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miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL REINADO DE CRISTO

Pienso en la vorágine del tiempo cronológico que se acerca a fin de año y todo el movimiento y organización que supone para la familia. Pienso en la ingente cantidad de objetos de consumo que se amontonan en los escaparates de los comercios y en la anticipación de previsiones de ventas que hacen los medios de comunicación social. Pronto vendrán las noticias sobre los precios de las carnes, los objetos navideños y las perspectivas de viajes a destinos de turismo. Y todo me figura en una gran y antigua Babilonia con su comercio árabe y la venta de esclavos, alimentos, objetos preciosos y un mundo de gente circulando por callejuelas intrincadas; con un barullo de voces ininteligibles y de intercambios anónimos.

Y me pregunto qué es lo importante y qué es lo menos importante. Qué es lo que define la vida de la sociedad y qué la frena. Me pregunto si la curiosa capacidad de olvidarnos de nuestros problemas sociales (violencia, drogadicción, narcotráfico y pobreza) con tanta facilidad por los días festivos y veraniegos para retomarlos con una pasión y llanto incontenibles cuando venga marzo, significa lo que somos o lo que nos pasa. Trato de buscar en medio de todo esto qué significa Cristo y su Reino. Y me digo si también él está en medio de todo este caos organizado y si su presencia representa ¿cuántos millones de dólares? (parece ser que esa es la medida de la importancia de los verdaderos acontecimientos en el mundo). Mientras tanto, reviso mi bolsillo y saco un reluciente billete de cien pesos cuya capacidad de significación está muy lejos de aquellos millones, y me digo si mi vida y sus acontecimientos cotidianos, aquellos por los que yo río y lloro y que significan lo más importante para mí, tienen algún valor o inciden en aquellos cálculos millonarios. O más bien creo que tengo que hacer una pregunta al revés: si aquellos millones, el caos organizado y los precios de la carne más los destinos turísticos modifican, mejoran o empeoran mi vida en algún sentido.

Me doy cuenta que la estridencia de los cálculos y los ruidos de los medios de comunicación no significan nada y corro el riesgo de que mi vida quede en la nada si no encuentro el principio y el fin de mi andar cotidiano. Entonces comprendo el reinado de Cristo como un acontecimiento y como un camino. El acontecimiento que le ha dado valor a mi vida cotidiana porque cada cosa que vivo tiene significado y valor (para el cual no alcanzarán los millones de dólares), es este paso de la cruz salvadora, de la vida plena del Señor resucitado que ha creado una escala de valores donde vuelvo a ser el protagonista y la razón por la que existen los escaparates, la carne, los millones y las noticias. Comprendo que hay un camino por el cual transito dando pasos firmes que no son estridentes y ni salen en las noticias. Pasos que responden a la vida de millones de seres humanos, pero que no cuestan millones de dólares. Son los pasos del Evangelio: “ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5, 13). Comprendo que el camino tiene muchas dificultades, pero si no las tuviera ¿cómo sabría que mi caminar es diferente del que corre detrás del poder o del dinero? ¿qué novedad aportaría? ¿de qué valdría el esfuerzo de vivir con códigos no aceptados por la sociedad? Si Jesús estableció su reinado por el camino de la cruz ¿yo lo haré por el camino del poder y de la fama, del dinero o del placer?


Soy protagonista de la historia, estoy modificando los destinos de la humanidad, estoy aportando el principio del fin de la violencia, la drogadicción, el narcotráfico y la pobreza. No saldré en los diarios, no caminaré por Babilonia ofreciendo una mercancía más, no comentarán mi vida los programas faranduleros propagandistas de vidas voluptuosas y vacías. Y soy protagonista de un Reino que no tendrá fin, ciudadano por derecho de ese Reino, soy hijo de Dios y hermano de los hombres. Me ha tocado un lugar de delicias, estoy contento con mi herencia (Salmo 16,6)

martes, 25 de diciembre de 2012

¡FELIZ NAVIDAD!

Qué linda frase. Cuando se ha visto, dice San Juan, el amor de Dios en la vida de uno mismo, no se cansa de repetir estas palabras. La Palabra divina se hizo hombre. Dios ha quedado atrapado en la humanidad. Ha caido en la trampa de su propio amor. Y en El no hay imperfección ni improvisación. Lo ha querido así.
Me vienen a la mente todas las personas que sienten que Dios los ha abandonado. Los que creen que la historia de la humanidad sigue un curso incierto. Los que entienden a Dios como un genio sabelotodo y consentidor que tiene que hacer lo que a nosotros nos parece. Y su llegada en la humildad tan infima de lo humano desconcierta porque abraza, llora, ríe, es frágil, es limitado. Y a la vez es eterno, infinito, Amor sin límites. Es todo en todos. Es como nosotros, uno de los nuestros, pero no deja de ser El, distinto de nosotros. Es invisible pero es visible. No rechaza nada de lo humano y le da sentido a todo lo humano. Parece un lejano punto de la historia, pero es por quien fueron hechas todas las cosas. Es Dios con nosotros.