miércoles, 17 de febrero de 2016

EL SEPELIO DEL ANGELITO



Ayer vino el abuelo de un pequeño que murió antes de nacer. Trajeron su cuerpo de la ciudad para velarlo y sepultarlo en el pueblo.  Por la mañana llegaron, como acordamos para proceder al “bautismo”. Luego de compartir las palabras del Profeta Isaías: “el Señor enjugará toda lágrima, ya no habrá muerte ni dolor”, les hablé sobre el bautismo de deseo y rocié con agua bendita el cuerpecito. Nos fuimos al cementerio. El abuelo y los tíos cargaron el cajoncito sobre una sábana blanca, tomándola cada uno de una punta. Delante iba el papá con la cruz adornada con una corona de flores de plástico, detrás iba yo con la pala, el oracional para el sepelio y la estola morada. Más atrás el primo del niño con una bolsa con muchas y variadas flores y otra con diversos objetos. Más atrás, la abuela con bidones de agua bendita.

Llegamos al lugar. La pequeña tumba ya excavada, sobre ella, sujeta por sus puntas al borde mismo de la tumba,  una cruz hecha de dos palos flacos atados con un hilo. Así no entrarán los demonios, y la Pachamama recibirá este cuerpo en la espera de la resurrección de los muertos. Bendije la tumba, pero olvidé una parte importante del ritual: echar hojas de coca. Lo dijo el abuelo, lo hizo, poniéndose de rodillas, tomando con ambas manos un manojo de hojas de coca y echándolas en la tumba haciendo forma de cruz mientras murmuraba una oración. Siguió el papá, los tíos y los demás. Me dejaron ser primero. Aún me falta inculturarme e incorporar este a los sagrados ritos. Interpreto que es para que la Pachamama sienta que le decimos:” gracias por recibir este niño en tu seno.”

Siguió el sepelio mismo. Abrieron el cajón y pusieron chocolates, golosinas, una mamadera llena de leche, un yogurt y un paquete de paños húmedos para higienizar bebés. Lo que esta alma necesitará ahora. Luego cerraron el cajón y clavaron la tapa.  Qué cercana se siente la vida de la muerte. O qué cercana se siente la muerte de la vida. Hay llanto, hay dolor, pero hay vida. Una vida distinta, pero una vida igual. Se comparte la fragilidad de saberse necesitado. “Serán como dioses” pero no en la palabra de la tentación de Satanás a Eva, sino en las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan: “La Escritura dice ustedes son dioses”. Pequeños, frágiles, errantes. Destinatarios de las cosas inconmensurables de Dios: “Te alabo, Padre, por haber ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y haberlas revelado a los pequeños” (Mateo 11, 25). Te adoro porque eres el principio y el fin de nuestras vidas. Nos uniste a Ti con ataduras eternas, pero nos dejaste ser nosotros para ser Padre nuestro. Para que en nuestra necesidad de ser amados, de ser salvados, tengas la oportunidad de ser padre que ama, que cuida, que abraza, que recibe.

Después de esto, y terminados los ritos, sacar el vino y la gaseosa, compartir un cigarrillo. Todo alrededor de la tumba, acompañando el alma, velando con ella por un rato más. Dejándola compartir la vida que sigue, siguiendo con ella en una presencia que no se acaba.

lunes, 15 de febrero de 2016

CONTEMPLAR LA PASIÓN

¡¡¡Hola blog!!! No pretendía abandonarte, pero los medios, los tiempos y la velocidad de publicación por ahí te ganaron. Pero tenés de lindo que podes expresar mucho mejor las cosas que lo inmediato de facebook. Y lo bueno es que hoy tengo para compartir la visita a la familia Peloc. El sábado pasado vinieron los padres de Mario, el niño que falleció cuando se desbarrancó en Pucará, su paraje. Celebramos la Eucaristía con la familia presente, los papás y una hermanita, y luego tuvimos una conversación larga, dolorosa y consoladora. La increíble firmeza y claridad de fe de la mamá, en medio de las lágrimas y el intenso dolor. Quedamos en que el lunes siguiente, hoy, iría a verlos y a orar. Allá fuimos, acompañado por Facundo, chango de esta comunidad. Al caminar, cruzar el río, ya nos esperaban Juan y Marcela en la otra banda del río. Caminamos en silencio hasta el lugar donde los hermanitos encontraron el cuerpo de Mario. Al llegar la mamá me contó su vivencia al regresar, unas horas después del accidente. Con su manta recogió la sangre de su niño, que aún estaba líquida, tratando de limpiar todo lo que pudo en medio del ripio. Inmediatamente me vino a la mente la escena de la película la Pasión, cuando María limpiaba la sangre de Jesús en el lugar de la flagelación. Como en un pequeño Calvario habían colocado la cruz de madera de cajón de frutas, para conmemorar en aquel lugar que ahora es sagrado que este hijo de Dios regó con su sangre, como en otro momento, el Hijo de Dios regó con la suya. Ahora, todo lo vivido tiene significado. Lo que la Pachamama acunó en aquel lugar también, y donde sorbió las lágrimas de aquella familia, se ha transformado en un lugar de dolor y de esperanza.

