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sábado, 2 de agosto de 2014

LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES

Hace muchos años atrás un hombre se había acercado a la comunidad donde yo vivía y, debido a mi oficio, debía atenderlo. Comenzó a hablarme sobre una investigación bíblica que estaba haciendo y que ya le llevaba mucho tiempo. El tema giraba en torno a la respuesta que Adán le había dado a Dios después de pecar. Según transcurría su explicación, intrincada y esforzada, me daba cuenta de que había algo que no quería o no podía decir y que era el verdadero motivo de su presencia allí.

Después que habló un buen rato, se quebró y comenzó a compartir que tenía una relación homosexual con un hombre casado. Había decidido dejar esta relación pero, a decir verdad, su vínculo afectivo era tan fuerte que no podía hacerse a la idea de ello. Una gran lucha en su conciencia lo puso frente a su realidad masculina, su vínculo con este hombre, la familia aquella en la que él interfería, en fin, suficientes motivos para ver condicionado su presente. ¿Qué respuesta debía darle yo? Este hermano se había acercado a un lugar religioso. Si lo hizo, ya es evidente que sus cuestionamientos iban hacia el fondo de su vida, hacia el núcleo de su relación, hacia Dios. Hacia el núcleo de su relación consigo mismo. Un cuestionamiento en el que buscaba una respuesta que él mismo no se podía dar. Se sentía atado por todo esto y oprimido por no poder resolver esto más primordial que era una gran desorientación de su identidad. ¿quién era él? ¿Hacia dónde iba su vida? ¿Por qué su vida dependía de una persona?

No apareció en su discurso, en ningún momento, el hecho de que había una cuestión moral en todo ello. Me refiero a la moralidad no sólo de sus actos, sino a la moralidad de sus puntos de referencia para encontrar respuestas. Si partía de sus afectos, terriblemente desordenados, ¿hacia qué puerto podían conducirlo? Ya su experiencia había sido catastrófica. Si sus sentimientos hubiesen sido el punto de respuesta, no habría cuestionamientos para hacerse. Y de hecho sus palabras y sus lágrimas pasaban por momentos de serenidad donde contaba con un dejo de nostalgia de pasiones vividas con aquel hombre. Esto no duraba mucho, porque al momento se sentía nuevamente en un abismo. Ya de por sí, pero oscuro para él, todo esto le estaba dando una primera respuesta: los afectos no son un punto de referencia para el bien o el mal; más bien son una expresión de adhesión hacia un bien o hacia un mal. Cuando los afectos en vez de provocar la serenidad y afirmar en la verdad provocan desorientación o conducen a afirmaciones intelectuales complejas y condenatorias de pensamientos opuestos, están indicando que hay una ausencia de verdad en lo que se vive y en lo que se ha decidido.

¿Por qué este hermano fue a un lugar a buscar una respuesta? ¿por qué no podía responderse a sí mismo? Quizá quiso simplemente huir de la posibilidad de pensar en todo esto y por ello el pretexto de sus elucubraciones bíblicas. Pero al huir hacia Dios es imposible enfrentarse consigo mismo. Y vuelto hacia El, hacia Dios, buscaba esta respuesta: ¿Dónde está el bien? ¿por qué no puedo aferrarme a lo que vivo? ¿por qué no tengo fuerzas para terminar con esto? Peligrosamente la ausencia de respuestas y querer seguir en donde estaba lo conducía hacia esos “agujeros negros” que pueden terminar con la negación de la propia existencia, con el suicidio.

Una mano tendida desde la existencia misma, desde el sentido del existir se acercaba a El. Para poder salir de donde estaba era necesario decirse que hay un bien y hay un mal. Que ese bien o mal no es mi elección en cuanto yo no la defino, aunque lo sienta así. Que puedo confundir lo bueno con lo malo y que por lo tanto, mis acciones tienen una moralidad necesariamente. Necesariamente estoy obrando bien o estoy obrando mal. El mal me conduce a la muerte y el bien a la vida. Al no ser yo el autor de este bien o de este mal en cuanto a ellos mismos, en cuanto a definir si esto es bueno y esto es malo de manera absoluta; alguien tiene que darme la respuesta y ese alguien no soy yo.

