“La fe, en los profetas, más que la creencia abstracta de que Dios
existe y que es único, es la confianza en él, fundada en la elección:
Dios ha elegido a Israel, él es su Dios, y sólo él puede salvarle. Esta
confianza absoluta, prenda de la salvación, excluye el recurso a
cualquier otro apoyo de los hombres o, con mayor razón, de los falsos
dioses.”
Este es un párrafo del comentario a pie de página sobre
un versículo del Capítulo 7 del Libro de Isaías en la Biblia de
Jerusalén. Al leerlo, inmediatamente mi mente se fue hacia los miles de
bautizados que por el mundo andan buscando apoyos para su vida interior o
para sus necesidades inmediatas de trabajo o de salud. Recordé lo ya
publicado acerca de esa fe difusa en un dios indefinido.
El tema
en este capítulo de Isaías es el temor e incertidumbre que siente el
rey de Judá, Ajaz, que se ve sitiado por Samaría y Damasco. Tiene la
tentación de recurrir a la ayuda del rey de Asiria, a quien los otros
dos quieren combatir. Pero buscar esta alianza sería desastroso para
Judá como se lo advierte Isaías. En este capítulo, el profeta hace el
anuncio de la virgen que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre
Emanuel (Dios con nosotros) como señal para Ajaz de que Dios interviene
en su historia como nación y que no lo abandonará. Un anuncio futuro de
un sucesor en el trono de David.
El momento político y práctico
para Ajaz se transforma en un momento profético y trascendente. La
historia que parece definirse por alianzas y poder político y bélico, es
ahora, ella misma, un signo de la intervención de Dios que ha sido
ligado a Judá por una alianza y una promesa, la alianza de Abraham, la
promesa de la descendencia consolidada hecha a David. El profeta,
enviado de Dios, hace ver que la historia política y personal no se
resuelve por condicionamientos circunstanciales y no puede ser visto tan
sólo como un hecho pragmático.
¿Cómo resolvemos nuestras
situaciones de vida? ¿No es el pragmatismo de los acontecimientos, de
las circunstancias, de las pasiones, de los miedos, lo que nos hacen
definir rumbos para nuestra vida? ¿No nos pasa que encontramos en esas
decisiones un camino que decididamente, lo sabemos en nuestro interior,
nos aparta de Dios, de nuestra fe, pero decimos: “hay que ser práctico,
la fe es la fe, pero la realidad es la realidad”?
Era esperable
que el profeta Isaías le prometiera a Ajaz que habría un triunfo de
Israel sobre sus enemigos. De hecho, la alianza de Samaría con Damasco
contra Judá y Asiria fracasará. Pero el signo de la intervención de Dios
que le da el profeta a Ajaz es un signo futuro de un descendiente que
le significará “Dios con nosotros”, Dios presente, realmente presente.
El sentido del tiempo, la conclusión de la historia concreta, la
expectativa de Ajaz, son sacados del inmediatismo del miedo, del
cálculo, de la cronología instantánea. Isaías no cae en la tentación de
anunciar, como los falsos profetas, un Dios que resuelve problemas
inmediatos, que ata parejas, que bendice decisiones apuradas, que
acompaña pasiones satisfechas. El mundo del “ya” que muestra su lado
fugaz como su único lado, lo único que te puede dar; se cae ante una
promesa inesperada: el Dios de la alianza no te promete algo, te promete
a sí mismo. ¿Hay algo más grande que él mismo? ¿Hay alguien, o alguna
alianza, un acuerdo, un premio, una vida inclusive, que pueda valer más
que lo que él te promete, que lo que él es? Ajaz se ve obligado a mirar
más allá de su presente inmediato y de la amenaza que lo agobia.
Nosotros nos vemos obligados a ver más allá de este presente que
vivimos. Este “más allá de” es lo que llamamos el sentido más puro de la
esperanza. Es la alianza de una promesa cumplida porque Dios ya está
entre nosotros, el Emanuel ya ha llegado. Es la alianza de una promesa
futura porque la historia personal y política son empujadas hacia un
futuro donde la presencia plena de Dios se hará una realidad tan
abarcadora que este presente en el que se juega lo cotidiano tendrá
entonces su final feliz… siempre que hayamos decidido el día a día desde
esta alianza, desde esta realidad, desde esta espera.