Después de orar un rato juntos, de asperjar agua bendita, nos volvimos hasta la casa rezando el Via Crucis. Nos parábamos en la Playa cada tanto para hacer una Estación. Contemplar la Pasión salvadora en la pasión vivida por estos hermanos. La última Estación, en la casa, con los chicos. A compartir algunos pequeños regalos, posibles por almas generosas, que llegaron con una golosina, algunos útiles escolares, y alimentos. Un gesto, una caricia de muchos hermanos que aportan con lo suyo. Me sentí embajador de una corriente de amor que envuelve al que sufre. Me sentí feliz de estar ahí. Compartiendo con los hermanitos de Mario, que a duras penas pudieron vencer su timidez. El Evangelio de hoy coronó este día con la Eucaristía de la tarde: "Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer, estaba enfermo y me vinieron a ver...."

Después de un almuerzo, nos fuimos al cementerio, cruzando el río. Después de poner la estampa de la Medalla Milagrosa en la cruz de la tumba, encender velas y orar, resonaba en mi cabeza aquel viejo cántico que en cada Cuaresma cantábamos en la parroquia de mi infancia: "por tu Madre afligida
, piedad, Señor, piedad. Si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad. Por tu Preciosa Sangre, piedad, Señor piedad. Si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad."

jueves, 7 de enero de 2016

domingo, 1 de noviembre de 2015

MI LUGAR EN EL MUNDO

Dios mío, desde la aurora te busco.
De pronto, y por distintas razones, me encuentro con la tremenda necesidad de ubicarme en la vida en el lugar que me toca. Anoche soñé que decía: "estos son los últimos años de mi vida, es necesario que me quede en un lugar".

Para nada una sensación de despedida, sino de protagonismo. Un volver a estar. ¿Por qué? No sé si a todos les pasa, pero me siento en una barca que es azotada por el viento cambiante cada día. Por momentos no sé a dónde voy ni a dónde vamos. Las fuerzas de la sociedad, de la naturaleza, de los acontecimientos, de las limitaciones propias y ajenas... todo parece conducir a un lugar sin lugar a un horizonte que ni siquiera se define.

Las semanas pasadas este caos parecía acercarse con toda su fuerza. El tremendo huracán que azotaría México presagiaba que las decisiones humanas habrían generado tal desorden que ya nada podría contener la destrucción y la incertidumbre de aquellas poblaciones víctimas. La sensación de lo tremendo irreparable y el conocimiento anticipado del desastre definen muy bien lo que en otros ámbitos de la vida se presenta. Sin embargo...

Una inexplicable razón ha cambiado el curso de las cosas y esta fuerza de la naturaleza se ha detenido sin que sepamos cómo. El famoso cálculo cienífico, tan abordado en los ámbitos más inverosímiles ha demostrado que aún en su calculada futurología, incuestionable, segura, verdadera y única razón para muchos; ha fracasado. No es el único fracaso, pero es muy simbólico.

Muchos ignoran que una cadena de oración larga, incisiva, poderosa, ha detenido lo que era imbatible. Una vez más David ha vencido a Goliat. Una vez más he visto que la mano poderosa del Padre del Cielo es mucho más que una corazonada. Que la esperanza de los que hemos creído en Cristo va más allá de un bienestar espiritual, de una bendición ocasional, de una participación benefactora en la historia social, natural  y personal.

De pronto las motivaciones de mi juventud se desvanecieron. Aquellas felices sensaciones, miradas de fe que eran la lucha de ideologías de antaño, aparecieron como una ilusoria pompa de jabón. Lo que antes era el caballito de batalla para presentar la fe, hoy es una mirada cándida y burlona de la vida. Apareció esta nueva y catótica realidad que parece devorarlo todo, como un tremendo monstruo de película. Y qué buena comparación, estos monstruos digitales tan reales, tan palpables, pero mucho más frágiles, inexistentes que aquellos de la vieja tecnología que con plásticos, pinturas y mecanismos se movían en las películas de entonces.

Dónde está el lugar de la fe hoy, entonces? ¿Dónde encontrar el sentido del saber estar en el tiempo presente? La imagen de la fe, de la religión, ha perdido aquella ubicación que antes tenía. Hay guerras a causa de la religión, hay ignorar e ignorancia de la fe que no puede llegar a vencer a las miradas "cientírficas". No me siento por esto como un luchador en contra de... creo que si mi vida se ubicase en ese plano, perdería la oportunidad de leer los signos de los tiempos. Mis respetos a los luchadores de reivindicaciones. Lejos de mi acobardarlos o menospreciarlos. Sólo planteo mi punto de vista, mi experiencia. Pero esa es la cosa: no puedo vivir en contra de... sino a favor de... Si aquello en lo que creo bueno y verdadero necesita estar siempre a la defensiva, quiere decir que no tiene sustancia para vivir y estar presente en el mundo contemporáneo por sí mismo. Neceista que se opongan para que tenga significado. A veces siento que esto es lo que les pasa a esas religiones cristianas proselitistas, necesitan que los católicos seamos malos para ellos ser buenos.

