No se sentía usada? La mujer se sintió cuestionada y habló del lado oscuro de lo que hoy quiere verse en positivo, como un bien, como un derecho. La sociedad no se compromete, prefiere facilitar y no ver.  Los extremos se tocan, lo que antes estaba prohibido o era mal visto y que llevaba a un descompromiso total, hoy esta permitido o está bien visto y lleva a un descompromiso total. No nos hacemos cargo. La vida de esa madre soltera, la vida de esa prostituta, sus vidas no nos interesan. Nos interesa felicitarlas por lo que hacen, pero no nos interesa sentirnos solidarios con ellas, porque haciéndolo entraríamos en el lado oscuro de sus elecciones. Aquí entramos nosotros.

La beata Teresa de Calcuta decía que hay que amar hasta que duela. Este es el punto. Este es el primer paso: aprender a llorar. Cada día comprendo más que el sufrimiento acompaña la vida del que se compromete. Pero ese sufrimiento, esas lágrimas no son sinónimo de depresión, ni de angustia ni de desesperación. Las lágrimas son signos de solidaridad, de amor, de compromiso, de lucha. Sentirnos conmovidos por lo que le pasa al que sufre, sentirnos dolidos por ver lo negativo de las malas elecciones ¡y hacérselo saber!. No es tan obvio como parece. Cuando las situaciones nos conmueven buscamos una explicación razonable, nos decimos que la sociedad va así, que hay que asumirlo, y tragamos las lágrimas, nos callamos y nos quedamos a la vera del camino. Esas lágrimas tragadas hacen mal. Nos hacen mal, les hacen mal a todos. Y me refiero a las lágrimas que revelan que amamos, que nos interesa, que vemos lo que pasa, que no nos es indiferente. En el mundo de la sonrisa fácil, del “todo bien”, del “es su vida”, o sea del “no me importa”, hacer sentir nuestras lágrimas es una actitud profética, protagónica, cuestionante, constructiva.


Pero tal vez la sociedad nos ha domesticado, como a un esclavo, enseñándonos a callar lo que sentimos, a no atrevernos a decir lo que pensamos. Nos apalea si alzamos la voz para decir algo que contradiga lo que todos creen, lo que se usa, lo que está de moda. Nos convence de que estamos equivocados y aprendemos, como esclavos, a acallar nuestra conciencia. Actualizarnos equivale a domesticarnos. Sí, el lado oscuro del presente. Y alguno preferirá ver el otro lado, el de acompañar con nuestra adaptación lo que vive la sociedad. Si esto fuera lo positivo, que lo hay y mucho, sobre todo como posibilidad de mayor solidaridad, de mayor compromiso de mayores medios, claro que sí, me uno a acompañarlo y aplaudirlo. Pero me estoy refiriendo a ese lado oscuro que veo aparecer sólo como lamento. A ese lado que me quiere domesticar. Lo rechazo, me niego a ser domesticado, me niego a vivir como esclavo, me niego a dejar de ser yo mismo, me niego a ocultar las riquezas que tengo para dar, y me niego a que me lo prohíban. Me niego a que me impidan vivir, me niego a que me impidan amar y comprometerme. Y acepto el rechazo, la dificultad y las lágrimas que significan el ser un hombre libre, que cree en la sociedad, que cree en los valores que las generaciones han transmitido porque el ser humano es tal desde su origen y lo seguirá siendo. Porque el mal, el error y la mentira existieron siempre; y el bien y la verdad son la meta auténtica de la vida y a nadie puede negársele. Acepto vivir, amar y comprometerme. 

martes, 8 de julio de 2014

AGUARDAR CON AMOR

Los oídos de mi infancia no olvidan frases escuchadas en distintos momentos de distintas personas con la buena intención de motivar una respuesta a Dios: “¡Te vas a ir al infierno! ¡El diablo te va a llevar!” Motivaciones desmotivantes, como se usa decir.

