sábado, 17 de mayo de 2014

EL BUEN PASTOR

La jornada del Buen Pastor ha venido a nosotros en un momento de la vida de la Iglesia marcado por una nueva expectativa sobre la vida ministerial. ¿Cómo estarán en otras latitudes? En la nuestra aún percibo dos influencias que van haciendo nacer una nueva visión de la pastoralidad en la Iglesia. Una es la dicotomía entre la visión “desde los pobres” que en algunos espacios eclesiales ha sectorizado y orientado decididamente la acción evangelizadora. La otra una distancia abismal entre la vida común de los cristianos y la acción ministerial. La conciencia clara de que los métodos, las costumbres y los modos en que se lleva a cabo la acción ministerial están dejando las cosas como están, y los fieles “se nos van de las manos”. Hay muchas realidades concretas que no están siendo suficientemente iluminadas por el Evangelio y son lugares que exigen una presencia. ¿Cómo llegar como ministros del Evangelio hasta allí? Personalmente creo que esos lugares donde la ausencia del Evangelio está se deben a que los laicos no ocupan su lugar, pero, a su vez, estos no se sienten impulsados por los pastores a hacerlo. Existen nuevas corrientes de espiritualidad laical que los llevan a vivir en forma pietista, muy de devociones nuevas. Antes eran las cofradías de la antigua devotio moderna. Ahora son las formas de espiritualidad individualista y que busca ir al encuentro de una gran necesidad de las personas: su incapacidad para resolver situaciones problemáticas desde una acción divina. No sé si me salió bien la frase, los hechos son que la gente recurre a la superstición cuando ve que no encuentra una salida para situaciones problemáticas. Recurre también a la brujería cuando, ante esas situaciones problemáticas, decide torcer de algún modo el camino inexorable de sus malas decisiones o sus caprichos. O bien, la gente se va al protestantismo con mucha facilidad porque allí encuentran una respuesta a esa sed de la acción de Dios en sus vidas.

Percibo que esto indica una distancia entre la acción de la gracia de Dios, particularmente de los Sacramentos y la vida cotidiana. Una ausencia de la paternidad espiritual, que ahora quiso llamarse “acompañamiento” pero que sigue siendo una rareza porque la gente, literalmente, no es escuchada. Los sacerdotes estamos demasiado “ocupados” para eso. Las estructuras de pastoral se volvieron nuestras principales acciones, pero  no el trato cara a cara con los fieles. Me parece que es algo distinto del “olor a oveja” recomendado por el Cardenal Bergoglio y luego por el Papa Francisco, pero tiene mucho que ver. Tal vez los fieles entendieron que la vida sacramental es algo que hay que hacer, pero no la fuente de vida de gracia, el lugar del encuentro con Jesús vivo.

Algunos achacan esto al hecho de que la celebración de los Sacramentos es aburrida. Y por eso buscaron popularizar los Sacramentos mediante muchos gestos y acciones dentro de la Liturgia para hacerla divertida. He percibido que el resultado final fue que la gente está contenta con el sacerdote porque es “piola”, porque es cercano y porque le entienden. Pero pocas veces he escuchado que esto los llevara a una mayor cercanía hacia Jesús y un propósito de conversión y de acompañamiento (o dirección) espiritual. En mi experiencia  personal he visto que celebrar los Sacramentos como están indicados para toda la Iglesia pero poniendo alma y corazón en los gestos, la recitación de las oraciones y preparando la predicación atentos a la Palabra de Dios y a la situación de las personas que están delante; genera una participación activa de los fieles y encuentran en la Eucaristía, principalmente, su lugar de encuentro personal con Jesús; y con el trato cercano del sacerdote, consecuentemente, se sienten parte de una Comunidad. Espiritualidad personal y eclesialidad se conjugan entonces en el Sacramento de un modo vital. Lo demás: atención de los necesitados por parte de la comunidad, inserción en los ambientes, formación para el pensamiento y la acción, surgen de acuerdo a la creatividad del sacerdote que orienta. Bueno, parece una super enseñanza magisterial, pero es más una vivencia y una conclusión de lo que veo positivo para llegar hasta esos lugares que aún la Iglesia no llega.