Porque un
niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre
sus hombros y se le da por nombre: "Consejero maravilloso, Dios fuerte,
Padre para siempre, Príncipe de la paz". (Isa 9:5)
¡Feliz Navidad!
sábado, 3 de enero de 2015
EL PRINCIPE DE LA PAZ
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domingo, 14 de diciembre de 2014
DIOS, EL UNIVERSO O COMO QUIERAN LLAMARLO
Escuchaba con gran interés un programa por radio Rivadavia
porque difunde valores cristianos. Todo venía bien, hasta que en un momento
dado, su conductor, que parece católico, para hacer referencia al origen de un determinado
bien que quería destacar dijo: “atribúyanlo a Dios, al Universo, a la suerte,
como quieran llamarlo”. Días después, consultando a una mujer que reside en el
extranjero, ella decía que “gracias al Universo”… El colmo fue en este día en
que escribo estas líneas, otro locutor participante del programa, con gran
entusiasmo, hizo referencia a un hombre concreto que hoy “concentra energía del
Universo como en otro tiempo otros maestros, como Cristo y después Buda”. Como
si fuera poco, hizo luego una interpretación de la Sagrada Escritura
refiriéndose a la Transfiguración del Señor diciendo que era “ tan grande la
concentración de energía cuántica debido al amor que Jesús en ese momento
expresaba que hizo una explosión de luz”. Quien confiesa la fe en Jesucristo,
me conozca y lea estas líneas quizá reirá por leer esto. Pero a mí me
impresionó profundamente.
Lo que me impresionó es la percepción de estas personas
respecto de Cristo. El primero, que por indicios pero no por confesión de fe,
parece católico, no se atreve a mencionar al Padre Dios como convicción
personal. Un efecto claro de la new age que pretende, con el prurito de
respetar las creencias, mezclar todo tipo de convicción sobrenatural con las
ideas en boga. De ese modo, y como lo advierte la Encíclica Evangelium gaudium,
del Papa Francisco, se niega de hecho el conocer a Dios y se considera que se
es imposible hacer una afirmación sobre él. La segunda, equipara el Universo
con Dios mismo. Pone en un mismo nivel la creatura con el Creador. De ese modo,
Dios es lo material, lo creado, lo desconocido por el hombre hasta ahora, pero
por la ciencia, puede ser infinitamente conocido. El tercero, el más
entusiasmado y convencido, equipara a Cristo con otros personajes poniéndolos
al mismo nivel. Lo deja como una creatura capaz de concentrar fuerzas de la
naturaleza, lo deja como un ser especial que no escapa a ser una simple parte
del Universo, pero que ya no es el Hijo del Dios vivo, no es el Verbo hecho
hombre, ya no es el único Maestro de sus discípulos.
Mi conclusión es la ausencia de la Evangelización. Es que
los católicos no somos capaces de definir quién es Jesucristo. ¿Quizá tenemos
vergüenza? No somos capaces de dar una palabra clara sobre Dios. No somos
capaces de dar un testimonio convincente como argumento a favor del Evangelio
de Cristo. O quizá todavía dudamos de si hay un solo Maestro o nos hemos
convencido de aquella otra frase de la new age: “al fin y al cabo es el mismo
Dios”. El argumento que aquí reflejo sobre un hecho concreto al comienzo de
este escrito demuestra lo patética de esta frase que termina desdibujando el
Santo Nombre de Dios que nos ha sido revelado en Jesús.
Alguno pensará que con un buen testimonio de solidaridad,
amistad, buena onda alcance para ser testigos de Jesús. Bien, les diré que en
el mismo programa se habla de solidaridad, amistad y buena onda sin que a nadie
se le mueva un pelo por vincularlo con Jesucristo, ni tampoco se piense o se
crea que es debido al Espíritu de Jesús
que aquellas buenas obras se realicen. Está de moda la solidaridad, no es un
camino de por sí convincente para provocar el acto de la fe en alguien.
Intuyo que el tiempo de la Nueva Evangelización requiere
como ingrediente más necesario de nuestra época que al buen comportamiento y
solidaridad de un cristiano se agregue la convicción mediante las palabras, y
palabras claras, concretas y directamente referidas a la persona de Cristo. Una
idea muy clara del sentido de la creación, del creador, del sentido de la
historia humana.
