miércoles, 26 de octubre de 2011

DESPUÉS DEL DOMINGO

El título suena a día "dominical", del Señor, pero yo creo que cualquier argentino que lea este artículo sabe que no me estoy refiriendo a eso. Y resulta difícil ubicarme en el contexto de una nueva realidad que vivo como ciudadano y como cristiano. Digo difícil porque todas las elecciones anteriores fueron para mi lugar de religioso un paso de contienda electoral que está en la libertad de todos los ciudadanos. 

Pero en este hoy, las elecciones presidenciales y demás tuvieron un contexto muy diverso. Me di cuenta de que somos dos grupos de argentinos, y que tenemos enfoques de la realidad que no se han podido encontrar todavía. El riesgo de designar a los otros como los malos y a mi como del grupo de los buenos está. Pero lo peligroso es que haciéndolo, fácilmente pasaré a ser del grupo de los malos porque no sabemos quién es quién. ¿Relativismo? No lo sé, por eso me embarco en esta reflexión.

Los dos grupos de argentinos no son antagónicos. Convivimos en una misma realidad, pero no compartimos los mismos intereses. Alguien me dijo que lo que ha privado es la realidad económica. De verdad, ha sido una preocupación desde que tengo uso de razón. Tristemente en mi casi medio siglo de existencia sólo escuché hablar de una prosperidad pasada que significó para mí sólo un sueño mítico de una Argentina inexistente. En cambio, de la preocupación económica recurrente, tema infaltable en el lenguaje político de cada elección, hoy asisto a un enfoque donde no parece ser tan importante como una cantidad de "logros" sociales que conviven con una interminable lista de protestas, cortes de ruta, etc, etc. ¿Qué nos pasa? Pero no lo tomen a mal. Cuando digo esto quiero decir ¿dónde estoy? 

Esta feliz desubicación me ha abierto a los ojos para replantearme muchísimas cosas. Miren, una de ellas  es que las banderas de la defensa de la vida, la lucha por la familia como base de la sociedad, el sentido auténtico de la dignidad humana, no son más que banderas raídas y gastadas aún cuando recién las hemos empezado a enarbolar. Es evidente que a una mayoría de argentinos no les importa mucho (creo que ni un corno) todos estos temas que a nosotros, "el cuarenta y pico" como dice un amigo, nos parecen tan fundamentales. En realidad, aceptémoslo.... no lo son. 

¿Ya me llovieron las críticas? No me malinterpretes, más bien, interpretemos la realidad porque si escondemos la cabeza como el avestruz o nos miramos al espejo diciéndonos todo el día que hay que defender la vida humana desde el inicio de la concepción y damos cientos de discursos sobre el por qué el aborto es lo más aberrante que hay, no faltará un niño que nos preguntará "¿qué es la concepción?" (mientras que el pequeño probablemente ya haya tenido su primera y muy anticipada experiencia sexual). Amén de que cuando nos descubramos hablándole a una pared nos sentiremos locos, y el tren de la realidad se nos habrá ido. 
Todo esto ¿qué me significa?. Yo me planto en mi lugar, porque si no estoy parado sobre lo que soy y en la misión que tengo, intentaré dejarme el pelo largo y hacerme una coleta (y ya estoy pelado), o haré el intento de ir al gimnasio para adquirir masa muscular (y ya está leudada). En definitiva, a mi me tiene atento la NUEVA EVANGELIZACIÓN. Esto quiere decir, impregnar con el Evangelio los criterios de juicio, las pautas de vida... y todo lo que dice la Evangelii Nuntiandi (exhortación sobre la Evangelización del Papa Pablo VI). Y evidentemente, en los cincuenta años de Concilio Vaticano II, los treinta y seis años de la Exhortación "Evangelii Nuntiandi", los treinta y tres años del llamado de Pablo VI a fundar una Civilización del Amor, los veintiocho años del llamado de Juan Pablo II a la Nueva Evangelización, aquí parece no haber pasado nada... la cultura se nos fue de las manos.