Y volviendo al tema, esas formas de espiritualidad que llevan a la búsqueda de respuestas para sí mismo entiendo que son una parte del camino. Necesaria, pero una parte del camino. Y siento que el magisterio pontificio apunta a ese segundo aspecto de acción evangelizadora, y que no apunta ya a lo primero: la satisfacción de las necesidades espirituales inmediatas de la gente. Esto me parece una acción del Espíritu Santo. Es verdad que la Iglesia se estaba quedando mucho, y necesita tomar su protagonismo en la evangelización de las realidades de la sociedad, y por eso se hace aún más urgente. En el Papa Pablo VI con la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, el tema de la incidencia del Evangelio era una enunciación de principios. En el Papa Francisco, en su Exhortación sobre la Evangelización “Evangelium Gaudium”, el tema de la incidencia del Evangelio es una orientación práctica y concreta que él mismo se propone testimoniar con sus gestos.


Ambas cosas, espiritualidad personal y acción concreta, son lo que necesitamos vivir intensamente. No hay duda.  

miércoles, 14 de mayo de 2014

MIRA QUE ESTOY A LA PUERTA, Y LLAMO

En estos días he recordado a Pedro. Este señor vecino de la Parroquia de N. S. de Luján y S.Pedro y S. Pablo de Campana, lo conocimos cuando se acercó para pedir una bendición para su esposa. Su señora llevaba más de 10 años, creo que 14 o 16 años, en cama enferma. Ya no podía hablar ni mover sus brazos. Pedro le daba de comer en la boca, la cambiaba, la bañaba, y estaba sentado a su lado durante casi todo el día. El mismo limpiaba la casa y cocinaba.

Mientras estaba al lado de su esposa, leía las Sagradas Escrituras. Cuando niño había vivido en el campo y él sabía que había sido bautizado, pero no tenía más noción de la fe. Ya entonces se interesó por conocer a Dios y pensaba que para acercarse a El tendría que leer la Biblia. Se compró una y comenzó a leerla. Siempre en el campo, nadie lo instruyó para que lo hiciera. Por sí mismo aprendió lo que eran los capítulos y versículos. Y meditaba lo que leía. Me decía que no podía comprender muchas cosas, pero sabía que era Dios el que hablaba y eso le bastaba en algunos momentos, que en realidad no sabía nada. Entrando en diálogo con él, podía darme cuenta que eso último era lo único que no era cierto de su afirmación. Pedro tenía la sabiduría que da el Espíritu Santo a quien se acerca por la fe las Sagradas Escrituras. Y un detalle de su narración me lo confirmó.
Alguna vez, viviendo él ya en la ciudad, llegaron los Testigos de Jehová y lo invitaron a sus reuniones. Le explicaron algunas cuestiones de la Biblia en esa visita; y él fue a esas reuniones. Su interés era saber más sobre Dios y encontraba una posibilidad en esa invitación. No tardó en darse cuenta que eso no era, que no era de Dios. El había leído las Escrituras por mucho tiempo, y sentía en su corazón que lo que ellas decían no era lo que los Testigos de Jehová le transmitían y dejó de ir. Quién iba a decir que aquellas palabras de la Constitución sobre la Divina Revelación (Dei Verbum) del Concilio Vaticano II que afirma que, los fieles, mediante la meditación asidua de la Escritura ayudan a toda la Iglesia a profundizar en su conocimiento; las vería cumplidas en la vida de este hombre del campo, venido a la ciudad y operario de fábrica, guiado por el amor a Dios y al prójimo (en la vida de su esposa)

No pasó mucho tiempo y su esposa falleció. Su dolor fue grande, y allí fue la segunda lección de vida y de fe que este querido hermano me dio. Le costó mucho asumir la ausencia de su esposa. Pero su señora ya llevaba ausente muchos años, aunque para él no. Su amor, profundamente humano, lo había llevado a esa comunión que trasciende lo puramente físico, e incluso, el legítimo querer una compañera que se ocupara de él. No, él entendía el amar como el ocuparse de la amada. ¿No es ese el verdadero amor de pareja? Ya se había olvidado lo que era salir a pasear, o ver un paisaje lindo. No conocía desde hace años más que el estar al lado de esa persona tan amada que llenaba sus días y a la que valía la pena atender con tanta dedicación.
 Pedro sabía que él era católico, pero era lo único que sabía de su fe. Claro, también sabía que tenía que hacer la Primera Comunión, aunque no sabía muy bien qué significaba. Lo invité a comenzar a prepararse para ese Sacramento y para la Confirmación también. En ese momento habíamos comenzado en la Parroquia a hacer Círculos Bíblicos en los que él participó. De él aprendí a buscar una página bíblica con un particular mover la esquina de las páginas con un solo dedo. Hasta hoy lo uso, y, cada vez que lo hago, su imagen se presenta a mi memoria.

