El mundo parece seguir siendo de los necios. Pero me confunden las cosas como se desenvuelven. En mi País tenemos grandes exposiciones culturales que llaman la atención de miles de ciudadanos, y a la vez, a pocas cuadras ocurre una manifestación armada por quienes quieren manejar el poder con la imagen, más allá otros luchan por una igualdad de oportunidades para tantos carenciados que no tienen la posibilidad de una educación que les permite buscar horizontes más altos. Pero a la vez se declama una igualdad que permitirá a quienes no encuentran el rumbo de la vida, seguir sin encontrarlo, pero bien convencidos de que han progresado porque han adquirido un derecho.
Se reparten masivamente computadores. Prece que hemos alcanzado una excelencia en la educación. pero los niños siguen preparando sus "investigaciones" copiando y pegando de internet muchos datos que jamás leerán. El acseso a la tecnología se confunde con una posibilidad real de progreso cultural. ¿lo es?
La misma ciencia parece plantearse como un hito de crecimiento y maduración de los pueblos. Pero la ciencia, como ya lo comenté y ahora más, no es ni siquiera el referente para pensar en una visión del hombre. Ser varón o mujer, aunque lo demuestre la biología, la psicología y la anatomía, es una creación cultural. ¿qué tal? Se acabó el mito de la ciencia.
Pero este es el mundo que aparece y desaparece. que vemos surgir en pocos años de historia y lo vemos desaparecer. Los que ayer eran los villanos hoy son los héroes, y mañana será al revés. Mientras tanto miramos hacia el horizonte de donde viene la luz para sentir y vivir el que no estamos en este devenir de la historia como juguetes al son de los poderosos. Somos un resto de humanidad que sostiene con la vida lo que seguirá siendo la fuente de donde renacerá el hombre y que sostendrá en el momento de la caída, a la gente, a los valores a las cosas que siguen diciendo que somos seres humanos y que valemos mucho. Somos la Iglesia.
sábado, 19 de mayo de 2012
TENEMOS ESPERANZA
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viernes, 18 de mayo de 2012
RENOVAR LA IGLESIA
¿Cómo vivir los tiempos presentes? Como católicos tenemos que asimilar un estilo de vida que para nada nos favorece. Pero a decir verdad no es distinto de lo que le tocó a los primeros cristianos. Basta leer los capítulos 5 al 7 de la Primera Carta a los Corintios para darse cuenta. Den esos hechos saco que tenemos que estrechar filas. Y aquí está el verdadero desafío.,
Tampoco se nos escapa la desobediencia de muchos católicos que quieren aggiornarse a las decisiones presentes de legislación, que está siendo lo más notable de los cambios. Sumemos a los grupos grandes de la Iglesia, también liderado por Obispos que no tienen una comunión tan plena con el Papa, y silencian muchas cosas que nos afectan en lo más profundo, dándose el gusto de criticar ácidamente al ministerio episcopal en comunión con la Sede de Pedro.
Vivir la unidad de la Iglesia y estrechar filas, será difícil. Tampoco esto se escapó a la vivencia de los Apóstoles. Volvamos a San Pablo que fue tratado bastante mal por los Corintios y que escuchó del Señor que se quedara en Corinto, cuando recién empezaba a evangelizar porque allí el Señor tenía un pueblo elegido. Para adelante las situaciones se multiplican. Las luchas de la Iglesia hasta el siglo V que hicieron surgir grandes maestros de la fe, pero que tuvieron que enfrentarse con luchas doctrinales que no fueron "luchas de escritorio". La Iglesia, como siempre, salió fortalecida de aquellos duros combates. Y siempre volvió a la fuente: la unidad en torno al Sucesor de Pedro, sobre quien el Señor edificó su Iglesia. ¿dónde están los que pensaron que tenían la verdad en sus manos? ¿dónde los que atacaron al Papa entonces? ¿Dónde están los seguidores de los maniqueos, de los docetistas, de los cátaros, los albigenses? Ya no existen porque sus teorías tan encarnizadamente defendidas en torno a la supuesta razón, fundados en sus teólogos y no en el misterio de la unidad de la Iglesia iluminada por el Espíritu Santo no estaba en ellos.
La unidad comenzará por esta fidelidad a la Iglesia de siempre, la que cada día experimenta la fragilidad propia y le fidelidad del Señor en una humanidad transfigurada por la Pascua. Sigamos haciendo la Historia.
Tampoco se nos escapa la desobediencia de muchos católicos que quieren aggiornarse a las decisiones presentes de legislación, que está siendo lo más notable de los cambios. Sumemos a los grupos grandes de la Iglesia, también liderado por Obispos que no tienen una comunión tan plena con el Papa, y silencian muchas cosas que nos afectan en lo más profundo, dándose el gusto de criticar ácidamente al ministerio episcopal en comunión con la Sede de Pedro.
Vivir la unidad de la Iglesia y estrechar filas, será difícil. Tampoco esto se escapó a la vivencia de los Apóstoles. Volvamos a San Pablo que fue tratado bastante mal por los Corintios y que escuchó del Señor que se quedara en Corinto, cuando recién empezaba a evangelizar porque allí el Señor tenía un pueblo elegido. Para adelante las situaciones se multiplican. Las luchas de la Iglesia hasta el siglo V que hicieron surgir grandes maestros de la fe, pero que tuvieron que enfrentarse con luchas doctrinales que no fueron "luchas de escritorio". La Iglesia, como siempre, salió fortalecida de aquellos duros combates. Y siempre volvió a la fuente: la unidad en torno al Sucesor de Pedro, sobre quien el Señor edificó su Iglesia. ¿dónde están los que pensaron que tenían la verdad en sus manos? ¿dónde los que atacaron al Papa entonces? ¿Dónde están los seguidores de los maniqueos, de los docetistas, de los cátaros, los albigenses? Ya no existen porque sus teorías tan encarnizadamente defendidas en torno a la supuesta razón, fundados en sus teólogos y no en el misterio de la unidad de la Iglesia iluminada por el Espíritu Santo no estaba en ellos.