Es un modo de decir. Los cristianos no queremos tener la cultura en las manos, queremos estar dentro de ella. ¡Y NO ESTAMOS! ¡NO ESTAMOS!. Me gustaría echarle la culpa al relativismo, me vendría bien. El Papa habla mucho de eso. Pero sería querer seguir mintiéndome. Creo que simplemente no estamos por varios motivos y los que no podemos manejar, o son ajenos a nosotros, no deben preocuparnos. De esos se ocupará el Señor. Nosotros tenemos que ocuparnos de lo que nos toca. 

¿Te fijaste que en los sectores populares, con honrosas excepciones, la mayor parte de la gente es evangélica? Sólo constato una realidad. ¿por qué me miran como marciano cuando voy por la calle? ¿Por qué encuentro gente tan preocupada de tener una medallita y tan poco preocupada de conocer a Cristo en el catolicismo? ¿Por qué cuando alguien te pregunta algo sobre la fe esperas que el cura de tu parroquia le responda a esa persona porque vos no tenés nada para decirle? NADA. ¿Por qué no sos capaz de enseñarle a tu hijo siquiera una oración? ¿Por qué no sabés explicarle que la vida es más que las cosas que tenemos? Ahí es donde la cultura se nos ha escapado.

Treinta años atrás o un poco más, podría haberle hechado la culpa a los curas de que los laicos no saben nada. Treinta años atrás, Juan Pablo II decía que los laicos eran un gigante dormido. Y me parece que siguen durmiendo. Hoy la ignorancia es una total indolencia. Treinta años atrás los laicos podían decir que la misa era aburrida, el cura la hacía así. Hoy que ponemos hasta un tambor en la misa, no logramos que un laico diga en voz alta y clara siquiera un amén. Apenas una tibia respuesta de un ser ausente que parece estar en la luna. Con un Evangelio del cual cinco minutos después de haberlo escuchado no es capaz de decir qué es lo que decía. Y es menos capaz de tomar una Biblia en su casa para leer ese texto que ya no se acuerda. 

No voy a hablar de los otros, ya ven. Hablo de nosotros. Necesitamos un cambio sin perder identidad. Eso es lo que Benedicto XVI dice a cada rato. Me da vergüenza. Un hombre de más de ochenta años tiene que decirnos lo que tenemos que hacer los más jóvenes que él. ¿Habremos encerrado al Espíritu Santo en una jaula y nos hemos tapado los oídos para no oirlo? Perdóname, Santo Espíritu de Dios, y renueva la faz de la tierra. 

lunes, 17 de octubre de 2011

AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS


He confesado a muchas personas que tienen sinceridad de fe. Pero al confesarse parece que sólo les duele el haber ofendido al prójimo, pero este prójimo al que están vinculados por afectos carnales. He confesado a niños que dicen sus faltas referidas a su vínculo fraterno y al rezar el Pésame dicen: "pésame por haberlos ofendido". Esto me llevó a enseñarles en la catequesis el pésame en un castellano más coloquial y menos castizo: "por haberte ofendido".

Leo en el transfondo de estas personas una influencia muy grande del antropocentrismo centrípeto, y no hay mejor figura para decirlo, de su religiosidad. Me explico. La enseñanza del Papa Juan Pablo II desde el inicio de su Magisterio fue que el hombre es el centro de toda la Revelación Divina. Dios se ha revelado para que el hombre viva, parafraseando a San Ireneo. El Papa aplicó con todo rigor el Concilio Vaticano II en lo que es una mirada profética: el hombre tiene que ser el centro de todo lo que se haga en este mundo, pues las cosas fueron creadas para él. Su Encíclica Redemptor Hominis pone todos los colores a estas afirmaciones.

Por su parte, el desarrollo del hombre ha llevado a ponerlo al centro pero no para exaltarlo, sino para denigrarlo. El centro porque es el objeto de consumo, el mismo hombre es un objeto de consumo. Alrededor de él unos pocos tienen una sola meta: llenarse de dinero. Estética, confort, moral, legislación, sentido de la justicia, y hasta los derechos humanos, se han transformado en lo más inhumano en cuanto no llevan al hombre al encuentro de sí mismo en un sentido de autoconciencia de su valor, sino de pérdida de su valor.

