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domingo, 14 de diciembre de 2014

DIOS, EL UNIVERSO O COMO QUIERAN LLAMARLO

Escuchaba con gran interés un programa por radio Rivadavia porque difunde valores cristianos. Todo venía bien, hasta que en un momento dado, su conductor, que parece católico, para hacer referencia al origen de un determinado bien que quería destacar dijo: “atribúyanlo a Dios, al Universo, a la suerte, como quieran llamarlo”. Días después, consultando a una mujer que reside en el extranjero, ella decía que “gracias al Universo”… El colmo fue en este día en que escribo estas líneas, otro locutor participante del programa, con gran entusiasmo, hizo referencia a un hombre concreto que hoy “concentra energía del Universo como en otro tiempo otros maestros, como Cristo y después Buda”. Como si fuera poco, hizo luego una interpretación de la Sagrada Escritura refiriéndose a la Transfiguración del Señor diciendo que era “ tan grande la concentración de energía cuántica debido al amor que Jesús en ese momento expresaba que hizo una explosión de luz”. Quien confiesa la fe en Jesucristo, me conozca y lea estas líneas quizá reirá por leer esto. Pero a mí me impresionó profundamente.

Lo que me impresionó es la percepción de estas personas respecto de Cristo. El primero, que por indicios pero no por confesión de fe, parece católico, no se atreve a mencionar al Padre Dios como convicción personal. Un efecto claro de la new age que pretende, con el prurito de respetar las creencias, mezclar todo tipo de convicción sobrenatural con las ideas en boga. De ese modo, y como lo advierte la Encíclica Evangelium gaudium, del Papa Francisco, se niega de hecho el conocer a Dios y se considera que se es imposible hacer una afirmación sobre él. La segunda, equipara el Universo con Dios mismo. Pone en un mismo nivel la creatura con el Creador. De ese modo, Dios es lo material, lo creado, lo desconocido por el hombre hasta ahora, pero por la ciencia, puede ser infinitamente conocido. El tercero, el más entusiasmado y convencido, equipara a Cristo con otros personajes poniéndolos al mismo nivel. Lo deja como una creatura capaz de concentrar fuerzas de la naturaleza, lo deja como un ser especial que no escapa a ser una simple parte del Universo, pero que ya no es el Hijo del Dios vivo, no es el Verbo hecho hombre, ya no es el único Maestro de sus discípulos.

Mi conclusión es la ausencia de la Evangelización. Es que los católicos no somos capaces de definir quién es Jesucristo. ¿Quizá tenemos vergüenza? No somos capaces de dar una palabra clara sobre Dios. No somos capaces de dar un testimonio convincente como argumento a favor del Evangelio de Cristo. O quizá todavía dudamos de si hay un solo Maestro o nos hemos convencido de aquella otra frase de la new age: “al fin y al cabo es el mismo Dios”. El argumento que aquí reflejo sobre un hecho concreto al comienzo de este escrito demuestra lo patética de esta frase que termina desdibujando el Santo Nombre de Dios que nos ha sido revelado en Jesús.

Alguno pensará que con un buen testimonio de solidaridad, amistad, buena onda alcance para ser testigos de Jesús. Bien, les diré que en el mismo programa se habla de solidaridad, amistad y buena onda sin que a nadie se le mueva un pelo por vincularlo con Jesucristo, ni tampoco se piense o se crea  que es debido al Espíritu de Jesús que aquellas buenas obras se realicen. Está de moda la solidaridad, no es un camino de por sí convincente para provocar el acto de la fe en alguien.
Intuyo que el tiempo de la Nueva Evangelización requiere como ingrediente más necesario de nuestra época que al buen comportamiento y solidaridad de un cristiano se agregue la convicción mediante las palabras, y palabras claras, concretas y directamente referidas a la persona de Cristo. Una idea muy clara del sentido de la creación, del creador, del sentido de la historia humana.

Pero todo esto puede ser inútil si no se entiende, por parte del testigo de Jesús, que todo el bien que se hace por ser testigo no proviene del ingenio personal, o como un proselitismo sectario; sino del don sobrenatural de la fe recibido del Espíritu Santo; de los dones y carismas que se ejercen con responsabilidad y largueza. Del fuego de la caridad que proviene de Dios. A la fe habrá que unir la oración porque es en la oración donde la inteligencia se ilumina para dejar el razonamiento de este mundo y entrar por la caridad divina en la mente de Dios, en su pensamiento, en su obra, en su querer. Por eso quien dice no tener tiempo para orar es porque ya ha sido atrapado por el ritmo del mundo y no podrá ser testigo de Jesús porque no quiere entrar en el tiempo de Dios, en el ámbito donde se descubre el auténtico valor y lugar de las cosas. Un síntoma claro es cuando entendemos que la oración es algo que hacemos cuando “nos dedicamos a la religión”, o que no hacemos porque “tenemos cosas muy importantes que hacer”. Como si la vida misma fuera menos importante que las cosas que hacemos.