Una enfermedad tan cruel como rápida, puso fin a sus días entre nosotros. El Señor me dio la gracia de poder asistirlo con el Sacramento de la Unción que recibió con esa fe inquebrantable largamente probada. Sé que todos esos momentos a los pies del Maestro, escuchando su Palabra, hoy han dado para él el fruto magnífico del secreto que contienen: la vida eterna. Me gustaría compartirles una foto de él, pero no la tengo escaneada, y, donde vivo, no tengo esa posibilidad.


Gracias, Pedro, por haber llegado un día a golpear la puerta de nuestra casa. Gracias porque tan sólo tu vida valió la pena de todas las alegrías, tristezas, esfuerzos y trabajos de vida pastoral en aquella Comunidad. Has sido un consuelo para mi discipulado y un estímulo para amar más la Palabra de Dios. Que el Señor me conceda un corazón de niño como el tuyo así podré entrar en el Reino de los Cielos. Amén!!

domingo, 4 de mayo de 2014

¿LA CARNE O EL ESPÍRITU? UNA LUCHA O UNA REVISIÓN DE NUESTRO MODO DE VIVIR.

Romanos 6, 1-18
Descubrir en nuestro interior situaciones históricas y muy existenciales que nos limitan, que nos hacen sentir “monstruos”, que parece que no podremos nunca dominar o vencer; nos puede llevar a un sentido pobre de la fe. A sentirla como un bálsamo en medio de una realidad inexorable de limitación que nos llevará a vivir continuamente disconformes con nosotros mismos, o fracasados en nuestro intento de ser distintos, de ser santos en definitiva.
El triunfo de Cristo, el hombre nuevo, en nosotros se presenta desde ese punto de vista, como un triunfo puntual, de determinadas cosas de nuestra vida. La experiencia de querer ser hombres de fe se limita a un sentir espiritual al que se opone una realidad más fuerte que nosotros: nuestra corporeidad, nuestra carnalidad. Lo podemos reconocer en frases que vienen a nuestros labios en esos momentos: “Después de todo, soy humano”; “tampoco soy un santo”. Este es el sentido en el que San Pablo nos habla de la Ley que multiplicó las trasgresiones (Rom. 5, 20). Esto es, el hecho de que apareciese una forma de conducta, de vida cristiana, nos hace la vida cuesta arriba, porque lo que allí se propone nos supera.
¿Debemos seguir pecando para que abunde la gracia de Cristo? ¿Debemos sentirnos derrotados y suplicar por cada cosa puntual que vivimos como si la fe fuese sólo pedir perdón de la inevitable falla en la que caeremos sin remedio? ¡Ni pensarlo! ¿Cómo es posible que los que hemos muerto al pecado sigamos viviendo en él?
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte. Hemos muerto al pecado, no existe un vínculo que nos obligue a pecar. Esto nos quiere decir la Palabra de Dios. Y no es un propósito piadoso, sino una realidad existencial. Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Esta frase es más que una aseveración teológica, es existencial, es teologal. Vivos en Cristo Jesús es vivos, resucitados, desprendidos de toda limitación en nuestra unión con El. Así lo confirman las palabras de Pablo: “no vivo yo, sino Cristo vive en mí” (Gal. 2, 20) Y muertos al pecado es muertos con Cristo, experiencia de haber experimentado el silencio de la muerte en el sepulcro. Acción que sólo Dios podía realizar y que la hizo en la experiencia de la misma carne que nosotros experimentamos como lugar de contradicción y un día, como lugar de muerte, cuando sepulten este, nuestro cuerpo, como fue sepultado el de Jesús. El dinamismo de la fe, palabra clave, es hacer continuamente esta doble experiencia de muerte y vida, pero muerte y vida en Cristo.
No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales. Esta dicotomía entre cuerpo y espíritu que pocas veces San Pablo menciona, nos confirma la experiencia que vivimos cada día. Hay otro yo, ese que no quisiéramos ser. Ese que se mueve por las pasiones, en los lugares ocultos del alma que aflora con las heridas. Ese que aparece en cualquier momento. A ese le ponemos un parate. Considérense muertos al pecado, nos dice Pablo. No hagan de sus miembros instrumentos de injusticia al servicio del pecado. Su llamado, una exhortación, es un llamado a nuestra voluntad. Un compromiso voluntario, y dependiente de una decisión. A la acción de Dios le corresponde la acción del hombre. Y podemos decir, en igual compromiso. Aquí está el Dios de la Alianza, como en aquella ocasión la hizo con Abraham. Le hizo una promesa y este salió de su gente y de su pueblo, y caminó hacia el lugar que el Señor le mostraría, pero no se lo mostró, sino que lo llevó de día en día. Este caminar, este peregrinar de Abraham, lo hizo padre de los creyentes. Ante la promesa, Abraham caminó, no se detuvo. Y encontró muchas dificultades en el camino que fue resolviendo siempre amparado en la promesa del Señor.  El le había prometido una descendencia numerosa, y Abraham sólo vio un hijo. Hasta el fin de sus días, este hombre de alianza se sostuvo por la Promesa recibida. Aún en la oscuridad de la noche, como lo expresa aquel Himno de Completas de la liturgia monástica: “Abraham contaba tribus de estrellas cada noche, de noche resonaba la voz de la Promesa”.
Promesa, alianza y realidad existencial se conjugan y pueden parecer otro dispararse a ideales. No es así en la consideración de San Pablo: “No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales obedeciendo a sus malos deseos”. Hay malos deseos, están, y cada día aparecen en el momento menos esperado. El hombre nuevo, creado en Cristo, el peregrino, no es un ángel, ni un santo confirmado en gracia. Es un hombre de obediencia. Podría haber dicho de combate; pero el combate parece más la consecuencia que la razón. En razón de la obediencia sigue el combate. La obediencia a esa voz de Dios, a su Alianza, a su llamado, a la acción de la gracia; compromete y hace real el hombre nuevo. Pero ¿qué pasa si encuentro limitaciones en mi psiquis que me impiden dar esa respuesta obediente que de verdad deseo?
Abraham fue un caminante. El obediente es caminante. Si me hace falta una ayuda para superar obstáculos que sin ella no podría, entonces debo tener la humildad de pedirla. Lo que importa es la meta, lo que me orienta para reconocer si camino es el Plan de Dios, lo que me sostiene en la dificultad y me hace ser decidido en superar mis obstáculos con la ayuda de otros es la fe. Fe en el poder de Dios que obra a través de esas mediaciones humanas.