Así el hombre se ha transformado en el centro de todo que se cierra sobre él hasta ahogarlo. Un agujero negro, como se diría en el espacio. Todo desaparece al acercarse a ese hombre egocéntrico y abosrbente.. también la naturaleza con la destrucción del ecosistema. Su dios es la razón, su justicia es lo que no me dan y quiero, su criterio es el lucro, su fin es el placer, su ley es no tenerla.

Pero todos los hombres hemos sido creados para ser una fuerza centrífuga. Es decir salir hacia afuera de nosotros mismos. Entonces lo bueno rodea, se expande, crece y ese movimiento hace crecer más esa fuerza y da más identidad al hombre mismo. Eso es amar. El hombre se conoce más cuanto más se desconoce. El hombre se conoce a sí mismo si permanece como misterio para sí mismo. En todo caso, se conoce amando.

Pero amar es encontrar un otro al cual amar. Hemos creído que ese otro es otro hombre. Si es así, esa fuerza deja de salir hacia fuera para quedar hacia adentro. Amar al semejante por el semejante es romper ese misterio. Es un placer hedonista. Es posesión del otro, y esto es esclavizante. El Otro es un misterio que me desborda. Es Dios. Cuando sabemos que amamos a este Otro que es Dios, entonces se abre la puerta para amarse a sí mismo en justa medida. Es que en Dios sí se nutre esa sed infinita de amar y ser amado. En Dios es posible volver sobre sí para reconocer el infinito valor de la propia vida. Desde esta justa valoración de sí mismo nace una necesidad inmensa de darse a los demás.

martes, 4 de octubre de 2011

SOBRE LA MUERTE DIGNA

 Texto de la Encíclica "Evangelium Vitae" del Papa Juan Pablo II, que ilumina el tema que está en boca de todos. No debemos confundirnos. El que vive dignamente y es tratado dignamente, ese es el que muere dignamente. El subrayado es mío.

« Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39): el drama de la eutanasia

64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia de la muerte se presenta con algunas características nuevas. En efecto, cuando prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que da placer y bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que es preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada « absurda » cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una « liberación reivindicada » cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo.
Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el hombre que vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente también movido a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus técnicas cada vez más avanzadas. Mediante sistemas y aparatos extremadamente sofisticados, la ciencia y la práctica médica son hoy capaces no sólo de resolver casos antes sin solución y de mitigar o eliminar el dolor, sino también de sostener y prolongar la vida incluso en situaciones de extrema debilidad, de reanimar artificialmente a personas que perdieron de modo repentino sus funciones biológicas elementales, de intervenir para disponer de órganos para trasplantes.
En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin « dulcemente » a la propia vida o a la de otros. En realidad, lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en profundidad se presenta absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la « cultura de la muerte », que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno.

65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados ».76Carta Encíclica "Evangelium Vitae"
De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado « ensañamiento terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares ».77 Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte. 78
En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ».79 En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo »: 80 acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.
Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores 81 y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 82
Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA. MUCHO MÁS QUE UN HECHO


De todos los bautizados católicos, un 2 o 3 % participa habitualmente en la misa dominical. Al menos en nuestro País (Argentina) es lo que se dice. El 98 o 97 % restante no participa, y todavía menos, se confiesa. Tendríamos que aumentar un número considerable de participantes ocasionales.

La disciplina de la comunión eucarística que vive la Iglesia respecto de los divorciados y vueltos a casar, sin embargo, es cuestionada mucho por ese 98 %, lo cual es mucho decir. La pena es que ese porcentaje es el que no participa y, muy probablemente, no participará habitualmente de la Eucaristía dominical si se cambia esta costumbre.

¿Por qué ocurre esta contradicción? Habrá que tener en cuenta cómo viven las personas impedidas de acercarse a la comunión eucarística esta disciplina y también, ante todo, qué significa la comunión eucarística para poder tener elementos para un juicio de valor más certero para la conciencia personal y para comprender el por qué de la disciplina sacramental.