La unidad comenzará por esta fidelidad a la Iglesia de siempre, la que cada día experimenta la fragilidad propia y le fidelidad del Señor en una humanidad transfigurada por la Pascua. Sigamos haciendo la Historia.
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domingo, 13 de mayo de 2012
HECHA LA LEY, HECHA LA TRAMPA
Siguiendo el razonamiento de los Senadores, el sólo diálogo en el Senado crea una sensación de inseguridad tan grande como la ley aprobada. Hay muchas dudas sobre cómo seguirá la historia. Yo me pongo a pensar en las viejitas que vemos en los geriátricos y a quienes acercamos a Jesús Eucaristía. ¡Con cuánta lucidez lo reciben y no parecen tener ninguna diferencia entre los sentimientos nuestros ante el misterio Eucarístico y los de esas personas que parecen totalmente perdidas de la realidad. Otro tanto es la maravillosa experiencia de aquellos que reciben el Sacramento de la Unción de los enfermos en situación terminal y no sólo salen de ese estado comatoso sino que llegan a la salud completa. Y eso no me lo contaron. Lo viví más de una vez me sigo alegrando del misterio de la vida humana que no puede quedar reducida a una consideración práctica sobre el sufrimiento humano.
Me imagino los cientos de ciudadanos argentinos que pensarán en situaciones similares vividas desde sus experiencias de amor incuestionables, irrepetibles. Si de experiencias se trata, claro.
Pero aún así, aunque yo no tuviera esas experiencias ni nadie más lo hiciera, ¿seríamos por eso autorizados a disponer de la vida de otro? ¿Es más, estamos autorizados a disponer del fin de la vida propia? Como siempre ha pasado en nuestra Argentina eufemista (y nunca pensé que este adjetivo llegara a tener tanto uso práctico) se utilizan estas mismas frases para llenarnos la cabeza de falacias (juicios falsos) Acostumbrémonos a estas palabras para poder discernir las cosas como son, porque últimamente son más usuales de lo que parecen.
Sí. Se quiere identificar el provocar la muerte como una consideración de derecho humano. Para justificarlo se dice que la muerte también forma parte de la vida (chocolate por la noticia). Todavía más audazmente y falazmente se dice que vivir es un mandato social y por lo tanto por qué no cambiarlo por el morir que al fin y al cabo son realidades de la vida. Si el espíritu de muerte ha llegado a nuestra sociedad, ha logrado escalar hasta el lugar mismo de la custodia del bien social.
Pero digamos las cosas claras para no hablar de algo que suponemos. La nueva ley llamada de la "muerte digna" es similar en sus motivaciones a la pretendida ley del aborto. El derecho a decidir. Nada más que aquí tiene dos vertientes muy delicadas: la decisión del que sufre y quiere morir, y la decisión de los parientes que también tienen poder de decisión sobre su pariente que sufre. Desde este segundo punto de vista esta ley de la muerte digna es similar a la pretendida ley del aborto: se trata de que una persona tiene derecho a matar a otra para no sufrir ella. Es más, la consideración es la decisión de que el que vamos a matar deje de sufrir. Así lo plantean quienes argumentan el aborto en casos de pobreza, o de familias numerosas. ASí lo plantean quienes dicen que están cansados de ver sufrir a su ser querido y es mejor dejarlo morir. No puedo evitar pensar en aquellos lugares donde se tiene a perros en estado calamitoso y a nadie se les ocurriría sacrificarlos, sino que los cuidan hasta el final de sus vidas, ¡hasta cambiándoles pañales! Disculpas por los que son sensibles a estos seres irracionales, pero me hace sentir muy mal que no se tenga el mismo sentimiento de compasión por el ser racional. Y dentro de todas las cosas anormales que vemos, tener que decir esto es la consecuencia de la decadencia social en la que estamos sumergidos.
Son varios los puntos de consideración que hay que hacer sobre esta nueva ley nefasta de nuestro País. Pero ahora sólo consideraré algunos.
Aparece como una motivación importante que nuestro País se ponga a la altura de las exigencias de la ONU, que se encuentra abocada a la reingeniería social para diseñar un sistema de Países donde los individuos hayan perdido en lo posible toda su capacidad de ser sociedad para ser simples individuos, lo cual hará que el sentido de Nación desparezca para dar lugar a una humanidad amorfa y perfectamente gobernable. Considerar la ONU como la referente del bien social de nuestro País es una nueva forma de colonialismo y de sometimiento a una superpotencia ideológica. La profundización de los derechos humanos que se propone la ONU con, incluso sanciones a los países que no se someten a sus disposiciones sobre hechos soberanos, es hoy mucho más incidente y peligroso como recurso de dominio sobre las naciones y su autonomía. No cabe duda de que la manipulacion de los medios de comunicación, de la información y el manejo de un sector social que pretende una anarquía social, son los causantes de esta revuelta de valores que impide el desarrollo del País en lo que hace a factores decisivos de su vida presente y futura.