“Que el pecado no tenga ya dominio sobre ustedes, ya que no están sometidos a la Ley sino a la gracia” Esta es la realidad de Dios y su parte en la Alianza. La gracia. Ya no estamos sometidos, ya no hay una limitación insalvable. Es una realidad y no sólo un deseo. Una obra de Dios que es más poderoso y creador de nuestra vida. ¿O podemos decir que la naturaleza, que Dios creó, tiene más poder que Él? ¿Podemos decir que la realidad de nuestra fragilidad, de nuestro ser pecador, es más real que la realidad de Dios, creador de todas las cosas? El Plan de Dios, aunque tiene una meta, es un Plan presente y actuante, y por la obediencia de la fe, entramos decididamente en él con nuestros cuerpos mortales, aunque tenga malos deseos, aunque necesite mediaciones humanas, aunque deba renovar continuamente la Alianza. 

miércoles, 3 de julio de 2013

MOVER UNA ESTATUA O HACER ENTRAR GENTE

Que lo simbólico tiene que dar lugar a lo real es sin duda la meta de quien quiere vivir un ideal. Me lo planteaba al pensar en mi vida como cristiano y como religioso. Muchas de nuestras cosas se plasman en gestos simbólicos y esto es bueno: el padre da un beso a su hijo porque es el símbolo de que lo ama. Pero bien sabemos que lo simbólico puede ser sólo una apariencia porque si ese padre no se preocupa si su hijo está enfermo, tiene un problema o necesita ser acompañado; entonces el símbolo del beso pierde toda significación.

Algo así sentí cuando vi la foto de Cristóbal Colón en el piso y los aborígenes Qom en la plaza. Y reflexioné si yo mismo no seré así de simbólico con mi fe cristiana. Si encuentro gran gozo en comulgar sintiéndome hermano de todos, o si mis gestos concretos que abrazan al hermano, que "lo hacen entrar" en mi vida. Y para no dar lugar a los que contraponen una cosa con otra, hay que recordar que la comunión eucarística no es un símbolo, sino una realidad. A diferencia del ejemplo aludido, la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo hacen ya la comunión fraterna simplemente porque va más allá de las mezquindades de nuestros condicionamientos personales o históricos.

