viernes, 10 de febrero de 2012

VIVIR LA FE EN TIEMPOS DE ATEÍSMO

Bueno, ¡cuándo no hubo ateos! Su existencia es la prueba más clara del pecado original. Aquel alejamiento de Dios que impide al hombre encontrar su propia identidad y lo vuelve tan pagado de sí mismo que elabora inmediatamente una imagen reducida de sí y sometida a sus propias creaciones: la ciencia, el decurso de la vida misma, la indiferencia, las ideologías, los odios, las utopías, la técnica, etc.

Me pongo a pensar en los muchos momentos anteriores vividos en la historia como fenómenos ateos y me doy cuenta que aunque haya mucha novedad en el modo de ateísmo actual, no difiere en su esencia en aquel reclamo de independencia del hombre respecto de Dios, y aquel sueño utópico del hombre viviendo sólo de sus creaciones y sus pensamientos.

Pero esto no significa desentenderme como creyente de la realidad del ateísmo actual. No podré nunca llegar hasta el corazón de los que no creen por mis solas fuerzas, pero sí podré ofrecerle la oportunidad a todos de saber que alguien ha encontrado una razón para vivir que va más allá de las propias aspiraciones, y que es un motor de vida que va generando una incesante renovación de las cosas, que involucra todo lo que se vive y que no se queda en un parche sino en una realidad que devuelve siempre la esperanza.

Aunque parezca increíble, los ateos nos están haciendo un bien enorme. Y qué curioso, ellos nos hacen más bien que aquellos que creen en otro Dios, no el de Jesús. Inclusive nos hacen más bien que aquellos que creen en Jesús, pero no el de los Apóstoles.

El primer bien que nos hacen es no darnos tregua en la búsqueda de la autenticidad, y nos exigen dar nuevos pasos de conversión. El segundo es que nos obligan a buscar creativamente nuevos modos de evangelización. El tercero es que nos ayudan a descubrir y a quitarles oportunidad a los "falsos hermanos", como llama San Benito en su Regla a los que abrazan la vida religiosa pero que no quieren hacer otra cosa que su propia voluntad. Desde esta consideración me siento agradecido; claro, también dolido. Me encantaría que no tuvieran nada que decir respecto de la honestidad y la pureza de nuestra fe. Reconozco que hay algo que nunca llegarán a comprender porque justamente no tienen oportunidad de tener un Otro frente a ellos.

Me explico. Una gran desilusión que conduce a la incredulidad es el pecado del otro. Para el no creyente, el mal del hombre corresponde con su naturaleza de modo inseparable e irremediable. El malo es malo siempre, y el bueno es disculpable siempre. Es disculpable porque no quiere jugar a bueno, sino que se reconoce malo y obra el mal "sinceramente". Esa es la resolución que el ateo encuentra a su inevitable comprobación del mal. ¡Atención! Es importante que los malos sean los otros; o al menos los más malos. Así se puede justificar la propia existencia y la propia acción. El asunto es que.... hay Otro.

Este Otro es Dios. Mi conciencia no tiene ya en sí su propia medida. Hay Otro que juzga, hay Otro en quien verdaderamente no puedo hallar sombra de mal, y por ello tengo con quien confrontarme. Pero si este es Supremo y puro Bien, entonces no puedo confrontarme, y menos cambiar. Sucede que no sólo es Dios, sino que también se hizo hombre como nosotros,por eso puedo acercarme y sentirme identificado. Por eso puedo decir que quiero ser como él. Y por eso no puedo compararme con otros sino con él, con Jesús. La distancia se achica porque él es frágil como yo, y no me alejo de él por mi miseria, porque él es misericordioso.

Esta es la respuesta, la necesaria respuesta al pesimismo ateo. Dios ha triunfado haciéndose hombre. El hombre ha alcanzado a Dios y la miseria del hombre no es un obstáculo. Dios no miente y el hombre tampoco. Podemos entrar en la santidad de Dios y vivirla con toda intensidad... pero no como Dios la vive en su eternidad. Mientras caminamos, la vivimos en el misterio de la cruz.  La verdad es que ponerme a descifrar ese misterio en un artículo me llevaría muchísimo tiempo. Sólo la gran contradicción entre eternidad y muerte, santidad y miseria, fin de todas las cosas y comienzo de una vida nueva resumen lo que es la cruz, donde la vida se resuelve sin caer en la desesperación o la utopía.