Resulta que morirse es un derecho. No creo que alguien se le ocurra conculcarlo. ¿Habrá alguien capaz de negarle el morir a alguien? No conozco ningún inmortal que camine por las calles de nuestro País reclamando que se atienda "su derecho". ASí aparece el argumento, pero claramente después, a la hora de las consideraciones no se atiende a este otro hecho fundamental: la vida es un don recibido del que no podemos disponer. Digo yo, cuando un adolescente se quiere suicidar, ¿salen los padres a evitarlo sólo porque lo quieren o por la misma vida del adolescente? Pues aquí, esta nueva ley no apunta a cuidar al que padece el mal sino al que lo observa desde afuera. Es para proteger del sufrimiento a quien ve el dolor de otro. Es mejor no verlo, es mejor no sufrir por él. Mejor vamos a decir que es más compasivo que él no sufra, así que lo dejemos morir. Dejar morir no es amar. Ayudar a vivir dignamente es amar.
Me imagino los cientos de ciudadanos argentinos que pensarán en situaciones similares vividas desde sus experiencias de amor incuestionables, irrepetibles. Si de experiencias se trata, claro.
Pero aún así, aunque yo no tuviera esas experiencias ni nadie más lo hiciera, ¿seríamos por eso autorizados a disponer de la vida de otro? ¿Es más, estamos autorizados a disponer del fin de la vida propia? Como siempre ha pasado en nuestra Argentina eufemista (y nunca pensé que este adjetivo llegara a tener tanto uso práctico) se utilizan estas mismas frases para llenarnos la cabeza de falacias (juicios falsos) Acostumbrémonos a estas palabras para poder discernir las cosas como son, porque últimamente son más usuales de lo que parecen.
Sí. Se quiere identificar el provocar la muerte como una consideración de derecho humano. Para justificarlo se dice que la muerte también forma parte de la vida (chocolate por la noticia). Todavía más audazmente y falazmente se dice que vivir es un mandato social y por lo tanto por qué no cambiarlo por el morir que al fin y al cabo son realidades de la vida. Si el espíritu de muerte ha llegado a nuestra sociedad, ha logrado escalar hasta el lugar mismo de la custodia del bien social.
Pero digamos las cosas claras para no hablar de algo que suponemos. La nueva ley llamada de la "muerte digna" es similar en sus motivaciones a la pretendida ley del aborto. El derecho a decidir. Nada más que aquí tiene dos vertientes muy delicadas: la decisión del que sufre y quiere morir, y la decisión de los parientes que también tienen poder de decisión sobre su pariente que sufre. Desde este segundo punto de vista esta ley de la muerte digna es similar a la pretendida ley del aborto: se trata de que una persona tiene derecho a matar a otra para no sufrir ella. Es más, la consideración es la decisión de que el que vamos a matar deje de sufrir. Así lo plantean quienes argumentan el aborto en casos de pobreza, o de familias numerosas. ASí lo plantean quienes dicen que están cansados de ver sufrir a su ser querido y es mejor dejarlo morir. No puedo evitar pensar en aquellos lugares donde se tiene a perros en estado calamitoso y a nadie se les ocurriría sacrificarlos, sino que los cuidan hasta el final de sus vidas, ¡hasta cambiándoles pañales! Disculpas por los que son sensibles a estos seres irracionales, pero me hace sentir muy mal que no se tenga el mismo sentimiento de compasión por el ser racional. Y dentro de todas las cosas anormales que vemos, tener que decir esto es la consecuencia de la decadencia social en la que estamos sumergidos.
Son varios los puntos de consideración que hay que hacer sobre esta nueva ley nefasta de nuestro País. Pero ahora sólo consideraré algunos.
Aparece como una motivación importante que nuestro País se ponga a la altura de las exigencias de la ONU, que se encuentra abocada a la reingeniería social para diseñar un sistema de Países donde los individuos hayan perdido en lo posible toda su capacidad de ser sociedad para ser simples individuos, lo cual hará que el sentido de Nación desparezca para dar lugar a una humanidad amorfa y perfectamente gobernable. Considerar la ONU como la referente del bien social de nuestro País es una nueva forma de colonialismo y de sometimiento a una superpotencia ideológica. La profundización de los derechos humanos que se propone la ONU con, incluso sanciones a los países que no se someten a sus disposiciones sobre hechos soberanos, es hoy mucho más incidente y peligroso como recurso de dominio sobre las naciones y su autonomía. No cabe duda de que la manipulacion de los medios de comunicación, de la información y el manejo de un sector social que pretende una anarquía social, son los causantes de esta revuelta de valores que impide el desarrollo del País en lo que hace a factores decisivos de su vida presente y futura.
Resulta que morirse es un derecho. No creo que alguien se le ocurra conculcarlo. ¿Habrá alguien capaz de negarle el morir a alguien? No conozco ningún inmortal que camine por las calles de nuestro País reclamando que se atienda "su derecho". ASí aparece el argumento, pero claramente después, a la hora de las consideraciones no se atiende a este otro hecho fundamental: la vida es un don recibido del que no podemos disponer. Digo yo, cuando un adolescente se quiere suicidar, ¿salen los padres a evitarlo sólo porque lo quieren o por la misma vida del adolescente? Pues aquí, esta nueva ley no apunta a cuidar al que padece el mal sino al que lo observa desde afuera. Es para proteger del sufrimiento a quien ve el dolor de otro. Es mejor no verlo, es mejor no sufrir por él. Mejor vamos a decir que es más compasivo que él no sufra, así que lo dejemos morir. Dejar morir no es amar. Ayudar a vivir dignamente es amar.
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sábado, 5 de mayo de 2012
jueves, 1 de marzo de 2012
COMENZÓ LA CUARESMA. Tiempo especial de fe.
Será que me toca vivir en una sociedad donde el secularismo, aquel olvido de la fe se ha devorado la significación de la liturgia como ritmo de la vida interior, que me siento motivado a vivir los valores más fuertes de nuestra fe cristiana.
