miércoles, 8 de junio de 2011

JORNADA DE PASTORAL. Diócesis de Zárate Campana. Junio 2011. P. Albado


 TRANSCRIPCIÓN DE LOS APUNTES TOMADOS EN LA EXPOSICIÓN SOBRE 
"EL ESPÍRITU DE LA PASTORAL BAUTISMAL"

El Plan pastoral Diocesano está puesto en la línea de la Nueva Evangelización y esto quiere decir que tiene y puede tener un espíritu muy grande. Más considerando que después de los años noventa poco se ha hablado en concreto de esta Nueva Evangelización. Quizá en muchas diócesis nos hemos quedado con la formulación de este deseo pero no se ha aterrizado en lo concreto.
En un momento dado, Juan Pablo II habló de Nueva Evangelización y de Reevangelización. Lo segundo considerando a Europa. Pero con el tiempo quedó asimilado a lo primero el concepto de Reevangelización. Reevangelización decía que ya no había nada y por ello había que comenzar de cero. Nueva Evangelización habla de tomar lo que ya se hizo y dar nuevos pasos sobre este cimiento.
En el concepto de Nueva Evangelización se habla de nueva en su ardor, en su método y en su expresión. Estos tres constituirían lo que es la “materia”. Pero considerando la continuidad de la tarea evangelizadora con la de los primeros evangelizadores de América, el “continuar y completar” la Evangelización a la que llama el Papa, esto sería la “forma”. Si prestamos más atención a la materia que a la forma podemos quedarnos en unos esfuerzos vacíos de contenido o bien errar el camino no teniendo en cuenta este sustrato de fe donde debe apoyarse la acción evangelizadora actual.
Así visto, desde este esquema, podemos ordenar lo primario y lo secundario. Lo formal es lo primero porque hace que la cosa sea lo que es. O sea, partir desde lo que hicieron para que llegue lo segundo. Pero se nos presenta una pregunta ¿Qué hay que tener en cuenta de la primera evangelización? Las conclusiones de la Conferencia de los Obispos en Santo Domingo nos lo dice:
a)      La predicación de Cristo crucificado.
b)      La Virgen. En América Latina, la Virgen hizo una Nueva Visitación, dice Juan Pablo II en su discurso inaugural para esa conferencia. La presencia de la Virgen es desde Guadalupe hasta hoy pasando por muchos santuarios marianos. La Virgen unió conquistadores con aborígenes rompiendo las distancias que parecían infranqueables en la primera evangelización.
c)       El carácter misionero de la Evangelización. El “Vayan y hagan…” del Evangelio de San Mateo. Los primeros misioneros salieron a la búsqueda. No esperaron que la gente les llegara adonde ellos estaban.
d)      La preocupación por el mundo de los pobres. Es innegable que la mirada de Dios está puesta en los pobres. “Dios es el dios de todos, pero pone su primera mirada en los desposeídos de este mundo”, nos dice Juan Pablo II. Debemos considerar esta afirmación como un hecho fundamental para la Nueva Evangelización quitando de nuestro horizonte la mirada ciertamente ideologizada que inquietó a la Iglesia en América en las últimas décadas del siglo pasado y que sigue teniendo un peso de influencia hoy. Quizá en algunos casos para alejar la mirada de los pobres como una referencia esencial de la Nueva Evangelización.
Ya hemos puesto nuestra mirada en la forma, ahora vamos a la materia, y la materia que en este encuentro nos toca: el Bautismo
La pastoral bautismal no admite un “aggiornamiento” en el sentido de novedad de la Iglesia. Está enraizada en el pueblo de Dios. Cuando bautizamos nos ponemos en una corriente histórica que viene de la primera evangelización. Nuestro pueblo vive una auténtica tradición de fe que debemos valorar y no minimizar. Se apoya en una corriente de Tradición como los valores más caros que hacen a la fe católica. Y el Bautismo es una Tradición porque
-          Es una puerta de Salvación.
-          Froma pueblo. Es un elemento de cohesión social. Así lo vio Constantino y convocó el Concilio de Ncea, por ejemplo. La unicidad espiritual contenía la unidad del Imperio. Aunque pudiésemos hacer un juicio histórico, podemos ver que el Bautismo verdaderamente singnifica una identidad común.  El mismo San Pablo se preocupaba de dejar formadas comunidades en los lugares que evangelizaba. No sólo la conciencia de la salvación individual, sino de comunidad.
-          En América Latina el Bautismo alcanzó una importante meta: dar identidad al pueblo aborigen. Si bien fue desposeído de su propia cultura y su referencia de unicidad como pueblo. Y podemos hacer toda la crítica a la realidad de la conquista como desposeedora de los bienes de este pueblo, sin embargo, podemos decir con claridad que el Bautismo significó volver a darle un lugar al aborigen, aunque ciertamente, en la sociedad que se formó este lugar fue el último en la escala social.
El Bautismo generó una cohesión en una doble perspectiva:
-           Por razones de formación, nosotros lo vemos desde una perspectiva salvacionista. El Bautismo para nosotros, nos integra a una comunidad eclesial donde yo trabajo por mi salvación y por la salvación de los demás. Las iglesias y comunidades de la Reforma protestante tienen muy en claro y desde esta línea trabajan esto.
-          Y la otra perspectiva es más temporal. Para los aborígenes de la primera evangelización, el Bautismo hacía que Dios se metiera en la comunidad donde ellos estaban. No tanto que ellos fueran a Dios como que Dios viniera a ellos. Eso ha tenido una continuidad hasta nuestro tiempo. Los bautizados ausentes de la Parroquia viven el Bautismo como el modo de que Dios se meta donde ellos están y por eso lo piden con insistencia. De allí que podemos decir que el Bautismo hace cultura.
En el aborigen , como Dios se mete en su vida, Dios se adapta a sus costumbres. Dios se meta y hace historia. Cuando hablamos de la Iglesia, decimos que hay una Iglesia Institucional que es la que vive en sus estructuras de vida y Evangelización, y también que hay una Iglesia misterio, aquella que no la podemos llegar a abarcar con una mirada simple sino que sus contenidos y su hondura escapa a nuestra simple consideración. Hay una Iglesia misterio que está ligada a otras instituciones que el mismo pueblo ha ido generando por esa presencia de Dios. Por ejemplo: la fiesta. Los bautizados de hoy postergan muchas veces el Bautismo de sus hijos porque no tienen dinero para hacer la fiesta. La fiesta forma parte de un rito cultural que el Bautismo a impuesto en la vida de la sociedad.
Los primeros misioneros mostraron un Dios que se abajaba a la vida de su pueblo. Dios ya había dado el primer paso metiéndose en la vida del pueblo. Dios se mete igual en su pueblo aunque nosotros, los agentes de pastoral, se la quitemos por nuestras exigencias o se las posterguemos por lo mismo. El Pueblo de Dios, si no tiene la presencia de Dios a través del rito que espera del sacerdote, lo inventa. Y allí fortalece la fe. Cada hombre tiene esa relación con Dios con su conformación cultural.
La fe reestructuró de modo original la conformación social del pueblo viejo (antes de la Evangelización) convirtiéndolo en un pueblo nuevo (después de la Evangelización). Los primeros elementos, la cruz y la Virgen, se convierten en un elemento estructural.
En la filosofía moderna, la clave de la temporalidad es esta: un existencialismo con la ausencia de Dios. “Vivo acá y Dios no tiene nada que ver con esto”. Se pasó del hombre ateo al hombre indiferente. La temporalidad nos confunde porque tenemos una formación salvacionista. Considerar esta presencia de Dios en el todos los días como un hecho corriente pero profundamente significativo, a los que tenemos una formación tan académica y salvacionista, nos desorienta.
La respuesta a la temporalidad sin Dios es una cultura eclesial: vivir en este mundo y llevar las cosas a Dios. En la gente más pobre esto tiene cosas propias. Vemos que la gente no va a Misa, su vivencia es temporal. Dios está en sus vidas y pasa por sus cosas, pero no ve como necesario estar en la Misa, sin negar que esta tiene un valor inmenso. Por ejemplo: los devotos a San Cayetano. El día de su fiesta el devoto tiene que ir a misa y lo hace con devoción, quizá muchos se confiesan para esa fiesta. El santo tiene que ver con su vida: el trabajo. Los signos que tienen tanta importancia: la estampa con la espiga, la bendición, la cola para tocar la imagen del santo, etc.  En definitiva, ese bautizado tiene una vida fuertemente temporal pero en Dios y no para Dios. Ve, por ejemplo que lo que recibe es de Dios, aunque ello dependa de personas concretas. Así, ve al saceredote como el que es de Dios. Y muchos querrán la bendición del sacerdote y lo encontrarán irreemplazable en su referencia a lo divino. Esperarán del sacerdote que les enseñe, que sepa sobre Dios. Aunque quizá no se sientan comprometidos a aprender de Dios . Frente a la desgracia siente que “eso es lo que le tocó”, el paso de Dios. Quizá lo que menos le preocupe sea la vida eterna, el Cielo. Eso no cuenta dentro de su horizonte de espera.