Renglón aparte, ya ven que lo que dije al principio no significa una estabilidad de lugar físico, sino de presencia decidora en el mundo. Y esta es la cuestión. De pronto todas las cosas que me sostienen se revelan insignificantes. O relativas. Las cosas de fondo aparecen. Me dije: "Tengo 53 años, ¿te parece cuestionarte esto? ¡No tenés la vida hecha?" Hace unos casi treinta años, cuando hacía una experiencia de vida monástica en los benedictinos, salí a caminar por el río y recogí un pedacito de laja. Con un punzón grabé en ella: "Dios mío, desde la aurora te busco": piedra, juventud, grabado indeleble, futuro a venir. No me imaginé entonces que hoy puedo seguir escribiendo lo mismo. Está grabado dentro de mi. De pronto sé que esas palabras de la Escritura son las que me empujan a sentirme peregrino, siempre en busca de lo que viene, desilusionado de lo presente porque no contiene lo que mi alma anhela. Mientras, eñ corazón me empuja a buscar ese lugar. ¿Será la eternidad?

No, creo que no. La eternidad es el motor de esa búsqueda, pero ya lo dije, busco un lugar, ese lugar es misión. Es tarea, es profecía. Me preguntaba hace unos días si sería capaz de asumir la cruz como el Señor. ¡Qué pregunta!, ¿no? Si digo que sí, tremenda soberbia; si digo que no, niego el poder de la gracia y los planes del Señor. La misión es caminar detrás de Jesús, nunca adelante de él. Ese lugar es la propia vida. Decir con la vida. Cuando Herodes veía a Juan, dice San Lucas que lo admiraba. Juan decía con la vida. No por eso Herodes le hizo caso, y fue él mismo el que lo mandó matar. De esa cruz hablo, la de ser nada para el mundo (necedad, dice San Pablo) y darse cuenta de que se es insignificante. Por  eso el éxito o el fracaso no dicen sobre el propio lugar. Lo que dice está adentro, y es ahí cuando todo lo que a uno lo rodea, todos los lugares físicos, los esquemas de vida, y las decisiones pierden consistencia. Tienen valor, pero está relacionado con eso de adentro. Lo de adentro les da consistencia. Eso de adentro es el fuego del Espíritu. Hoy empiezo a comprender a la Hna. María, ermitaña peregrina que murió allá por 1982. Pude leer algo de su diario. ¿Alguien la conoce? No, verdad. Bueno, ahí está un hermoso ejemplo: nadie para el mundo. Pero su vida me apasionó apenas la leí. Es más, leí el cuaderno escrito con birome, con algún tachón aquí o allá. Ni siquiera fue publicado. Mis ojos lo leyeron. Su vida quedó en mí (y en muchos otros). Ella fue religiosa de colegio y huyó por una ventana, descolgada con unas sábanas atadas. Pero no se fue para abandonar a Jesús, sino para seguirlo. Se hizo monja trapense, de las más rigurosas, fue elegida Abadesa, y renunció y se fue, buscando a Jesús. Vivió como ermitaña, en el desierto en Palestina. Llegó allí como polizonte de un barco comercial. Hasta que la atacaron unos árabes y por poco la violan. Decidió que no era lugar para una mujer vivir en esas cuevas del desierto de Palestina. Unas venerables monjas argentinas la consideraban "la loca". Ella decía al final de sus días, cuando tuvo que dejar la ermita de Córdoba en la que vivió sus últimos años: "Hay que buscar a Dios en cueros".

¿Fue fiel la Hna. María? Yo pienso que sí. No creo que hayan quedado muy contentas las religiosas del colegio o las monjas trapenses. Tal vez las venerables monjas argentinas la hayan considerado una infiel de las de aquellas. Pero María buscaba a Dios... en cueros. Ella se movía por lo de adentro, y lo de afuera era relativo a ese fuego interior. La Madre Teresa de Calcuta es otra loca, nada más que fue famosa. Nadie le cuestionó a la monjita que, siendo religiosa perpetua de su comunidad colegial, haya abandonado su comunidad, y como la más rayada de las mujeres, se pusiera a levantar moribundos de la calle.

Gracias mujeres chifladas. Necesitaba entender lo que me bulle dentro. Estoy convencido de que el mundo necesita el fuego del Espíritu. Ese fuego loco que te graba fuerte en el corazón como en aquella piedra: "Dios mío, desde la aurora te busco".

jueves, 13 de agosto de 2015

CAMINAR EN EL DISCIPULADO



No encontraba la inspiración para escribir. Esa inspiración que más que un don natural, es la moción del Espíritu Santo. Sí, realmente no me gusta escribir sobre mí, sino sobre el Señor, sobre su obra. Creo que verme metido en ella, contemplándola, diciéndola, poniéndola en evidencia es más gratificante. Me parece imposible edificar la vida sobre uno mismo. Entiendo que eso quiso decir Jesús en sus palabras: “el que quiera ganar su vida en este mundo, la perderá. Pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. 