La no posibilidad de la comunión sacramental es considerada por los que no pueden hacerlo como una exclusión de sus personas. No lo es de sus personas porque en la disciplina eclesiástica las causas para la exclusión en la participación de los bienes de la gracia (excomunión) son determinados a algunos precisos delitos que puede llegar a cometer el fiel. Y de hecho, los divorciados vueltos a casar no están en este grupo de "excomulgados". Por otra parte, el juicio moral sobre la persona en el "fuero interno" sólo se puede hacer en la acción sacramental del Sacramento de la Reconciliación. Queda descartada toda apariencia de condenación excluyente del divorciado vuelto a casar en el seno de la Iglesia.

Comulgar es más que recibir el Sacramento

También es cierto, y considerémoslo ahora, que la comunión sacramental, "comulgar", dicho popularmente, expresa más de una realidad: es comunión con Cristo, es comunión con la Iglesia, es testimonio de adhesión plena y sin restricciones a las enseñanzas de Cristo, es testimonio de esa vivencia en forma pùblica (la comunión sacramental siempre es un acto público), es comunión de gracia por todos los medios de la gracia que Cristo nos dejó, principalmente los Sacramentos. Luego, alguien que de hecho es contrario al voto de unidad e indisolubilidad del Sacramento del Matrimonio que ha hecho pública y libremente, ya no participa de la "adhesión plena y sin restricciones".

Lo que no es la comunión sacramental es ser un juicio moral sobre la persona. Nadie comulga porque es bueno, o deja de comulgar porque sea malo. Pueden haber buenos que no comulguen y malos que sí lo hagan. Será la conciencia moral la que lleve a las personas buenas o malas a abstenerse de comulgar si algo les impide hacerlo. Ejemplo: si alguien tiene conciencia de un pecado grave no confesado se abstendrá de comulgar. Su abstención revela la grandeza del Sacramento que no recibe, y en cierto modo, se transforma en un testimonio público de la santidad del Sacramento. Supone también que está arrepentido de su pecado y se reconciliará cuanto antes por el Sacramento de la Reconciliación. En cambio, si a pesar de tener esa conciencia de pecado grave, comulga, comete otro pecado llamado sacrilegio. Y la comunión hecha se transforma para esa persona en una causa de condenación y no de salvación, por lógica. Si alguien no reconoce en su conciencia haber cometido un pecado grave, pero debido a su situación presente no comulga, también da testimonio del valor del Sacramento de la Eucaristía y a la vez que expresa su comunión plena con las enseñanzas de Cristo, adhiriéndose con humilde corazón a la Iglesia. Cristo llegará con su gracia a esa persona por otro medio (que ya actuó movida por la gracia al abstenerse de comulgar). Un ejemplo más sencillo, si una persona no ha guardado su ayuno eucarístico una hora antes de comulgar, no comulgará en ese momento. Con eso no está diciendo que es una persona excluida, sino que está diciendo que el Sacramento tiene un valor incalculable y hay que estar preparado y bien dispuesto para recibirlo con fruto. El ejemplo es simple y temporal, pero expresa el hecho de que no comulgar  por una razón que puede ser ajena a la conciencia de pecado personal grave, es una posibilidad dentro de la vivencia de ese Sacramento. Obviamente merece más consideraciones que vamos a hacer ahora.

¿Quién es digno de recibir este Sacramento?

En definitiva, en todas las consideraciones, priva más la grandeza de lo que se recibe y lo que significa, que el hecho de recibirlo. San Agustín dice que este alimento (la comunión) digiere al que lo come y no es el que lo come el que digiere al alimento. Nadie comulga por el valor de sí mismo, sino por el valor de la Eucaristía. Esto es claro porque es más importante el Creador que lo creado, es más sagrada la Santidad de Dios que la del que es llamado a la santidad, es más considerado aquel que nos redimió que los que somos redimidos. Recordemos el caso de aquella mujer cananea que suplica al Señor que cure a su hija. El Señor se lo niega proque él ha venido por las ovejas perdidas de Israel y le dice que no es bueno tirar el pan a los perros. La mujer le dice que también los cachorros van a comer de las migas que caen de la mesa de sus dueños. Esta mujer dice dos cosas: una que no tiene dignidad por sí misma para acceder al bien de la salvación, sino que es Dios el que la hace digna. Verdaderamente sólo Dios nos dignifica. Nadie comulga porque es digno por sí mismo, ni nadie deja de comulgar porque sea indigno por sí mismo. Y también dice que las gracias divinas las recibimos porque el Señor quiere dárnosla y no porque nosotros queremos simplemente.