El inicio de la Curesma ha perdido su valor vinculante con la fe. Y digo esto porque el común de los cristianos le da más importancia a muchas otras cuestiones culturales y a nuevos símbolos religiosos que a este que pertenece a lo más profundo del acervo cristiano. El carnaval, el inicio de clases, las vacaciones o el fin de las vacaciones, y, en nuestra zona bonaerense, los "finde" y su infaltable descanso. Todo eso pauta y le da sentido a los días del común de los bautizados. Podría pensar que si el miércoles de cenizas fuese feriado habría más cristianos en la Misa; pero pienso que mejor no, no vaya a ser que sea motivo de un finde más largo. O peor un tremendo asado de media semana.
Acabo de leer que el Papa propone que tengamos una fe positiva y propositiva, más que a la defensiva o en la queja. Pero lo que digo es sólo una constatación. Esta es otra de las tantas que ya Juan Pablo II nos llamaba a ver con claridad y que el Documento de Aparecida termina de afirmar con fuerza: no podemos suponer un pueblo cristiano formado. Es necesaria una nueva evangelización.
Si la nueva evangelización supone una novedosa manera de vivir el cristianismo, no hay que pensar en este otro error: que tengamos que tirar todo por la borda y empezar de cero. El valor de los tiempos litúrgicos es una de esas cosas que tienen su valor perenne. Siempre serán buenos porque son un lugar de fe más que de organización. Los gestos de Cuaresma y el tiempo de gracia que de hecho es, se expresan concretamente en este llamado a la oración, el ayuno y la limosna. Un pequeño gesto de cada cosa tiene un valor inmenso porque testimonia que los cristianos vivimos el tiempo cronológico como Kairós; que vivimos esta época como un verdadero tiempo de Dios, preparándonos para la gran fiesta de la Pascua.
Uno de los textos más lindos citados en la Liturgia de la Palabra en la Cuaresma es la predicación de Jonás y la consecuente conversión de los ninivitas. Ellos entendieron el llamado a la conversión y comprendieron el poder de la oración y la penitencia. Esto no lo entiende el mundo, pero lo podemos entender perfectamente nosotros que estamos en el mundo sin ser del mundo. Podemos mover el corazón de nuestro Padre Dios, podemos vivir intensamente el peso de la Redención que cargó Nuestro Señor, podemos ser empujados por el Espíritu Santo a la vivencia intensa de la fe como victoria sobre la tentación.
¿Dónde me voy a situar? Pongo delante de mi a San Pablo y su capacidad de mirar la realidad como una posibilidad de evangelización. Y esa es la cuestión para la fe cristiana.
Hay un mundo sediento de signos religiosos. Han aparecido muchísimos signos que tienen la característica de ser vistosos (cintas de colores, velas de colores, medallas
El inicio de la Curesma ha perdido su valor vinculante con la fe. Y digo esto porque el común de los cristianos le da más importancia a muchas otras cuestiones culturales y a nuevos símbolos religiosos que a este que pertenece a lo más profundo del acervo cristiano. El carnaval, el inicio de clases, las vacaciones o el fin de las vacaciones, y, en nuestra zona bonaerense, los "finde" y su infaltable descanso. Todo eso pauta y le da sentido a los días del común de los bautizados. Podría pensar que si el miércoles de cenizas fuese feriado habría más cristianos en la Misa; pero pienso que mejor no, no vaya a ser que sea motivo de un finde más largo. O peor un tremendo asado de media semana.
Acabo de leer que el Papa propone que tengamos una fe positiva y propositiva, más que a la defensiva o en la queja. Pero lo que digo es sólo una constatación. Esta es otra de las tantas que ya Juan Pablo II nos llamaba a ver con claridad y que el Documento de Aparecida termina de afirmar con fuerza: no podemos suponer un pueblo cristiano formado. Es necesaria una nueva evangelización.
Si la nueva evangelización supone una novedosa manera de vivir el cristianismo, no hay que pensar en este otro error: que tengamos que tirar todo por la borda y empezar de cero. El valor de los tiempos litúrgicos es una de esas cosas que tienen su valor perenne. Siempre serán buenos porque son un lugar de fe más que de organización. Los gestos de Cuaresma y el tiempo de gracia que de hecho es, se expresan concretamente en este llamado a la oración, el ayuno y la limosna. Un pequeño gesto de cada cosa tiene un valor inmenso porque testimonia que los cristianos vivimos el tiempo cronológico como Kairós; que vivimos esta época como un verdadero tiempo de Dios, preparándonos para la gran fiesta de la Pascua.
Uno de los textos más lindos citados en la Liturgia de la Palabra en la Cuaresma es la predicación de Jonás y la consecuente conversión de los ninivitas. Ellos entendieron el llamado a la conversión y comprendieron el poder de la oración y la penitencia. Esto no lo entiende el mundo, pero lo podemos entender perfectamente nosotros que estamos en el mundo sin ser del mundo. Podemos mover el corazón de nuestro Padre Dios, podemos vivir intensamente el peso de la Redención que cargó Nuestro Señor, podemos ser empujados por el Espíritu Santo a la vivencia intensa de la fe como victoria sobre la tentación.
¿Dónde me voy a situar? Pongo delante de mi a San Pablo y su capacidad de mirar la realidad como una posibilidad de evangelización. Y esa es la cuestión para la fe cristiana.
Hay un mundo sediento de signos religiosos. Han aparecido muchísimos signos que tienen la característica de ser vistosos (cintas de colores, velas de colores, medallas
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viernes, 10 de febrero de 2012
VIVIR LA FE EN TIEMPOS DE ATEÍSMO
Bueno, ¡cuándo no hubo ateos! Su existencia es la prueba más clara del pecado original. Aquel alejamiento de Dios que impide al hombre encontrar su propia identidad y lo vuelve tan pagado de sí mismo que elabora inmediatamente una imagen reducida de sí y sometida a sus propias creaciones: la ciencia, el decurso de la vida misma, la indiferencia, las ideologías, los odios, las utopías, la técnica, etc.