La Fe nos reúne en una familia
He descubierto en estos días este nudo que ata el Cielo con la tierra, la santidad con el pecado, la realidad con las ideas, el hombre con Dios. La cruz le dice al ateo que es cierto, que somos miserables y merecedores de lo mismo que hacemos. Le dice que tiene razón cuando ve la humanidad tan incoherente, tan llena de imposibilidades de bien, e incluso imposible de vida. Y también le dice que estando en tan mala e indefensa situación le queda un sólo camino, ineludible: entregarse. ¿A qué? El ateo radical se entregará a la nada. De ese no nos ocupemos, porque tampoco él cuestionará a Dios, ¿cómo cuestionar la existencia de lo que no existe? Es un absurdo para la razón. Entonces nos quedan los ateos que se preocupan del mal que la religión le hace al hombre. Esos son los que buscan el bien, y si lo buscan, lo encontrarán. Bien, entonces, ¿qué respuesta tengo para su búsqueda? Lo siento, tengo que decirles que tengo sólo una, la misma que para ustedes es la razón de su falta de fe: la Cruz.

Porque la Cruz también es el lugar donde tocamos el límite de nuestra posibilidad de responder, y por ello, donde comienza la respuesta que tiene que dar otro. Ahí, donde nos queda sólo entregarnos, aparecen las manos tendidas de Dios. Sólo él puede darnos vida. Dándosela a Jesús, nos la da a nosotros. Porque de El ha tomado la humanidad entregada en el silencio de la muerte y ha hecho de esa humanidad limitada, incoherente, paradójica, su misma Palabra. Dios nos habla en el hombre, sí. Y en aquel hombre del cual desesperamos está la auténtica respuesta que el mismo ateo busca. Ups! Volvimos al punto de partida. Pero hay una diferencia entre el ateo y el creyente: el ateo piensa que frente a la humanidad no tiene ya nada más que decir; el creyente piensa que frente a la humanidad tiene que hacer silencio para escuchar.

Ese es el paso de la fe.

viernes, 3 de febrero de 2012

AÑO DE LA FE: una nueva oportunidad

Pasó desapercibido, pero el 25 de enero pasado se cumplieron 54 años de aquel mismo día de 1958 cuando el Papa Juan XXIII anunciaba su decisión de convocar a un Concilio Ecuménico en la la Basílica de San Pablo extramuros. Ese fue el puntapie inicial de una historia que se encuentra en un punto álgido. Quién lo hubiera pensado.
Una Sesión del Concilio Vaticano II
Cincuenta  y cuatro años parece un tiempo suficiente para que lo que se ve en un Concilio tome cuerpo y se asiente. Parece que no es así.
Retrotrayéndonos un poco, se sabe que aquel momento histórico del anuncio del Concilio fue mal tomado por los Cardenales de entonces. Ellos debían ser los principales colaboradores del Papa sobre el asunto. El inicio fue duro para Juan XXIII. Cuáles eran sus motivaciones. Quedaron plasmadas luego en la Constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Este documento que emanó de los más de 2300 obispos reunidos en el Vaticano para dialogar, guiados por el Espíritu Santo, tiene una visión del mundo y su situación que sigue teniendo actualidad. Sin duda que estos cambios acelerados que los padres conciliares veían en el mundo los empujaba a querer poner a la Iglesia a la altura de la situación. Los historiadores dicen, sin embargo, que esas conclusiones no eran del todo el pensamiento del Papa Juan. No es de extrañar. Un profeta no tiene tan claro lo que significa la obra de Dios para adelante. Le toca la misión de comenzar lo que el Espíritu de Dios llevará adelante a posteriori.
Los cambios del mundo que tan elocuentemente el Concilio vivía y avisoraba realmente superaron todas las espectativas. Desde hace dos décadas al presente ya se hablaba de un Concilio Vaticano III. Pero a todas luces se ve que hubiera sido catastrófico realizarlo. La actual situación de la Iglesia y el mundo harían imposible pensar en la posibilidad de aunar criterios en torno a algo. Además, ¿haría falta?.
Si alguien mira a la Iglesia en su conjunto puede afirmar que no tiene aquella estructura hegemónica de antaño. Pero también puede sorprenderse de la variedad de riquezas y también de pensamientos que en ella se alberga. Las cosas han llegado a un punto de tensión importante. Pero también las cosas han llegado a un punto de reflexión común y verdaderamente católica: las conferencias episcopales, los sínodos de los Obispos, los Movimientos son fuentes de catolicidad y fermento de orientaciones maravillosas. No obstante la obstinación de muchos grupos y sectores de la Iglesia que se empeñan en querer ser los auténticos intérpretes de lo que el Espíritu Santo quiere para el Pueblo de Dios.
No hay que descartar en la visión de la Iglesia actual esos últimos grupos. Son factores de crecimiento y de detenimiento. Lo primero porque asumen puntos de referencia significativos aunque pocas veces llegan a reflexiones auténticamente católicas. En el afán de tener "la punta del ovillo" y en una tenaz desconfianza del Magisterio ordinario de los obispos; y más aún, del Magisterio ordinario del Papa; se autoerigen en los intèrpretes autorizados de la realidad eclesial, y aún más, de la realidad de Dios mismo. Aunque no se lo proponen, terminan siendo útiles a los detractores de la fe.
Hay que sumar algo saludable: la información abierta de todas las acciones eclesiales está llevando a una purificación mayor de la Iglesia. Con sus riesgos, las renuncias y medidas disciplinarias, sumadas a los tristes escándalos para los fieles y también para los infieles, están ayudando a una purificación de la Iglesia que el mismo Concilio no pudo lograr hasta la fecha. ¡Y cuánto lo hubiera querido! Tal parece que esta era una de las vetas inspiradoras para el  Papa Juan XXIII.
Resulta difícil una valoración suficiente. Personalmente me asustan aquellos que asumen posturas tan claras en un momento de tanta oscuridad. Digo tan claras porque interpretan los hechos con una seguridad que los hace poco creíbles. Me asombra la serenidad del Papa a la vez que la firmeza de su pensamiento. Me asombra la audacia de su comportamiento. Me asusta la actitud del "volver para atrás" de muchos. La gran tentación de que lo seguro era antes. Me asustan los grupos que critican descaradamente al Concilio Vaticano II porque piensan que "arruinó a la Iglesia". ¡La gran ruina es no creer en el Espíritu Santo! ¡La gran ruina es desconfiar del Magisterio de los Obispos en comunión con el Papa! Si negásemos este Concilio tenemos que negar todos, tenemos que negar la fe. ¿Cómo puede el crítico ponerse en el lugar de Dios para decir, tan suelto de cuerpo, que él sabe lo que está mal y lo que está bien? ¿Sabe más que los más de 2400 obispos del mundo reunidos en comunión con el Papa?
Detalle de la puerta de la Basílica de San Pedro.