Pero también, comulgar es un testimonio público de adhesión de fe. Esta adhesión de fe es a toda la fe y no a parte de ella. La comunión eucarística así lo expresa. Quien comulga está en todo de acuerdo con lo que la Iglesia vive y cree. Y este todo es pleno. La Iglesia (todos los bautizados) creemos en el Sacramento del Matrimonio como una realidad divina que se crea por el consentimiento mutuo de los esposos que lo dan libre y públicamente. Atentar contra esa unidad e indisolubilidad de hecho, en este caso con otra unión, quiebra la comunión plena de fe y de hecho. Entonces el Sacramento de la comunión pierde su significado principal: manifestar y realizar esa comunión. 

Aquí vendría la objeción de si otros que hacen esto o aquello debieran o no comulgar. O negárseles la comunión. La negación de la comunión sacramental se la hace a los que han caido en excomunión, o han faltado gravemente a determinados compromisos públicos. O a los que han actuado de manera contraria a las enseñanzas de Cristo de manera pública y grave y así lo determine la autoridad correspondiente para ayudar a la persona que cometió la falta a darse cuenta de la gravedad de su acto y que se retracte de él. A los divorciados y vueltos a casar se les pide la abstención de la comunión sacramental para señalar que al violentar la unidad e indisolubilidad del matrimonio, no es plena su comunión con la Iglesia como públicamente lo expresan. Al abstenerse, los mismos cristianos en esa situación están diciendo a todos cuán grande es el Sacramento del Matrimonio y que creen en él, y a la vez, cuán grande es el Sacramento de la Eucaristía como expresión y hecho de comunión con Cristo y la Iglesia. 

El buen testimonio de quien se abstiene de comulgar si está impedido

Es evidente que esto es un gran sufrimiento para quien valora la comunión eucarística. Se nota, sin embargo, que los que añoran poder comulgar no lo hacían con frecuencia cuando vivían su primer matrimonio. También es verificable que aquellos que quedan libres de ese impedimento para comulgar, tampoco lo hacen después que han recuperado esa posibilidad, y esto lo he comprobado en muchos casos. Con todo respeto, ¿no será que en realidad las parejas cristianas esperan que se apruebe su nueva relación? 

Sorteemos otro obstáculo. ¿Qué le dicen a sus hijos las parejas cristianas que no comulgan porque estan impedidos por qué no lo hacen? Esta pregunta sería interesante que se la hicieran más los matrimonios que no tienen ningún impedimento más que ellos mismos para vivir este Sacramento. Pero creo que con lo dicho anteriormente, es bastante como para dar una buena respuesta: debido a que no puedo vivir por circunstancias de mi vida plenamente el Sacramento del Matirmonio, el cual es muy importante y valioso, por eso no puedo comulgar sacramentalmente, aunque lo hago espiritualmente siempre. (¡Y ojalá que esto sea cierto!) Si es así, se expresará en la misa dominical en la cual esos hijos verán siempre a sus padres.

Por último, si sufrimos por no poder recibir el Sacramento de la Eucaristía, que sea por el Sacramento mismo y no por aprobar nuestras decisiones de conciencia. Estas, hechas con libertad y con pleno conocimiento, deben ser el asiento para una vida libre y feliz. Si esto significa también una abstención de algún bien, que se lo viva como la expresión de una valoración real de aquel bien del que nos privamos. Ese será un buen testimonio para todos los cristianos, y cuánto más para los propios hijos. Sólo el Señor conoce la historia personal de quien ha llegado a una situación de ruptura en su matrimonio, sólo El valora la situación realmente, nosotros administramos los bienes que nos ha dejado en lo objetivo y externo y desde allí lo vivimos y realizamos; pero siempre desde el bien mismo y no desde las personas que lo reciben. Esto último sólo queda a juicio de Dios y de la conciencia personal. 

lunes, 19 de septiembre de 2011

LES DEJO MI PAZ, NO COMO LA DA EL MUNDO

Así nos dice Jesús en sus palabras antes de ascender al Cielo. No como la da el mundo. Me parece que como la da el mundo es idealista, imperfecta y no durable.