Me pongo a pensar en los muchos momentos anteriores vividos en la historia como fenómenos ateos y me doy cuenta que aunque haya mucha novedad en el modo de ateísmo actual, no difiere en su esencia en aquel reclamo de independencia del hombre respecto de Dios, y aquel sueño utópico del hombre viviendo sólo de sus creaciones y sus pensamientos.
Pero esto no significa desentenderme como creyente de la realidad del ateísmo actual. No podré nunca llegar hasta el corazón de los que no creen por mis solas fuerzas, pero sí podré ofrecerle la oportunidad a todos de saber que alguien ha encontrado una razón para vivir que va más allá de las propias aspiraciones, y que es un motor de vida que va generando una incesante renovación de las cosas, que involucra todo lo que se vive y que no se queda en un parche sino en una realidad que devuelve siempre la esperanza.
Aunque parezca increíble, los ateos nos están haciendo un bien enorme. Y qué curioso, ellos nos hacen más bien que aquellos que creen en otro Dios, no el de Jesús. Inclusive nos hacen más bien que aquellos que creen en Jesús, pero no el de los Apóstoles.
El primer bien que nos hacen es no darnos tregua en la búsqueda de la autenticidad, y nos exigen dar nuevos pasos de conversión. El segundo es que nos obligan a buscar creativamente nuevos modos de evangelización. El tercero es que nos ayudan a descubrir y a quitarles oportunidad a los "falsos hermanos", como llama San Benito en su Regla a los que abrazan la vida religiosa pero que no quieren hacer otra cosa que su propia voluntad. Desde esta consideración me siento agradecido; claro, también dolido. Me encantaría que no tuvieran nada que decir respecto de la honestidad y la pureza de nuestra fe. Reconozco que hay algo que nunca llegarán a comprender porque justamente no tienen oportunidad de tener un Otro frente a ellos.
Me explico. Una gran desilusión que conduce a la incredulidad es el pecado del otro. Para el no creyente, el mal del hombre corresponde con su naturaleza de modo inseparable e irremediable. El malo es malo siempre, y el bueno es disculpable siempre. Es disculpable porque no quiere jugar a bueno, sino que se reconoce malo y obra el mal "sinceramente". Esa es la resolución que el ateo encuentra a su inevitable comprobación del mal. ¡Atención! Es importante que los malos sean los otros; o al menos los más malos. Así se puede justificar la propia existencia y la propia acción. El asunto es que.... hay Otro.
Este Otro es Dios. Mi conciencia no tiene ya en sí su propia medida. Hay Otro que juzga, hay Otro en quien verdaderamente no puedo hallar sombra de mal, y por ello tengo con quien confrontarme. Pero si este es Supremo y puro Bien, entonces no puedo confrontarme, y menos cambiar. Sucede que no sólo es Dios, sino que también se hizo hombre como nosotros,por eso puedo acercarme y sentirme identificado. Por eso puedo decir que quiero ser como él. Y por eso no puedo compararme con otros sino con él, con Jesús. La distancia se achica porque él es frágil como yo, y no me alejo de él por mi miseria, porque él es misericordioso.
Esta es la respuesta, la necesaria respuesta al pesimismo ateo. Dios ha triunfado haciéndose hombre. El hombre ha alcanzado a Dios y la miseria del hombre no es un obstáculo. Dios no miente y el hombre tampoco. Podemos entrar en la santidad de Dios y vivirla con toda intensidad... pero no como Dios la vive en su eternidad. Mientras caminamos, la vivimos en el misterio de la cruz. La verdad es que ponerme a descifrar ese misterio en un artículo me llevaría muchísimo tiempo. Sólo la gran contradicción entre eternidad y muerte, santidad y miseria, fin de todas las cosas y comienzo de una vida nueva resumen lo que es la cruz, donde la vida se resuelve sin caer en la desesperación o la utopía.
He descubierto en estos días este nudo que ata el Cielo con la tierra, la santidad con el pecado, la realidad con las ideas, el hombre con Dios. La cruz le dice al ateo que es cierto, que somos miserables y merecedores de lo mismo que hacemos. Le dice que tiene razón cuando ve la humanidad tan incoherente, tan llena de imposibilidades de bien, e incluso imposible de vida. Y también le dice que estando en tan mala e indefensa situación le queda un sólo camino, ineludible: entregarse. ¿A qué? El ateo radical se entregará a la nada. De ese no nos ocupemos, porque tampoco él cuestionará a Dios, ¿cómo cuestionar la existencia de lo que no existe? Es un absurdo para la razón. Entonces nos quedan los ateos que se preocupan del mal que la religión le hace al hombre. Esos son los que buscan el bien, y si lo buscan, lo encontrarán. Bien, entonces, ¿qué respuesta tengo para su búsqueda? Lo siento, tengo que decirles que tengo sólo una, la misma que para ustedes es la razón de su falta de fe: la Cruz.
Porque la Cruz también es el lugar donde tocamos el límite de nuestra posibilidad de responder, y por ello, donde comienza la respuesta que tiene que dar otro. Ahí, donde nos queda sólo entregarnos, aparecen las manos tendidas de Dios. Sólo él puede darnos vida. Dándosela a Jesús, nos la da a nosotros. Porque de El ha tomado la humanidad entregada en el silencio de la muerte y ha hecho de esa humanidad limitada, incoherente, paradójica, su misma Palabra. Dios nos habla en el hombre, sí. Y en aquel hombre del cual desesperamos está la auténtica respuesta que el mismo ateo busca. Ups! Volvimos al punto de partida. Pero hay una diferencia entre el ateo y el creyente: el ateo piensa que frente a la humanidad no tiene ya nada más que decir; el creyente piensa que frente a la humanidad tiene que hacer silencio para escuchar.