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mateo 16,26)
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”(Juan 15,8)Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19)

 “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra".(Hch 1:8)


Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". (Juan 20,21)

viernes, 10 de mayo de 2013

LO NATURAL Y LO ARTIFICIAL

Leyendo a Arturo Paoli en su libro "La raíz del hombre" me ha aclarado unos puntos que no podía hilar. Cuál es la relación del hombre con la naturaleza, y cuál esa relación de tal modo que, a la vez, nos humanice. Distingue contemplación de uso. Parece fácil verlo. Pero resulta que las vacaciones en islas paradisíacas, hoteles con palmeras brillantes, jardines prolijos, etc. son un mundo de plástico para el consumo pero no para la contemplación. No comprometen, no sacan de sí mismos, estan hechos para la autosatisfacción y el placer por el placer. Lo natural al servicio de mi ego. Mientras que la relación con la naturaleza pasa por el hecho de descubrir lo que ella me dice y me humaniza.

La idea ilumina. Cuando vemos protestas por bosques desvastados o cálculos económicos sobre lugares planetarios, decisiones de explotaciones que tienen por norma lo económico sin importar lo que la naturaleza dice... entonces llega su manipulación y destrucción, y consecuentemente, la destrucción del hombre mismo. Miremos nomás el hecho del llamado "matrimonio igualitario", ¿no es una contradicción con la naturaleza que hasta hemos decidido decir de ella que es una construcción de nuestra cultura? Con ello hemos perdido la objetividad de las cosas, las cosas ya no son por sí mismas sino que son si yo quiero que sean. O sea, hemos llegado a tal tiranía que queremos someter a nuestros caprichos ideológicos o a nuestras pasiones desordenadas lo que tiene que ser objeto de contemplación y maravilla.

Los antiguos filósofos hablaban de "asombro". En esto estaba la contemplación y las ideas. Y aunque navegaron por mundos a veces raros, su autenticidad estaba en el hecho de que no querían manipular la realidad como intención de fondo, sino dejarse impregnar por lo que ella dice. Los filósofos de medios de hoy, parten de la ideología y la aplican a la realidad. La gran diferencia es el sometimiento a la ideología de moda y la imposibilidad de encontrar la verdad. Quizá por eso el relativismo ganó terreno. Cada uno interpreta a su manera porque el punto de partida de la verdad es uno mismo y no la verdad de las cosas. Son puntos buenos para considerar a la hora de ponernos a decidir qué pensamos y actuamos en consecuencia.

Pero también me responde a otra cuestión: el naturalismo. Los naturistas, que los hay variados, van de los que encuentran hasta cosas mágicas en la naturaleza a los que esperan volver hacia atrás, al hombre que vive en armonía con la naturaleza "como era antes". Pero el ayer ya pasó y por más que lo queramos afrerrar no podemos. La realidad está hoy, aquí. Pareciera que no podemos sacar de este punto nada en concreto, pero no. Volver a la raíz de la comunión con la naturaleza en el hombre de la técnica, es considerar que lo económico ni lo tecnológico pueden ser los dominadores de la naturaleza. El hombre armónico es el que sabe que hay leyes inscritas en las cosas y que no puede violarlas a riesgo de perderlas y perderse. A riesgo de destruirlas para siempre y de destruirse. Este era el hombre del pasado. Quizá en aquella época no tenía el conocimiento ni las posibilidades de sacar más provecho positivamente de lo natural; y ese era un límite a sus ambiciones de dominio. Pero el hombre de hoy, teniendo mucho más en sus manos para vivir más humanamente, usa su conocimiento para explotar, para dominar y servirse egoístamente de lo que está delante de él.

Como ha pasado y pasará en el funturo: se trata de que cambiemos de corazón y aprendamos a vivir en el amar y servir. Y esto no lo da la ciencia ni la técnica ni la ideología. Sólo lo da el contemplar, aceptar y obrar.