Pero todo esto puede ser inútil si no se entiende, por parte
del testigo de Jesús, que todo el bien que se hace por ser testigo no proviene
del ingenio personal, o como un proselitismo sectario; sino del don
sobrenatural de la fe recibido del Espíritu Santo; de los dones y carismas que
se ejercen con responsabilidad y largueza. Del fuego de la caridad que proviene
de Dios. A la fe habrá que unir la oración porque es en la oración donde la
inteligencia se ilumina para dejar el razonamiento de este mundo y entrar por
la caridad divina en la mente de Dios, en su pensamiento, en su obra, en su
querer. Por eso quien dice no tener tiempo para orar es porque ya ha sido
atrapado por el ritmo del mundo y no podrá ser testigo de Jesús porque no
quiere entrar en el tiempo de Dios, en el ámbito donde se descubre el auténtico
valor y lugar de las cosas. Un síntoma claro es cuando entendemos que la
oración es algo que hacemos cuando “nos dedicamos a la religión”, o que no
hacemos porque “tenemos cosas muy importantes que hacer”. Como si la vida misma
fuera menos importante que las cosas que hacemos.
“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si
pierde su vida?” (Mateo 16,26)
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto
abundante, y así sean mis discípulos.”(Juan 15,8) “Vayan, y hagan que todos los pueblos
sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo” (Mateo 28,19)
“Pero recibirán la
fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra".(Hch
1:8)
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". (Juan 20,21)
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sábado, 6 de diciembre de 2014
LA ALEGRÍA DEL REINO
“Por eso les digo que
muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham,
Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos” ( Mateo 8, 11) Toda la Sagrada
Escritura se figura al Reino de Dios con la alegría de un banquete. La alegría.
¡Cómo se nos escapa de las manos! Vivimos
muchos acontecimientos felices que nos hacen estar alegres, pero a la
puerta de la fiesta ya nos espera alguna novedad que ensombrece o hace
desaparecer con instantánea velocidad el momento feliz que hemos vivido.
Vamos igualmente acumulando buenos momentos que son solaz
para las tristezas. Como creo ya lo comenté, Viktor Frankl constató en el campo
de concentración durante la segunda guerra mundial que el sufrimiento es
abarcador de toda la persona. Cuando alguien sufre algo, por pequeño que sea,
abarca de una vez todos sus sentimientos y su mirada sobre la vida. ¿Cómo
podemos hacer que las alegrías sean tan abarcadoras para que duren también todo
nuestro tiempo, aunque haya contratiempos?
Años atrás, en una comunidad había vivido una señora que era
evangélica. Falleció poco tiempo antes de que llegara yo como párroco a aquel
lugar. Su recuerdo estaba vivo. La misma comunidad católica reconocía en esa
señora una persona de fe, una fe contagiosa que la hacía alegre, comunicativa,
solidaria. Como me ha pasado con otras personas ya fallecidas y que no llegué a
conocer durante su vida peregrina, pude reconstruir fácilmente la personalidad
de esta señora. Tenía una alegría interior que nadie se la podía quitar. Su
alegría no se basaba en los hechos de la vida cotidiana; hubiera estado como
nosotros en el vaivén de los buenos y malos momentos. Su alegría se fundaba en
el acontecimiento único de una persona: Jesucristo.
En mis lecturas de temas muy diversos, cuando se hace
referencia a Martín Lutero, padre del protestantismo, se menciona que su
búsqueda era, dicho con mis palabras, esa alegría que la fe que él vivía no le
podía dar. Es posible, y lo he visto concretamente, que muchos católicos
actuales que abandonan la fe para aferrarse a grupos evangélicos buscan lo
mismo. La alegría del Reino que es Jesús mismo. Lo expresa él con sus palabras
cuando dice: “el Reino de Dios está entre ustedes” (Lucas 17,21).
Jesús es alegría para el que cree cuando se lo conoce y no
se adora la imagen de Jesús que nos hemos hecho. Lo distinguimos fácilmente:
cuando Jesús es más que algo, es alguien, es otro. Es alegría cuando deja de
ser la proyección de lo que a mí me parece y es el Maestro que me enseña a
vivir. Segunda idea que está muy en boga. Muchos quieren que la Iglesia haga
esto o aquello, que esto le gusta a Dios y esto no, los curas debieran hacer
esto otro. Es alegría cuando reconocemos en él “el dedo de Dios” como dice de
sí mismo cuando habla de que puede expulsar a los demonios. O sea, cuando es
Señor de la historia, dueño del destino de los hombres. Es alegría cuando es él
mismo el gran acontecimiento de mi vida, el más grande de todos. Cuando no hay
ni persona, ni vivencia, ni cosa alguna que sea más grande y más preciada por
mí que el Señor.