No cabe duda de que si lo piensa así, ha perdido el sentido de la catolicidad, aparte del sentido común. Este es un punto importante en el Año de la Fe. Catolicidad no es igual a democracia ni a monarquía. Catolicidad es comunión de fe en un Cuerpo orgánico asistido por el Espíritu Santo.
No cabe duda de que si el crítico deplora a la Iglesia actual, ha perdido el sentido de la fe en la Iglesia. Si la Iglesia se ha vuelto para el crítico en un objeto histórico anacrónico, y su organización nada más que un pesado andamiaje que le impide a la "verdadera Iglesia" surgir; ya no tiene más que aceptar que ha salido de la Iglesia Católica.
Quiero sumarme a los católicos que creemos en nuestra fe. Sencillamente eso. Que no nos escandaliza el pecado de los bautizados, cualquiera sea su lugar en la Iglesia. Que nos duele profundamente, de verdad, todo el mal que muchos pueden hacer. Que queremos ser para la Iglesia un lugar de fe y de serena confianza, aunque sabemos que nosotros mismos somos en muchas oportunidades, los que actuamos contra la Iglesia. Que confiamos en el Espíritu Santo y estamos agradecidos por todo el bien que nos ha hecho en estos 54 años desde aquella inspiración profética del Concilio Vaticano II.


Con sentido común, espero que las orientaciones del Concilio Vaticano II vuelvan a tomar su lugar para que la Iglesia rejuvenezca en el presente. Así será. Lo sé. Porque Jesús es fiel.

jueves, 26 de enero de 2012

¿RELIGIÓN O DEMOCRACIA?

Este extraña la antinomia que el Sr. Osvaldo Bayer pone en su artículo publicado en Página 12 hace unas semanas atrás. Y digo extraño porque la antinomia que propone parece no coincidir con sus aspiraciones.
Partiendo de la gran decepción de los abusos tristemente vividos en la Iglesia católica, de los presentes en torno a las grandes religiones que atentan contra la dignidad de las mujeres, y otras de esa naturaleza; Bayer arriba a diversas conclusiones muy curiosas para cualquiera que siendo cristiano, tiene una cosmovisión tan diferente.