Aunque el Cielo es la meta, hay otra forma que el pueblo tiene. La gente vive lo que quiere pero sabe que al final estará frente a Dios (Mt. 25). En el Evangelio de Mateo encontramos muchas cosas que la gente vive hoy. En el momento en que el Señor le dice a los buenos y a los malos “tuve hambre y me dieron…tuve sed y me dieron… o no me dieron”, ambos, malos y buenos le preguntan “Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento? O sea, no se dieron cuenta que estaban haciéndolo, digamos, vivían como cosa temporal lo que en realidad los estaba llevándolos a o quitando el Cielo. Dios tiene más de un camino y es Señor de la temporalidad a causa de la Providencia que todo lo gobierna. Esto es innegable desde la fe.
El Bautismo estructura socialmente. Hay que buscar un camino de la temporalidad sin que tena una raíz marxista. Actualmente el manejo de la temporalidad está influenciada por teologías largamente trabajadas desde esa perspectiva marxista y donde la temporalidad tiene un lugar principal. No es necesario que sea desde allí.
Si la temporalidad es sin Dios, es porque los que la sostienen encuentran en Dios crueldad. Piensan que Dios se opone a la temporalidad, no está en las cosas del hombre. Es todo lo contrario de la cultura eclesial, que ve  que Dios sigue preocupándose por el hombre y sus c osas. Eso es lo que enseñó Juan Pablo II en todo su magisterio, ya desde su encíclica programática Redemptor Hominis.
Esta preocupación por el hombre, tiene que ocuparse del hombre espiritual (como ocurre actualmente con los Movimientos) y por el hombre social (como las organizaciones caritativas y sociales de inspiración cristiana). Para que el hombre sea más hombre tiene que tener mayor dignidad temporal. El Bautismo viene a alcanzar una liberación espiritual y temporal al liberar del pecado, que es la raíz de todo progreso.
En el Pueblo de Dios alejado de la Iglesia, el Bautismo es Dios preocupado por el hombre. Pero el Bautismo no está tan pegado a la cuestión del desarrollo. La forma de vida actual hace que la gente no vea más allá de lo inmediato. Es difícil que proyecten la propia vida más allá de lo inmediato. La misma situación social, la inseguridad de un futuro, la incertidumbre de todo lo que viene, no saber si podrán comer al mediodía… todo eso influye para que la gente no haga una relación de futuro. Nosotros, en cambio, los que hemos sido educados en una perspectiva salvacionista y que venimos de una generación anterior donde se sabía qué dirección tomar para prosperar, tenemos otro concepto. Quizá elegíamos una carrera con la certeza de que allí estaba la posibilidad de un progreso casi sin obstáculos. Las generaciones presentes no tienen ese horizonte. Todo esto marca quién es Dios para mí. Dios se puso de mi lado porque crucificó a su Hijo, y en eso nos sentimos amados. El pueblo no se siente amargado por la cruz, es un gesto de amor de Dios y de presencia inmediata y permanente. En la lectura patrística del Oficio de Lecturas del jueves de la Octava de Pascua escuchamos a San Cirilo de Jerusalén que dice que la pasión de los hombres está asumida tipológicamente en el Bautismo. El Bautismo, entonces es un sumergir en la muerte de Cristo, y esta dimensión la gente la vive.
En conclusión, haría falta en la Nueva Evangelización que se muestre un nuevo ardor para recuperar la memoria de la vida de la gente que vive el Bautismo desde la temporalidad.
LA MISIÓN
La misión permanente a la que nos llama la Nueva Evangelización está en relación con la pastoral bautismal. El Bautismo es un hecho de fe que se valora de distinto modo.
Para el español de la primera evangelización, tenía un valor salvacionista. Pero para el aborigen tuvo el valor de modo de estructuración social. Dios se mete en su orden cultural. Se entiende que Dios me puso en este mundo y yo me tengo que ocupar de ello.
El Bautismo pedido por la gente alejada tiene que ver con la fe. Se bautiza al que tiene fe. Pero en un orden eclesial, se considera que los más allegados a la Parroquia son los que tienen fe. Pero resulta que hay una gran mayoría, quizá más del 90 % de bautizados que se acerca esporádicamente a la parroquia. Estos ¿tienen fe verdadera?
De hecho, sin fe no hay cristianismo. El Concilio de Trento dice en la sección sexta canon 28 que “si alguien dijera que aquel que tiene fe no es cristiano, sea anatema”.
Viendo esto desde las virtudes teologales, afirmaríamos que si no hay caridad no hay cristianismo, porque hay pecado mortal. Es un pensamiento desde lo formal y real. Pero Trento dice que la fe es la que determina el cristianismo. O sea, que aunque no hay caridad igual hay fe (fe informe, por cierto, pero que sigue siendo fe verdadera, según Santo Tomás de Aquino)
La fe es un camino por el cual Dios se vale para que el hombre alcance la perfección. Las virtudes teologales se pueden considerar de a una (no separadas) para que crezcan las otras.
Muchas veces miramos la fe de la gente por la religiosidad popular. Pero cuando pierde esa religiosidad se presenta una dificultad. Por ejemplo, cuando un hombre religioso va a vivir a un lugar donde el entorno es diferente, sus hijos quizá hereden la fe pero no sus costumbres religiosas. Pero no por ello no tendrán fe. Se expresará de otro modo y hay que buscar captarla. Hasta hay que pensar que la fe de ese hijo puede ser más profunda que la del padre porque ya no la sostiene el entorno cultural religioso que sostenía la de su padre.
¿Y cómo sé que esa fe popular está debilitada? Nos planteamos el tener fe con el conocimiento de la fe. Entonces ¿hay que instruir en la fe o no? Se pìensa que el conocimiento valida la fe que se dice profesar. Pero hoy tenemos que continuar la primera evangelización. ¿Dónde asiento teológicamente esa fe “no formal”?
Santo Tomás de Aquino dice que el acto de fe tiene un triple aspecto:
1-      CREDERE DEO: Es el aspecto formal. Por el cual se adhiere vitalmente a lo que Dios le revela. Le creo a Dios. (Hb 11,6). Esta fe no depende de la formación sino que es más existencial (la palabra la agrego yo). Esta fe la tiene el teólogo y la señora que ignora lo mínimo del catecismo.
2-      CREDERE DEUM: Respecto al contenido de la fe. Los desarrollos que los hombres hacemos para entender a Dios (Teología y Catequesis). Es el aspecto material. Las cuatro o cinco verdades que son precisamente el contenido real de la fe. No garantiza la fe, pero trabaja sobre la fe. Por eso tenemos una responsabilidad de ser “hermanos mayores” en la fe. Tiene que ver lo que sacramentalmente representamos para los demás.
3-      CREDERE IN DEUM: La tendencia por la cual alguien se pone en movimiento hacia algo. Le cree a Dios y se pone en camino hacia Dios. Es el paso interior que se da para buscar a Dios con la vida que tengo.
De acuerdo a donde nos situemos, será nuestro concepto de la fe. Santo Tomás dice que lo más importante es lo primero, credere Deo, lo segundo credere in Deum y lo tercero es el Credere Deum. O sea creer en Dios y buscarlo es más importante que la catequesis como medio de la fe o como valor de la fe. Aún en este razonamiento, no estamos separando o descartando las tres que en sí constituyen los elementos de la fe. Pero distinguirlos nos sitúa para hacer una valoración más auténtica  de la fe popular.
Tenemos ejemplo en la misma vida de Jesús. Cuando Jesús pregunta a los discípulos quién dice la gente que es él, todos mencionan a profetas, nadie a sacerdotes. O sea, Jesús es para el imaginario popular “alguien que nos trae la voz de Dios” es una realidad práctica de la relación con Dios y no conceptual. En los escritos del Nuevo Testamento, recién en la carta a los Hebreos encontraremos que se habla de Cristo como Sacerdote.
Por ello, nadie puede agradar a Dios sin la fe. Así lo afirma la carta a los Hebreos en el cap. 11. Con esa fe, se pone en camino. A mi me evoca la figura de Abram. “Creyó y partió”. El Credere Deum tiene que ver más con el Dios que se dio a conocer. Aquel al que el que hizo los otros pasos empieza a buscar conocer.
Entonces, un criterio para valorar la fe de la gente es esta triple consideración del credere. Si observamos el orden que dice Santo Tomás de Aquino haremos una valoración correcta para situarnos. Cuando el Bautismo se da, fortalece la fe del Credere Deo, y esto es muy importante. No debemos exigir demasiado de la fe de los simples, afirma Santo Tomás. Es nuestro deber ahondar desde esa fe simple para crecer en Dios. Por cierto que hay que eviar el sentimentalismo. Hay que “poner” teología a aquella vivencia del Credere Deo y del Credere in Deum.-

viernes, 22 de abril de 2011

SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS DE CRISTO

1-PADRE PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN


Ante la incomprensión de lo que verdaderamente acontecía en la cruz de Jesús, los que se burlaban, los que le enrostraban que si era hijo de Dios se salvase a sí mismo, los que lo flagelaban, los que eran indiferentes, los que estaban satisfechos de que al fin pudieran verse libres de sus palabras, de sus enseñanzas, el Señor y Maestro tiene estas palabras de misericordia.