Es claro que, sin embargo, esa comunión ya lograda, puede quedar frustrada si no doy el paso de ir al encuentro del otro. Es mi gran cuestionamiento. Si mi comunión eucarística queda sólo en eso, es una cuestión ideológica; si mi comunión eucarística es un empuje y una realidad para mi comunión con el hermano, entonces es una realidad que hace nacer y mantiene vivo un ideal. A veces siento que todavía hay muchos cristianos que ven a la comunión del Cuerpo eucarístico como una consolación espiritual, como una vivencia de Dios desencarnado, de un premio de las propias acciones, o de otra forma que lejos de llevar a buscar al otro, aisla del otro.

¡Toma mi barro y hazme de nuevo!

domingo, 16 de junio de 2013

CONOCER A DIOS

Es frecuente encontrar a gente que te dice "es lo mismo cualquier religión", o "es el mismo Dios en todos lados". Es curioso que también la misma gente, en muchos casos, al decirlo, tampoco tiene una relación con él. No tiene una religión o bien, no tiene una relación con Dios. Es tan lo mismo que es lo mismo que nada.

Las experiencias conocidas de los fanatismos religiosos reafirman el otro pensamiento muy ligado a estos: "es mejor ninguna religión".

En conclusión, una desilusión de la posibilidad de entrar en la presencia de Dios, de conocerlo y de que signifique algo más que el hecho de explicarnos a nosotros mismos quiénes somos y cuánto valor tenemos. Así, Dios se ha convertido en un personaje simpático para unos, que bendice, que hace milagros; y que, en otras ocasiones, es digno de enojo por no haber hecho, por no haberse acordado, por no haber impedido, porque hay injusticia en el mundo, por... todos los males que nos suceden y de los que no se hace cargo.

Uno y otro Dios, el de los fanáticos, el de los enojados, el de los indiferentes, es un Dios manejable, manipulable, que es el todopoderoso de acuerdo a mi parecer, a mi querer. Para completar el cuadro no faltan los que dicen que ese Dios eterno y todopoderoso, la suma bondad y el bien debe ser inasible, debe estar por encima de nosotros y hasta de nuestras necesidades, porque es tan perfecto y tan eterno que llegar a él y alcanzar la unión con él es posible cuando salimos de nosotros mismos, de nuestros sentidos y hasta de nuestras experiencias, porque esas experiencias son las que lo limitan y terminan haciendo una caricatura de él.

Muchos católicos así lo viven, de un modo y de otro. ¿Y cuál de todos estos es tu Dios?

Cuando Felipe le dice a Jesús "muéstranos al Padre y eso nos basta" quiere llegar a ese Dios imaginado a causa de la predicación de Jesús. Para Felipe, que se ha ido formando una imágen de Dios al escuchar a Jesús, ese Dios está en alguna parte, pero no está donde él, Felipe, está. La respuesta del Señor es contundente "¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces? Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre". La pretensión de Jesús es realmente audaz. Felipe, y todos los discípulos, lo que han visto es a Jesús, el hijo de María. Los mismos habitantes de Nazaret tenían esa mirada sobre Jesús: "¿No es este el hijo del carpintero?

No es el único que se hizo una imagen de Dios. Tambien Simón Pedro lo ha hecho. Pero él fue más allá, el vió al Hijo del Dios vivo como le dice a Jesús en aquella ocasión en Cafarnaúm. Y tan es así, que cuando los soldados van al Huerto de los Olivos a apresar a Jesús él sale en defensa del Señor con la espada. En el gesto de Pedro vemos aquella captación del fanático. Su convicción de fe llega a tanto que es capaz "de dar la vida por tí", como le dice explícitamente a Jesús cuando este le anunció que iba a ser entregado. Pedro encarna la desilusión de todos los que habiendo amado a Dios con pasión se desilusionan de los mismos discípulos y de sí mismos: no es posible ser fiel a Dios, no es posible llevar una vida en Dios. El amor por Jesús pasa por encima de la humanidad. Pedro ama a Jesús más que a los demás hombres, por eso no piensa dos veces cuando ataca a los soldados que apresan a Jesús. Su acción se parece a aquella conclusión de Pilatos cuando tiene a Jesús entre sus manos: "¿No sabes que tengo autoridad para soltarte o para condenarte? La pretensión del poder sobre Dios y sobre sus cosas ya para defenderlo, como Pedro, ya para matarlo, como Pilatos tiene el mismo origen: el querer conocer y manejar los planes de Dios según el propio entender y medida. Llegando incluso a dominarlo.