Tuvimos una dificultad. Mientras organizábamos el día del niño, otra institución, sabiendo que habíamos puesto día y horario, puso el mismo. Una especie de competencia. Algo raro, pero así es. En un principio me llené de malos pensamientos y tristeza. Y luego, el Señor me iluminó. Me hizo ver que ponerme a discutir sobre quién tiene razón, si hacemos esto mejor que otros, que estas son las intenciones de los otros, etc., todo eso, es un pensamiento inútil. Además, en el discipulado del día anterior, el mismo Señor me dio esta cita bíblica: “No respondas al insensato según su necedad, no sea que también tú te asemejes a él; responde al insensato según su necedad, no sea que pase por sabio a sus propios ojos.” (Proverbios 26, 4-5). Luego ví el comentario de la Biblia y dice: “Cada una de estas dos sentencias contradictorias tiene su parte de verdad según las circunstancias. La sabiduría consiste en aplicar la que más convenga a cada situación”.

Comprendí que me estaba preparando para esta situación. Que estaba empezando a pensar con el criterio del mundo, buscando mi vida, buscando la aprobación, el éxito y el dominio sobre los otros. Cuando me vino a la mente y el corazón la misma vida del Señor, sus gestos fuertes frente a Herodes (“Vayan a decir a esa zorra…”), sus gestos humildes frente a Pilatos (“¿No respondes nada?, le dice Pilatos, ¿No sabes que tengo autoridad para condenarte o salvarte?) entendí que en este caso no debía perder la paz. Que viera que el Señor ordena todo para el bien de los que él ama. Que mi misión no es dominar ni tener éxito. Mi misión es ser testigo de su Reino, que no es de este mundo. Reino de paz y justicia, Reino de esperanza y de comunión en la Sangre salvadora de la cruz. Un Reino que se gesta en gritos de dolores de parto. Un Reino que culminará con el triunfo del Inmaculado Corazón de María

miércoles, 12 de agosto de 2015

LA CORRUPCIÓN, LA MENTIRA Y LA ESPERANZA



El pensamiento político no es mi costumbre, ni involucrarme sobre este tema más que en diálogos personales con gente cercana. Pero la excepción se presenta. La candidata Elisa Carrió dio duro mensaje y denuncia sobre el narcotráfico y recibió una amenaza que la dejó muda. Es increíble que la amenaza que recibió fuera la confirmación de todas sus palabras. Le dijeron que los narcos ya se instalaron en Argentina y que no se piensan ir, que están protegidos. Esas y otras cosas más. Pero esas afirmaciones no son otra cosa que la confirmación de que sus pistas son ciertas. De que estamos gobernados por gente que protege a los narcos. Y como siempre pasa, lo sabemos todos pero no decimos nada. Lo saben también quienes  apoyan a aquellos de quienes sospechan (o saben) que están en esta situación de corrupción.

No es una denuncia, es simplemente una constatación de que estamos frente a un mal que supera nuestra capacidad de defensa habitual. Los narcos tienen razón en algo: están y no se irán. Y esto es cierto en cuanto no se encuentren mecanismos sociales o políticos para vencerlos. 

Hace pocos años, cuando me acerqué a una comunidad terapéutica donde muchos jóvenes estaban en la lucha por salir de su adicción a las drogas. Conversando con su fundador, hoy ya fallecido, me decía con toda razón que los centros terapéuticos son mínimos al lado de las necesidades reales sobre esta situación. Y para colmo, la mayoría son privados con un costo demasiado elevado para el común de las personas que lo necesitan. 

David frente a Goliat. Ni más ni menos. Pero David venció porque el Señor estaba con él. Esta es el arma que la soberbia de los poderosos no conocen. Es el arma que vencerá al mal que está en manos de Satanás. Es así, en manos de Satanás está este mal que nos aqueja y que las políticas ni los dineros, ni los políticos ni las luchas armadas podrán vencer. Su arma es la codicia, pecado capital que genera la corrupción, la indiferencia frente a la vida de los más débiles, el deseo del poder y del lujo desmedidos. Pero este gigante que confía en su fuerza y en su habilidad para la guerra será vencido por una piedra lanzada por un pastor. Y no podrá hacer nada.

Imaginemos la escena. Una distancia física entre uno y otro. Una mirada de triunfo sobre uno, una mirada de confianza del otro. Una confianza sobre la propia habilidad y armadura, una confianza no puesta en sí mismo ni en la piedra de la mano. Esta es la clave del auténtico éxito. ¿Cuál es esa piedra?: la oración, especialmente la oración dirigida al Inmaculado Corazón de María. Se reirán los soberbios, pero serán derrotados. La oración, no la confianza en la oración. NO un “tiene razón, que recen los otros”. Esta es la batalla de un pueblo, y el pueblo vencerá. Será aplastada la cabeza de la serpiente por el talón de una mujer revestida de sol con la luna a sus pies. 