Dice “Padre”. En su conciencia personal, Jesús sabe que la contradicción que sufre no le crea enemigos, uno solo es el enemigo, aquel diablo o Satanás que pretende romper la obra de Dios. El encuentra en todos a sus hermanos, los hijos del Padre, de su Padre. El encuentra en la mirada de Dios a su Padre y cuya paternidad no se rompe en la dificultad, no se esconde en la hora de la cruz. Jesús esconde su corazón humano y lacerado por la incomprensión en el corazón del Padre Dios, de quien se sabe amado con amor único y eterno.

Dice “Perdónalos” porque sabe la responsabilidad personal que cabe a quienes lo rechazan o rechazan sus enseñanzas. Una responsabilidad que proviene de no querer aceptar la revelación de Dios que se ha dado plenamente en Cristo Jesús. =Pero el Padre se ha revelado en su ser en la persona de Cristo Jesús. “El que me ha visto a mi, ha visto al Padre” le dijo a su discípulo Felipe. El Padre Dios ha demostrado su amor y su cercanía en la persona de Jesús: “Quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús”, nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos. Jesús, el Señor Crucificado nos ha mostrado con su ejemplo que no hay nada mejor que hacer la Voluntad del Padre Dios cuando nos dijo “Mi alimento es hacer la Voluntad del Padre”.

Hoy también quienes no quieren escuchar la voz del Maestro quien, siguiendo la Voluntad del Padre, llama a cada persona a ser su discípulo, son responsables de no responder a este llamado. Son responsables de decidir hacer la propia voluntad y no la Voluntad de nuestro Padre Dios. Son responsables de no reconocer a Jesús como aquel en quien el Padre se ha manifestado. Pero ¿dónde lo reconocerán? ¿Dónde reconoceremos el rostro de Dios? Cristo no es una figura del pasado, no es una imagen de recuerdo. Cristo no es un ídolo que se acomoda a cada circunstancia histórica dándonos lo que nosotros queremos según nuestro parecer facilista, egoísta o placentero. Reconocemos a Cristo en el Crucificado. Reconocemos a Cristo en la expresión máxima del amor a Dios y amor a nosotros. Lo reconocemos en el Señor que en la cruz, la contradicción, la renuncia a la propia voluntad, la entrega generosa, la aceptación de la persecución ante la coherencia de vida, nos sigue diciendo el amor con que nos ama el Padre Dios. Sí, quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

“Porque no saben lo que hacen”. Este final de la primera palabra del Señor Crucificado despierta nuestra esperanza y nuestro deseo de anunciar a Cristo. Nuestra esperanza porque todo rechazo proviene siempre de una ignorancia. La ignorancia del amor con el que hemos sido amados. ¡Qué dolorosa ignorancia! ¡Cuántos que han sufrido la muerte de un ser querido quedan sumidos en la tristeza y el rechazo del Padre Dios porque consideran que él les quitó su ser querido! Cuántos ante el sufrimiento de los pecados de los demás por abandono, por las faltas de amor, porque no han recibido de los discípulos del Señor, los cristianos, un buen testimonio; y cuántos por obstinarse en sus pecados, por no querer vivir según los mandamientos del Señor, sufren en sus vidas y cargan pesadas cruces que el Señor quiso cargar por nosotros, que quiso liberarnos de tanto peso. No, no saben que no es necesario andar por este mundo cargando dolores interminables. No saben el destino de gloria al que el Señor nos llama a vivir por toda la eternidad. No saben que el perdón divino está ofrecido a manos llenas y que no hay pecado que no pueda ser perdonado. No saben que es posible cambiar de vida, que es posible abandonar los vicios, que los méritos de Cristo, sus dolores en la cruz, nos han obtenido del Padre Dios toda gracia y toda bendición.

Y despierta nuestro deseo de anunciar a Cristo porque hay tantos que sufren el dolor de sentirse solos, no amados; cuando este inmenso amor de Dios se derrama a brazos abiertos. Cuando el silencio elocuente del Crucificado está gritándonos el amor de Dios. S. Francisco de Asís corría por las calles de su pueblo gritando: ¡El amor no es amado, el amor no es amado! ¡Cómo no nos vamos a sentir urgidos los creyentes en Cristo a anunciar este amor inmenso de Dios a todos los que sufren! ¡Cómo no vamos a salir de nuestra comodidad y egoísmo y dar nuestro tiempo para que muchos conozcan el inmenso amor con el que fuimos amados! ¡Cómo no nos vamos a sentir fortalecidos aún ante la indiferencia y la incomprensión de los que no creen y perseverar en el anuncio del Evangelio de Jesús, el Señor de nuestras vidas!

¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!





2- EN VERDAD TE DIGO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO

En medio de los tormentos y las humillaciones que el Señor padecía, uno de los ladrones que estaba a su lado fue capaz de compasión. ¿De dónde sacó fortaleza y lucidez para reconocer la inocencia de Cristo? ¿Cómo es que encontró espacio en su corazón para pensar en otro cuando él mismo estaba en un tormento idéntico?

El ladrón era consciente de padecer las consecuencias de su propio pecado. Él mismo reprende al otro ladrón que se burlaba también del Señor. Este primer paso es el de la apertura del corazón. Este ladrón arrepentido abre las puertas de la misericordia por el dolor de sus pecados. Mientras el otro, aunque sabiendo su propio pecado, prefiere repartir injurias, despreciar al otro. Se ve perdido y goza que otro se pierda. El ladrón arrepentido, por el contrario, ve reflejada su propia miseria en la cruz de Jesús. Ve el efecto del pecado como en un espejo. Pero lo ve en un reflejo de salvación. La Cruz del Salvador le significa el dolor de la inocencia, la desdichada suerte del justo se hace solidaria con su propia suerte. Pero comprende el valor de la inocencia, se da cuenta que no puede ser otra cosa que el amor lo que ha hecho que este justo este ahora en medio de ellos dos.

¿Dónde estamos nosotros a la hora de nuestra cruz? ¿A la izquierda o a la derecha de Cristo? Si concientes de nuestra limitación y nuestro pecado, desesperamos, tendremos la actitud de rechazar a Jesús. Nos reiremos de la religión. Pensaremos que nadie tiene perdón y que todos somos pecadores, imposible de ser redimidos. Nadie es honesto, nadie obra el bien, y Dios no puede salvarnos. Este es el triste mensaje de los que se ponen en aquel costado de la cruz. Esta es la razón de la actitud burlona respecto de la fe, de los que creen que abrirle el corazón a Cristo es perder el tiempo. Claro, ante el vacío del alma hay que distraerla con algo, y entonces surge aquel alejamiento que busca satisfacer el interior con las cosas de afuera: la diversión sin sentido, la búsqueda de los bienes materiales como objetivo de la vida, el deseo de figurar en la sociedad por los bienes que se tienen, el desprecio o el olvido de los demás, la indiferencia ante el sufrimiento del otro, el no darle importancia al daño que producimos cuando nos movemos por nuestras pasiones, nuestros deseos sin freno, nuestro egoísmo. Como aquel ladrón que no se arrepintió también gritamos nosotros: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros”, no te creemos, no podrás hacerlo.