La alegría que no pasa es Jesús que pasa por mi vida, y a
cuyos pies quiero estar. “Abraham, el
padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se
llenó de alegría".
(Jua 8:56)
domingo, 30 de noviembre de 2014
DE LA IMPOTENCIA AL PROTAGONISMO
Lucas 21, 29-33
El cine catástrofe,
es la imagen que más se acerca a la descripción que versículos antes de los
citados Jesús utiliza para indicar la llegada del Reino de Dios. En las
películas siempre aparece un héroe capaz de vencer las dificultades más
increíbles librándose y librando a sus seres queridos de destrucciones,
monstruos, zombies y cuanto la imaginación del libretista se presente. Una
sensación de poder o suerte interminables del protagonista, y una ausencia e
invalidez de todo principio de vida o mirada sobre el sentido y el fin de las
cosas, se adueñan de nuestros sentimientos. Es revelador. Creo que en la vida
diaria tenemos ese sentido. Vivimos como si las cosas no fueran a terminar
nunca y como si la felicidad consistiera en esa paz sin fin que anhelamos.
Las religiones orientales lo han solucionado de manera
agradable: ignorar los sufrimientos, la meditación para salir del mundo como se
presenta y vivir como si nada pasara. A eso se debe su éxito en la sociedad
occidental agobiada por las crisis y las vidas sin solución. Y en eso consiste
su incoherencia con la sabiduría cristiana que en estas palabras del Evangelio
de Lucas en vez de rechazar lo caótico de la historia presente, lo asume como
un signo del Reino de Dios, como cuando vemos los brotes de la higuera que anuncian
el verano. Jesús, desconcertándonos, nos dice que cuando suceda todo esto
“tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación”
(en el versículo 28, inmediato anterior a la cita).
El Maestro de doble manera nos pone ante la disyuntiva para
tomarlo como único maestro de nuestras vidas a riesgo de vivir entre dos aguas
irreconciliables, la esperanza o la desesperación. La fe sobrenatural o el
sometimiento a un devenir del cual tenemos que huir. Al fin he encontrado una
respuesta que me llena de certeza, de alegría y de temor.
La certeza es necesaria. Es la seguridad del sentido de las
cosas, aún las catastróficas. Ninguna deja de tener sentido, y ninguna deja de
estar sometida al único fin de la historia del cosmos y de la humanidad:
Jesucristo. Su palabra va a ir más allá de nuestra vida presente. ¡Epa! O sea
que el Señor no ha venido a darnos recetas dulzonas, de imágenes idílicas para
que vivamos esta vida con mucha fe. Sus palabras irán más allá de la historia:
“el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. Ya sabemos el
final de la película, pero esta no es una película como las otras. Es una
realidad que abraza lo presente y se proyecta más allá. Un más allá.
Un más allá que me ubica como protagonista y no como
espectador en esta realidad que no tiene la última palabra. Entiendo entonces
el significado y la importancia de mi vida política (en el sentido propio del
término), entiendo el ideal de una sociedad más justa, entiendo la perseverancia
en el camino del bien, entiendo el “estén siempre alegres” de San Pablo (1Tes.
5, 16). El Apóstol no es un iluso, es un realista.
Y del miedo de la película catástrofe paso al temor de la
realidad esperanzada. El temor ya no es sobre monstruos inimaginables, ni por
poderosos malvados. El temor es por mi propia maldad, mi ceguera para ver la
finalidad de las cosas, mi parálisis ante las desilusiones que me provocan las
realidades y mi pérdida de tiempo para ponerme manos a la obra en la edificación
del reino que se acerca. De víctima de la historia a protagonista es un paso
gigantesco y posible. Estoy aferrado a un solo Nombre delante del cual toda
rodilla se dobla.
Mejor recemos: “Padre nuestro… venga a nosotros tu Reino..”.