No tengo duda de esto. Tengo confianza. Sé que ganaremos.

sábado, 3 de enero de 2015

EL PRINCIPE DE LA PAZ

“La fe, en los profetas, más que la creencia abstracta de que Dios existe y que es único, es la confianza en él, fundada en la elección: Dios ha elegido a Israel, él es su Dios, y sólo él puede salvarle. Esta confianza absoluta, prenda de la salvación, excluye el recurso a cualquier otro apoyo de los hombres o, con mayor razón, de los falsos dioses.”

Este es un párrafo del comentario a pie de página sobre un versículo del Capítulo 7 del Libro de Isaías en la Biblia de Jerusalén. Al leerlo, inmediatamente mi mente se fue hacia los miles de bautizados que por el mundo andan buscando apoyos para su vida interior o para sus necesidades inmediatas de trabajo o de salud. Recordé lo ya publicado acerca de esa fe difusa en un dios indefinido.

El tema en este capítulo de Isaías es el temor e incertidumbre que siente el rey de Judá, Ajaz, que se ve sitiado por Samaría y Damasco. Tiene la tentación de recurrir a la ayuda del rey de Asiria, a quien los otros dos quieren combatir. Pero buscar esta alianza sería desastroso para Judá como se lo advierte Isaías. En este capítulo, el profeta hace el anuncio de la virgen que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Emanuel (Dios con nosotros) como señal para Ajaz de que Dios interviene en su historia como nación y que no lo abandonará. Un anuncio futuro de un sucesor en el trono de David.

El momento político y práctico para Ajaz se transforma en un momento profético y trascendente. La historia que parece definirse por alianzas y poder político y bélico, es ahora, ella misma, un signo de la intervención de Dios que ha sido ligado a Judá por una alianza y una promesa, la alianza de Abraham, la promesa de la descendencia consolidada hecha a David. El profeta, enviado de Dios, hace ver que la historia política y personal no se resuelve por condicionamientos circunstanciales y no puede ser visto tan sólo como un hecho pragmático.

¿Cómo resolvemos nuestras situaciones de vida? ¿No es el pragmatismo de los acontecimientos, de las circunstancias, de las pasiones, de los miedos, lo que nos hacen definir rumbos para nuestra vida? ¿No nos pasa que encontramos en esas decisiones un camino que decididamente, lo sabemos en nuestro interior, nos aparta de Dios, de nuestra fe, pero decimos: “hay que ser práctico, la fe es la fe, pero la realidad es la realidad”?

Era esperable que el profeta Isaías le prometiera a Ajaz que habría un triunfo de Israel sobre sus enemigos. De hecho, la alianza de Samaría con Damasco contra Judá y Asiria fracasará. Pero el signo de la intervención de Dios que le da el profeta a Ajaz es un signo futuro de un descendiente que le significará “Dios con nosotros”, Dios presente, realmente presente. El sentido del tiempo, la conclusión de la historia concreta, la expectativa de Ajaz, son sacados del inmediatismo del miedo, del cálculo, de la cronología instantánea. Isaías no cae en la tentación de anunciar, como los falsos profetas, un Dios que resuelve problemas inmediatos, que ata parejas, que bendice decisiones apuradas, que acompaña pasiones satisfechas. El mundo del “ya” que muestra su lado fugaz como su único lado, lo único que te puede dar; se cae ante una promesa inesperada: el Dios de la alianza no te promete algo, te promete a sí mismo. ¿Hay algo más grande que él mismo? ¿Hay alguien, o alguna alianza, un acuerdo, un premio, una vida inclusive, que pueda valer más que lo que él te promete, que lo que él es? Ajaz se ve obligado a mirar más allá de su presente inmediato y de la amenaza que lo agobia. Nosotros nos vemos obligados a ver más allá de este presente que vivimos. Este “más allá de” es lo que llamamos el sentido más puro de la esperanza. Es la alianza de una promesa cumplida porque Dios ya está entre nosotros, el Emanuel ya ha llegado. Es la alianza de una promesa futura porque la historia personal y política son empujadas hacia un futuro donde la presencia plena de Dios se hará una realidad tan abarcadora que este presente en el que se juega lo cotidiano tendrá entonces su final feliz… siempre que hayamos decidido el día a día desde esta alianza, desde esta realidad, desde esta espera.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: "Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz". (Isa 9:5)
¡Feliz Navidad!

domingo, 14 de diciembre de 2014

DIOS, EL UNIVERSO O COMO QUIERAN LLAMARLO

Escuchaba con gran interés un programa por radio Rivadavia porque difunde valores cristianos. Todo venía bien, hasta que en un momento dado, su conductor, que parece católico, para hacer referencia al origen de un determinado bien que quería destacar dijo: “atribúyanlo a Dios, al Universo, a la suerte, como quieran llamarlo”. Días después, consultando a una mujer que reside en el extranjero, ella decía que “gracias al Universo”… El colmo fue en este día en que escribo estas líneas, otro locutor participante del programa, con gran entusiasmo, hizo referencia a un hombre concreto que hoy “concentra energía del Universo como en otro tiempo otros maestros, como Cristo y después Buda”. Como si fuera poco, hizo luego una interpretación de la Sagrada Escritura refiriéndose a la Transfiguración del Señor diciendo que era “ tan grande la concentración de energía cuántica debido al amor que Jesús en ese momento expresaba que hizo una explosión de luz”. Quien confiesa la fe en Jesucristo, me conozca y lea estas líneas quizá reirá por leer esto. Pero a mí me impresionó profundamente.