En estos dos personajes, Pedro y Pilatos, vemos una misma actitud. Sin embargo se entiende que Pedro era muy religioso y Pilatos no. Pero, en definitiva no cambia la misma actitud: ambos están cerrados a los planes de Dios. De aquí viene una primera convicción: es Dios quien se revela a sí mismo, y lo hace como él quiere hacerlo. Es El quien nos enseña quién es y cómo hemos de vivir nuestra relación con él. Está aquí la auténtica actitud religiosa.

Y si Dios se revela, se da a conocer, no podemos inventarlo tanto para decir de él como nos parece como para negarlo. Si no tenemos autoridad para una cosa, no la tenemos para la otra. Dios es Dios y ha querido libremente darse a conocer a sí mismo, y lo ha hecho en la persona de nuestro Señor Jesucristo. Una clave de la fe cristiana. Ahora podemos entender por qué las palabras de Jesús, el por qué de la necesidad de creer en él: "nadie va al Padre sino por mi". Y también de que a Dios nadie lo ha visto jamás, el que lo ha revelado es el Hijo único que está en el seno del Padre (Jn. 1, 18)

Sí, podemos conocer a Dios. Podemos vivir en su presencia. Podemos conocer su Voluntad. Podemos conocer nuestro origen y también nuestro fin. Podemos darnos cuenta de que nuestra vida tiene una orientación y que esta no es sólo para nosotros sino para todos los hombres. Cristo no ha venido a imponer a los hombres su Evangelio, sino a darlo, a testimoniarlo. No lo ha hecho contra ser humano alguno, sino a favor de todos. Y su Evangelio no es una norma de conducta sino un hecho que ha devuelto a la humanidad su sentido y su capacidad de ser lo que es. Su Evangelio es la obra que el Padre ha realizado en El y cuyo cumplimiento ha llevado a cabo hasta el final: "Todo se ha cumplido" dijo el Señor al momento de expirar.

Nuestra vida no es una lotería, es un plan de amor. Nuestra sed de sentido, de amor, tiene una razón; está gritando dentro nuestro ese llamado y realidad de Dios que se ha dado a conocer. Nuestra vida no marcha por donde nosotros buenamente intuímos, tiene un derrotero abierto por el camino de Jesús. La historia no es una construcción de la humanidad por la lucha de poder; por las ideologías ni por las opiniones sobre Dios. La historia tiene un origen y una meta: Jesucristo. La religión no es un código de normas, es alguien. Y su existencia es incontestable en relación a los pareceres múltiples de los hombres. Sus palabras son incontestables porque El ha sido establecido como testigo de la obra del Padre y nos ha dado a conocer su Voluntad.

lunes, 10 de junio de 2013

SER UNO MISMO, SER PARA LOS DEMÁS

Muchas veces he desado este silencio a mi alrededor para poder contarles las muchas cosas que rondan por mi cabeza. Es mejor sacarlas porque pueden hacer bien, y hace bien dar lo que el Señor da.

Es mi inquietud poder brindar lo que me toca a la Iglesia y al mundo. Pero cada día me encuentro con una incertidumbre. ¿Hago lo que tengo que hacer? ¿Vivo como tengo que vivir? El ritmo y el estilo de vida de la sociedad parecen por momentos ahogarme diciendo que no hago nada. Parece que los artistas no hacen nada, los pintores, los poetas, los filósofos ¿qué hacen? Entonces veo que la mirada del "hacer algo" es en realidad la mirada del ser útil segun algo. La utilidad según los criterios del ahora, o según las actividades del que te escucha.

La gran tentación, porque el caso no es hacer algo sino ser quien se es. Y esto no es filosofía. Me ha llevado a descubrir que la anciana casi inútil con sus manos, lo mismo que el pequeño con un año de edad tienen algo para dar. Y lo que dan es importante. Me hace descubrir que el discapacitado mental o físico siempre son alguien que da. Y me alegra de recibir de ellos. Cuando el Señor dice "Bienaventurados los que trabajan por la paz" es una fortuna que no haya dicho cómo. La multiplicidad de acciones en ese sentido nos abre la vida por todas direcciones.