¡Uy, no! Mejor otra: “Dios te salve, María…ahora y en la hora de nuestra
muerte”. ¡Peor! Mejor un credo: “Creo en Dios…desde allí ha de venir a juzgar a
vivos y muertos”… no tengo escapatoria, voy a tener que creer nomás. ¡Ánimo!
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miércoles, 26 de noviembre de 2014
EL REINADO DE CRISTO
Pienso en la vorágine del tiempo cronológico que se acerca a
fin de año y todo el movimiento y organización que supone para la familia.
Pienso en la ingente cantidad de objetos de consumo que se amontonan en los
escaparates de los comercios y en la anticipación de previsiones de ventas que
hacen los medios de comunicación social. Pronto vendrán las noticias sobre los
precios de las carnes, los objetos navideños y las perspectivas de viajes a
destinos de turismo. Y todo me figura en una gran y antigua Babilonia con su
comercio árabe y la venta de esclavos, alimentos, objetos preciosos y un mundo
de gente circulando por callejuelas intrincadas; con un barullo de voces
ininteligibles y de intercambios anónimos.
Y me pregunto qué es lo importante y qué es lo menos
importante. Qué es lo que define la vida de la sociedad y qué la frena. Me
pregunto si la curiosa capacidad de olvidarnos de nuestros problemas sociales
(violencia, drogadicción, narcotráfico y pobreza) con tanta facilidad por los días
festivos y veraniegos para retomarlos con una pasión y llanto incontenibles
cuando venga marzo, significa lo que somos o lo que nos pasa. Trato de buscar
en medio de todo esto qué significa Cristo y su Reino. Y me digo si también él
está en medio de todo este caos organizado y si su presencia representa
¿cuántos millones de dólares? (parece ser que esa es la medida de la
importancia de los verdaderos acontecimientos en el mundo). Mientras tanto,
reviso mi bolsillo y saco un reluciente billete de cien pesos cuya capacidad de
significación está muy lejos de aquellos millones, y me digo si mi vida y sus
acontecimientos cotidianos, aquellos por los que yo río y lloro y que
significan lo más importante para mí, tienen algún valor o inciden en aquellos
cálculos millonarios. O más bien creo que tengo que hacer una pregunta al
revés: si aquellos millones, el caos organizado y los precios de la carne más
los destinos turísticos modifican, mejoran o empeoran mi vida en algún sentido.
Me doy cuenta que la estridencia de los cálculos y los
ruidos de los medios de comunicación no significan nada y corro el riesgo de
que mi vida quede en la nada si no encuentro el principio y el fin de mi andar
cotidiano. Entonces comprendo el reinado de Cristo como un acontecimiento y
como un camino. El acontecimiento que le ha dado valor a mi vida cotidiana
porque cada cosa que vivo tiene significado y valor (para el cual no alcanzarán
los millones de dólares), es este paso de la cruz salvadora, de la vida plena
del Señor resucitado que ha creado una escala de valores donde vuelvo a ser el
protagonista y la razón por la que existen los escaparates, la carne, los
millones y las noticias. Comprendo que hay un camino por el cual transito dando
pasos firmes que no son estridentes y ni salen en las noticias. Pasos que
responden a la vida de millones de seres humanos, pero que no cuestan millones
de dólares. Son los pasos del Evangelio: “ustedes son la sal de la tierra,
ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5, 13). Comprendo que el camino tiene
muchas dificultades, pero si no las tuviera ¿cómo sabría que mi caminar es
diferente del que corre detrás del poder o del dinero? ¿qué novedad aportaría?
¿de qué valdría el esfuerzo de vivir con códigos no aceptados por la sociedad?
Si Jesús estableció su reinado por el camino de la cruz ¿yo lo haré por el
camino del poder y de la fama, del dinero o del placer?