Lo que me impresionó es la percepción de estas personas respecto de Cristo. El primero, que por indicios pero no por confesión de fe, parece católico, no se atreve a mencionar al Padre Dios como convicción personal. Un efecto claro de la new age que pretende, con el prurito de respetar las creencias, mezclar todo tipo de convicción sobrenatural con las ideas en boga. De ese modo, y como lo advierte la Encíclica Evangelium gaudium, del Papa Francisco, se niega de hecho el conocer a Dios y se considera que se es imposible hacer una afirmación sobre él. La segunda, equipara el Universo con Dios mismo. Pone en un mismo nivel la creatura con el Creador. De ese modo, Dios es lo material, lo creado, lo desconocido por el hombre hasta ahora, pero por la ciencia, puede ser infinitamente conocido. El tercero, el más entusiasmado y convencido, equipara a Cristo con otros personajes poniéndolos al mismo nivel. Lo deja como una creatura capaz de concentrar fuerzas de la naturaleza, lo deja como un ser especial que no escapa a ser una simple parte del Universo, pero que ya no es el Hijo del Dios vivo, no es el Verbo hecho hombre, ya no es el único Maestro de sus discípulos.

Mi conclusión es la ausencia de la Evangelización. Es que los católicos no somos capaces de definir quién es Jesucristo. ¿Quizá tenemos vergüenza? No somos capaces de dar una palabra clara sobre Dios. No somos capaces de dar un testimonio convincente como argumento a favor del Evangelio de Cristo. O quizá todavía dudamos de si hay un solo Maestro o nos hemos convencido de aquella otra frase de la new age: “al fin y al cabo es el mismo Dios”. El argumento que aquí reflejo sobre un hecho concreto al comienzo de este escrito demuestra lo patética de esta frase que termina desdibujando el Santo Nombre de Dios que nos ha sido revelado en Jesús.

Alguno pensará que con un buen testimonio de solidaridad, amistad, buena onda alcance para ser testigos de Jesús. Bien, les diré que en el mismo programa se habla de solidaridad, amistad y buena onda sin que a nadie se le mueva un pelo por vincularlo con Jesucristo, ni tampoco se piense o se crea  que es debido al Espíritu de Jesús que aquellas buenas obras se realicen. Está de moda la solidaridad, no es un camino de por sí convincente para provocar el acto de la fe en alguien.
Intuyo que el tiempo de la Nueva Evangelización requiere como ingrediente más necesario de nuestra época que al buen comportamiento y solidaridad de un cristiano se agregue la convicción mediante las palabras, y palabras claras, concretas y directamente referidas a la persona de Cristo. Una idea muy clara del sentido de la creación, del creador, del sentido de la historia humana.

Pero todo esto puede ser inútil si no se entiende, por parte del testigo de Jesús, que todo el bien que se hace por ser testigo no proviene del ingenio personal, o como un proselitismo sectario; sino del don sobrenatural de la fe recibido del Espíritu Santo; de los dones y carismas que se ejercen con responsabilidad y largueza. Del fuego de la caridad que proviene de Dios. A la fe habrá que unir la oración porque es en la oración donde la inteligencia se ilumina para dejar el razonamiento de este mundo y entrar por la caridad divina en la mente de Dios, en su pensamiento, en su obra, en su querer. Por eso quien dice no tener tiempo para orar es porque ya ha sido atrapado por el ritmo del mundo y no podrá ser testigo de Jesús porque no quiere entrar en el tiempo de Dios, en el ámbito donde se descubre el auténtico valor y lugar de las cosas. Un síntoma claro es cuando entendemos que la oración es algo que hacemos cuando “nos dedicamos a la religión”, o que no hacemos porque “tenemos cosas muy importantes que hacer”. Como si la vida misma fuera menos importante que las cosas que hacemos.

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mateo 16,26)
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”(Juan 15,8)Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19)

 “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra".(Hch 1:8)


Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". (Juan 20,21)

sábado, 6 de diciembre de 2014

LA ALEGRÍA DEL REINO

“Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos” ( Mateo 8, 11) Toda la Sagrada Escritura se figura al Reino de Dios con la alegría de un banquete. La alegría. ¡Cómo se nos escapa de las manos! Vivimos  muchos acontecimientos felices que nos hacen estar alegres, pero a la puerta de la fiesta ya nos espera alguna novedad que ensombrece o hace desaparecer con instantánea velocidad el momento feliz que hemos vivido.

Vamos igualmente acumulando buenos momentos que son solaz para las tristezas. Como creo ya lo comenté, Viktor Frankl constató en el campo de concentración durante la segunda guerra mundial que el sufrimiento es abarcador de toda la persona. Cuando alguien sufre algo, por pequeño que sea, abarca de una vez todos sus sentimientos y su mirada sobre la vida. ¿Cómo podemos hacer que las alegrías sean tan abarcadoras para que duren también todo nuestro tiempo, aunque haya contratiempos?