Si las respuestas recibidas son únicamente decirme lo que está bien y lo que está mal y ahí termina la cosa, me deja en un abismo peor. Descubro que soy malo e imposibilitado del bien. Me siento hundido en una burla que ahonda mi herida. Cuando el profeta Jeremías anunció de parte de Dios un llamado a conversión para Israel, indicándole que estaba obrando mal, no se contentó el Señor con señalárselos sino que los invitó a cambiar de conducta para que de ese modo no cayeran sobre ellos los males que el profeta les anunciaba (Jeremías 26, 13) Los profetas y los sacerdotes se dieron por ofendidos y quisieron condenar a muerte a Jeremías. La primera reacción es ofenderse porque se cuestiona la propia conducta. Los profetas y los sacerdotes de Israel no esperaban de Dios que les hablara mal de sí mismos. Dios tiene siempre que decirme cosas buenas, y él está de acuerdo con mis procederes porque yo quiero el bien, en otras palabras. No hay otro dueño del bien y del mal, soy yo quien decido lo que es bueno o malo. Y si algo no va bien, Dios tiene que venir en mi ayuda para confirmarme que soy bueno y que son los otros los que me hacen daño por envidia, por odio, por… no debe haber moralidad en mis actos, es decir, no pueden decirme bueno o malo.

Es paradójico que este hermano haya tenido entre sus pretextos para eludir su vida, aquella imagen de Adán vuelto contra Dios. Es precisamente la luz bíblica más fuerte en este sentido. Adán que quiere comer “del árbol del conocimiento del bien y del mal” quiere saber por sí mismo lo que es bueno o malo decidiéndolo, pero no contemplándolo. De todos los árboles del jardín del Eden Adán podía comer, menos de este. Este era sólo para contemplarlo. Este sólo lo podía cultivar Dios. Este horizonte de un bien que se conoce y que se ama, pero sobre el cual no se decide, es la base de la moralidad de los actos. Y es posible conocer el bien de nuestros actos, así como su mal. Conocerlo en el sentido de reconocerlo, de darnos cuenta que a pesar de que nuestros sentidos y hasta nuestros razonamientos parezcan indicarnos lo contrario algo es malo o bueno. Lo cual indica que, en ese caso, nuestros sentidos y nuestros razonamientos son equivocados. Este principio es el que permite el diálogo con los demás y la búsqueda de la verdad. Es también el que permite arribar a la verdad, la cual esta fuera de nosotros y nosotros no la definimos sino que la contemplamos.

A su vez descubrimos que la verdad es mucho más que nuestras vivencias. Que lo que somos es más que nuestras vivencias. Esto es fundamental. Cuando lo que somos se identifica con nuestras vivencias, estamos perdidos. Equivocadamente creemos que esto que vivimos es el límite de lo que somos, y cuando lo que vivimos es negativo nos arrimamos al abismo. Este abismo es ilusorio, no es la verdad, pero ¿quién nos hace entender que hay más? Reconocer el bien o el mal en nuestros actos concretos, en nuestras decisiones nos abre esa puerta. Una puerta que lejos de llevarnos a una desorientación mayor, motiva la vida para ir al encuentro de nosotros mismos. Para llegar a aquel lugar interior donde no decidimos, donde nos contemplamos, donde esta la verdad más intima de nosotros. Donde el amar o ser amados por alguien no define sino que expresa lo que hay más adentro de nosotros mismos. Donde no somos condicionados por nuestros afectos, ni engañados por nuestras decisiones. Donde no nos quedan dudas de que la vida es un compromiso.

Este compromiso lo descubrieron los jefes del pueblo y los ancianos de Israel ante aquel anuncio catastrófico de Jeremías. Ellos no se sintieron agredidos por su profecía, y dijeron: “nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios” (Jeremías 26, 16) Se sintieron contempladores de la verdad y el anuncio profético los invitaba al compromiso de un camino de conversión. Las palabras de Jeremías cuestionaban la moralidad de sus actos  y definían su porvenir desde su identidad. Ellos se sabían amados por Dios y miembros del pueblo elegido. Ese era el punto de referencia y no sus decisiones, sus actos. Ellos no eran sus decisiones ni sus actos, sino un pueblo elegido por Dios. Esta elección suponía un compromiso donde se obraba esa verdad: obrar como pueblo de Dios. Obrar que los comprometía personalmente y, al revés, que hacía que sus decisiones personales los involucrara como pueblo.