Idealista porque pretende una unidad que se quiere lograr a fuerzas. A costa de querer que todos pensemos igual, que todos obremos igual. Ante la imposibilidad, se propone que el querer y el obrar del otro sea indiferente para mi. Que cada uno haga lo que le parece y eso estará bien. El costo es destruir la verdad.

Ante la oposición de dos principios contradictorios, debemos suponer que si los dos son verdades, ninguno lo es. Entonces, no es posible la verdad para vivir en la paz. La otra posibilidad es que cada uno haga lo suyo y que el uno no se meta con el otro. El costo será vivir en la indiferencia frente a la realidad del otro, el individualismo y la soledad. ¿podría haber paz allí?. Se destruiría la comunión.


El idealismo aparece porque se plantea como utopía. La paz no puede ser una utopía, tiene que ser una realidad. Entonces busquemos el camino.

La paz que da el mundo es imperfecta. Su imperfección proviene de la precariedad de sus motivaciones. Si las motivaciones para la paz se asientan en cosas determinadas que tienen poca gravitación en la vida de las personas como hechos más profundos, deja de lado los valores esenciales del hombre que necesitan ser compartidos. Por ejemplo, si la paz se asienta sobre el bienestar económico, sobre la soberanía territorial, sobre el acuerdo de las ideologías. Dirá alguno, también si se asienta sobre la unidad de la religión. No lo creo. Tendríamos que revisar nuestro concepto de religión. Aquí no es el tema. Con estos conceptos se destruiría todo humanismo.

La paz como la da el mundo no es durable. No necesitamos más que ver las diferentes historias sucedidas entre las naciones, o entre las familias, cuando se acuerdan sobre bases o poco o demasiado consensuadas. Ya nos está diciendo que los raciocinios como fundamento de la paz no llegan a abarcar todas las realidades que estan implicadas en la construcción de la misma.

Les dejo mi paz, nos dice el Señor. Su paz. Aquí está la clave de la paz auténtica del mundo. Aquí es de donde se sale de la posibilidad de la utopía. Que sea utopía vencer las disensiones de los hombres en torno a su propia convivencia o realidad es aceptable como un camino histórico necesario por la limitación de la razón y el protagonismo de los afectos. Que sea realidad es porque la humanidad misma tiene resuelto un factor que afecta decididamente la paz: el pecado. Y permítanme los no creyentes que se los diga así, el pecado. Constato una y otra vez que la realidad del pecado está marcada por una sentida ignorancia respecto de ese factor humano... y divino. Se vuelve rechazable para los no creyentes porque se ve como una mirada pesimista de la humanidad. Y la verdad que si no estuviera derrotado, sí lo sería. Pero el asunto es que el pecado es el obstáculo porque está en nuestra voluntad permanecer en él o darle protagonismo a él. El pecado fue derrotado por eso la paz es posible .

Les dejo mi paz, dice Jesús. Si sólo como hombre lo dijera, no dejaría de ser un buen deseo. Y hoy sería él un buen recuerdo. Pero Cristo es el hombre que ha pasado la derrota de la muerte, el que ha mostrado con su cuerpo llagado que el hombre ha vencido definitivamente lo que podía impedirle su felicidad. Por eso resulta extraño el rechazo de su persona, cuando él mismo es la prueba patente de que podemos alcanzar la paz. Resulta más extraño el rechazo de la existencia del pecado, del cual ya fuimos liberados. Negar su existencia es negar la posibilidad del bien objetivo. La experiencia cotidiana y sobradamente demostrada del mal que significa el pecado en el hombre es una prueba patentísima de que negarlo es salirse de la realidad, es evadirla, y sobre todo, es no redimirla.

Asumir la realidad del hombre salvado, socorrido por la mano de Dios, es la fuente de la paz. Lo que no podemos alcanzar por nuestras solas fuerzas ha sido alcanzado por nuestras fuerzas. No es una contradicción en los términos. El hombre nuevo, Jesús, alcanzó la victoria pero porque él mismo es la intervención de Dios en nuestra realidad, haciéndola más real.