Años atrás, en una comunidad había vivido una señora que era evangélica. Falleció poco tiempo antes de que llegara yo como párroco a aquel lugar. Su recuerdo estaba vivo. La misma comunidad católica reconocía en esa señora una persona de fe, una fe contagiosa que la hacía alegre, comunicativa, solidaria. Como me ha pasado con otras personas ya fallecidas y que no llegué a conocer durante su vida peregrina, pude reconstruir fácilmente la personalidad de esta señora. Tenía una alegría interior que nadie se la podía quitar. Su alegría no se basaba en los hechos de la vida cotidiana; hubiera estado como nosotros en el vaivén de los buenos y malos momentos. Su alegría se fundaba en el acontecimiento único de una persona: Jesucristo.

En mis lecturas de temas muy diversos, cuando se hace referencia a Martín Lutero, padre del protestantismo, se menciona que su búsqueda era, dicho con mis palabras, esa alegría que la fe que él vivía no le podía dar. Es posible, y lo he visto concretamente, que muchos católicos actuales que abandonan la fe para aferrarse a grupos evangélicos buscan lo mismo. La alegría del Reino que es Jesús mismo. Lo expresa él con sus palabras cuando dice: “el Reino de Dios está entre ustedes” (Lucas 17,21).

Jesús es alegría para el que cree cuando se lo conoce y no se adora la imagen de Jesús que nos hemos hecho. Lo distinguimos fácilmente: cuando Jesús es más que algo, es alguien, es otro. Es alegría cuando deja de ser la proyección de lo que a mí me parece y es el Maestro que me enseña a vivir. Segunda idea que está muy en boga. Muchos quieren que la Iglesia haga esto o aquello, que esto le gusta a Dios y esto no, los curas debieran hacer esto otro. Es alegría cuando reconocemos en él “el dedo de Dios” como dice de sí mismo cuando habla de que puede expulsar a los demonios. O sea, cuando es Señor de la historia, dueño del destino de los hombres. Es alegría cuando es él mismo el gran acontecimiento de mi vida, el más grande de todos. Cuando no hay ni persona, ni vivencia, ni cosa alguna que sea más grande y más preciada por mí que el Señor.

La alegría que no pasa es Jesús que pasa por mi vida, y a cuyos pies quiero estar. “Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría".

(Jua 8:56)

domingo, 30 de noviembre de 2014

DE LA IMPOTENCIA AL PROTAGONISMO

Lucas 21, 29-33
El  cine catástrofe, es la imagen que más se acerca a la descripción que versículos antes de los citados Jesús utiliza para indicar la llegada del Reino de Dios. En las películas siempre aparece un héroe capaz de vencer las dificultades más increíbles librándose y librando a sus seres queridos de destrucciones, monstruos, zombies y cuanto la imaginación del libretista se presente. Una sensación de poder o suerte interminables del protagonista, y una ausencia e invalidez de todo principio de vida o mirada sobre el sentido y el fin de las cosas, se adueñan de nuestros sentimientos. Es revelador. Creo que en la vida diaria tenemos ese sentido. Vivimos como si las cosas no fueran a terminar nunca y como si la felicidad consistiera en esa paz sin fin que anhelamos.

Las religiones orientales lo han solucionado de manera agradable: ignorar los sufrimientos, la meditación para salir del mundo como se presenta y vivir como si nada pasara. A eso se debe su éxito en la sociedad occidental agobiada por las crisis y las vidas sin solución. Y en eso consiste su incoherencia con la sabiduría cristiana que en estas palabras del Evangelio de Lucas en vez de rechazar lo caótico de la historia presente, lo asume como un signo del Reino de Dios, como cuando vemos los brotes de la higuera que anuncian el verano. Jesús, desconcertándonos, nos dice que cuando suceda todo esto “tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (en el versículo 28, inmediato anterior a la cita).

El Maestro de doble manera nos pone ante la disyuntiva para tomarlo como único maestro de nuestras vidas a riesgo de vivir entre dos aguas irreconciliables, la esperanza o la desesperación. La fe sobrenatural o el sometimiento a un devenir del cual tenemos que huir. Al fin he encontrado una respuesta que me llena de certeza, de alegría y de temor.

La certeza es necesaria. Es la seguridad del sentido de las cosas, aún las catastróficas. Ninguna deja de tener sentido, y ninguna deja de estar sometida al único fin de la historia del cosmos y de la humanidad: Jesucristo. Su palabra va a ir más allá de nuestra vida presente. ¡Epa! O sea que el Señor no ha venido a darnos recetas dulzonas, de imágenes idílicas para que vivamos esta vida con mucha fe. Sus palabras irán más allá de la historia: “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. Ya sabemos el final de la película, pero esta no es una película como las otras. Es una realidad que abraza lo presente y se proyecta más allá. Un más allá.