En la liturgia de la Palabra en el día del martirio de San Pedro y San Pablo, la Carta a Timoteo es una herencia de momento supremo. Pablo se prepara a dar su último testimonio de Jesús, espera la corona de Justicia preparada para “todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación” (2 Timoteo 4, 8) Me ha dado mucha alegría redescubrir estas palabras. Muy distintas del temor del infierno. Me recordaron las palabras de un viejo monje benedictino que decía que él no pensaba ir al infierno, pues el infierno no existe. Claro, lo diría, imagino yo, en que en la mente del Señor el Infierno no es el lugar pensado por El para nosotros. Pero más importante que eso es la actitud de fondo: aguardar con amor. El camino de la fe es un caminar motivado por un amor cada día más creciente.

Una convicción ha acompañado todas mis decisiones importantes. Si un lugar me hace crecer en el amor, ese es mi lugar. Cuando la situación de lugar no es tan importante y más importante es la motivación que me conduce, esta es el amor, el crecer en el amor, el caminar en el amor. Con una diferencia muy importante con los criterios del mundo. Más adelante, en esa misma carta a Timoteo, Pablo recuerda a varias personas. Un cuadro muy variado de acompañantes de la vida donde hay “para todos los gustos” y también para los disgustos. “Demas me ha abandonado por amor a este mundo”, dice con sentimiento el Apóstol que se ha hecho “todo para todos con tal de ganarlos para Cristo”. El fracaso de un apostolado tan enérgico se debió a un cambio de amor en Demas. O un Alejandro, que también menciona Pablo, que ha visto en el Evangelio de Pablo o un peligro para su estilo de vida, o un peligro para su dominio de los demás. Demas ha encontrado en el mundo la fama, el dinero, el placer, el propio plan de vida, el poder, la lógica del mundo, la costumbre de aceptar las cosas como vienen, y tantos otros amores de este mundo que esclavizan y dejan ciego para ver el Reino de Dios como la perla más preciosa por la cual se venden todas las otras y se compra esa.


El amor aguarda la manifestación de aquel Día. La plenitud del Evangelio. Y esta espera es tan vital… He escuchado también desilusionados por el Evangelio al cual encuentran o una utopía o un imposible. Y no hablo de filósofos, sino de personas corrientes, de buenos cristianos, de bienintencionados y de buenos corazones. Cuando el Evangelio se vuelve utopía se hace patrimonio de soñadores desencarnados. Cuando el Evangelio se vuelve un imposible, se hace libro viejo y olvidado de esclavos de sentimientos y acontecimientos, de costumbres y pasiones, de rutinas y tristezas. Pero el Evangelio es un camino con una meta. Un protagonismo con un final anunciado y feliz. Aguardar con amor me dice de un sentimiento de triunfo asegurado, aunque haya Demas y Alejandros. Algo muy distinto que el camino del éxito. La realidad del Evangelio no se mide por los éxitos, o las aprobaciones populares. Se mide por la espera signada por el amor.

sábado, 5 de julio de 2014

CONFIAR EN DIOS

AMANECE LA LUZ PARA EL JUSTO,
LA ALEGRÍA PARA LOS RECTOS DE CORAZÓN
(Sal. 97, 11)
Cada vez más frecuentemente se extiende una manera de actuar frente a Dios para la gente que dice tener fe. Cuando se enfrenta con las luchas diarias de la vida, o con propósitos personales de tipo sentimental o material de lo más variados, se apoya en esta convicción de fe de que me va a ir bien porque Dios me acompañará.

El profeta Amós, enviado por Dios a su pueblo, llama con energía la atención sobre una actitud: el pueblo busca el apoyo del Señor para sus empresas y realiza actos de culto donde demuestra esta actitud de fe; pero el Señor “cundo ustedes me ofrecen holocaustos, no me complazco en sus ofrendas ni miro sus sacrificios de terneros cebados” (Amós 5, 22). El profeta dice estas palabras exhortando a Israel: “Busquen el bien y no el mal para que tengan vida, y así el Señor, Dios de los ejércitos, estará con ustedes, como ustedes dicen.”. No sólo a Dios rogando y con el mazo dando, no sólo nuestros propósitos acompañados de oraciones; sino una integridad de vida, una vida involucrada en el Plan de Dios donde las cosas que nos proponemos entran también como engranajes de esa Voluntad… o no. Es decir, nuestros planes, proyectos y propósitos pueden o no estar en ese Plan de Dios para con nosotros, por una parte.