El Beato Charles con algunos tuaregs 
Tengo por viejo amigo al Beato Charles de Foucauld como ya lo comenté. Su vida en el desierto, en Tamanraset fue inútil por donde uno la mire. Quiso ser testigo de Jesús en medio de los tuaregs, pueblo nómada del desierto. Llegó a establecer relaciones de confianza y de mucha estima para con él. Incluso se volvió como un consejero a quien consultaban. Pero murió sin que uno solo de esos hombres se convirtiera a la fe cristiana.

Entonces se plantea uno si elegimos el camino de nuestra vida de acuerdo al Plan de Dios que es
Antoni Gaudí, el gran arquitecto.
sin duda nuestra auténtica felicidad, o si vamos haciendo opciones cómodas, o económicamente rentables, o útiles según los criterios de este mundo. Veo con frecuencia esta felicidad transitoria y aferrada al bien inmediato que produce lo que hacemos, pero no lo juzgo tan negativo, porque pienso que muchas vocaciones pasan por el saber dar lo bueno de modo inmediato como el profesional en lo que hace día a día y que le llena el corazón. Pero de fondo hay una proyección de su persona, un darse a sí mismo, que hace que lo hecho no sea activismo sino una auténtica vocación. Hay muchos ejemplos delante de mi y de todos. Señalo el de Antoni Gaudi, el gran arquitecto catalán, cuyos diseños decía él le nacían sin pensarlos, por lo que siempre descubría que era un don. Estoy seguro de que eso es lo auténtico del hacer, cuando nos nace y lo hacemos bien. Y lo disfrutamos.

Pienso en las muchas personas que llamamos "talentosas" pero que no tienen los medios para desarrollarlo, y por ello, no tienen los medios para vivir una auténtica vocación. Pienso en las muchas personas que obran en sus vidas según lo que les tocó vivir más que por elección, pero que ponen tanta pasión en lo que hacen que su persona queda grabada en los demás y eso lo hace auténtico. Pienso en la tremenda necesidad de no ser superficiales a la hora de alentar a los jóvenes para que no hagan "lo que sienten" porque los sentimientos adolescentes son transitorios y caprichosos; sino que hagan lo que les nace, porque lo que brota de dentro sin duda es un don.

domingo, 9 de junio de 2013

DE CAFARNAÚM A NAÍM. UN CAMINO DE FE.

Hoy la Liturgia tomó el Evangelio de San Lucas, la resurrección del hijo de la viuda de Naím. Antes de ese texto, el evangelio dice que Jesús estaba en Cafarnaúm, y que el Centurión de esa ciudad esperaba que Jesús hiciera algo por su sirviente enfermo. Los dcemás comentaron a Jesús: "Merece que se lo concedas porque él construyó la sinagoga". Y esa sinagoga está en pie hoy en Cafarnaúm. En mi peregrinación reciente a Tierra Santa no pude entrar a esa sinagoga por una cuestión de salud de ese momento. Pero pude darme cuenta de que Jesús salió de allí para dirigirse a Naím, y la verdad, que es bastante lejos. Le debe haber llevado algunos días llegar hasta Naím.

Naím es hoy una ciudad moderna y llena de musulmanes. No hay una presencia cristiana. Y si lo pensamos bien, por allí pasó el Señor, y los habitantes de ese pueblo dijeron "Un gran profeta ha llegado y Dios ha visitado a su pueblo". Sin embargo no estamos allí. ¿Qué pasó?

Estos días tuvimos algunas reuniones con los catequistas y vimos que las respuestas de papás y de chicos son igualmente desalentadoras. No hay una apertura ni una búsqueda de la fe en la mayoría de los casos. ¿Qué será de esta ciudad cuando pasen los años? Las nuevas generaciones apenas traeran cristianos tibios, si es que llegan a serlo. Pero ¿qué vamos a hacer?

Ahí está el cuestionamiento para aquellos católicos que dicen amar mucho su fe, pero no cultivan lo mínimo de ella. Se ha entendido fanatismo por testimonio. Se ha entendido realismo por fe. Se ha cambiado lo del mundo por el Reino de los Cielos. No parece interesar lo trascendente, lo eterno. Pero aquí está el mensaje de la Palabra de Naím.

¿Cómo haremos para abrir el corazón de la gente a esta obra de Dios?