Pero si estamos del otro lado de la cruz, en aquel lugar donde sentimos que Dios se ha identificado con nosotros también en la fragilidad y hasta en el pecado, como nos dice San Pablo, entonces nos sentimos levantados, no humillados. Nos sentimos capaces de volver nuestra mirada hacia la única esperanza posible: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Te hiciste como yo, Señor, no te avergonzaste de mi. Volviste tu mirada en el momento de dolor y me miraste con amor. Así, amigos, así, debemos nosotros mirar a Jesús. Que no busquemos migajas en la vida, que no nos resignemos a vivir en la chatura, en el sentirnos siempre miserables e indignos. Que el Enemigo del Señor no nos convenza con sus palabras seductoras: “así sos, ya no vas a cambiar”, “Todo esto es basura y engaño”. ¡No! No dejemos que el padre de la mentira nos engañe, dejémonos seducir por la mirada de Jesús crucificado, dejémonos impresionar por sus llagas inocentes y digámosle como aquel ladrón arrepentido: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” Y el Señor nos responderá: “En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso”



3- MUJER, HE AHÍ A TU HIJO; HIJO HE AHÍ A TU MADRE

Cuando alguien piensa el día de su partida, también piensa en los que ama. Piensa qué voy a dejarles. Quizá los más pobres pensarán que dejando una buena educación a sus hijos les están dejando lo mejor que podían, y no se equivocan. Otros buscan entre sus bienes más importantes, lo que les significó más en esta vida para dejárselo a los que aman. Muchos que tienen más, tienen que sufrir a la hora de pensar en dejar su herencia. La codicia o la ambición suele ser la causa de la división entre los hijos y el amor que alguna vez reunió a esa familia en torno a la mesa cotidiana se esfuma como si nunca hubiera existido.

En la hora suprema de su muerte, Cristo, el Señor, hombre como nosotros, también pensó en su herencia. Ya había sido despojado de sus vestiduras. Desnudo en la cruz no tiene otra bien material que dejar. El mismo le había dicho a aquel que quería seguirlo: “Las zorras tienen sus madrigueras y las aves del cielo sus nidos, pero el hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”. Hoy contemplamos al Señor despojado de todo. Sin herencia en este mundo… pero todavía, su gesto de amor llega más allá de lo que imaginamos. Quiere dejarnos en herencia para el caminar de esta vida a su Madre.

“He ahí a tu madre” le dice al discípulo amado. Jesús se desprende de la maternidad terrena de María para darle la nueva dimensión de la maternidad universal. Si el Padre Dios quiso abrazarnos por los brazos de su Hijo clavado en la Cruz. Si quiso hablarnos por sus palabras dichas en los caminos de Galilea. Si quiso dejarnos signos de su obra por medio de los milagros que acompañaron el ministerio público del Señor. También quiso abrazarnos en la ternura de una mujer. Quiso dejarnos palabras en boca de esta Mujer, María. ¿Y cuáles son las palabras que ella nos dice? Ella repita incansablemente lo que dijo en aquel primer signo de Jesús, el milagro de convertir el agua en vino en las bodas en Caná de Galilea: “Hagan todo lo que él les diga”. Háganlo todo. No una parte. Todo. La Madre nos invita a la fidelidad a Cristo. Ella misma fue fiel, y como hija de Eva, como una de nuestra raza. Creatura de Dios, liberada del pecado por los méritos de su Hijo, ella nos testimonia que es posible ser fiel a Jesús. Que es posible dar pasos de fidelidad. Pero no pasos parciales, medidos de acuerdo a nuestras ganas o nuestro parecer. Pasos de fidelidad que se cumplen cuando verdaderamente amamos a Jesús al modo de Jesús y no a nuestro modo. ¿Cómo es el modo de Jesús?: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. María es la madre que nos invita a la fidelidad a Jesús. Y María es también la madre que en la Comunidad nos invita a compartir la herencia como familia. Ella susurra a nuestros oídos cada día que nos acercamos a su mediación maternal: “Tú eres, Señor, mi herencia. Tú eres mi único bien”. Cristo es la herencia que nuestro Padre Dios nos ha dejado como familia y María es la fiel memoria de esta herencia.

Y dijo Jesús: “He ahí a tu Hijo”

Es conmovedor pensar en los sentimientos de la Madre en el momento que se desprende de su Hijo. Va a morir. Está la certeza. Y ella se quedará sola. Las Sagradas Escrituras nada dicen de José su esposo. La tradición dice que él ya había muerto. Es la soledad de la Madre la que comienza y en ese preciso momento escucha las palabras del hijo fiel: “He ahí a tu Hijo”. María es invitada a abrir su maternidad a un sinnúmero de hijos. Su maternidad no muere con Jesús, se abre con Jesús. Su vida no queda en la soledad y el abandono, aunque los sentimientos tales la acompañen en aquel momento, su vida se abre a la fraternidad y al encuentro. El dolor da paso al amor. El dolor no encierra en el egoísmo. La cruz, para María, también da paso a la vida.

En este acto de Jesús, en estas palabras de Jesús, comprendamos el sentido del dolor y la pérdida en nuestras vidas. Nunca la cruz debe llevarnos al egoísmo pesimista. Nunca la cruz y la muerte debe llevarnos a la desesperación y al sinsentido. La cruz nos abre al amor y al servicio, como María, que desde Jesús descubrió su auténtica misión nacida desde que concibió por obra del Espíritu Santo, a Jesús en su vientre; también en este momento, desde Jesús conoce la misión que le espera hasta el fin de los tiempos: ser la madre de todos los discípulos de su Hijo. Así también nosotros en Jesús, desde Jesús y desde la cruz encontraremos también la misión que nos espera para el camino de nuestra vida. Ante el dolor, ante la cruz, acerquemos nuestro oído a la cruz de Jesús para escuchar sus palabras, para recibir nuestra misión.

4- ¡DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Eran las tres de la tarde. Como preludio de su muerte, Jesús experimenta la soledad de aquel momento supremo. Una soledad terrible y angustiosa. Dios está ausente. Se encuentra solo, sin consuelo. No sólo que nadie podía reemplazarlo ni comprenderlo en el dolor físico y espiritual que padecía, sino que también experimentaba el silencio de Dios. ¿Dónde estaba el Padre de Jesús que en las largas horas de oración hablaba con él? ¿Dónde está Dios a esta hora del Hijo en que supuestamente debiera este experimentar la cercanía de aquel? Si había cumplido en todo la Voluntad del Padre al punto de ser “su alimento” como el mismo Jesús llamaba al deseo y hecho de agradar en todo al Padre Dios. ¿Qué significa esta suprema injusticia? Si nosotros, hijos de Dios, pero pecadores e infieles tantas veces con el Padre del Cielo, en numerosas ocasiones nos cuestionamos “¿Por qué Dios me abandona en este momento?; cómo podemos considerar este gesto del Padre de las misericordias para con su Hijo único?

El profeta Elías nos dice “Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado” ( Is. Is. 53, 4) El cargó sobre sí la experiencia del límite humano. De esa búsqueda incesante del que experimenta la oscuridad del pecado, la lejanía de Dios. Jesús es el hombre creado por Dios, aquel hombre llamado a vivir en la unidad con Dios, es desde esa humanidad plena de donde nace su grito angustioso. ¡Necesitamos ser salvados!

Hoy escuchamos con honda tristeza aquellos que deciden quitarse la vida porque han llegado al límite de sus sufrimientos. No quieren más. No tiene sentido nada. Hoy somos testigos de muchos jóvenes que estando en el momento más pujante y hermoso de la vida, sienten el vacío y la soledad, la angustia y la desesperación, viven como si nada tuviera ningún valor en la vida, ni la vida misma; y ahogan su soledad y su angustia en la diversión insana, los vicios y el culto de la muerte. La oscuridad y el pecado como abandono de sí y del otro sin importar las consecuencias. Y todo se promociona como libertad, como darse el gusto, como el así somos. La sociedad se queja de la inseguridad y cree que levantando muros que poniendo leyes duras, que colocando alarmas, vivirá feliz. ¿No es este el testimonio más claro de la soledad en la que vivimos como sociedad? ¿No nos dice de aquellos que sufren la pobreza, están excluidos de los bienes espirituales y materiales?¿No son almas vacías donde todo horizonte se ha perdido y por ello han perdido el sentido de la vida y la dignidad propia y ajena?