Por otra parte, recurrir al Señor para pedir la bendición de nuestros proyectos y necesidades, cuando no nos acompaña una actitud de hijos de Dios, una actitud de gente comprometida con El, puede que este recurso a Dios sea nada más y nada menos que una actitud idolátrica, un gesto de confianza en un amuleto poderoso; un frotar la lámpara de Aladino para que este genio poderoso y condescendiente, cumpla nuestros deseos.

Cuando el pueblo de Dios se encontraba en el desierto, en marcha desde la esclavitud de Egipto hacia la Tierra Prometida, caminaba guiado por la mano del Señor. Allí no había más qué hacer, había que caminar por el desierto. No había planes personales ni proyectos de comunidad, ¿qué podían hacer en ese lugar de paso? Además, fue el Señor que los sacó y quien los iba guiando a un lugar que no podían aún conocer. El deseo de salir de la esclavitud, con sus bajones, era más urgente y a los israelitas no se les ocurría otra cosa “¿Acaso ustedes me ofrecieron sacrificios y oblaciones en el desierto durante cuarenta años, casa de Israel?” (Amós 5, 25) En el enojo del Señor expresado por el profeta, anuncia una deportación, una nueva esclavitud en manos de los asirios “ustedes se llevarán a Sicut, su rey, y a Queván, su dios estelar, esos ídolos que se han fabricado”. Junto con estos falsos dioses, estos amuletos, el pueblo de Israel irá nuevamente a la esclavitud.

¡Qué parecida situación cuando tenemos, aparte de Dios, una serie de “cábalas”, unos recursos a concentraciones de energías, a antiguos procedimientos supuestamente fundados en el poder de la naturaleza. Cosas que se expresan en definiciones vagas de cosas, en realidad, muy claras y reveladas por Dios, como cuando decimos de alguien fallecido “Ahora desde donde esté, nos mira” ( Si no está en el Cielo ¿dónde está?). Esto me lo dio “Dios y la vida” (¿dos dioses?)
Cuando nos encontramos a Dios, el Dios revelado por Nuestro Señor Jesucristo, el Dios de los Ejércitos, no siempre tenemos el ánimo para esperar de él lo que él quiere obrar, el cómo él quiere obrar, y en quién quiere obrarlo. Así les pasó a los habitantes de Gadara nos relata el Evangelio de San Mateo ( 8, 28 y siguientes) cuando Jesús expulsó a los demonios de aquellos hombres y estos, con su permiso, fueron a unos cerdos los cuales se precipitaron al mar. Los gadarenos se asustaron y le pidieron a Jesús que se fuera de su territorio. Qué cosa extraña, cuando Jesús multiplicaba los panes, lo seguían multitudes; cuando resucitó muertos, muchos creyeron; pero cuando realizó el signo más importante porque está en el Plan de Dios liberarnos del pecado derrotando al Enemigo; entonces no estaba en los planes, entonces le pidieron que se vaya. Dejar el pecado, reconocer el poder de Jesús sobre el padre de la mentira, ese es un tema que no nos interesa; no está en nuestros esquemas de lo que Dios debe obrar y cómo lo debe hacer. Sólo queremos el dios amuleto, que haga lo que yo creo que tiene que hacer.


Confiar en Dios en un acto de vida que compromete, que significa una actitud de hijos que obedecen a su Padre y reciben de El lo más importante. Que comprenden su vida desde un Plan en el que todas las cosas toman su lugar, y donde nuestros deseos están orientados por un gesto de confianza por el cual buscamos el bien y no el mal para tener vida.

martes, 1 de julio de 2014

ENCONTRAR A DIOS

El Salmo 5 describe la actitud del creyente, muy distinta del que sabe que Dios existe: “Pero yo, por tu inmensas bondad, llegaré hasta tu Casa, y me postraré ante tu santo Templo con profundo temor” (v.8)

El punto de partida es la bondad de Dios. Esa bondad que uno redescubre a medida que piensa en el camino de la propia vida donde ha visto brillar el amor de un Padre que me condujo hasta el presente. Y es necesario salir al encuentro de este Padre, llegaré hasta tu Casa. Dios no es un Dios cósmico, presente en todo y ausente de todo. Por el contrario, es un Dios accesible, encontradizo, palpable. Y no es un decir, no es un simple darse cuenta. Es una realidad patente y perceptible por nuestros cinco sentidos. Una presencia que quiso dejarnos en Jesús, y Jesús que está entre nosotros hasta el fin del mundo. ¡Qué sabiduría, la del Señor, querer quedarse en los Sacramentos! Nuestros ojos ven los signos sacramentales, nuestros oídos escuchan su Palabra, nuestras manos tocan su Cuerpo, nuestra lengua gusta su Sangre, nuestro olfato siente el perfume de su presencia.