Algunos caballitos de batalla clásicos aparecen en su escrito: una visión pesimista del sentido del pecado; una conclusión utópica acerca del hambre en el mundo que desaparecería si las religiones funcionaran.

Su escrito no está fuera de la realidad de las cosas. Es tristísimo que no podamos tener una vida más testimonial en nuestra fe. Y es muy real todo lo que dice de los acontecimientos que perjudican la vida de tantas mujeres.


Pero la conclusión: las religiones deben desaparecer para dar lugar a la ciencia; es completamente descabellada. Con esta serie de argumentaciones pesimistas para dar lugar a una afirmación categórica se funda en el empirismo propio del cientificismo: lo que es demostrable es la verdad. En este caso, se demuestra que las religiones hacen el mal, luego, deben desaparecer. A esto le sigue que la ciencia, como hecho irrefutable de la verdad, es la solución a los males del mundo.

Está muy claro que no es así. Es una pena que desde la ciencia, el autor no plantee resolver el hambre del mundo; que la ciencia no ha podido resolver el problema de la contaminación ambiental; la ciencia no ha resuelto las guerras, ni la drogadicción, ni siquiera la comunicación. Con una técnica capaz de hacer dialogar a dos personas que se encuentren en lugares opuestos del mundo; la armonía entre los hombres, el diálogo, no ha logrado una comunión estable, ni la paz social. La ciencia, desarrollando el conocimiento del funcionamiento del cerebro humano hasta el detalle, la psicología y la psiquiatría, conociendo muchos misterios del alma humana, las estadísticas y las innumerables experiencias sobre el comportamiento humano, nunca dieron como resultado una mejor vivencia del amor humano, de la estabilidad matrimonial, del desarrollo personal.

Creer que la ciencia tendrá la última palabra sobre el bienestar y progreso del hombre es ya un antiguo y desgastado mito que pudo ser una motivación en tiempos antiguos, pero que hoy cae por su propia realidad.
¡Qué es lo que hice! ¿Ni religión ni ciencia?

Aquí vienen las otras cuestiones que están dichas en el escrito de Bayer: la religiòn es una invención del hombre para querer acercarse a Dios. Dicho pateticamente afirmado con mayor radicalidad por el Rabino Bergman en el comentario simpático que hace a la afirmación de Bayer: Dios no se ha revelado, no se ha dado a conocer. Luego, Bayer, por no hacer polémica, no comparte la alegre religiosidad de Bergman. pero no se da cuenta de que este Rabino no hace otra cosa que afirmar su propia conclusión y de un modo insosperchado: la verdad evoluciona; si ella evoluciona, entonces la ciencia tiene las puertas abiertas sin fin para hacernos crear la verdad. El bien del hombre será lo que él crea. Este es precisamente el abismo al que quiere llegar. Así el hombre necesitará de algo para poder orientar su presente: ¡la ciencia! ella nos dirá quiénes somos, qué está bien y qué está mal. Cuando la ciencia no tenga una respuesta clara, entonces podemos echar mano a las estadísticas. Estas nos dirán que lo que la mayoría hace, dice, piensa o sufre son la conclusión más tajante de la verdad.

Si sigo razonando, acabaré muy enredado, y los lectores más. Pero en este día de la conversión de San Pablo en que comencé a escribir este artículo, nuevamente la luz de la verdad a la que quiero conocer, que he recibido y que no puedo inventar, aparece delante de mi.
Cuando el antiguo Saulo, antes de su conversión, caminaba por Israel, tenía la verdad metida en su bolsillo, a Dios completamente definido en su experiencia, a las personas clasificadas en buenas y malas. Ese fue el abismo de su caída. Siempre estará la tentación de aferrar a Dios, de aferrar la verdad, de clasificar a las personas. Es curioso que Bayer haya hecho exactamente eso. Estas conclusiones, que parten de las experiencias, llevan inevitablemente al pesimismo sobre la realidad del hombre y a la búsqueda de una utopía. Pero llevan ante todo a la necesidad de liberar al hombre de toda responsabilidad y luego de toda culpabilidad sobre su presente. Los responsables son los otros. Los responsables son un grupo. Los culpables son los otros. Aquí, con este sentimiento surge la necesidad de liberarse del concepto del pecado.
Claro, el concepto de pecado que el Sr. Bayer maneja, está muy lejos del sentido de pecado que en la fe cristiana vivimos. El plantea el hecho del  pecado como explicación última del mal del hombre. De hecho lo es  así desde el punto de vista de la realidad que nos desborda: queriendo hacer el bien, hacemos el mal, nos dirá San Pablo. Y lo plantea sólo desde la culpa, como una fuga a la responsabilidad y al cambio. Esto no es así. El pecado es la causa más grande para que el hombre salga de sí mismo y vuelva a Dios. El pecado no es una respuesta a la realidad. El amor de Dios es la respuesta a la realidad del pecado. Es cierto que obramos mal y que eso se debe no a la maldad del hombre en sí, sino a la acción del Maligno que ha tocado al hombre, que fue hecho "muy bueno" desde el principio. Descubrir el pecado en el hombre es comenzar un camino de conversión, de cambio, que no se apoya en la ilusión de "otra cosa": la ciencia, la técnica, la filosofía, la meditación, etc. sino que se apoya en la búsqueda de la salvación, de la acción de Dios sobre el hombre. Esta acción de Dios sobre el hombre es Jesucristo, esta es la causa de la religión.
Entonces, la religión como búsqueda de Dios y de su voluntad, como búsqueda del reinado de Dios y no de los males del hombre, es un camino de bien que se enraíza en la acción misma de Dios y no en nuestras iniciativas. Es Dios quien ha buscado al hombre, se ha revelado, se ha dado a conocer. Y lo ha buscado por el hombre mismo, al extremo de encontrarlo haciéndose hombre como nosotros: Cristo.