Soy protagonista de la historia, estoy modificando los
destinos de la humanidad, estoy aportando el principio del fin de la violencia,
la drogadicción, el narcotráfico y la pobreza. No saldré en los diarios, no
caminaré por Babilonia ofreciendo una mercancía más, no comentarán mi vida los
programas faranduleros propagandistas de vidas voluptuosas y vacías. Y soy
protagonista de un Reino que no tendrá fin, ciudadano por derecho de ese Reino,
soy hijo de Dios y hermano de los hombres. Me ha tocado un lugar de delicias,
estoy contento con mi herencia (Salmo 16,6)
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sábado, 20 de septiembre de 2014
AMAR ES COMPROMETERSE
El paso de una generación a otra siempre ha significado una
ruptura. Nos terminamos dando cuenta de unos a otros, que hay cosas que deben
pasar y dar lugar a unas nuevas. Nos ilusionamos que esos pasos significan un
paso hacia el bien, a un bien mayor. Sin embargo los resultados de esos pasos
no nos dicen que verdaderamente las nuevas generaciones vayan en un sentido de
crecimiento. Tenemos la clara sensación de que hay pérdida de valores humanos,
y que , a pesar de la mayor disposición de bienes de nuestros hijos y nietos;
no significa el progreso de sus vidas ni una felicidad asegurada. Cada vez
vemos con mayor claridad la fugacidad de sus alegrías, su existencia en una
sociedad deprimida, sin puntos de referencia, sin que sea ella un soporte para
su progreso. Los vemos solos, sin que podamos hacer mucho porque, en cierto
modo, los adultos con nuestras convicciones somos también miembros descartados
del tejido social. A veces tengo la sensación de que estos dolores
intergeneracionales no son dolores de parto, sino de muerte.
No quiero hacer una observación moral que concluya con
opiniones de un lado y de otro. ¿De qué serviría? ¿A quién le serviría? Las
cosas seguirían igual y nosotros, los adultos, seguiríamos siendo espectadores
de un mundo cuya historia, en cierto modo, nos ha abandonado a la vera del
camino. Sí, esa es una buena definición: espectadores. Por eso pienso que hacer
un diálogo sobre quién tiene razón es inútil. Lo que creo útil es recuperar
nuestro lugar protagónico, decididamente protagónico y vivirlo con intensidad.
Llenos de vida, llenos de cosas para dar y darlas. Esta última actitud es la
que renueva la esperanza porque el árbol que da buenos frutos, no los anda
ofreciendo, simplemente los da, y el que tiene hambre come de sus frutos. Las
nuevas generaciones podrán decir siempre que son libres para hacer lo que les
parece mejor; y las viejas generaciones podremos decir siempre que somos libres
para dar el buen fruto que queremos ofrecer a los demás, porque eso es lo que
sabemos dar y eso es lo que queremos dar.
Con esta conclusión ¿cómo nos paramos frente a la realidad
que vivimos? ¿Qué hemos hecho de los valores fundamentales que sostuvieron
nuestra vida hasta el presente? ¿Los hemos descartado sintiéndonos ridículos
frente a las nuevas propuestas de vida?¿Por qué? Abandonar los valores de vida,
relativizarlos, descartarlos, es abandonar el protagonismo social, es abandonar
a las nuevas generaciones, es dejarlas a la deriva sin una propuesta fiel que
ofrecer.
Siento la tentación de volar en muchos pensamientos que
parecen necesarios ante este planteo, pero aterrizo mejor una idea que me ronda
la cabeza desde hace días: la libertad de ser. La sociedad cuestiona. Por
momentos nos hemos sentido violentados en muchas cosas. Lo que antes era visto
socialmente como malo, ahora es bueno. Se planteó eso como una maduración.
Antes, ser madre soltera era algo impensable, vergonzante. La vieja sociedad
prefería ocultar los hechos para evitar el rechazo social, el escándalo. Nos
enseñó a vivir de secretos, a esconder vidas, a abandonar en cierto modo la
vida. Nos jorobó la vida enseñándonos a escondernos de nosotros mismos y de
nuestra verdad, nos hirió en el alma. Después se pasó a una reivindicación del
hacer lo que me parece y nos llevó a la indiferencia. No molesta que haya
madres solteras, pero tampoco interesa. No molesta que no haya familia,
responsabilidad, amor para recibir un hijo. Se ha elegido el camino más fácil: pasar
frente a los hechos sin comprometernos, facilitando medios, felicitando
decisiones, pero sin compromiso. En estos días en los medios (me enteré) una
prostituta anda dando entrevistas para contar lo feliz de su vida, hasta que
una periodista le dijo que sólo mostraba una parte de la realidad: ¿qué sentía
ella al tener relaciones con muchos hombres? ¿No llegaba a sentir asco? ¿No se
sentía usada? La mujer se sintió cuestionada y habló del lado oscuro de lo que
hoy quiere verse en positivo, como un bien, como un derecho. La sociedad no se
compromete, prefiere facilitar y no ver.