¿Dónde encontaremos una salida para una sociedad desgastada, sin valores, desorientada? El grito de Jesús es el paso que estan esperando los que sufren. Las victimas y los victimarios son ambos los que gritan. Son ambos los que necesitan de este grito de Jesús que reúne los sufrimientos de los hombres y su realidad necesitada de salvación. Pero la salida no es la actitud defensiva contra los malos que nos oprimen, no es sumar divisiones en la sociedad, donde los pobres son los causantes de la violencia y los que más tienen son las víctimas. Todos somos víctimas y victimarios. Los pobres son víctimas de la exclusión de una educación y una vivienda digna, los pobres son víctima de una inadecuada distribución de la riqueza, de la falta de oportunidades, de una cultura donde el trabajo no vale por quien lo hace sino por lo que hace. Son víctima de que los planes económicos apunten a las leyes del dinero y no al valor del trabajo humano. Y son victimarios porque al perder educación y trabajo, se pierde su sentido de pertenencia a una comunidad de hermanos que comparten un destino común, que eso es lo que es una Nación. Así pierden el sentido del valor sagrado de la vida humana, y son fácilmente manipulables por la propaganda y las decisiones económicas que apuntan a llenar los bolsillos de unos pocos poderosos a costa del apoyo de la ignorancia y la desesperación de los que tienen que conformarse con unos pocos pesos “en negro”, o con una dádiva bienvenida a la hora de la necesidad para apoyar los planes de unos pocos ansiosos de poder. Y crece así su indiferencia y su desprecio por la vida propia y ajena. Los que más tienen son también víctimas de los que buscando ámbitos de poder llenan con expectativas consumistas, invitando a gastar y a vacacionar, no a trabajar y forjar una sociedad solidaria. A mirar hasta estos días santos como un momento de “finde” de consumo, de placer. Y a la hora de querer cultivar su vida espiritual esos cristianos “no tienen tiempo” porque trabajan porque tienen este y otro compromiso. Y para el Señor no tienen nada, ni siquiera los días santos. Son víctima del engaño de una televisión que busca incitar al placer por el placer sin comprometerse por la vida. Son víctima del consumismo que lleva a gastar por darse gustos sin mirar la necesidad del que no tiene ni siquiera lo necesario. Y son victimarios de sus propios niños y jóvenes, de los propios hijos. Al distraer la vida entre el consumo y el placer, la vacación y la diversión vacía, la televisión en la mesa familiar, no hay espacio de diálogo, no hay compromiso de educación. ¿Quién transmitirá los valores de nuestra cultura si no son los padres? Y si los padres no se ocupan de educar ¿cómo pueden pretender que los hijos asuman los valores cristianos, los valores que son la base de nuestra Nación? Y esos niños y jóvenes crecen sin valores. Y los victimarios también son sus propios padres al abandonarlos aún cuando están presentes. ¡Cuántos jóvenes y niños desearían que sus padres les dijeran “te quiero”, cuántos niños y jóvenes les gustaría sentir que su vida es importante para sus padres. Cuántos, ante el abandono de sus padres, hacen su vida y ahogan ese grito angustioso como el de Jesús en la droga, esa muerte lenta que va destruyendo nuestra sociedad, el alcohol, la lujuria, el desorden moral, el menosprecio de la dignidad de las demás personas y de sí mismo. Sí, también los que más tienen son victimarios porque teniendo la posibilidad de dar a los que necesitan un espacio para tomar otra actitud, los menosprecian y se defienden de ellos en vez de verlos como hermanos que necesitan una mano.

El grito de Jesús “Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado? Es el llamado de todos nosotros, víctimas y victimarios, para que el Padre Dios nos levante con la salvación que ha derramado en Cristo. ¡Levántanos, Padre, levántanos! ¡No nos dejes en el pantano de nuestras incoherencias y pecados! ¡Escucha la voz de tu Hijo, y no nos abandones!

5- TENGO SED

Nos dice el Apóstol San Juan que Jesús dijo estas palabras cuando todo se había cumplido, y para que también se cumpliera la Escritura. El profeta Zacarías dice “Mirarán hacia mí, al que traspasaron”. Todos los ojos se volvían a Jesús agonizante en la cruz. Y es él el que toma la iniciativa de pedir agua. Pero le dan vinagre.

Si las miradas que recibía el Maestro eran de compasión, la palabras eran recibidas como una necesidad. Si las miradas eran de desprecio, las palabras fueron recibidas como un castigo. ¿Cómo miramos al Señor Crucificado en este Viernes Santo? ¿Qué hay en nuestro interior?

Si escuchamos estas palabras como un castigo que recibe Cristo, lo miramos con desprecio. Esa era la actitud de los que no creyeron en él. Ellos esperaban que muriera, ya lo tenían. Estaba en la cruz. Al fin habían acallado la voz del profeta de Galilea. Al fin podían seguir viviendo como querían. Al fin se ve claramente que lo bueno no dura, y hay que seguir la vida como se puede. Este es el deprecio de la cruz, este es el desprecio del crucificado. La resignación del bien opacado. Del bien que ya no tiene lugar ni en mi familia ni en la sociedad. Este es el desprecio de los resignados que aceptan las modas y los argumentos de los que producen y cultivan la cultura de la muerte. Y siendo cristianos viven como paganos. Habiendo sido lavados con la Sangre de Cristo el día de su Bautismo viven en el silencio de los que ven la cruz como desprecio, como final de una historia frustrada. Ven el Evangelio de Jesús como un obstáculo para sus vidas, o como un peso del que es mejor alejarse huyendo de la vida espiritual, huyendo de la Iglesia, escondiéndose de Dios como Adán y Eva después que pecaron se escondieron cuando Dios los visitaba. ¿Seguiremos resignándonos a la descristianización de nuestras familias? ¿O tomaremos las armas del Evangelio, no las del mundo; las armas de la fe y no de la ideología; las armas de nuestra religión y no las de los que buscan una religión a su medida, a su gusto, para satisfacer sus deseos?

Si la nuestra mirada es de compasión ante el pedido de Jesús. Se abre ante nosotros como una urgencia por satisfacer la sed de Jesús sufriente en nuestro tiempo. Pero no para darle un vinagre sino el agua. Agua de nuestro mirar hacia los que sufren, agua que brota hasta la vida eterna cuando planteamos nuestra vida como un don para los demás. Cuando en vez de preguntarnos qué hará el gobierno para resolver tal cosa, qué hará nuestro vecino para arreglar tal o cual problema, somos nosotros los que vamos al encuentro, somos nosotros los que comenzamos a construir una Patria de Hermanos. Somos nosotros que acudimos atentos a esa sed de amor que todos nuestros hermanos tienen, comenzando por los más alejados y terminando pòr los que están a nuestro lado todos los días. Ir al encuentro para llevar el agua, aquello que calma la sed profunda de las almas. Obviamente no será el dinero, no será el consumo, no será la televisión, no será lo fácil, lo barato, lo puramente placentero y vacío. Será amor, será compromiso estable, será cercanía sincera, será afecto ordenado a buscar el bien y no el placer.

Tengo sed, nos vuelve a decir Jesús. Dejemos que hoy resuenen estas palabras en nuestros corazones.

6- TODO ESTÁ CUMPLIDO

Si hacer la voluntad del Padre era lo más grande para el Señor, este momento supremo de su entrega, entrega de su vida, es el capítulo que sella este deseo irrenunciable. “Hacer la Voluntad del Padre”. ¿Cuál es esta Voluntad? ¿La muerte del Señor? ¿Su Pasión? A veces muchos cristianos cuando alguien muere dicen “Era la Voluntad de Dios”, o si sufren horriblemente una muerte o un dolor dicen: “Era la Voluntad de Dios”, “Era su destino”. ¡Qué Dios espantoso el que hostiga con la muerte y el dolor a sus hijos! ¡Bendito sea el Padre de las misericordias que no es este Dios terrible, sino el Padre que ama a sus hijos y en cuya providencia vivimos de día en día! ¡Qué Dios bendito el que amándonos con entrañas de padre y madre, nos ha creado libres y espera una respuesta libre de nuestro corazón a sus llamadas!

No. El Padre Dios no tenía por Voluntad hacer sufrir a su Hijo. Sino que su Voluntad era y es salvarnos de la muerte y del pecado a nosotros. El entregó a su Hijo por amor nuestro. “Tanto amó Dios al mundo, nos dice Jesús en el Evangelio de San Juan, que envió a su Hijo para que todo el que crea en El no muera sino que tenga vida eterna. Esta era la Voluntad del Padre: demostrarnos su amor liberándonos de la muerte y del pecado. Jesús comprendió este camino y lo aceptó por obediencia. Y en esta obediencia buscó sin desfallecer llegar a esta meta de amor.

En una sociedad marcada por el placer como meta de todo lo que hacemos y como inspiración única de los actos, aparece hoy Cristo invitándonos con su ejemplo a hacer la Voluntad de Dios que es amar y en ese amor aceptar el camino de cruz que pueda significar. El lo vivió hasta el extremo y nos demostró que el camino del amor en la Voluntad del Padre, es un camino tan valioso que vale la pena cargar la cruz para llevarlo a cabo. El nos invita a perseverar en los valores cristianos, en nuestra fe cristiana, en la valoración de todos los bienes espirituales que nos ha regalado por Cristo empezando por la misma Eucaristía, la Misa, de donde sacamos la gracia y la enseñanza que en su Palabra el Señor nos da para vivir la Voluntad del Padre.