Como pasa con nuestros sentidos en cualquier situación, hay veces que el ruido no nos deja distinguir ni oír la melodía de la canción que nos gusta; otras veces, la multiplicidad de cosas para ver, la atracción de sus formas y colores, no nos dejan poner nuestra mirada en lo que verdaderamente nos es agradable y querible; otras veces el deseo de las cosas que excitan nuestros sentidos, nos hace olvidar o confundir lo que verdaderamente desea nuestro corazón y aquello que auténticamente satisface nuestras expectativas. Se hace necesario el silencio, ese que deja que resuene en nuestro interior aquella voz que nos llama, aquel que nos deja percibir la caricia de aquel consuelo que esperábamos; de aquella seguridad que no nos llega de ninguna parte, sino de lo alto. El silencio que nos lleva a “apagar” los ruidos  que distraen y fijar la mirada en lo que estuvo siempre delante de nosotros, pero que nuestras distracciones y confusiones nos impidió gozar. Cuando esa actitud llega, se apagan los temores, y los monstruos que parecen dominar el espacio y someternos haciéndonos sentir pequeñas criaturas indefensas, desaparecen.
MIRA QUE ESTOY A LA PUERTA, Y LLAMO....


Nos invade aquí ese profundo temor que dice el Salmo. Ese temor es conciencia de la grandeza  y el poder de Dios en cuyas manos está nuestra vida y que no queremos perder. Su grandeza y nuestra limitación. Su poder y nuestra fragilidad. Su amor y nuestra miserable ceguera y mezquindad que no nos dejó ver que estuvimos siempre envueltos en ese amor. Temor de Dios, don del Espíritu Santo. Se lo pidamos en el Nombre de Jesús. Se cumplirá la Palabra en nosotros: “Todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se los concederá”. Si le pedimos tantas cosas buenas pero pequeñas y vemos cuánto nos las concede, ¡cuánto más nos dará lo que es el deseo de su Voluntad cuando nuestra voluntad lo desee!

sábado, 21 de junio de 2014

LA VIDA ES BELLA

Me gustó mucho la película que lleva este nombre, referida a aquel hombre judío que, a pesar de sus terribles vivencias de la persecución y tortura nazi, lucha por vivir con alegría y ayudar a vivir así a su pequeño hijo, preservando su inocencia a pesar del infierno en el que se encuentran.