Esa nueva realidad es el hombre llagado y resucitado. Así es la vivencia que nos hace realistas. Llagados y resucitados. Llagados porque lo cotidiano es encontrar el límite, la contradicción, los imposibles, las heridas del corazón y de la mente, la equivocación en el razonamiento, la ideologización de la verdad, etc. pero resucitados porque todo lo que divide, lo que obscurece la mente, lo que desquicia el deseo de la unidad y de la paz ya ha sido vencido.

La esperanza de la paz surge clara y ansiosamente deseable. Sin dejar al hombre llagado. Sin dejar las mil realidades que parecen decirnos que no. Empezando por nuestras propias heridas del pasado, del presente, de la sociedad, de las oscuridades de nuestras personalidades. Y siguiendo por las realidades contradictorias que contínuamente nos rodean. Hay esperanza, es posible. La paz en este mundo conlleva las llagas. El secreto está en el resucitado. El hombre que vive reconciliado interiormente y que encuentra en las llagas un signo: la victoria sobre el mal y la muerte.

Esa reconciliación consigo proviene de fuera del hombre como individuo. Proviene del hombre como el otro. Proviene de Cristo, el hombre. Es decir, que es recibida y compartida. Así, la reconciliación consigo como fuente de la paz, es reconciliación con el Otro, es reconciliación con Cristo, es reconciliación con Dios.

Les dejo la paz, no como la da el mundo. ¡Gracias por dejárnosla! La tomamos y la construimos. Sí.

domingo, 18 de septiembre de 2011

BUSCA LA PAZ Y CORRE TRAS ELLA

Cómo me gusta esta frase del Salmo (34,15). Tiene una evocación importante para mi. Son parte del Prólogo de la Regla de San Benito, que por muchos años fue la inspiración de mi vida cristiana. Más que eso, significa la inspiración desde mi infancia. Encontrar la paz. Recuerdo que en los conflictos fraternos, durante mi vida monástica, al compartir con un Hermano la tensión que vivíamos le decía: "son los gajes de la paz monástica". Era la constatación de la utopía.

Pero estaba lejos de mi pensar en abandonar el ideal. No. No es posible para quien ha encontrado a Cristo. Entiendo las palabras de San Pablo en este domingo en el que escribo estas líneas: "Para mí la Vida es Cristo" (Flp.1,21). Me pregunto cómo he compaginado aquella tensión, mis incoherencias, las vivencias de pecado personal y ajeno, las desilusiones de los demás, los imposibles de mi camino ideal con mi presente tan cargado de esperanza. Y me respondo que indudablemente porque Cristo es mi paz. 

Lo es porque su victoria nos ha garantizado la paz. "Les dejo mi paz, les doy mi paz" dijo a los Apóstoles que todavía estaban envueltos en el miedo de afrontar el mundo después de la crucifixión del Señor. Lo dice hoy y cada día después de cada crucifixión. Y lo es porque la paz no es una utopía humana sin más. Es una realidad humana y divina con todo. Como el Señor ha roto las fronteras que separaban netamente lo divino de lo humano, también ha hecho que nuestra realidad a veces tan pobre, no esté separada de su gloria. Siento así que mi vida no pasa por la ordinariez de mis limitaciones y las de la historia humana. No me engaña el poderío de este mundo en el que los valores del Evangelio de Cristo no ocupan ningún lugar. Me cautiva la presencia del Reino y el poderío de Cristo que ha hecho nuevas todas las cosas. Y lo ha hecho desde las cosas más insignificantes, empezando por mí. "Lo necio del mundo eligió Dios para confundir a lo sabio, lo débil para confundir a lo fuerte" (1 Cor.  1, 27)

Así siento que podemos alcanzar la paz y construirla día a día en un destino irrevocable hasta la consumaicón de los tiempos, cuando vuelva el Señor revestido de Gloria. Te invito a ser protagonistas de esta paz.

martes, 6 de septiembre de 2011

GMG-IMPRESSIONI



Scendere nell'immenso aeroporto di Barajas può sembrare una cosa insignificante per chi viaggia spesso. Dicono che l'aeroporto di Chicago, negli Stati Uniti, è gigantesco.Non lo so. Ma atterrare a Barajas dice molto di più per uno che è nato in questa parte del mondo. E' toccare una terra con la quale siamo stati vincolati per moltissimi anni.