Ese es el paso de la fe.
Me pongo a pensar en los muchos momentos anteriores vividos en la historia como fenómenos ateos y me doy cuenta que aunque haya mucha novedad en el modo de ateísmo actual, no difiere en su esencia en aquel reclamo de independencia del hombre respecto de Dios, y aquel sueño utópico del hombre viviendo sólo de sus creaciones y sus pensamientos.
Pero esto no significa desentenderme como creyente de la realidad del ateísmo actual. No podré nunca llegar hasta el corazón de los que no creen por mis solas fuerzas, pero sí podré ofrecerle la oportunidad a todos de saber que alguien ha encontrado una razón para vivir que va más allá de las propias aspiraciones, y que es un motor de vida que va generando una incesante renovación de las cosas, que involucra todo lo que se vive y que no se queda en un parche sino en una realidad que devuelve siempre la esperanza.
Aunque parezca increíble, los ateos nos están haciendo un bien enorme. Y qué curioso, ellos nos hacen más bien que aquellos que creen en otro Dios, no el de Jesús. Inclusive nos hacen más bien que aquellos que creen en Jesús, pero no el de los Apóstoles.
El primer bien que nos hacen es no darnos tregua en la búsqueda de la autenticidad, y nos exigen dar nuevos pasos de conversión. El segundo es que nos obligan a buscar creativamente nuevos modos de evangelización. El tercero es que nos ayudan a descubrir y a quitarles oportunidad a los "falsos hermanos", como llama San Benito en su Regla a los que abrazan la vida religiosa pero que no quieren hacer otra cosa que su propia voluntad. Desde esta consideración me siento agradecido; claro, también dolido. Me encantaría que no tuvieran nada que decir respecto de la honestidad y la pureza de nuestra fe. Reconozco que hay algo que nunca llegarán a comprender porque justamente no tienen oportunidad de tener un Otro frente a ellos.
Me explico. Una gran desilusión que conduce a la incredulidad es el pecado del otro. Para el no creyente, el mal del hombre corresponde con su naturaleza de modo inseparable e irremediable. El malo es malo siempre, y el bueno es disculpable siempre. Es disculpable porque no quiere jugar a bueno, sino que se reconoce malo y obra el mal "sinceramente". Esa es la resolución que el ateo encuentra a su inevitable comprobación del mal. ¡Atención! Es importante que los malos sean los otros; o al menos los más malos. Así se puede justificar la propia existencia y la propia acción. El asunto es que.... hay Otro.
Este Otro es Dios. Mi conciencia no tiene ya en sí su propia medida. Hay Otro que juzga, hay Otro en quien verdaderamente no puedo hallar sombra de mal, y por ello tengo con quien confrontarme. Pero si este es Supremo y puro Bien, entonces no puedo confrontarme, y menos cambiar. Sucede que no sólo es Dios, sino que también se hizo hombre como nosotros,por eso puedo acercarme y sentirme identificado. Por eso puedo decir que quiero ser como él. Y por eso no puedo compararme con otros sino con él, con Jesús. La distancia se achica porque él es frágil como yo, y no me alejo de él por mi miseria, porque él es misericordioso.
Esta es la respuesta, la necesaria respuesta al pesimismo ateo. Dios ha triunfado haciéndose hombre. El hombre ha alcanzado a Dios y la miseria del hombre no es un obstáculo. Dios no miente y el hombre tampoco. Podemos entrar en la santidad de Dios y vivirla con toda intensidad... pero no como Dios la vive en su eternidad. Mientras caminamos, la vivimos en el misterio de la cruz. La verdad es que ponerme a descifrar ese misterio en un artículo me llevaría muchísimo tiempo. Sólo la gran contradicción entre eternidad y muerte, santidad y miseria, fin de todas las cosas y comienzo de una vida nueva resumen lo que es la cruz, donde la vida se resuelve sin caer en la desesperación o la utopía.
| La Fe nos reúne en una familia |
Porque la Cruz también es el lugar donde tocamos el límite de nuestra posibilidad de responder, y por ello, donde comienza la respuesta que tiene que dar otro. Ahí, donde nos queda sólo entregarnos, aparecen las manos tendidas de Dios. Sólo él puede darnos vida. Dándosela a Jesús, nos la da a nosotros. Porque de El ha tomado la humanidad entregada en el silencio de la muerte y ha hecho de esa humanidad limitada, incoherente, paradójica, su misma Palabra. Dios nos habla en el hombre, sí. Y en aquel hombre del cual desesperamos está la auténtica respuesta que el mismo ateo busca. Ups! Volvimos al punto de partida. Pero hay una diferencia entre el ateo y el creyente: el ateo piensa que frente a la humanidad no tiene ya nada más que decir; el creyente piensa que frente a la humanidad tiene que hacer silencio para escuchar.
Ese es el paso de la fe.
viernes, 3 de febrero de 2012
AÑO DE LA FE: una nueva oportunidad
Pasó desapercibido, pero el 25 de enero pasado se cumplieron 54 años de aquel mismo día de 1958 cuando el Papa Juan XXIII anunciaba su decisión de convocar a un Concilio Ecuménico en la la Basílica de San Pablo extramuros. Ese fue el puntapie inicial de una historia que se encuentra en un punto álgido. Quién lo hubiera pensado.
Cincuenta y cuatro años parece un tiempo suficiente para que lo que se ve en un Concilio tome cuerpo y se asiente. Parece que no es así.