Versículos más adelante el libro de Jeremías nos deja un ejemplo triste de cuando no se quiere aceptar la verdad y se quiere manipularla, en una actitud ilusoria de que escondiéndola, persiguiéndola, y usando cualquier artimaña, por injusta que fuese, se logrará evitar el sufrimiento provocado por los propios malos actos o malas decisiones. Joaquím, rey de Israel, mando perseguir a Urías, otro que había profetizado en el mismo sentido que Jeremías. Y lo hizo matar (Jeremías 26, 23)

martes, 1 de julio de 2014

ENCONTRAR A DIOS

El Salmo 5 describe la actitud del creyente, muy distinta del que sabe que Dios existe: “Pero yo, por tu inmensas bondad, llegaré hasta tu Casa, y me postraré ante tu santo Templo con profundo temor” (v.8)

El punto de partida es la bondad de Dios. Esa bondad que uno redescubre a medida que piensa en el camino de la propia vida donde ha visto brillar el amor de un Padre que me condujo hasta el presente. Y es necesario salir al encuentro de este Padre, llegaré hasta tu Casa. Dios no es un Dios cósmico, presente en todo y ausente de todo. Por el contrario, es un Dios accesible, encontradizo, palpable. Y no es un decir, no es un simple darse cuenta. Es una realidad patente y perceptible por nuestros cinco sentidos. Una presencia que quiso dejarnos en Jesús, y Jesús que está entre nosotros hasta el fin del mundo. ¡Qué sabiduría, la del Señor, querer quedarse en los Sacramentos! Nuestros ojos ven los signos sacramentales, nuestros oídos escuchan su Palabra, nuestras manos tocan su Cuerpo, nuestra lengua gusta su Sangre, nuestro olfato siente el perfume de su presencia.

Como pasa con nuestros sentidos en cualquier situación, hay veces que el ruido no nos deja distinguir ni oír la melodía de la canción que nos gusta; otras veces, la multiplicidad de cosas para ver, la atracción de sus formas y colores, no nos dejan poner nuestra mirada en lo que verdaderamente nos es agradable y querible; otras veces el deseo de las cosas que excitan nuestros sentidos, nos hace olvidar o confundir lo que verdaderamente desea nuestro corazón y aquello que auténticamente satisface nuestras expectativas. Se hace necesario el silencio, ese que deja que resuene en nuestro interior aquella voz que nos llama, aquel que nos deja percibir la caricia de aquel consuelo que esperábamos; de aquella seguridad que no nos llega de ninguna parte, sino de lo alto. El silencio que nos lleva a “apagar” los ruidos  que distraen y fijar la mirada en lo que estuvo siempre delante de nosotros, pero que nuestras distracciones y confusiones nos impidió gozar. Cuando esa actitud llega, se apagan los temores, y los monstruos que parecen dominar el espacio y someternos haciéndonos sentir pequeñas criaturas indefensas, desaparecen.
MIRA QUE ESTOY A LA PUERTA, Y LLAMO....


Nos invade aquí ese profundo temor que dice el Salmo. Ese temor es conciencia de la grandeza  y el poder de Dios en cuyas manos está nuestra vida y que no queremos perder. Su grandeza y nuestra limitación. Su poder y nuestra fragilidad. Su amor y nuestra miserable ceguera y mezquindad que no nos dejó ver que estuvimos siempre envueltos en ese amor. Temor de Dios, don del Espíritu Santo. Se lo pidamos en el Nombre de Jesús. Se cumplirá la Palabra en nosotros: “Todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se los concederá”. Si le pedimos tantas cosas buenas pero pequeñas y vemos cuánto nos las concede, ¡cuánto más nos dará lo que es el deseo de su Voluntad cuando nuestra voluntad lo desee!

jueves, 19 de junio de 2014

NUESTRA VIDA ES UN FARO


La frase suena pedante. No es el enfoque con la que la escribo. Me impactó la Palabra que el Señor me dio en un discipulado, Eclesiástico 48, 12-18. Pensaba desde que era muy joven que si mi vida cristiana la vivía con intensidad llevaría a muchos a creer en el Evangelio, en su poder. La motivación fue buena, me permitió descubrir la esencia de mi Vida Religiosa, mi vocación. Lejos estaba de comprender un error.