Ci sono ancora quelli, che per poter vivere devono essere sempre arrabbiati con qualcuno, che si lamentano del fatto che abbiamo ereditato la loro lingua e perduto quella originale.
Che cosa sarà mai originale? L'indoeuropeo mi sembra più originale del castigliano ma nessuno si lamenta che alcuni scellerati l'abbiano dimenticato. Noi siamo chi siamo oggi. E arrivare a Madrid per condividere la fede con milioni di giovani ha un significato eloquente.

Questo è quello che ha significato per me camminare per l'aeroporto di Barajas. Uscire ed incontrare quelle colline castigliane schizzanti di ulivi, immaginando quanto si è vissuto e quanto si é detto.
Pensando ai lunghi e caldi cammini di Santa Teresa, o all'audacia di San Giovanni della Croce. Contemplando l'errante cammino di San Giovanni d'Avila o di San Pietro di Alcàntara. Pensando ancora di più ai sogni fantasiosi di Lope de Vega o di Miguel de Cervantes-un'altra faccia del mio essere.Molto differente -ma intima- a quell'esperienza che ho vissuto quando calpestai le terre messicane e capii senza volerlo ciò che significava per la mia storia personale la cultura "candelaria" del nord-ovest argentino, in contrasto con le aree azteche di quelle terre tanto benedette.

Ora ho vissuto l'altra parte del mio essere, quella che si esprime nella lingua e nella scrittura e che mi dice più di qualsiasi lingua. Molto bello il francese e che piacere ascoltarlo, simpatico l'inglese, comunicatore dei giovani di tutte le parti del mondo. Silenzioso il tedesco , che quelli di quella patria sembravano voler zittire.Non hanno detto neanche una parola. Ma niente è paragonabile al proprio idioma, no? Vi siete resi conto di ciò che siamo stati, o no?Forse no.Eravamo i vincitori! Perfino il papa ha parlato nella nostra lingua. Mi ha sorpreso Vincenzo che dalla sua Italia natale parla come un argentino. Mi sono sentito solidario con Giovanni che si sforzava a capirmi e a insegnarmi qualche vocabolo italiano per far sì che io potessi esprimermi. Volevo a tutti i costi incontrare i coreani perchè in quella strana lingua avevo imparato a dire "no" (anià) e "sì" (dé).No li ho incontrati.Li ho confusi con dei laosiani. Beh diciamo che c'ero quasi arrivato! Nella cartina ho scoperto che è il paese vicino a quello dei coreani.

Che soddisfazioni scoprire tutte queste differenze.La lingua dice molto più dei suoi vocaboli. Parla del modo di comprendere la vita e dell'accento delle cose a cui diamo importanza. Lingue più sintetiche e concrete.Lingue più ricche ed espressive.Lingue di pochi vocaboli ma molto significativi. E così tutte. E noi? Io sono contento.Ho incontrato in Spagna molte parole che uso e che qui in Argentina, le generazioni giovani non usano. Quello che mi piace della mia lingua è che posso esprimermi di più! Posso dire di più con sfumature sottili che sono comprese da chi mi ascolta. Così come i fantastici quadri del Museo del Prado,sottili tratti, delicati vestiti, suggestive trasparenze. Chiaro e scuro sfumati da insinuanti ombre. Così io sento che ci esprimevamo. Chi legge forse si starà domandando dove voglio arrivare. Non è un intervento linguistico. E' un'esperienza vitale di gran ricchezza.Mi sento felice di potermi esprimere sempre e molto. Ed ho la sensazione che chi usa le lingue con meno parole ,nell'essere tanto concreo, si perdi i fantastici colori della vita.Ma probabilmente è solo una sensazione.

Grazie,Signore, per avermi fatto vivere una Pentecoste appassionante!
Molte lingue ed un solo cuore.Molte espressioni ed una sola anima.
Moltissime storie ed una sola fede.