Cuán fuertes suenan las palabras de San Pablo: "Nosotros predicamos a Cristo, y este crucificado. Escándalo para los judíios, necedad para los gentiles, pero para nosotros, fuerza y sabiduría de Dios". Es verdaderamente necio para hombres que piensan como Bayer, pensar que del hombre "pueda salir algo bueno", que pueda alcanzar la bondad, y qué menos, que pueda alcanzar la santidad. Pero es precisamente en el hombre donde Dios, que se reveló a sí mismo y reveló su voluntad, ha querido manifestar su presencia benévola.
Llegamos a la auténtica manifestación de religiosidad: el acto de fe. La fe que que es un salto por encima de la ciencia. Esto no quiere decir contradicción con la experiencia del hombre, sino comprensión de la experiencia humana. Una comprensión que le revela más allá de lo que toda ciencia podría darnos a conocer. Un hecho cognoscitivo más profundo que un saber intelectual. Un hecho que transforma la realidad del hombre, lo ilumina, lo introduce en la experiencia de la verdad. No podemos aferrar la verdad pero podemos encontrarla. No podemos hacerla caber en nuestro esquema mental completamente, pero podemos contemplarla. No podemos inventarla, pero podemos seguirla. No ha nacido de nosotros, ha venido a nosotros.

Desde esta fe comoprendemos que el mal del hombre, sea quien fuere el que lo comete, es su responsabilidad personal. Por ello, no la podemos transferir a circunstancias, historias o grupos. Ciertamente que los grupos humanos pueden tener una buena o mala finalidad. En definitiva, la bondad o maldad del presente de una persona o grupo, dependerá de su elección por el bien o por el mal. La elección del mal la llamamos pecado, en cuanto rompe la auténtica finalidad y naturaleza del hombre que fue creado para el bien, y rompe, ante todo, el vínculo vital con Dios como su meta y su fuente. Dios es el bien y la bondad, y unidos a él podemos vivirlos con plenitud como podemos en el camino de este mundo. Muy contrario concepto a la negación del ser que tan suelto de cuerpo hace el rabino Bergman en el comentario al título de Bayer. La bondad de Dios la experimentamos allí por la redención, es decir, por liberarnos de la culpa y llamarnos a una vida nueva. Esta vida nueva es posible, no sólo porque Cristo haya pagado nuestras culpas, sino porque ha creado en nosotros un hombre nuevo. La presencia de Dios en el hombre redimido es santificante: podemos ser buenos, podemos ser santos. Si no lo somos es porque no respondemos a esa realidad que somos y a la que estamos llamados.

Al pesimismo de Bayer le podemos oponer el optimismo realista de San Agustín: "¡Oh, feliz culpa, que mereció tan gran redentor!" Ante la miseria del hombre, la mano tendida de Dios nos ha levantado para construir con él, y nunca sin él, el mundo que soñamos porque él ha grabado en nosotros ese deseo y quiere llevarlo adelante. Aunque su sueño va más allá de lo que podemos pensar.

Si la religión se vuelve un obstáculo para el bien del hombre, es porque el hombre ha caricaturizado el proyecto de Dios. Cuánto más necesaria se hace una purificación de la religiosidad, para hacerla contemplativa, receptiva del don de Dios, testigo de la obra divina.