Su actitud refleja estas palabras de Jesús: “La lámpara de tu cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado” (Mt. 6, 22). Por mucho tiempo, demasiado, pensé que las enseñanzas del Maestro se referían a lo espiritual de modo exclusivo y excluyente. Influjo sin duda del neoplatonismo que crea una distancia entre lo espiritual y lo corporal. Cuando el Señor me permitió conocer un poco más de las Sagradas Escrituras y su origen, conocí también que el pensamiento semita, que está detrás de todas ellas, no admite esta separación de uno y de otro. De modo que escuchar estas palabras del Señor significa entenderlas física y espiritualmente.
Esto físico lo refiero al hecho del “ver” más que del ojo mismo. Ver la vida, ver los hechos, verme a mí mismo, ver a los demás. Si mi mirada está enferma, todo mi cuerpo estará enfermo. Y aquí lo físico entra de lleno. El descubrimiento de las enfermedades psicosomáticas lo confirma. Descubrimiento que ha sido ponerles un nombre y darse cuenta desde lo científico. ¿Teníamos que esperar tanto tiempo para descubrirlo cuando ya estaba escrito en la Palabra de Dios? No hay duda, toda enfermedad que no se refiera a un agente etiológico externo proviene de una mirada enferma, de una enfermedad del alma.
Jesús, que eres la Vida, danos de tu vida por manos de María
Y un alma enferma la hemos referido exclusivamente al alma en pecado. Al que obra mal y tiene las consecuencias. Lo sabemos, también por el contrario, el alma enferma viene de lo opuesto, del recibir el mal del otro que enferma al que padece ese mal. Esto, a su vez, se ha reducido a aquella agresión voluntaria y maligna de otro: ofensas, injusticias, violencias. Lo que dejamos de lado es otra forma de agresión y de mirada enferma, la que va creciendo día a día desde el instante de nuestra concepción en el vientre de nuestra madre hasta el día presente, el día en que leemos estas líneas. Esta oscuridad que opaca nuestra vida y nos enferma, se origina en la mirada que los demás, y luego nosotros mismos, vamos forjando sobre nosotros. Lo que nuestros padres, parientes más cercanos, van “haciéndonos creer” y lo terminamos creyendo. Secretos reclamos, cargar culpas que no tenemos, desprecio por nosotros mismos, responsabilidades imposibles de llevar, todo va contribuyendo a la enfermedad de nuestro ojo, a su oscuridad. Llega un punto en que esta mirada comienza a extenderse sobre nuestro cuerpo, desde la inocente contractura hasta el cáncer terminal.
He conocido muchas historias de estas, y sigo viendo caminos de muerte en muchas personas. Y la verdad, a veces me desespero por la ceguera en la que caminan y de la que parecen no querer salir. Algunos ejemplos. Un amigo, comentándome de un edificio abandonado, me habló de su propietaria. Una señora que vivía sólo con su hija. La hija terminó siendo una persona extraña. Profesional, vivía sometida a su madre de tal modo que no hacía nada sin que ella lo aprobara, pero ya era una mujer que pasaba los 40 años. Era incapaz de salir de su casa y vivía enferma. Su madre continuamente la controlaba y le decía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Esta hija adoraba a su madre. Nunca pensó que su madre le estuviera haciendo algún mal. Creyó que su vida dependía de esta mamá. Esto llegó a tal punto, que el día que esta madre falleció, su hija no pudo sobrevivirla más que un breve tiempo. Encerrada en su casa, llena de tristeza, tenía terror de salir, ya no tenía esa protección que se le había hecho indispensable.Llegó a convencerse de que su vida sólo tenía valor si su madre la gobernaba. Murió sola en su casa, sin ninguna enfermedad, al parecer de inanición. Tenía los ojos enfermos.

Otro amigo, lleno de vida, generoso, con una familia excelente a quien conocí; sufrió durante mucho tiempo la conflictividad de su madre y de su hermano. Ellos le reclamaban continuamente cosas que no tenían sentido. Se refería a su trabajo. Les molestaba que progresara, pero no era envidia, era el reclamo de una supuesta responsabilidad que este amigo tenía sobre su madre y hermano. La presión llegó a tanto, que un cáncer provocado por la tensión y la tristeza acabó con su vida en pocos meses. Una mirada enferma sobre sí mismo. Una incapacidad de sobrellevar la agresión que se transformó en autoagresión.

Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará iluminado, dice Jesús. Decía que a veces siento desesperación cuando veo obstinación por seguir teniendo el ojo enfermo. Cuando encuentro resignación cuando hay una vocación arrolladora de vida y de alegría en nosotros mismos. Cuando veo que se prefiere seguir viviendo una vida falsa, con alegrías falsas, con distracciones, una vida efímera que acabará en muerte; antes que buscar esa luz que hay en nosotros. Luz que no nos pertenece, que no se refiere a la naturaleza ni a energías cósmicas. Luz que es la luz de la vida, Jesús. Es decir, buscar esa salida espiritual auténtica, ese encuentro con Dios que es nuestro espejo, que nos hace vernos como verdaderamente somos. Pero mientras nuestra religiosidad siga siendo un parche consolador, un cúmulo de frases bonitas o rezos interminables que no tocan nuestra realidad (ni queremos que la toque), un último recurso porque, en definitiva no le creemos a Dios, no creemos en lo que significa el “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” como nos dijo Jesús.