Pero en estas palabras dichas en el instante supremo de su muerte, el Señor Jesús también nos da ejemplo de qué significa perseverar en la Voluntad de Dios. “Todo se ha cumplido”, nos dice. Y podemos tener la impresión de que Jesús conocía todo lo que el Padre Dios haría, como si él experimentase completa y acabada seguridad de lo que Dios quería a cada instante. Estamos equivocados si pensamos así. Jesús fue conociendo la Voluntad de Dios en el camino de su vida, y a eso lo ayudaron sus largas noches de oración. En la oración, diálogo íntimo con el Padre, Jesús iba comprendiendo lo que el Padre quería, a veces de allí sacaba certezas de los actos concretos: la elección de sus apóstoles, por ejemplo. Y otras veces de allí sacaba la serena certeza de que aunque no comprendiese del todo o sintiera resistencia a aceptar ese camino, estaba haciendo la Voluntad del Padre. Jesús nos invita a que también nosotros busquemos hacer la Voluntad del Padre en una oración que es diálogo con él para reconocer sus caminos. Pero también el Señor sufría esa oscuridad que significa el paso de la fe: “Si es posible, aparta de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. La fe no es conocer como adivinanza lo que vendrá, sino caminar de la mano del Padre por la vida. Arrojándonos a vivir el Evangelio de Jesús confiados en que así hacemos la Voluntad de Dios que nos salva.

Jesús comprendió que en todo ese sufrimiento de la cruz terminaba de cumplirse lo que el Padre quería, salvarnos por su amor, mostrarnos su amor, abrazarnos en su amor.

7- PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU

Las últimas palabras del Maestro. Desde que comenzó su ministerio público, Jesús habló y habló a la gente que lo rodeaba. En todo instante su palabra era llevarnos a Dios, a la fuente de nuestra vida. El vino para volver a unir nuestra vida con la del Padre Dios. Muchos a lo largo de la historia buscaron este encuentro con Dios, pero nadie llegó a comprender verdaderamente quién es Dios, sino sólo Cristo. Y lo podemos afirmar con toda libertad por las mismas palabras de Jesús “Nadie ha visto nunca a Dios, pero el que lo ha revelado es el Hijo único que está en el seno del Padre” (Jn. 1,18). ¿Quién es Dios para nosotros? ¿Un ser eterno e inmortal, inalcanzable? ¿Es tan ajeno a la vida del hombre que ningún hombre puede hablar con cercanía de él o ningún hombre puede decir la verdad sobre él? Es la experiencia común de nuestro tiempo que tantos nos hablan de Dios que muchos han dejado de creer en él. Otros se sienten tan agobiados de argumentos a favor de religiones que terminan pensando que Dios es inalcanzable y que es mejor no involucrarse con estas religiones, con ninguna. Porque la religión acaba siendo una venta de productos. Y el Señor no ha venido a vendernos algo, ni nuestra fe católica quiere vendernos algo. Jesús es testigo y fuente del rostro de Dios. En él está Dios, él es Dios. Y nos ha llamado a todos los bautizados a reflejar el rostro de Dios. Si quisiéramos presentar con argumentos de razón quién es Dios, aunque perfectamente lo podemos hacer, ¿llevaríamos por eso a alguien a encontrar el rostro de Dios? Si quisiéramos presentar a Dios por medio de argumentos de religión, ¿lograríamos por ello que alguien descubra el rostro del Padre Dios? Tal vez lograríamos que alguien encuentre razonable creer en Dios, pero no lograríamos que ese alguien se encuentre con Dios. Tal vez lograríamos una adhesión a una fórmula de religión, tal vez formaríamos un fanático de una religión, pero no lo llevaríamos a descubrir el rostro de Dios. Ese rostro sólo se descubre en Jesús entregado y confiado en las manos del Padre. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, dice Jesús, como testamento y ejemplo. En tus manos Padre, una entrega de mi vida personal, de toda mi vida. En tus manos porque no eres una idea, no eres una fórmula, no eres un mago para cumplir mis deseos, no eres un sirviente para darme lo que yo creo que necesito y como yo creo que lo necesito. Eres mi Padre y me entrego confiado, aunque sea la muerte que llega a mi puerta, me entrego confiado. Ese ha sido el testamento de mi Señor y Maestro. Por eso confío en ti Padre, y aunque el dolor de la cruz, y las cosas que sufro parezcan cerrar el camino de mi vida, yo también quiero ser testigo de tu presencia, de tu rostro de Padre bueno, simplemente por mi gran confianza en tu amor y en tu misericordia. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Amén.

lunes, 4 de abril de 2011

CATEQUESIS Y CONVERSIÓN PASTORAL. SEGUNDA PARTE

En realidad, esta es la primera parte de las palabras de Mons. Eicchorn. Pero me pareció más útil invertir el orden de esta reflexión. El resaltado es de mi autoría. Presten atención a la relación que se hace entre catequesis y Eucaristía. Tema neurálgico de toda la tarea evangelizadora


Iglesia Madre, Iglesia comunión, comunión de discípulos misioneros: palabras que expresan lo hondo del misterio de fe que profesamos, celebramos, vivimos. ¿Cómo lo vivo? ¿Cómo lo vivimos en nuestras comunidades? ¿Qué pasos estamos dando o deberíamos dar? Porque si decirnos que la catequesis, y en especial la catequesis de iniciación cristiana es una responsabilidad comunitaria (Doc. Lineamientos, Cap. 5º), que la comunidad es el hogar de la catequesis, que la comunidad es el origen, el lugar y la meta de la catequesis, es evidente que la primera y fundamental mirada debe dirigirse hacia nuestra misma forma de ser Iglesia, de vivir este misterio de comunión.

Es la primera y gran conversión: un encuentro con Jesucristo para vivir en él, desde el misterio trinitario esta realidad comunional: "lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y esta comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1Jn 1, 3). Si queremos una catequesis renovada, una auténtica catequesis de iniciación en estilo catecumenal, esta conversión pastoral eclesiológica es esencial.

Las conversiones y las estructuras caducas

A la luz de este fundamento, debemos centrar nuestra mirada en aquellas cosas imprescindibles, sobre todo a la hora de implementar un proceso auténtico de iniciación cristiana (porque los hay inauténticos, solo de nombre...). Señalo sólo algunos temas, consciente de que dejo de lado muchos otros; ustedes mismos podrán luego pensarlos. Si hablamos de Iglesia Madre, de Iglesia comunión, si hallarnos de la comunidad como origen, lugar y meta de la catequesis (cf. Lineamientos, 49) ¿es esto una utopía inalcanzable? ¿Es una mera formulación teológica o una propuesta pastoral concreta? Una pista para reflexionar y encontrar caminos de conversión personal y pastoral, el lugar donde la Iglesia-comunidad se manifiesta, se realiza, donde encuentra su corazón mismo es la Eucaristía, y especialmente la dominical. ¡Es el lugar más evangelizador y catequístico que tenemos! Ahí, los fieles, convocados por la Palabra, se reúnen como comunidad de discípulos; ahí se proclama la Palabra, que es especialmente "viva y eficaz" por la presencia del Espíritu en la comunidad, como dice DV: "es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual" (DV 21).

El Documento de Aparecida (DA) aporta también lo suyo: “La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este sacramento, Jesús nos atrae hacia si y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. En cada Eucaristía, los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana eso, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido. Se entiende así la gran importancia del precepto dominical del `vivir según el domingo', como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial.” (DA 251-252).

El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, nos enseña (1074): "La Liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza (SC 10). Por tanto, es el lugar privilegiado de la catequesis del Pueblo de Dios. `La catequesis está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los hombres (CT 23)". Esta es una gran conversión de nuestra catequesis: salir del aislamiento, ignorando la realidad fontal que es la comunidad y la liturgia, especialmente la Eucaristía dominical. Son los nuevos criterios que caracterizan (paradigmas) la renovación de la catequesis, en especial la iniciación cristiana (ver Lineamientos, 17). Catequesis como acción comunitaria eclesial, centralidad de la Palabra, unidad entre catequesis y liturgia, la mistagogía como gran instrumento metodológico, que debemos redescubrir y aprender a usar. Debemos llegar a considerar que el primer y fundamental encuentro de catequesis es la misma Misa dominical: ¡a nadar se aprende metiéndose en la pileta, nadando!