La vida del profeta Eliseo fue ejemplar y prodigiosa, sin embargo, no provocó la conversión de las multitudes. Es el cuestionamiento fuerte que me hizo la vida del Beato Carlos de Foucauld, quien vivió en el desierto del Sahara como sacerdote eremita. En esas grandes soledades sólo pobladas por silenciosos y esporádicos beduinos, testimonió a Cristo en un silencio que no provocó la conversión de nadie. Sigue latiendo dentro de mí esa incógnita que también cuestiona el sentido de la Evangelización. En la página de la Escritura sobre Eliseo se demuestra que aquel faro, es una soledad en medio de un grande y oscuro océano. Una insignificancia donde lo valioso es la luz que irradia, la seguridad que da depende del marino que se acerca, la eficacia depende de que alguien pase por allí cerca. El faro es verdaderamente insignificante.
¿Y qué es significativo? Aquí la mentalidad  del mundo empieza a verse en mí con claridad. La eficacia no es un criterio del Evangelio. La constancia sí. La luz sí. El saber estar, permanecer, sí. Las tempestades rodean a un faro, pero el faro sigue siendo lo que es y no se va de allí. Su luz disminuye cuando las altas olas lo tapan, pero recupera su intensidad y reaparece a la vista cuando estas aguas bajan.
Amanecer en Casa San Charbel.
Dios mío, desde la aurora te busco.  (Salmo 62)

Así mi vida, la vida de cada discípulo de Jesús, de cada bautizado, o sea, tiene un valor intenso e inmenso si permanece siendo luz, como aquel faro. La sociedad parece ir por cualquier parte, y probablemente seguirá así, pero mi vida no dejará de ser luz. Quizá valorarán lo que soy aquellos que en medio de su tempestad alcancen a darse cuenta que detrás de una gran ola hay una luz esperándolos, diciéndoles en silencio dónde está la costa, qué camino los sacará del peligro. Pero en todo caso, el sentido de mi vida no está en que aparezca aquel extraviado, sino en el ser luz, en esa luz que es el gozo y el sabor de mi existencia.


“Ustedes son la luz del mundo…así debe brillar ante los hombres la luz que hay en ustedes.” (Mt. 5, 14.16)

domingo, 15 de junio de 2014

“Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella”. (Mt. 10, 12)


Palabras del Señor que vi concretamente vividas por el P. Julio Gotelli OSB, quien siempre saludaba diciendo: “La paz con vos”. Y era un hombre de paz. ¿Dónde estaba esa paz que él tenía y que transmitía? Encuentro dos fuentes. Una es ese vivir en la presencia del Señor que se traslucía en su discreta manera de estar siempre en oración. A veces, por las mañanas, sentado en el coro del Monasterio haciendo una oración silenciosa, con una mirada seria. Estaba tan en oración que cuando se encontraban nuestras miradas, si es que en ese momento entraba yo por allí, él permanecía en esa seriedad de rostro muy ajena a su jovialidad habitual. No era un rostro severo, sino una mirada sumergida en la grandeza de Dios, en su misterio, en la seriedad de su presencia. Gesto de la criatura que se sabe infinitamente pequeña frente al Padre de las luces.

Vivir en la presencia del Señor. Un testimonio que el mundo necesita. Recientemente lo hizo el Papa al invitar a los presidentes de Israel y Palestina a reunirse en oración con él. No los invitó a dialogar sobre el asunto, sino a elevar sus miradas al Padre de todos, a la fuente de la paz que comienza allí, desde el Cielo, de donde vino el que es el Príncipe de la Paz, Jesús, Nuestro Señor. Vivir en su presencia está lejos de tener un comportamiento moral correcto. También los hombres de buena voluntad (secretamente guiados por la gracia de Cristo) pueden tener un comportamiento moral bueno, y a veces más bueno que el de nosotros los cristianos. Vivir en su presencia es anterior a nuestros comportamientos. Se transforma en una actitud y en un modo de ver las cosas, los acontecimientos, la propia vida, el mundo. Eso hace que seamos artífices de la paz. Nuestro punto de referencia no está en las cosas que pasan ni en la insignificancia de nuestras experiencias, aunque ellas sean tan patentes a nuestro ser. Nuestro punto de referencia está en el Dios de la paz que habita en el corazón de los que creen. En su Reino, presente entre nosotros, Reino de paz y justicia, ambas cosas divinamente logradas en el momento de la cruz. En su amor por nosotros, tan infinito como su existencia, y que es renovador constante de nuestra identidad, de nuestra alegría, de nuestra esperanza. Que nos devuelve al campo de batalla con una mirada nueva. Desde ahí brota el obrar cotidiano que también responde a esa presencia de Dios. Se mueve por ese motor primero, ya no por lo que pasa, por lo que me hicieron, por lo que se merecen, por mi resignación a que las cosas son así.