Los extremos se tocan, lo que antes estaba prohibido o era mal visto y
que llevaba a un descompromiso total, hoy esta permitido o está bien visto y
lleva a un descompromiso total. No nos hacemos cargo. La vida de esa madre
soltera, la vida de esa prostituta, sus vidas no nos interesan. Nos interesa
felicitarlas por lo que hacen, pero no nos interesa sentirnos solidarios con
ellas, porque haciéndolo entraríamos en el lado oscuro de sus elecciones. Aquí
entramos nosotros.
La beata Teresa de Calcuta decía que hay que amar hasta que
duela. Este es el punto. Este es el primer paso: aprender a llorar. Cada día
comprendo más que el sufrimiento acompaña la vida del que se compromete. Pero
ese sufrimiento, esas lágrimas no son sinónimo de depresión, ni de angustia ni
de desesperación. Las lágrimas son signos de solidaridad, de amor, de
compromiso, de lucha. Sentirnos conmovidos por lo que le pasa al que sufre,
sentirnos dolidos por ver lo negativo de las malas elecciones ¡y hacérselo
saber!. No es tan obvio como parece. Cuando las situaciones nos conmueven
buscamos una explicación razonable, nos decimos que la sociedad va así, que hay
que asumirlo, y tragamos las lágrimas, nos callamos y nos quedamos a la vera
del camino. Esas lágrimas tragadas hacen mal. Nos hacen mal, les hacen mal a
todos. Y me refiero a las lágrimas que revelan que amamos, que nos interesa,
que vemos lo que pasa, que no nos es indiferente. En el mundo de la sonrisa
fácil, del “todo bien”, del “es su vida”, o sea del “no me importa”, hacer
sentir nuestras lágrimas es una actitud profética, protagónica, cuestionante,
constructiva.
Pero tal vez la sociedad nos ha domesticado, como a un
esclavo, enseñándonos a callar lo que sentimos, a no atrevernos a decir lo que
pensamos. Nos apalea si alzamos la voz para decir algo que contradiga lo que
todos creen, lo que se usa, lo que está de moda. Nos convence de que estamos
equivocados y aprendemos, como esclavos, a acallar nuestra conciencia.
Actualizarnos equivale a domesticarnos. Sí, el lado oscuro del presente. Y
alguno preferirá ver el otro lado, el de acompañar con nuestra adaptación lo
que vive la sociedad. Si esto fuera lo positivo, que lo hay y mucho, sobre todo
como posibilidad de mayor solidaridad, de mayor compromiso de mayores medios,
claro que sí, me uno a acompañarlo y aplaudirlo. Pero me estoy refiriendo a ese
lado oscuro que veo aparecer sólo como lamento. A ese lado que me quiere
domesticar. Lo rechazo, me niego a ser domesticado, me niego a vivir como
esclavo, me niego a dejar de ser yo mismo, me niego a ocultar las riquezas que
tengo para dar, y me niego a que me lo prohíban. Me niego a que me impidan
vivir, me niego a que me impidan amar y comprometerme. Y acepto el rechazo, la
dificultad y las lágrimas que significan el ser un hombre libre, que cree en la
sociedad, que cree en los valores que las generaciones han transmitido porque
el ser humano es tal desde su origen y lo seguirá siendo. Porque el mal, el
error y la mentira existieron siempre; y el bien y la verdad son la meta auténtica
de la vida y a nadie puede negársele. Acepto vivir, amar y comprometerme.
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jueves, 11 de septiembre de 2014
NO SOMOS HUÉRFANOS
“Las cosas son así y ya está”, “Somos hijos de la vida”, “Es
lo que me tocó”, son frases comunes que expresan un sentimiento real: somos
huérfanos. También se expresa como que hemos alcanzado la adultez y hay que
pelearla porque todo está en nuestras manos o se escapa de ellas y no hay otra.