Sin catequistas enamorados de la celebración eucarística comunitaria, que vivan de ella y se alimenten de ella, sin experiencia de comunidad que celebra gozosa a Jesús resucitado en medio de ellos durante la Misa dominical, sin el alimento del Pan de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, nunca tendremos una verdadera catequesis renovada y mucho menos una comunidad que inicia en la vida de Fe, en una vida eucarística o, con la expresión de Aparecida y que el Papa Benedicto utiliza en Sacrarnentum Caritatis: "a una forma eucarística de la existencia cristiana" (c:f SC, Y parte: Eucaristía, Misterio que se ha de vivir, 70-83).  Si a la luz de esto miramos nuestra realidad catequística, la forma de vida de nuestras comunidades, nuestras mismas celebraciones litúrgicas, la celebración eucarística dominical, etc.,, es fácil caer en la cuenta de las "estructuras caducas" que debemos abandonar, especialmente en lo que hace a las maneras, costumbres, rutinas a que estamos apeados con el "siempre se hizo así y a no intentar una mejora paulatina de lo que hacernos y vivimos,  recordando lo que nos pide el Concilio Vaticano II: "Que los fieles participen en forma consciente, activa y fructífera" (cf SC 1 1). No es esta la única conversión 'a la que estamos llamados’. Hay un tema que me parece de gran importancia para nuestra tarea catequística. En el doc. Lineamientos (17), se nos habla de "transmisión de la Fe", de "propuesta de Fe", de la "Iniciación cristiana como iniciación integral a la Vida cristiana".

viernes, 1 de abril de 2011

NUEVA EVANGELIZACIÓN- CATEQUESIS Y CONVERSIÓN PASTORAL

Son temas que están en el meollo mismo del ministerio catequístico: la transmisión de la Fe, la educación y maduración de la vida de Fe de los creyentes. El gran desafío que tenemos: suscitar, acrecentar, fortalecer la fe de nuestros feligreses. Uno de los grandes problemas de nuestra pastoral "post-cristiandad" es el dar por supuesta el acto de fe personal. Sabemos que la fe es un don de Dios, por su iniciativa al torosa, fruto del mismo Bautismo que hemos recibido. Pero vivimos aún con los criterios propios de la cristiandad, donde la fe se cultivaba, se fomentaba, se vivía, en el seno de la familia y en las mismas estructuras, instituciones, y cultura de la sociedad. Tenemos conciencia de que esto ya no es así, que no hay, generalmente, una respuesta de fe consciente y responsable, pero seguimos con la misma praxis pastoral y catequética anterior, evidente "estructura caduca" que debemos abandona.
Hoy no siempre se da en las familias el compromiso de educar en la fe a sus hijos. Los niños crecen sin una experiencia de Dios, de Jesucristo, de oración. Muchos de nuestros agentes pastorales -e incluso catequistas-, nunca vivieron una experiencia fuerte de fe, en la que hayan vivido un auténtico encuentro con Jesucristo vivo, que suscite, renueve, anime su propia profesión de fe. Nuestra catequesis adolece en esto. Cuando pensamos que la catequesis debe garantizar un proceso de enseñanza básico, integral y sistemático de la vida cristiana, y mirarnos la realidad constatamos con dolor que nuestros catequizandos (sobre todo en la catequesis de niños, adolescente, y jóvenes) carecen de los mínimos conocimientos, hábitos, actitudes propias de un discípulo del Señor. La respuesta que tenemos es elocuente: ¡poquísimos perseveran!

Muchos elementos conspiran en esto. Uno de ellos es haber dejado de lado el concepto de la catequesis corro proceso de enseñanza, y no me refiero a enseñanza de meros contenidos doctrinales, en estilo y métodos académico-escolar, sino a la necesidad de enseñar actitudes,, criterios, virtudes, formulaciones básicas de la Fe, textos de la Escritura, manera de celebrar comunitariamente, oraciones, fundamentaciones de la misma fe, vida comunitaria, etc. Toda enseñanza apunta a un aprendizaje y no hay aprendizaje sin memoria. ¡Esta es una de las principales limitaciones de nuestra catequesis actual! Al reaccionar contra el "memorismo" anterior, hemos caído en el total olvido de esta herramienta fundamental para la construcción de nuestro "andamiaje" interior y de nuestras costumbres de vida cristiana,  Esto produce poco a poco, un debilitamiento y vaciamiento de la fe en nuestros fieles, que así no resisten a la embestida feroz y las propuestas de la cultura actual, post-moderna, anticatólica, relativista.

Hoy un cristiano debe vivir, profesar su fe, en forma consciente, responsable, decidida sabiendo "dar razones de su esperanza", siendo un auténtico testigo de la fe ante todos los hombres. Sólo una fe sólida y vivida coherentemente llegará a transformar el mundo en que VIVIMOS. Y una fe así, tarde o temprano provoca el martirio, principal forma de testimonio cristiano. Esto nos plantea una seria exigencia en nuestra iniciación cristiana: debemos recordar los objetivos propios de la catequesis de iniciación cristiana. En esta, sociedad de "post-cristiandad" ya no podemos pensar y actuar con criterios sacramentalistas.  Abandonar, pues, la estructura caduca de nuestra catequesis "para la primera comunión" o "para la confirmación", con todo el folklore sociocultural que lleva adherido por costumbre: ¡Siempre se hizo así!"

Creo que esta es una imprescindible conversión pastoral que tenemos que asumir con decisión. La iniciación cristiana es para que el hombre "elegido" tenga Vida en Cristo, según el Espíritu; es un proceso comunitario, litúrgico y catequístico que busca formar al hombre cristiano, para que viva integrado la Iglesia, en una comunidad concreta, que lleve una vida eucarística tal que sea en el mundo sal, luz, fermento del Reino de Dios, una auténtica y coherente vida de discípulo misionero, que se alimenta en la comunidad con la Palabra de Dios y con el Cuerpo eucarístico de Jesús, que salga a anunciar con alegría el Evangelio, la Buena-Novicia- Esto se logra a través de un auténtico proceso de iniciación cristiana catecumenal, en el cual esté involucrada toda la comunidad y por supuesto, todos los catequistas. Podríamos seguir señalando temas o puntos en los cuales se requiere una "conversión"; no se puede abarcar todo, pero quedan algunas inquietudes que creo fundamentales para la renovación de nuestra catequesis. Convirtiéndonos, nos preparamos para el III Congreso, para verdaderamente vivir su lema: “Anticipar la aurora, construir la esperanza". Nuestra conversión personal, santidad de vida, anuncia la aurora, el Reino que viene, nuestra conversión pastoral construye la esperanza: hombres nuevos para el mundo nuevo, cuyas arras ya experimentamos y celebrarnos cuando reunidos en tomo a Jesús resucitado renovamos su Pascua, la Vida plena que con su Espíritu nos da. 

Párrafo de las palabras que Mons. Eichhorn (Obispo de Morón y Presidente de la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica) dirigió en el ENADIR (Encuentro Nacional de Directores de Catequesis) en noviembre de 2010.

martes, 8 de marzo de 2011

MIÉRCOLES DE CENIZA

Desde muy antiguo tiempo los cristianos hemos vivido, ya como herencia de la espiritualidad bíblica del Antiguo Testamento, el sentido de la PENITENCIA. Hoy, en el momento en que el placer y el tener son todo lo contrario, la penitencia cristiana ha perdido su lugar en la vida espiritual del bautizado. La promoción del facilismo de muchas sectas paracristianas que ven en Jesús únicamente una imagen de un Dios bonachón e indiferente ante los males del mundo, dispuesto a bendecir cuanta ocurrencia pase por el corazón o la mente del que se acerca a ese Cristo, hacen olvidar el sentido de la Redención como un hecho que significa un camino, un tiempo, un efecto de Gracia divina auténtica sobre el mundo.

Si a alguna persona le dicen que ponerse una cinta roja en la muñeca le quitará la posibilidad de ser afectada por la envidia de alguien, correrá a ponérsela. Si le dicen (¡Qué triste!) que matando un animal y derramando su sangre obtendrá determinados beneficios según su voluntad, no dudará de hacer semejante rito y lo hará con toda seriedad... pero si la Iglesia le dice que haga ayuno, que practique la abstienencia, que haga penitencia, no encontrará atractivo alguno en hacer esas cosas que significan ponerse uno mismo como parte del rito. Más fácil es la cinta, más fácil es el animal muerto.

Pero los cristianos fuimos salvados por la cruz de Cristo. Sus llagas curaron nuestras heridas. Cristo no ofreció otra cosa sino a sí mismo como penitencia de nuestros pecados. Inauguró un nuevo Santuario, y nos unió a nosotros como Santuario de Dios desde el día en que fuimos bautizados y por medio de ese Bautismo nos transformamos en templo de Dios para ofrecer sacrificios agradables a El.