Retrotrayéndonos un poco, se sabe que aquel momento histórico del anuncio del Concilio fue mal tomado por los Cardenales de entonces. Ellos debían ser los principales colaboradores del Papa sobre el asunto. El inicio fue duro para Juan XXIII. Cuáles eran sus motivaciones. Quedaron plasmadas luego en la Constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Este documento que emanó de los más de 2300 obispos reunidos en el Vaticano para dialogar, guiados por el Espíritu Santo, tiene una visión del mundo y su situación que sigue teniendo actualidad. Sin duda que estos cambios acelerados que los padres conciliares veían en el mundo los empujaba a querer poner a la Iglesia a la altura de la situación. Los historiadores dicen, sin embargo, que esas conclusiones no eran del todo el pensamiento del Papa Juan. No es de extrañar. Un profeta no tiene tan claro lo que significa la obra de Dios para adelante. Le toca la misión de comenzar lo que el Espíritu de Dios llevará adelante a posteriori.
Los cambios del mundo que tan elocuentemente el Concilio vivía y avisoraba realmente superaron todas las espectativas. Desde hace dos décadas al presente ya se hablaba de un Concilio Vaticano III. Pero a todas luces se ve que hubiera sido catastrófico realizarlo. La actual situación de la Iglesia y el mundo harían imposible pensar en la posibilidad de aunar criterios en torno a algo. Además, ¿haría falta?.
Si alguien mira a la Iglesia en su conjunto puede afirmar que no tiene aquella estructura hegemónica de antaño. Pero también puede sorprenderse de la variedad de riquezas y también de pensamientos que en ella se alberga. Las cosas han llegado a un punto de tensión importante. Pero también las cosas han llegado a un punto de reflexión común y verdaderamente católica: las conferencias episcopales, los sínodos de los Obispos, los Movimientos son fuentes de catolicidad y fermento de orientaciones maravillosas. No obstante la obstinación de muchos grupos y sectores de la Iglesia que se empeñan en querer ser los auténticos intérpretes de lo que el Espíritu Santo quiere para el Pueblo de Dios.
No hay que descartar en la visión de la Iglesia actual esos últimos grupos. Son factores de crecimiento y de detenimiento. Lo primero porque asumen puntos de referencia significativos aunque pocas veces llegan a reflexiones auténticamente católicas. En el afán de tener "la punta del ovillo" y en una tenaz desconfianza del Magisterio ordinario de los obispos; y más aún, del Magisterio ordinario del Papa; se autoerigen en los intèrpretes autorizados de la realidad eclesial, y aún más, de la realidad de Dios mismo. Aunque no se lo proponen, terminan siendo útiles a los detractores de la fe.
Hay que sumar algo saludable: la información abierta de todas las acciones eclesiales está llevando a una purificación mayor de la Iglesia. Con sus riesgos, las renuncias y medidas disciplinarias, sumadas a los tristes escándalos para los fieles y también para los infieles, están ayudando a una purificación de la Iglesia que el mismo Concilio no pudo lograr hasta la fecha. ¡Y cuánto lo hubiera querido! Tal parece que esta era una de las vetas inspiradoras para el Papa Juan XXIII.
Resulta difícil una valoración suficiente. Personalmente me asustan aquellos que asumen posturas tan claras en un momento de tanta oscuridad. Digo tan claras porque interpretan los hechos con una seguridad que los hace poco creíbles. Me asombra la serenidad del Papa a la vez que la firmeza de su pensamiento. Me asombra la audacia de su comportamiento. Me asusta la actitud del "volver para atrás" de muchos. La gran tentación de que lo seguro era antes. Me asustan los grupos que critican descaradamente al Concilio Vaticano II porque piensan que "arruinó a la Iglesia". ¡La gran ruina es no creer en el Espíritu Santo! ¡La gran ruina es desconfiar del Magisterio de los Obispos en comunión con el Papa! Si negásemos este Concilio tenemos que negar todos, tenemos que negar la fe. ¿Cómo puede el crítico ponerse en el lugar de Dios para decir, tan suelto de cuerpo, que él sabe lo que está mal y lo que está bien? ¿Sabe más que los más de 2400 obispos del mundo reunidos en comunión con el Papa?
No cabe duda de que si lo piensa así, ha perdido el sentido de la catolicidad, aparte del sentido común. Este es un punto importante en el Año de la Fe. Catolicidad no es igual a democracia ni a monarquía. Catolicidad es comunión de fe en un Cuerpo orgánico asistido por el Espíritu Santo.
No cabe duda de que si el crítico deplora a la Iglesia actual, ha perdido el sentido de la fe en la Iglesia. Si la Iglesia se ha vuelto para el crítico en un objeto histórico anacrónico, y su organización nada más que un pesado andamiaje que le impide a la "verdadera Iglesia" surgir; ya no tiene más que aceptar que ha salido de la Iglesia Católica.
Quiero sumarme a los católicos que creemos en nuestra fe. Sencillamente eso. Que no nos escandaliza el pecado de los bautizados, cualquiera sea su lugar en la Iglesia. Que nos duele profundamente, de verdad, todo el mal que muchos pueden hacer. Que queremos ser para la Iglesia un lugar de fe y de serena confianza, aunque sabemos que nosotros mismos somos en muchas oportunidades, los que actuamos contra la Iglesia. Que confiamos en el Espíritu Santo y estamos agradecidos por todo el bien que nos ha hecho en estos 54 años desde aquella inspiración profética del Concilio Vaticano II.