Te invito a decirle a Jesús como aquel ciego cuando el Señor le preguntó ¿qué quieres que haga por ti?: “Señor, que vea”. 

jueves, 19 de junio de 2014

DE LO FALSO A LO VERDADERO


Es fácil encontrar en las páginas de facebook expresiones cargadas de sentimientos para con los “amigos”: sabés cómo te quiero, yo te quiero más, tkm, etc. Y de sentimientos igualmente intensos para los “otros”: estos se merecen…, son unos hijos…., ojalá se pudran…. Un salto del amor tierno y humano a un odio visceral, a sentimientos tan o más inhumanos que los sentimientos o hechos por los cuales se protesta.

“Si ustedes aman solamente a quienes los aman ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?” nos dice Jesús, el Maestro (Mt. 5, 46-47)

Cisnes de cuello negro.
Cerca de casa anuncian una belleza mayor. 
Es muy interesante reconocer qué resonancia tienen los publicanos para los discípulos que en aquel momento escuchaban al Señor. Hombres corruptos, miembros de Israel pero colaboradores de los invasores romanos. Hombres ambiciosos que hacían ganancias económicas y que se movían en el ámbito de las amistades de poder político o económico por interés de dinero. Ellos aman a los que los aman. Ellos aman por el interés que les devenga ese amor dado. Hay un interés.
Y qué resonancia tienen los paganos, hombres llenos de dioses falsos, generalmente dioses que son la encarnación de las pasiones humanas: la diosa de la fecundidad, el dios de las cosechas, el dios vengador, etc. El pagano tiene encarnadas sus pasiones en una aparente religiosidad.

Con una motivación u otra, el círculo del amor se estrecha y se vincula principalmente a esos intereses a esas motivaciones que están lejos de ser por el amor mismo, por el bien del otro. El otro tiene valor en la medida que me satisface, pero no tiene valor por sí mismo. Tiene valor por los afectos que me genera. Y esos afectos se motivan por las pasiones. ¿auténtico amor? ¿auténticos “tkm”?

“Yo les digo: amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores. Así serán hijos del Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 45) Jesús nos lleva a sus discípulos a un punto de partida muy distinto. La razón de nuestros afectos ya no son los intereses ni las pasiones, sino nuestro origen, nuestro ser hijos del Padre. La fuente del amor parte de lo que somos y no de lo que los demás nos hacen. Y el amar auténtico es el que no parte de intereses ni motivaciones externas. Parte de nuestra identidad. Realmente parece un imposible. Sí, lo es si miramos desde las pasiones y de los intereses. Ambas cosas son como fuegos que nos dominan. Acostumbrados a dejar a las pasiones obrar en nosotros, nos parece un mundo imposible el Evangelio de Jesús. Nos parece una utopía inalcanzable. Lo es de verdad si Jesús es una idea y no una persona. Si Jesús es un conocido y no un amigo. Si Dios es un todopoderoso pero no nuestro Padre.

Un indicio muy frecuente de esto último es nuestra consideración de Dios: ¿por qué obra mal? “Dios es injusto”, “me enojé con Dios”. Como hijos caprichosos que creen saber más que su Padre, nos animamos a juzgarlo, cuando él es Juez. Nos parecemos a esos niños que patean a su papá o su mamá porque no les dio el gusto que esperaban, o que se enojan con ellos cuando se ponen celosos de los afectos que sus padres dan a otros niños. Como el hijo menor de la parábola del hijo pródigo, nos vamos de su lado, decididos a gastarlo todo porque creemos que así somos felices. Esas bendiciones de Dios nos gustan. Que se haga lo que nosotros queremos. Entonces sí decimos que Dios es bueno y que creemos mucho… pero siguen siendo nuestras pasiones satisfechas aun este amar a Dios, igual que los publicanos, igual que los paganos.

Qué importante es mirar a Dios nuestro Padre cada día, cada mañana para reconocer nuestra identidad. Señor, yo quiero ser tu hijo, mirarme en el espejo que es Jesús porque me hiciste a imagen de él. Quiero recordar este día que eres amor, que haces salir el sol sobre buenos y malos; y llover sobre justos y pecadores. Así, con el corazón más ancho que la estrechez de mis intereses y pasiones, amar en este día y todos los días a todos aquellos, que por la Sangre de tu Hijo, hoy son mis hermanos. Aunque no me amen, aunque no me beneficien, y aunque me perjudiquen. Amén.