Por esta razón el rito penitencial tiene tanta importancia en nuestra vida, y no sólo para nosotros, sino para el mundo, para los demás. Así como Cristo reconciliaba a todos los hombres con Dios en el Sacrificio de la Cruz, así también nosotros nos unimos a ese único sacrificio haciendo de nuestro cuerpo un nuevo Cristo ofrecido en la cruz por los gestos penitenciales. ¡Cuántos se verán beneficiados por la penitencia que nosotros hagamos!. Si creemos en una cinta roja, en un animal muerto ¡cómo no creer en este templo de Dios donde habita el Espíritu Santo!

Miércoles de ceniza, día de ayuno y abstinencia, día sacerdotal, día de inicio de una preparación purificadora para la Pascua. Entremos al Santuario, seamos Santuario. Salgamos del mundo que nos invita con interminables fiestas  y ritos paganos a alejarnos de nuestra misión en el mundo: ser hostias vivas, puras, ofrecidas a Dios.

miércoles, 2 de marzo de 2011

LA VERDAD SOBRE NOSOTROS MISMOS


QUERIDO AMIGO:

Nuestra fe necesita ser purificada como oro en el crisol. En el crisol, el fuego quebranta esa mezcla del metal noble con la escoria que tan íntimamente está mezclada con él. Ese fuego intenso supera el fuego común que cocina un alimento, o el que da calor. Para que logre su cometido debe permanecer sobre el mismo metal durante un buen tiempo, penetrando hasta lo más íntimo de él.

La comparación que es de San Pablo viene bien al considerar que en nuestra vida terrena se mezclan las dos realidades: la realidad eterna con la temporal, la inclinación al pecado con la tensión hacia la vida de la gracia; nuestros anhelos de felicidad con la felicidad auténtica del cielo; nuestros gozos de las cosas creadas con el deseo del gozo inextinguible que sacia completamente nuestras expectativas y que pregustamos en los impulsos del corazón, con los vuelos de nuestra mente, cuando serena, considera los bienes deseables y se llena de nobleza, haciéndose sensible y delicada.

Gran frustración resulta descubrir cómo ante las cosas que deseamos, las que de verdad vivimos no están a su altura. El pecado, como la acción más contraria a nuestros deseos, se nos presenta como la espina que nos hace bajar violentamente a la realidad de lo que somos (así lo vemos)

¿Qué es la verdad? Le decía Pilato a Jesús en el momento en que este en silencio, lacerado, humillado, deformado al punto de que no parecía un hombre, estaba ante él. ¿Qué es la verdad de nosotros mismos? Es la pregunta que nos hacemos cuando estamos frente a nuestras propias miserias.

Engañosamente nos queremos apartar del fuego. Salir de  la llama que purifica. Nos cansamos pronto, queremos que ya, ahora, seamos purificados. Queremos que la nobleza del oro brille en nuestra vida por un poco que le hicimos dar ese fuego. Así obramos cuando nos confesamos, comulgamos, oramos. Queremos que ya se manifieste esa estabilidad en la vida divina que nos haga sentir verdaderamente que estamos a salvo. Libres de las tentaciones, libres de los males, a salvo de todo.

¿Qué es la verdad? Es mejor pregunta que ¿cuál es la verdad? Porque decir lo que es, es querer comprender lo que significa para nosotros. ¿Qué somos? ¿Monstruos o ángeles?; ¿hijos de Dios o de las tinieblas?. Qué somos…

Los sentidos son la percepción inmediata de la realidad. En ellos podemos conocer de modo palpable lo que somos. Así lo entiende el común de la gente hoy. Tan es así, que todo lo que es experimentable por los sentidos, comprobable con los análisis científicos es lo que define lo que las cosas son. Este conocimiento se transforma en la medida de la verdad de las cosas. Ellas no son más de lo que sabemos. Lo que nuestra inteligencia puede definir en un concepto, allí está lo que la cosa es. Allí está la verdad. Tan es así, que un análisis médico dice lo que esta persona puede o no puede. Lo que lo experimentable hace como conclusión se traslada rápidamente a otras partes del ser. “Esta persona tiene que morir en tanto tiempo”. “Esta falla psicológica hace que esta persona sea esto o aquello”.

Engañado nuestro ser con esas definiciones. Fácilmente nos resignamos a aceptar las cosas como vienen. Así es esta persona, así la caratulo, eso es lo que es. Así se obtiene tal resultado, eso que experimento eso es lo bueno. Así obro, eso soy. Esta fatal definición de sí mismo es la peor reducción de la verdad, en la cual nos encontramos en el horizonte de la mentira. El ladrón se define por lo que hace, la prostituta es lo que hace. Ni uno ni otro gozan de dignidad por encima de su obrar. Su obrar define su ser. De ese modo, la responsabilidad de los actos pierde la posibilidad de ser analizada en el campo moral. Ya que el obrar se identifica con el ser, es imposible separar uno de otro. Aplicado al hombre, esta idea hace que la persona no sea responsable de sus actos. Más bien sus actos son definidores esenciales de su ser. Ella no puede escapar a sus actos, porque ellos son lo que la hacen ser lo que es. Inútil pensar aquí en la libertad, menos aún en la elección de los actos. Y ni hablar de redención, de salvación. Esta malicia intrínseca del alma humana haría que no podamos separar el oro de la escoria. Inútil el fuego que no hace otra cosa que dar vueltas alrededor de lo inseparable, de lo irredimible. Es el engaño de corrientes protestantes del cristianismo, y evasiones míticas de las sectas como los Testigos de Jehová. La imposibilidad de separar los actos del ser hace que se espere la redención cuando la vida termina. “Peca fortiter et crede fortiter” (peca fuertemente y cree más fuertemente) decía Lutero porque no había forma de acabar con la malicia del hombre. Las sectas lo identifican con una vida feliz ultraterrena y resignada a que los condenados de hoy no puedan ser redimidos del mañana. Ya estaba inscrita en la humanidad esta malicia de la que no se puede escapar. 

¿Qué es la verdad? El Cristo lacerado y escarnecido, el que se hace pecado por nosotros. El que no tuvo en cuenta su ser igual a Dios, sino que anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, identifica la redención con la perdición. La liberación con la cruz. El lugar de la muerte con la vida. Allí donde nada podía germinar, la aridez del desierto del hombre sometido al engaño de los sentidos. Donde no se podía encontrar la verdad, la fuente de la verdad: el hombre mismo. En ese hombre se redescubre la verdad del hombre y de Dios mismo. Esta verdad que une lo eterno con lo temporal, lo divino con lo humano, lo que era irredimible con lo salvado. Lo que estaba perdido con la salvación. La confusión de Pilato es la confusión del que no puede llegar a conocer por los sentidos lo que es la realidad. Qué es este sin apariencia de hombre, qué es la verdad, dónde la puedo conocer, cómo puedo llegar a ella si mis sentidos no me dejan. El juicio y la condenación es la posibilidad de dar descanso a la búsqueda. Condenar o salvar es el paso entre los extremos del abismo de la nada. Pero ¿cómo condenar si no sé qué es? ¿Cómo salvar si no puedo separar el obrar del ser? ¿Cómo salvar si identifico lo que hago con lo que soy? Si lo identifico un cortocircuito que se transforma en angustia me invade. Sueño lo imposible, creo lo que no me salva, al contrario, me condena por lo que hago. Hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero. Desgraciado de mí. ¿Quién me podrá salvar de este cuerpo que me lleva a la muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor.(Rom.8, 24-25)

Esta acción de gracias es la respuesta. Cristo revela el hombre al propio hombre, dice la Iglesia en el Concilio Vaticano II. El es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación. El primogénito, el primero creado. La nueva imagen y semejanza según la cual fuimos hechos. En cierto sentido El es lo que somos. El es el “qué soy” que nos preguntamos. Porque no vino a decirnos lo que somos, vino a ser con nosotros. Cerró las distancias entre la santidad y la carne. Porque en su carne se dio la santidad, y se sigue dando. Y tan fuerte era la necesidad de ser redimidos en la carne, que dijo “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn. 6, 54) El verdaderamente nos salvó. Hizo que el lugar de pecado, nuestra carne, se transformara en el lugar de la santidad.

Dejémonos tocar por su carne. Dejemos que él nos haga de su raza. Que en nuestras venas su Sangre preciosa circule purificando cada parte de nuestro cuerpo. “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”. Amén.
Hasta pronto.

Hno. Joaquín Rafael DJ