Con sentido común, espero que las orientaciones del Concilio Vaticano II vuelvan a tomar su lugar para que la Iglesia rejuvenezca en el presente. Así será. Lo sé. Porque Jesús es fiel.
| Una Sesión del Concilio Vaticano II |
Retrotrayéndonos un poco, se sabe que aquel momento histórico del anuncio del Concilio fue mal tomado por los Cardenales de entonces. Ellos debían ser los principales colaboradores del Papa sobre el asunto. El inicio fue duro para Juan XXIII. Cuáles eran sus motivaciones. Quedaron plasmadas luego en la Constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Este documento que emanó de los más de 2300 obispos reunidos en el Vaticano para dialogar, guiados por el Espíritu Santo, tiene una visión del mundo y su situación que sigue teniendo actualidad. Sin duda que estos cambios acelerados que los padres conciliares veían en el mundo los empujaba a querer poner a la Iglesia a la altura de la situación. Los historiadores dicen, sin embargo, que esas conclusiones no eran del todo el pensamiento del Papa Juan. No es de extrañar. Un profeta no tiene tan claro lo que significa la obra de Dios para adelante. Le toca la misión de comenzar lo que el Espíritu de Dios llevará adelante a posteriori.
Los cambios del mundo que tan elocuentemente el Concilio vivía y avisoraba realmente superaron todas las espectativas. Desde hace dos décadas al presente ya se hablaba de un Concilio Vaticano III. Pero a todas luces se ve que hubiera sido catastrófico realizarlo. La actual situación de la Iglesia y el mundo harían imposible pensar en la posibilidad de aunar criterios en torno a algo. Además, ¿haría falta?.
Si alguien mira a la Iglesia en su conjunto puede afirmar que no tiene aquella estructura hegemónica de antaño. Pero también puede sorprenderse de la variedad de riquezas y también de pensamientos que en ella se alberga. Las cosas han llegado a un punto de tensión importante. Pero también las cosas han llegado a un punto de reflexión común y verdaderamente católica: las conferencias episcopales, los sínodos de los Obispos, los Movimientos son fuentes de catolicidad y fermento de orientaciones maravillosas. No obstante la obstinación de muchos grupos y sectores de la Iglesia que se empeñan en querer ser los auténticos intérpretes de lo que el Espíritu Santo quiere para el Pueblo de Dios.
No hay que descartar en la visión de la Iglesia actual esos últimos grupos. Son factores de crecimiento y de detenimiento. Lo primero porque asumen puntos de referencia significativos aunque pocas veces llegan a reflexiones auténticamente católicas. En el afán de tener "la punta del ovillo" y en una tenaz desconfianza del Magisterio ordinario de los obispos; y más aún, del Magisterio ordinario del Papa; se autoerigen en los intèrpretes autorizados de la realidad eclesial, y aún más, de la realidad de Dios mismo. Aunque no se lo proponen, terminan siendo útiles a los detractores de la fe.
Hay que sumar algo saludable: la información abierta de todas las acciones eclesiales está llevando a una purificación mayor de la Iglesia. Con sus riesgos, las renuncias y medidas disciplinarias, sumadas a los tristes escándalos para los fieles y también para los infieles, están ayudando a una purificación de la Iglesia que el mismo Concilio no pudo lograr hasta la fecha. ¡Y cuánto lo hubiera querido! Tal parece que esta era una de las vetas inspiradoras para el Papa Juan XXIII.
Resulta difícil una valoración suficiente. Personalmente me asustan aquellos que asumen posturas tan claras en un momento de tanta oscuridad. Digo tan claras porque interpretan los hechos con una seguridad que los hace poco creíbles. Me asombra la serenidad del Papa a la vez que la firmeza de su pensamiento. Me asombra la audacia de su comportamiento. Me asusta la actitud del "volver para atrás" de muchos. La gran tentación de que lo seguro era antes. Me asustan los grupos que critican descaradamente al Concilio Vaticano II porque piensan que "arruinó a la Iglesia". ¡La gran ruina es no creer en el Espíritu Santo! ¡La gran ruina es desconfiar del Magisterio de los Obispos en comunión con el Papa! Si negásemos este Concilio tenemos que negar todos, tenemos que negar la fe. ¿Cómo puede el crítico ponerse en el lugar de Dios para decir, tan suelto de cuerpo, que él sabe lo que está mal y lo que está bien? ¿Sabe más que los más de 2400 obispos del mundo reunidos en comunión con el Papa?
| Detalle de la puerta de la Basílica de San Pedro. |
No cabe duda de que si lo piensa así, ha perdido el sentido de la catolicidad, aparte del sentido común. Este es un punto importante en el Año de la Fe. Catolicidad no es igual a democracia ni a monarquía. Catolicidad es comunión de fe en un Cuerpo orgánico asistido por el Espíritu Santo.
No cabe duda de que si el crítico deplora a la Iglesia actual, ha perdido el sentido de la fe en la Iglesia. Si la Iglesia se ha vuelto para el crítico en un objeto histórico anacrónico, y su organización nada más que un pesado andamiaje que le impide a la "verdadera Iglesia" surgir; ya no tiene más que aceptar que ha salido de la Iglesia Católica.
Quiero sumarme a los católicos que creemos en nuestra fe. Sencillamente eso. Que no nos escandaliza el pecado de los bautizados, cualquiera sea su lugar en la Iglesia. Que nos duele profundamente, de verdad, todo el mal que muchos pueden hacer. Que queremos ser para la Iglesia un lugar de fe y de serena confianza, aunque sabemos que nosotros mismos somos en muchas oportunidades, los que actuamos contra la Iglesia. Que confiamos en el Espíritu Santo y estamos agradecidos por todo el bien que nos ha hecho en estos 54 años desde aquella inspiración profética del Concilio Vaticano II.
Con sentido común, espero que las orientaciones del Concilio Vaticano II vuelvan a tomar su lugar para que la Iglesia rejuvenezca en el presente. Así será. Lo sé. Porque Jesús es fiel.
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