Nos invade un sentimiento de orfandad y de posesión. De orfandad al sentirnos
desamparados, a veces, y muchas, víctimas; nos invade la nostalgia de la
infancia como el lugar seguro y despreocupado y nos tienta la vida feliz, esa
del día de campo, de la diversión donde nos empeñamos en decirnos unos a otros
cuánto nos queremos. Tenemos necesidad de decirlo y de escucharlo, como
aquellos auténticos huérfanos que viven en instituciones y que se abrazan a
cuanta persona les demuestre un poco de afecto. Y nos invade un sentimiento de
posesión, de creernos por todo esto dueños de la vida y dispuesto a tomar
decisiones “audaces”, atropellando el tiempo y las circunstancias, cayendo y
volviéndonos a levantar. Un impulso irresistible por darle sentido a nuestra existencia
misma, creyendo que cuanto más logremos más significado tendrá el vivir,
convenciéndonos que nuestras decisiones son lo más valioso y que el éxito es la
meta de lo que hacemos.
Si los hechos son irremediables y se oponen a cualquier proyecto
exitista, hacemos una rara combinación de resignación y de combate. Vivimos
como dueños de la vida sabiendo en verdad que no lo somos. Decidimos como si
estuviésemos seguros de lo que hacemos, concientes de que la vida se derrama
por todas partes sin que sepamos hacia donde nos lleva. Nos seduce aquella
imagen de Hawkins del caos primigenio que finalmente deviene en un orden, y
esperamos ilusamente que así será nuestra historia.
En definitiva, abandonamos la idea de un proyecto original y
de un destino conocido. Llegamos a captar existencialmente que en la vida somos huérfanos de todo y
constructores de todo lo que significa vivir. Las generaciones jóvenes toman
decisiones vitales donde se replantean todo valor moral como una decisión
personal que ordena decisiones anteriores. Decidí esterilizarme, porque decidí
dejar de dar vida. Decidí cambiar de sexo porque decidí antes no aceptarme.
Decidí quién soy porque construyo desde la nada lo que soy. Decidí ignorar la
sociedad que me tiene que contener a mi según mis decisiones pero que no me
debe pedir nada. Decidí vivir de esta manera aunque me hayan enseñado otra cosa
en mi familia y tradición porque todas esas cosas las tomo o las dejo según mi
propia decisión sin que tengan influjo sobre la posibilidad de mi felicidad o
mi fracaso. Decidí ser huérfano.
He encontrado una clave: Dios es más que el ordenador del
caos hacia la confluencia de caóticas existencias en un orden feliz. Dios es mi
Padre. Nada está al azar en la vida. Ninguna decisión es indiferente a mi
existencia y compromete lo que soy y a dónde llegaré. Soy deudor de mi vida
ante la sociedad porque es cierto que soy responsable de mis actos en cuanto
respondo a quien me la dio por amor. Mis decisiones auténticas sólo las puedo
tomar por amor ¿a quién? ¿A la vida, a otra persona, a mí mismo? Serían todos
referentes que me dejarían siempre huérfano, siempre aislado y solitario,
dependiente de la existencia de esas referencias y de la volubilidad de esas
personas. Me dejaría en una inseguridad ineludible que me obligaría a tomar
precauciones fruto del temor del mañana. Soy deudor del amor de Dios que es mi
Padre. Que me amó con amor eterno, que no me dejó sólo en la vida, a Él ni un
pelo de mi cabeza se le escapa, y en su Providencia, conoce lo que me es más
necesario. A Él puedo abrazarme en las horas de tristeza, y en Él puedo
encontrar el sentido de las cosas difíciles. Puedo descansar en su regazo
cuando los imposibles se presentan en mi vida. Puedo y debo preguntarle qué
rumbo tomar, y dejarlo cuestionar mis decisiones. Saberme su hijo amado me
impide la resignación a una existencia gris, por el contrario, me impulsa a
rechazar la infelicidad decidida y a apuntar a la alegría eterna para la que me
ha creado. Puedo tomar su mano con firmeza cuando decisiones importantes
estremecen mi alma. Puedo sentir su mano firme sobre mi hombro cuando
experimento la desilusión de los que dijeron amarme y me abandonaron. Escucho
su voz amiga que me devuelve la esperanza y aleja los sentimientos de rencor o
de venganza. Puedo decirle que lo amo, seguro de que escucharé en el eco de mis
palabras un amor eterno.
“Pero para nosotros,
no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y a quien nosotros
estamos destinados, y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y por
quien nosotros existimos” (1 Corintios 8, 6)
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