Mi querido Padre Julio tenía otra fuente de paz: la escucha. La Regla de San Benito, que diariamente meditaba en el oratorio  inicia diciendo: “…inclina el oído de tu corazón”. Una invitación a escuchar la voz de Dios. Esta actitud se traslucía en los momentos en que hablaba con cualquier persona. Sea joven o  adulta. Sea un niño, un pobre habitante de los cerros tucumanos; P. Julio te escuchaba con una atención tan grande que podía encontrarte al año siguiente y preguntarte con detalle sobre lo que habías conversado con él. Se involucraba en lo que escuchaba compartiendo con los gestos la intensidad del relato: con una sonrisa, con seriedad, con asombro. Pero siempre leyendo desde el Señor eso que escuchaba para hacer luego acotaciones breves y cargadas de significado. Tus palabras ya habían pasado por su corazón. Esto lo hacía un hombre de paz, un hombre de reconciliación. Uno habla con un sacerdote cuando tiene algún lío entre manos. Su devolución era siempre desde la mirada del Señor, mirada desde la fuente de la paz. Al final del diálogo tenía la sensación de que había encontrado un sentido tan grande a lo que estaba viviendo que era difícil quedarse con algún mal sabor, aunque fuera dramático el hecho relatado.

Esta segunda fuente de la paz, la escucha. Es esta escucha de todo lo que pasa como un paso de Dios. Paso salvador. Paso de su Reino que contiene el sentido de lo que vivimos. Su verdadero sentido.


Señor, hazme un instrumento de tu paz. 

domingo, 4 de mayo de 2014

¿LA CARNE O EL ESPÍRITU? UNA LUCHA O UNA REVISIÓN DE NUESTRO MODO DE VIVIR.