Un más allá que me ubica como protagonista y no como espectador en esta realidad que no tiene la última palabra. Entiendo entonces el significado y la importancia de mi vida política (en el sentido propio del término), entiendo el ideal de una sociedad más justa, entiendo la perseverancia en el camino del bien, entiendo el “estén siempre alegres” de San Pablo (1Tes. 5, 16). El Apóstol no es un iluso, es un realista.

Y del miedo de la película catástrofe paso al temor de la realidad esperanzada. El temor ya no es sobre monstruos inimaginables, ni por poderosos malvados. El temor es por mi propia maldad, mi ceguera para ver la finalidad de las cosas, mi parálisis ante las desilusiones que me provocan las realidades y mi pérdida de tiempo para ponerme manos a la obra en la edificación del reino que se acerca. De víctima de la historia a protagonista es un paso gigantesco y posible. Estoy aferrado a un solo Nombre delante del cual toda rodilla se dobla.


Mejor recemos: “Padre nuestro… venga a nosotros tu Reino..”. ¡Uy, no! Mejor otra: “Dios te salve, María…ahora y en la hora de nuestra muerte”. ¡Peor! Mejor un credo: “Creo en Dios…desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”… no tengo escapatoria, voy a tener que creer nomás. ¡Ánimo!

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL REINADO DE CRISTO

Pienso en la vorágine del tiempo cronológico que se acerca a fin de año y todo el movimiento y organización que supone para la familia. Pienso en la ingente cantidad de objetos de consumo que se amontonan en los escaparates de los comercios y en la anticipación de previsiones de ventas que hacen los medios de comunicación social. Pronto vendrán las noticias sobre los precios de las carnes, los objetos navideños y las perspectivas de viajes a destinos de turismo. Y todo me figura en una gran y antigua Babilonia con su comercio árabe y la venta de esclavos, alimentos, objetos preciosos y un mundo de gente circulando por callejuelas intrincadas; con un barullo de voces ininteligibles y de intercambios anónimos.

Y me pregunto qué es lo importante y qué es lo menos importante. Qué es lo que define la vida de la sociedad y qué la frena. Me pregunto si la curiosa capacidad de olvidarnos de nuestros problemas sociales (violencia, drogadicción, narcotráfico y pobreza) con tanta facilidad por los días festivos y veraniegos para retomarlos con una pasión y llanto incontenibles cuando venga marzo, significa lo que somos o lo que nos pasa. Trato de buscar en medio de todo esto qué significa Cristo y su Reino. Y me digo si también él está en medio de todo este caos organizado y si su presencia representa ¿cuántos millones de dólares? (parece ser que esa es la medida de la importancia de los verdaderos acontecimientos en el mundo). Mientras tanto, reviso mi bolsillo y saco un reluciente billete de cien pesos cuya capacidad de significación está muy lejos de aquellos millones, y me digo si mi vida y sus acontecimientos cotidianos, aquellos por los que yo río y lloro y que significan lo más importante para mí, tienen algún valor o inciden en aquellos cálculos millonarios. O más bien creo que tengo que hacer una pregunta al revés: si aquellos millones, el caos organizado y los precios de la carne más los destinos turísticos modifican, mejoran o empeoran mi vida en algún sentido.

Me doy cuenta que la estridencia de los cálculos y los ruidos de los medios de comunicación no significan nada y corro el riesgo de que mi vida quede en la nada si no encuentro el principio y el fin de mi andar cotidiano. Entonces comprendo el reinado de Cristo como un acontecimiento y como un camino. El acontecimiento que le ha dado valor a mi vida cotidiana porque cada cosa que vivo tiene significado y valor (para el cual no alcanzarán los millones de dólares), es este paso de la cruz salvadora, de la vida plena del Señor resucitado que ha creado una escala de valores donde vuelvo a ser el protagonista y la razón por la que existen los escaparates, la carne, los millones y las noticias. Comprendo que hay un camino por el cual transito dando pasos firmes que no son estridentes y ni salen en las noticias. Pasos que responden a la vida de millones de seres humanos, pero que no cuestan millones de dólares. Son los pasos del Evangelio: “ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5, 13). Comprendo que el camino tiene muchas dificultades, pero si no las tuviera ¿cómo sabría que mi caminar es diferente del que corre detrás del poder o del dinero? ¿qué novedad aportaría? ¿de qué valdría el esfuerzo de vivir con códigos no aceptados por la sociedad? Si Jesús estableció su reinado por el camino de la cruz ¿yo lo haré por el camino del poder y de la fama, del dinero o del placer?


Soy protagonista de la historia, estoy modificando los destinos de la humanidad, estoy aportando el principio del fin de la violencia, la drogadicción, el narcotráfico y la pobreza. No saldré en los diarios, no caminaré por Babilonia ofreciendo una mercancía más, no comentarán mi vida los programas faranduleros propagandistas de vidas voluptuosas y vacías. Y soy protagonista de un Reino que no tendrá fin, ciudadano por derecho de ese Reino, soy hijo de Dios y hermano de los hombres. Me ha tocado un lugar de delicias, estoy contento con mi herencia (Salmo 16,6)