Romanos 6, 1-18
Descubrir en nuestro interior situaciones históricas y muy existenciales que nos limitan, que nos hacen sentir “monstruos”, que parece que no podremos nunca dominar o vencer; nos puede llevar a un sentido pobre de la fe. A sentirla como un bálsamo en medio de una realidad inexorable de limitación que nos llevará a vivir continuamente disconformes con nosotros mismos, o fracasados en nuestro intento de ser distintos, de ser santos en definitiva.
El triunfo de Cristo, el hombre nuevo, en nosotros se presenta desde ese punto de vista, como un triunfo puntual, de determinadas cosas de nuestra vida. La experiencia de querer ser hombres de fe se limita a un sentir espiritual al que se opone una realidad más fuerte que nosotros: nuestra corporeidad, nuestra carnalidad. Lo podemos reconocer en frases que vienen a nuestros labios en esos momentos: “Después de todo, soy humano”; “tampoco soy un santo”. Este es el sentido en el que San Pablo nos habla de la Ley que multiplicó las trasgresiones (Rom. 5, 20). Esto es, el hecho de que apareciese una forma de conducta, de vida cristiana, nos hace la vida cuesta arriba, porque lo que allí se propone nos supera.
¿Debemos seguir pecando para que abunde la gracia de Cristo? ¿Debemos sentirnos derrotados y suplicar por cada cosa puntual que vivimos como si la fe fuese sólo pedir perdón de la inevitable falla en la que caeremos sin remedio? ¡Ni pensarlo! ¿Cómo es posible que los que hemos muerto al pecado sigamos viviendo en él?
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte. Hemos muerto al pecado, no existe un vínculo que nos obligue a pecar. Esto nos quiere decir la Palabra de Dios. Y no es un propósito piadoso, sino una realidad existencial. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Esta frase es más que una aseveración teológica, es existencial, es teologal. Vivos en Cristo Jesús es vivos, resucitados, desprendidos de toda limitación en nuestra unión con El. Así lo confirman las palabras de Pablo: “no vivo yo, sino Cristo vive en mí” (Gal. 2, 20) Y muertos al pecado es muertos con Cristo, experiencia de haber experimentado el silencio de la muerte en el sepulcro. Acción que sólo Dios podía realizar y que la hizo en la experiencia de la misma carne que nosotros experimentamos como lugar de contradicción y un día, como lugar de muerte, cuando sepulten este, nuestro cuerpo, como fue sepultado el de Jesús. El dinamismo de la fe, palabra clave, es hacer continuamente esta doble experiencia de muerte y vida, pero muerte y vida en Cristo.
No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales. Esta dicotomía entre cuerpo y espíritu que pocas veces San Pablo menciona, nos confirma la experiencia que vivimos cada día. Hay otro yo, ese que no quisiéramos ser. Ese que se mueve por las pasiones, en los lugares ocultos del alma que aflora con las heridas. Ese que aparece en cualquier momento. A ese le ponemos un parate. Considérense muertos al pecado, nos dice Pablo. No hagan de sus miembros instrumentos de injusticia al servicio del pecado. Su llamado, una exhortación, es un llamado a nuestra voluntad. Un compromiso voluntario, y dependiente de una decisión. A la acción de Dios le corresponde la acción del hombre. Y podemos decir, en igual compromiso. Aquí está el Dios de la Alianza, como en aquella ocasión la hizo con Abraham. Le hizo una promesa y este salió de su gente y de su pueblo, y caminó hacia el lugar que el Señor le mostraría, pero no se lo mostró, sino que lo llevó de día en día. Este caminar, este peregrinar de Abraham, lo hizo padre de los creyentes. Ante la promesa, Abraham caminó, no se detuvo. Y encontró muchas dificultades en el camino que fue resolviendo siempre amparado en la promesa del Señor.  El le había prometido una descendencia numerosa, y Abraham sólo vio un hijo. Hasta el fin de sus días, este hombre de alianza se sostuvo por la Promesa recibida. Aún en la oscuridad de la noche, como lo expresa aquel Himno de Completas de la liturgia monástica: “Abraham contaba tribus de estrellas cada noche, de noche resonaba la voz de la Promesa”.
Promesa, alianza y realidad existencial se conjugan y pueden parecer otro dispararse a ideales. No es así en la consideración de San Pablo: “No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales obedeciendo a sus malos deseos”. Hay malos deseos, están, y cada día aparecen en el momento menos esperado. El hombre nuevo, creado en Cristo, el peregrino, no es un ángel, ni un santo confirmado en gracia. Es un hombre de obediencia. Podría haber dicho de combate; pero el combate parece más la consecuencia que la razón. En razón de la obediencia sigue el combate. La obediencia a esa voz de Dios, a su Alianza, a su llamado, a la acción de la gracia; compromete y hace real el hombre nuevo. Pero ¿qué pasa si encuentro limitaciones en mi psiquis que me impiden dar esa respuesta obediente que de verdad deseo?
Abraham fue un caminante. El obediente es caminante. Si me hace falta una ayuda para superar obstáculos que sin ella no podría, entonces debo tener la humildad de pedirla. Lo que importa es la meta, lo que me orienta para reconocer si camino es el Plan de Dios, lo que me sostiene en la dificultad y me hace ser decidido en superar mis obstáculos con la ayuda de otros es la fe. Fe en el poder de Dios que obra a través de esas mediaciones humanas.

“Que el pecado no tenga ya dominio sobre ustedes, ya que no están sometidos a la Ley sino a la gracia” Esta es la realidad de Dios y su parte en la Alianza. La gracia. Ya no estamos sometidos, ya no hay una limitación insalvable. Es una realidad y no sólo un deseo. Una obra de Dios que es más poderoso y creador de nuestra vida. ¿O podemos decir que la naturaleza, que Dios creó, tiene más poder que Él? ¿Podemos decir que la realidad de nuestra fragilidad, de nuestro ser pecador, es más real que la realidad de Dios, creador de todas las cosas? El Plan de Dios, aunque tiene una meta, es un Plan presente y actuante, y por la obediencia de la fe, entramos decididamente en él con nuestros cuerpos mortales, aunque tenga malos deseos, aunque necesite mediaciones humanas, aunque deba renovar continuamente la Alianza.